Colección Grandes Autores N. o 24






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títuloColección Grandes Autores N. o 24
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fecha de publicación11.01.2016
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tipoLección
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Gloria Fuertes Cangura para todo
Colección Grandes Autores N.o 24
Editorial Lumen C. Ramón Miquel i Planas, 10 Barcelona 17
Impreso en España por:

Gráficas Diamante C. Zamora 83 Barcelona 5
ISBN: 84-264-3024-4 Depósito Legal:

B. 42274-1975
!Hola, chicos! Soy Gloria Fuertes. Nací en Madrid, hace poco tiempo... !comparado con lo que viven las tortugas! Aprendí a inventar cuentos antes que a escribir, y se los contaba a los chicos del barrio en las escaleras de mi casa.

Fui algo desaplicada en la Escuela -en Aritmética fatal, prefería los cuentos a las cuentas-, pero todos me querían porque los hacía reír.

A los seis años ya sabía montar en bicicleta sin manos. A los siete sabía andar sin pies, o sea, con los zapatos en las manos y las piernas en alto, como en el circo. En mi casa me regañaban, pero yo seguía andando sin pies ni cabeza.

A los diez años, otra amiga y yo editamos un tebeo que se titulaba "El Pito". Como yo era la directora, publiqué allí mis primeros cuentos. (Sólo salió un número...) A los doce años me nombraron maestra en "bordados a mano y a máquina". Después no ejercí.

Fui de las primeras chicas que jugaron al fútbol -como extremo derecha del club de la Butapercha-, después me dio por ser escritora.

He viajado más que una cigüeña. Y en mis viajes me encontré con la Cangura Marsupiana, el Camello Cojito, la Gata Gertrudis, el Mono Quico, la Pulga Pedrita, el Ogro Payaso y el chinito Chin-Cha-Te. A todos los conoceréis en este libro.

He volado sobre el Océano más de seis veces. Sé cómo tienen el pelo los negritos y los ojos los chinitos; son muy guapos. Entre viaje y viaje, escribí muchos libros. El que más me gusta es la "Cangura".
Cangura para todo
Sonó el timbre.

El señor abrió la puerta.

La escalera estaba muy oscura.

Alguien, con un pañuelo atado a la cabeza, le entregó una tarjeta que decía:
"Se ofrece cangura muy domesticada para doméstica"
--Pase, por favor; llevamos un mes como locos sin niñera ni cocinera. Siéntese.

El señor abrió de par en par la ventana y de par en par los ojos.

Ante él tenía un canguro imponente.

--!Pero bueno! ?Pero cómo? ?Pero cómo ha llegado usted aquí? --Pues saltando, saltando, un día di un salto tan grande que me salté el mar.

--!Clo! !Clo! -el señor parecía que iba a poner un huevo, pero era que llamaba a su esposa, que se llamaba Dulce Mariana Clotilde del Carmen, pero él, para abreviar, la llamaba Clo.

Apareció Clo y desapareció al mismo tiempo gritando:

--!Dios mío, hay un canguro en el sofá! !Un canguro! --Cangura, señora, cangura, soy niña -aclaró el animalito, estirando sus orejas y lamiéndose las manos.

--!Ven, Clo! Ten confianza...

Volvió a aparecer Clo muerta de asombro.

--Mírala bien, parece limpia y espabilada, además a los niños les gustará; yo creo que conviene que se quede en casa.

Clo, la señora, miraba a la cangura de reojo, tragando saliva...

--?Cuál es su nombre? -preguntó por preguntarle algo.

--Marsupiana, para servirles.

Y la cangura se quedó en casa para servirles.

!Y qué bien servía! Desde la mañana comenzaba a trabajar.

--!Marsupianaaa! Tráenos el desayuno a la cama.

Y la cangura, con su bandeja en la tripa, iba y venía veloz.

--!Marsupianaaa! !Vete a la compra! Y la cangura iba y venía veloz con su "bolsa" llena de verduras, botellas y pescadillas.

--!Marsupianaaa! !Lleva a los niños al colegio!...

--!Marsupiana! !Lleva a los niños de paseo, lleva el cochecito! --No señora, no lo necesito.

La cangura metía a los dos pequeños en su "bolsa-delantal" y a los otros dos se los montaba en la potente cola y saltando de cinco en cinco los escalones se plantaba en un segundo en el portal.

Cruzaba la calle de un salto por encima de los coches y por encima del guardia de la porra.

Lo tenía bizco.

Marsupiana para todo era rápida, trabajadora y obediente.

Los señores estaban muy contentos con ella, le subieron el sueldo.

Y le hicieron la permanente.

--!Marsupianaaa! Date una carrera a casa de mi suegra, que no funciona el teléfono y tú llegas antes que un telegrama.

--?Y qué le digo? --Lo de siempre, que no venga.

--!Marsupianaaa! --Mándeme, señora.

La señora tenía una regadera en la mano.

--Mira, Marsupiana, esta tarde tenemos una fiesta y tú tienes que ayudarme.

--Sí, señora; cuando vengan las visitas les quito el abrigo, los sombreros, los paraguas, todo. Y les sirvo las rosquillas y la gaseosa... !Estaré de camarero! --!No, vas a estar de florero! Mira, te colocas en este rincón, ahí, !quieta! !No te muevas! Y ahora, abre bien la "bolsa".

La cangura abrió también la boca mientras doña Clo le regaba la tripa.

--!Aaaay! --?Qué te pasa? --!Que está muy fría el agua, señora! Doña Clo bajó al jardín y volvió con un gran ramo de flores; estas flores las fue colocando muy artísticamente dentro de la bolsa de la cangura.

--!Aaaay! --?Qué te pasa ahora? --!Que me hace usted cosquillas con los tallos, doña Clo, en el mismísimo ombligo!

Llegó la hora de la fiesta y Marsupiana fue el comentario de los invitados.

--!Uy, qué precioso rincón! !Qué maravillosa escultura! !Qué original florero! --!Qué realismo! Parece que esté vivo y coleando...

--Pero... ?Qué es esto?

-preguntaban las más estúpidas.

--Ya veis lo que es, una cangura disecada, mi marido es cazador y tiene muchas.

A Marsupiana cada vez que la llamaban "disecada" le daban temblores y le entraban ganas de estornudar...

Lo peor fue cuando una avispa empezó a pasar y repasar a un centímetro de su hocico.

La cangura sudaba y bizqueaba siguiendo el vuelo del insecto, hasta que sintió un terrible picotazo en la punta de la nariz y, dando un gran salto, se encaramó a la lámpara del techo.

--!Socorro, el canguro se ha desdisecado! Cuando la cangura Marsupiana miró hacia el suelo, había una alfombra imponente de señoras desmayadas; menos doña Clo, que le dio por reír.

Llegó el calor, y con el calor bajaron las maletas de los armarios. Como no les cabían todas las ropas, tuvieron que usar a la cangura de maletín.

La facturaron como equipaje porque costaba menos que un billete.

Le pegaron una etiqueta en la tripa con las señas del Puerto.

La etiqueta se le despegó con el calor y el Jefe de Correos la mandó a Australia.

Marsupiana estaba cansada, aburrida y mareada del barco.

Cuando oyó que se paraban las máquinas, !ya no pudo más! Saltó por una ventana redonda y fue a parar al agua, afortunadamente cerca de la playa.

Aquel sitio le era conocido, aquellos montes y aquellos árboles le recordaban algo...

De pronto, una nube de canguros la acorralaron y la besuquearon.

Todos sus primos y demás familiares brincaban de felicidad riendo a carcajadas con la cola.

--!Marsupiana! !Marsupiana! --!Bienvenida, gorda y sana! --!Qué alegría volverte a ver! --!Uy, qué de regalos nos trae! --!Qué regalos ni qué canguro muerto! Éstos no son regalos, son propiedad de doña Clo...

Marsupiana no pudo seguir hablando, no la dejaban, y emocionada por el cariño que le demostraba su pueblo, decidió quedarse en la isla, que al fin y al cabo era lo suyo.

Y se puso a peinar y a lamer a los canguritos pequeños porque le recordaban a los hijitos de doña Clo.
Chin-Cha-Te y el príncipe Kata-Pun-Chin-Chon
El chinito Chin-Cha-Te parecía una yema de huevo. Como era muy amarillo y le habían hecho un traje también amarillo, daba risa verle.

El chinito quería ser artista y pintaba jarrones, abanicos y biombos. Como era muy travieso y algo presumido, un día encontró en su casa un frasco de colonia y se empapó el pelo; al momento vio horrorizado que su coleta crecía y crecía rápidamente hasta llegarle a la cintura y luego al suelo y luego salía por debajo de la puerta y se extendía por el pasillo.

--?Qué es esto? -se preguntó asustado.

--!Esto es que te has echado mi tónico crecepelo! -gruñó el abuelo Ki-Fu-. En castigo has de quedarte así: jamás te cortarás la coleta ni un centímetro.

?Lo oyes? --Sipi -contestó Chin-Cha-Te, lloriqueando.

Cierto día estaba Chin-Cha-Te en su tienda con su descomunal coleta enrollada a modo de bufanda, cuando pasó por allí para comprar abanicos nada menos que La-Pa-Ka, princesa de Pekinini, y nada más ver al chinito se enamoró.

--?Te quieres casar conmigo? --Soy muy feo, tengo los ojos pequeños y la coleta muy grande.

--No me importa. A mi lado te crecerán los ojos y jugaremos a la comba con tu coleta.

Chin-Cha-Te dijo que bueno.

Pero el rey dijo que malo, que su hija la princesa La-Pa-Ka no podía casarse con un bohemio.

--!Quiero al chinito, papá! --Hija mía, !estás como una cabra! ?Cómo vas a casarte con un pintaabanicos! Y además con ese nombrecito que tiene... ?No sabes que están anunciadas tus bodas con el príncipe Kata-Pun-Chin-Chon? --Sí, lo sé, rey padre...

pero es que...

--?Es que Chin-Cha-Te es más guapo? --No es que sea más guapo, es que es más bueno...

--?Más bueno que Kata-Pun, que lleva cinco años guerreando para poderte ofrecer seis islas como regalo de boda? --?Y para qué quiero seis islas, padre? Yo lo que quiero es saltar a la comba con la coleta de Chin-Cha-Te.

De un momento a otro tenía que llegar al palacio el príncipe Kata-Pun-Chin-Chon.

Paseaba muy triste la princesa por uno de los puentes del gran foso cuando en un descuido cayó al agua que estaba llena de cocodrilos.

--!Glu! !Glu, glu! !Me estoy ahogando! !Salvadme! !Salvadme! Kata-Pun se rascaba el casco pensando... Tirarse sobre aquellas aguas llenas de bichos, la verdad, era como para pensarlo...

--!Espera! -gritó a la princesa.

--!!No hay tiempo para esperar!! -sonó la voz del valiente Chin-Cha-Te, que oportuno andaba por los alrededores.

Chin-Cha-Te, con gran destreza, desenrolló su coleta y la lanzó al agua.

--!Cógete bien, oh Pa-Ka mía: no temas hacerme daño! El chinito tiró de su coleta hasta subir a la superficie a la princesa en el momento en que uno de los cocodrilos nadaba hacia ella.

La princesa, toda mojada, dijo al príncipe guerrero:

--!Chín-cha-te! Y Chin-Cha-Te, todo contento, exclamó:

--!Bella Pa-Ka! --!Hija mía! -dijo el rey, que tembloroso había estado contemplando el accidente-. !Dame un besito, y dame otro besito Chin-Cha-Te! Los besó emocionado y, dirigiéndose al cobarducho del príncipe, habló:

--Lo siento por ti, Kata-Pun-Chin-Chon, pero la mano de mi hija, la princesa La-Pa-Ka, es para el valiente Chin-Cha-Te.
La avestruz Troglodita
Troglodita era la única avestruz que quedaba en el desierto.

En el desierto cercano al nuevo reino recién civilizado.

Los domingos se iba al cine y se compraba una peseta de imperdibles que devoraba nerviosa mientras los malos tiroteaban a los buenos.

Entre semana, sólo comía lo que encontraba: cremalleras, corchetes, automáticos de pasta y alguna que otra tachuela.

Troglodita se llevaba bien con la gente, pero echaba de menos a sus semejantes, los avestruces.

Por fin puso un huevo de aluminio. Y salió un tractor chiquitito andando. Andando andando llegó el tractor hasta una granja pobre y se ofreció gratis para trabajar.

Troglodita siguió los pasos de su extraño hijito y se quedó cerca de él mirando cómo arrancaba las malas hierbas.

Unos tremendos ruidos la hicieron temblar de pico a pata.

Los ruidos crecían. Trogloditina llevaba una semana sin sacar la cabeza de entre la arena y ya no podía más.

--?Cómo es posible que una tormenta dure tanto tiempo? -se decía-. Miedo me da, pero yo me asomo.

Se asomó y... !Qué tormenta ni mono vivo! !Aquello era algo peor que tormenta y que tormento! Aquello era... !Una cacería!

Pero !qué cacería tan increíble! Los pacíficos negritos de un lado de la selva se habían liado a "cazar" a los pacíficos negritos del otro lado.

Todos iban vestidos por primera vez, llevaban hasta correaje.

!Disparos, explosiones, truenos, rayos y tambores! La avestruz no entendía nada.

Temblando del susto, volvió a meter la cabeza, esta vez bajo el ala.

Los disparos le peinaban todas las plumas tiesas de miedo.

La avestruz meditaba: Es una vergüenza que yo esté así, pensando sólo en mí y temblando como un cobarde conejo...

Troglodita sacó su cabeza de debajo del ala y miró alrededor:

(con la noche se apagaron los ruidos y los fogonazos) todo estaba oscuro. Troglodita no veía nada -tenía un hambre que no veía-. Andaba despacito, levantando mucho sus largas patas para no tropezar con nadie...

A los lados del río descansaban los guerreros.

--!Ésta es la mía! -se dijo la avestruz-. !Vaya festín que me voy a dar. Y así fue.

Mientras dormían los soldados de ambos lados, Troglodita se tragó todos los sables de unos y otros.

Y gracias a la heroica avestruz reinó la paz en el reino.
Picassín el gato abstracto
Picassín no era un gato de tejado, Picassín era un gato de tierra.

Era de color de gato, leopardés, grandes ojos, grandes orejas y rabo de pincel.

Vivía donde nació, en un solar; había cogido cariño a aquellas montañas de cascotes y ladrillos rotos que fueron su primera casa.

Vivía solito, pero tranquilo.

Todas las mañanas unas señoras gordas venían a darle el alimento -Picassín creía que eran hadas-, vaciaban unos cubos de muchas cosas, entre las que el gato encontraba pellejos, espinas y hasta cortezas de queso.

Una mañana no vinieron las señoras gordas.

Vinieron los señores flacos, cuadrillas de obreros iban y venían hacendosos como hormigas.

Picassín dormitaba. Un ruido infernal le hizo desenroscarse de su sueño. Siete máquinas feroces como siete diplodocus deshacían a mordiscos el solar.

Picassín abrió un ojo y salió corriendo; asustado se agazapó en un hoyo.

--!Bis bis bis bis! -le llamaban.

--!Bis bis bis bis! -le cogieron.

Era la primera vez que al gato le cogía una persona, por eso se sacudía como un besugo entre las manos grandes y ásperas del obrero... Después, le gustó aquella experiencia y, cuando el obrero lo soltó para seguir trabajando, Picassín se sentó a su lado y miró tiempo y tiempo aquellas manos que le habían dado la primera caricia.

Total, que Picassín se quedó allí a trabajar de "Gato de la obra".

!Qué bien lo pasaba! La comida era diferente, ahora consistía en lamer tarteras y tarteras, aprendió a comer lentejas y garbanzos y se puso como un balón.

Picassín durante el día se dormía en una espuerta y por la noche cuidaba de las herramientas.

La casa llegó a ser alta, preciosa, de ladrillos y mármol.

Las oficinas del sótano ya estaban terminadas.

Una noche, Picassín se cayó dentro de una cuba de pintura añil. Salió de la cuba con gran trabajo y se sacudió ochenta veces; la recién blanqueada pared quedó salpicada de estrellas azules. Molesto por la sensación y el olor de la pintura, Picassín se restregaba contra las paredes, fuerte o suavemente, y descubrió que "aquello" quedaba muy bonito.

Empezó a mover el rabo de contento y lo metió sin querer en un bote de pintura.

--!Uy! !Remiau! !Qué cosas aparecen cuando me acerco a los ladrillos! En vista de lo visto, Picassín, ya cuidadosamente, metió la punta de su rabo de pincel en diferentes botes de pintura y, vuelto de espaldas, sin mirar, como un torero, empezó a llenar las paredes de formas y signos de colores.
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