Me amargo cuando los experimentos fallan, pero la ciencia es perseverancia”




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Me amargo cuando los experimentos fallan, pero la ciencia es perseverancia”

15/05/11 Lo acaban de nombrar asociado extranjero de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Un honor.

PorValeria Román

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APASIONADO. EN SU LUGAR DE TRABAJO, KORNBLIHTT DESPLIEGA SU TALENTO COMO PROFESOR E INVESTIGADOR INCANSABLE.

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En 1970, Alberto Kornblihtt cursaba cuarto año de la escuela secundaria cuando una profesora le “abrió” la cabeza. Le despertó una imparable atracción por entender los caminos del ADN dentro de las células, y lo llevó a ser científico y profesor. Aún hoy, después de realizar descubrimientos fundamentales en el campo de la biología molecular y de ser nombrado días atrás asociado extranjero de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (un alto honor para un científico), este investigador argentino siente que los senderos por los cuales la información genética fluye son el motor de su trabajo. “No puedo ocultar mi amargura cuando los experimentos no salen o los trabajos que enviamos a publicar son rechazados, pero la ciencia requiere de paciencia y perseverancia”, afirmó al ser entrevistado el viernes por Clarín en su laboratorio dentro de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

¿Tanto influyó aquella profesora? Sí. Fue Rosa Guaglianone quien me hizo desarrollar una gran pasión. Además, se sumaron otros hechos. Un amigo me regaló un libro de biología celular de Eduardo De Robertis, que todavía tengo aquí en mi laboratorio. Me compré otro de James Watson, el co-descubridor de la estructura del ADN en 1953. En 1970, el argentino Luis Federico Leloir ganó el Nobel de Química y también fue inspirador. En mi casa, mi papá era ingeniero y adoraba la matemática; mi mamá era profesora de geografía, y mi hermana estudiaba computación. Todo disparó mi vocación.

¿Cómo siguió su carrera? Después de la licenciatura hice el doctorado con Héctor Torres, en un momento muy rico para formarse, aunque era un tiempo muy oscuro por la dictadura militar que sufrió el país. En 1981 me fui con mi esposa y mi primer hijo a Inglaterra, donde hice un postdoctorado en la Universidad de Oxford, dirigido por Franciso Baralle.

¿Y cómo vivió el cambio dramático que hubo en la biología? Cuando empecé, se pensaba que cada gen de nuestras células codificaba para una sola proteína. Pero se ha descubierto que el 90 por ciento de los genes puede producir más de una variante de proteína. Esto permitió comprender mejor el funcionamiento de las células, tanto en su estado normal como en la enfermedad. Quizá, pasa un poco inadvertido lo que la biología molecular le aportó y le sigue aportando al mundo.

¿Por qué lo dice? Hoy, hasta el superávit comercial de la Argentina tiene que ver con la investigación básica de los genes. No hubiera sido posible si no es por el desarrollo de la soja transgénica. La ciencia está en todos lados, desde la vacuna recombinante para prevenir la hepatitis B hasta la enzima que se usa para que los jeans parezcan gastados. Incluso ayuda para esclarecer crímenes y para identificar a los hijos de desaparecidos durante la dictadura, una necesidad social de los argentinos.

¿Hay algo que lo haya sorprendido más en los últimos 40 años? Que todos los mecanismos sofisticados de los seres vivos entran dentro de la teoría de la evolución, formulada por Charles Darwin en 1858. Las evidencias nos abofetean continuamente.

Usted volvió a la Argentina en 1984. ¿Cree que podría haberse quedado en el exterior? Siempre me propuse trabajar en el país y hacer algo de nivel internacional.

Y lo consiguió.

No quisiera pasar por arrogante, pero la designación de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos fue un reconocimiento de mis colegas. Los premios Nobel Leloir y Bernardo Houssay fueron también asociados extranjeros. En la actualidad, los argentinos Carlos Frasch, Sandra Díaz, Armando Parodi, Francisco de la Cruz, y Víctor Ramos son miembros de la academia.

¿Cómo ve a la ciencia argentina? En este momento está pasando por un momento especial. No sólo aumentaron los salarios, subsidios y becas, sino que también se mejoró en calidad. Por ejemplo, entre 2001 y 2011, científicos trabajando en el país participaron de 179 “papers” publicados en alguna de las dos revistas más importantes: Nature y Science. Esta cifra triplica a la de 1990-2000 y es 11 veces mayor que la de 1979-1989. Por supuesto que aún enfrentamos problemas, porque los insumos son caros y los recursos, limitados.

¿Qué hace fuera del laboratorio? No todo es ciencia. Incluso a uno de nuestros trabajos lo ilustramos con una obra del artista Xul Solar, de 1927. Nos vino bien para representar a una enzima. Soy profesor con 400 alumnos en la cátedra. Disfruto mucho con el cine de Hitchcock, De Palma, Almodóvar, Woody Allen, y tantos otros. Me gusta el latín, la arquitectura, la cocina, y estar con mis amigos y mi familia (tengo una esposa psiconalista y dos hijos). Soy fanático de Chico Buarque, de la música clásica y la pintura en casi todos sus períodos. Los científicos nos interesamos por muchas cosas. Como cualquier persona.

Perfil

Se graduó como biólogo en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales en la UBA en 1977. Obtuvo el doctorado en química en 1980.

Hizo un postdoctorado en la Universidad de Oxford, Inglaterra. Es profesor de la UBA e investigador superior del Conicet. Desde 2002, recibe apoyo del Instituto Médico Howard Hughes de EE.UU.

Fue galardonado con el premio Konex de Platino en 2003, y la Medalla del Bicentenario en 2010. El 3 de mayo pasado fue reconocido por la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. en calidad de “asociado extranjero”.

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