Teoría de la Inteligencia Creadora






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Teoría de la Inteligencia Creadora.

José Antonio Marina. Compactos Anagrama. Barcelona 2001
V. EL MOVIMIENTO INTELIGENTE

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Si me atreviera a decir que componer un poema y jugar al ba­loncesto son actividades análogas, el lector pensaría que estoy di­ciendo una ingeniosidad o cosas peores. Pues voy a decirlo y a aguantar el chaparrón, que será generalizado porque ni los admi­radores de Michael Jordan ni los de Rilke creerán que he hecho justicia a sus respectivos ídolos. Marcar las semejanzas entre acti­vidades tan dispares no es un afán de provocar, sino, una vez más, el firme propósito de eliminar problemas que proceden de analizar los procesos intelectuales a niveles demasiado complejos. Para asistir al nacimiento de una inteligencia creadora nos con­viene comenzar por los actos más elementales: ver, moverse, de­cir buenos días.

Siendo la vida mental una selva difícilmente penetrable, con­viene estudiar primero una parcela, donde sepamos que están re­presentadas las principales variedades de su flora y fauna. Voy a utilizar en este libro dos unidades de análisis, una simple y la otra complicada: el movimiento y la creación artística. Espero convencer al lector de que estudiar las semejanzas y diferencias de actividades tan distintas arroja claridad en un asunto sempi­ternamente oscuro.

Ahora le corresponde al movimiento. La inteligencia hu­mana es, evidentemente, una inteligencia encarnada. Si hay un sistema que compartamos con nuestros primos, los animales, es el muscular. ¿Ha sido transfigurado por la inteligencia? ¿Se dis­tingue también en el movimiento físico la transformación provo­cada en otras actividades por el poder de autodeterminarse? ¿Hay creación de movimientos libres? Mi tesis es que el movimiento inteligente tiene dos características distintas: es voluntario y posee habilidades inaccesibles para el animal, que han sido creadas intencionalmente por el hombre.

Para muchos psicólogos, la actividad mental es la actividad física que se ha interiorizado. La acción sería la primera manifes­tación de la inteligencia. Como dice Sperry, hay que pensar que la actividad mental es un medio para ejecutar acciones, en vez de creer que la actividad motora sea una forma subsidiaria diseñada para satisfacer las demandas de los centros nerviosos superiores. No actuamos para conocer, sino que conocemos para actuar, dice esta nueva versión del Primum vivere deinde filosofare hecha por un premio Nobel de Medicina.

La inteligencia separa cada vez más la respuesta del estímulo, convirtiendo la información en estado consciente en un interme­diario poderoso. El movimiento intencional, es decir, dirigido por intenciones, se basa en la irrealidad pensada o imaginada. Lo que llamo irrealidad no es más que la información manejada por el sujeto. Los significados proferidos por la inteligencia, sean per­ceptivos, imaginarios, abstractos, funcionan como irrealidades. El mañana es una irrealidad, y también el ayer y el hoy, salvo, en todo caso, el instante presente. Cuando elaboro un plan, anticipo un futuro y esta capacidad de manejar irrealidades cambia por completo el régimen de mi vida mental.

Preguntaba antes si la inteligencia ha transfigurado el movi­miento. Pues bien, ha transformado incluso la anatomía. Clark (1959) y Napier (1962) han mostrado el cambio morfológico de la mano, que revela el cambio en su función, y, con él, el de la inteligencia que la usa. El fin de la evolución que culmina con el hombre es privar a la mano de toda especialización. Ya no es mano para agarrar, dar zarpazos o trepar. Es, literalmente, una mano para todo. Una mano descontextualizada. Instrumento puro. Con su evolución, la mano adquiere nuevas capacidades funcionales, sin perder otras, como la de poner las falanges lo su­ficientemente separadas para poder transportar objetos pesados, o la de hacerlas converger para ahuecar las manos y ayudarse a co­mer. A estas antiquísimas habilidades, compartidas con los si­mios, se añade una capacidad combinada de fuerza y precisión de agarre. La mano se convierte en una maravilla de la ingeniería biológica: la flexibilidad de la palma y del pulgar aumenta debido a los cambios en los huesos trapecio y cingular, y en su articulación; el pulgar se alarga y aumenta el ángulo externo que forma con la mano; las falangetas crecen en anchura y en longitud, sobre todo la del pulgar. La interacción entre esta virtuosa morfología y los sofis­ticados programas de acción que puede realizar es un compendio de los enigmas que presenta la relación de la inteligencia con el cuerpo. Vigotsky solía citar una frase de Bacon: «Nec manus, nisi intellectus, sibi permissus, multum valet» (Ni la mano ni el intelecto valen mucho por sí mismos) (Napier, J. R.: «The evolution of the hands», Scientific American, n.' 207, 1962).
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El organismo es un sistema en continuo movimiento. No va­mos a hablar de los movimientos automáticos, como los del cora­zón o el intestino, ni de los movimientos reflejos que se resuel­ven por vías prefijadas, sino de los intencionales, aquellos que suscito y controlo. Es cierto que nos movemos por motivaciones complejas y que son nuestros deseos o necesidades los que nos impulsan a la acción. Sin embargo, en situaciones no patológicas, ninguna representación de un fin, ningún deseo dispara la res­puesta. Hay un hiato entre la idea y el movimiento, que el sujeto salva mediante un acto difícil de analizar que los medievales lla­maban imperium y los modernos podemos denominar orden de arranque. El Yo ejecutivo, que comenzó a dibujarse en el capí­tulo precedente, se reconoce como origen y responsable de estos movimientos. De él parte la orden que saca al cuerpo de su iner­cia. Es este acto, que resuelve la heterogeneidad existente entre las representaciones que guían o motivan la acción y el movi­miento, lo que resulta imposible en las abulias patológicas. Voy a referirme a los estudios de Pierre Janet, un psiquiatra contempo­ráneo de Freud, por quien siento una vieja admiración. Marcelle, una de sus pacientes, era incapaz de abrir una puerta, o de tomar un objeto que estuviera a su alcance, a pesar de no sufrir ningún tipo de incapacidad motora. Janet sostenía que estos pacientes pa­decían una incapacidad de unificar su vida mental. Las distintas ocurrencias ocupaban su conciencia como visitantes que no se atreven a tomar decisiones. De vez en cuando, en tromba, sin pre­meditación, una de ellas desencadenaba una acción involuntaria. Consumido ese espasmo automático, la enferma recaía en su insal­vable pasividad. Sin embargo, bajo sugestión hipnótica realizaba sin dificultad los actos que Janet le indicaba. Sucedía como si la voz del médico sustituyera la inexistente voz ejecutiva de Marce­lle, que volvía a una situación infantil de voluntad compartida. La relación entre el movimiento y un tipo de lenguaje imperativo, que ella era incapaz de proferir, no se daba tan sólo en los trances hipnóticos. La enferma sufría también alucinaciones acústicas, en las que creía escuchar órdenes que obedecía con escrupulosa y te­rrible exactitud, aunque pusieran en peligro su vida. Es difícil pre­cisar más sobre este asunto, y por ahora nos basta con reconocer que el sujeto inteligente no se ve impelido a la acción forzosa­mente, sino que mantiene un último control sobre el comienzo de los movimientos que no son automáticos ni reflejos.

En los movimientos intencionados, que son los que nos inte­resan, la orden de marcha pone en ejecución un proyecto. Estoy sentado en mi despacho y pienso que necesito levantarme para coger un libro de la biblioteca. Formulo, pues, un proyecto que va a dirigir mi acción. Los esfuerzos de los conductistas para e .~ plicar el comportamiento por una secuencia de estímulos y res­puestas han caído en descrédito. Lo que define una acción o un movimiento voluntario es la tarea motora, la intención, el proyecto, el plan que los guía. No es el premio lo que desenca­dena mi acción  el estímulo reforzador, como diría Skinner , sino lo que yo creo que va a ser el premio, es decir, una repre­sentación mental que decido realizar.

¿En qué consiste mi proyecto motor de coger el libro? ¿Cómo pienso ese plan? Lo primero que se me ocurre decir es que pa­rece que no pienso en ningún plan, sino que me propongo un fin y lo realizo, como si ya supiera por anticipado cómo he de reali­zarlo. Y es cierto que en los movimientos sencillos ocurre así. Utilizamos un esquema de acción, que funciona tan certeramente como los esquemas de reconocimiento. De ellos conocemos me­jor los resultados que su modo de actuar. Al levantarme para coger el libro, mi cuerpo realiza los movimientos adecuados, sin que tenga que decidir conscientemente si comienzo a andar con el pie derecho o con el izquierdo. A lo sumo, decido el estilo ge­neral del movimiento: si me levanto brusca o pausadamente, si rodeo los muebles o salto por encima de ellos, si voy deprisa o despacio. Pero los centros de regulación muscular hacen lo de­más. Han aprendido a realizar esquemas de movimiento, que son también el elemento invariante en una multiplicidad. Una misma acción puede realizarse de maneras diferentes, cada una de las cuales pondrá en juego distintos sistemas musculares. Por ejemplo, cuando un sujeto aprende a escribir la «A», no adquiere un mero adiestramiento muscular, sino un saber hacer analógico abstracto, esquemático, que puede ejecutarse con una gran varie­dad de modalidades. Sabrá escribirlas en un papel o en la pizarra, con letras pequeñísimas o enormes, horizontales o verticales, in­cluso será capaz de escribirla con la mano izquierda. En cada caso, los movimientos musculares serán completamente distin­tos, a pesar de lo cual el resultado se mantendrá invariable. Ha­brá escrito una «A».

Parece que el proyecto controla desde una olímpica distancia el desarrollo de la acción, porque no tengo que elaborar planes conscientes especiales para levantarme y andar hacia la estante­ría. Entrego el control de la acción a automatismos corporales muy perfectos: incorporarme, andar, sortear los obstáculos. Los estudios de Bernstein sobre la coordinación y regulación del mo­vimiento nos han enseñado la complejidad de esos simples actos que con tanta facilidad ejecutamos. Toda acción, desde andar hasta componer un poema se realiza con la ayuda de estos dóci­les sirvientes. Cuando ponemos en marcha un automatismo mus­cular, se produce un movimiento que continuamente va siendo comparado con un patrón. Si el movimiento es correcto, conti­núa: si es incorrecto  por ejemplo, porque se pierde el equilibrio, o se tropieza  el sistema se encarga de corregirlo. Para realizar esta función, el cerebro necesita recibir información sobre cómo está realizándose la acción. Es lo que se llama «retroalimenta­ción» o («feed back», que es una expresión muy certera, porque, efectivamente, el cerebro alimenta, con la información que le llega, la continuación del movimiento. Se trata de una estruc­tura general de la acción dirigida, que se da en todos los niveles del comportamiento. El proyecto no es una invocación a la ca­sualidad, sino un patrón que controla minuciosamente la con­ducta.

Los mecanismos de feed back son, pues, imprescindibles para el movimiento. Es impensable, por ejemplo, que pudiéramos mantener el equilibrio al andar, o al montar en bicicleta, sin que una serie de sensaciones cinestésicas nos mantengan bien infor­mados de lo que hacemos. Este aspecto esencial del comporta­miento se manifiesta trágicamente en el caso de la rehabilitación de parapléjicos, de personas que han perdido el movimiento de sus miembros por una lesión en la médula espinal. Insertando en los músculos electrodos que permiten mandar estímulos eléctri­cos, estos enfermos pueden contraer los músculos. Incluso po­drían hacerlo eficazmente, con la ayuda de un pequeño microor­denador, a pesar de que la simple acción de andar pone en funcionamiento más de diecinueve grupos musculares, que tie­nen que funcionar en un orden establecido con mucha precisión. El gran obstáculo para conseguir la rehabilitación es que el pa­ciente carece de retroalimentación sensorial. Es decir, no sabe lo que está haciendo. Tiene que limitarse a «ver desde fuera» lo que sus piernas hacen, y esta información es muy pobre.

Los hábitos motores, las destrezas aprendidas, se organizan je­rárquicamente. Aprendemos palabras, esquemas de frases y com­binaciones sintácticas cada vez más complicadas. El aprendizaje de una lengua es la constitución de unos hábitos jerarquizados. Los más complejos se fundan en los más elementales. Los psicó­logos han estudiado con detenimiento el desarrollo de esas habi­lidades. Por ejemplo, los mecanógrafos aprenden a reconocer a ciegas la posición de las letras, pero después aprenden automa­tismos de frase, que les permiten ir leyendo el texto varias pala­bras por delante de lo que están escribiendo, sin prestar aten­ción, confiados en sus hábitos motores. El aprendizaje de un pia­nista consiste en romper unos automatismos, por ejemplo la coordinación entre las dos manos, para consolidar otros nuevos. El ejemplo de los cantantes de ópera es espectacular. Un alumno de canto tiene que aprender unas coordinaciones musculares muy complejas para producir el sonido deseado. Consigue liberar su voz trabajando como un forzado de galeras. Tiene que domi­nar ciertos elementos del aparato vocal, como por ejemplo el diá­metro faríngeo, la posición del velo del paladar o de la laringe, y no posee ningún medio de actuar conscientemente sobre ellos. Todavía es un misterio cómo, tras unos cuantos años de esfuerzo, conseguirá realizar esos ajustes musculares extraordinariamente precisos. Al llegar a ese nivel triunfal, lo que ha logrado es po­seer unos automatismos que le permiten la libertad deseada. La vistosa cúpula de la creación libre se funda en los invisibles ci­mientos de los automatismos.

Así pues, sin que nos demos cuenta el sistema nervioso com­para los movimientos musculares realizados con el proyecto mus­cular en curso. Pero, además de este chequeo rutinario, la inteli­gencia realiza otro de mayor nivel, por el que evalúa si el plan se está realizando de manera adecuada, si es eficaz o si conviene in­troducir variaciones. En mi travesía casera en busca del libro he llegado junto a la librería. Alzo el brazo para coger el volumen y compruebo que no lo alcanzo. En ese momento, los automatis­mos que me habían llevado hasta allí claudican ante la nueva si­tuación, y he de elaborar un nuevo plan: acercar una silla, dar un salto, traer una escalera, trepar por la estantería o levitar me­diante la meditación trascendental. Debo elegir entre esta va­riedad de posibilidades, lo que me fuerza a evaluar la situación y los distintos proyectos. Es evidente que esta evaluación es más compleja que el simple chequeo muscular. Los patrones que usa la inteligencia para realizar esta función pueden ser complejos y, a veces, sorprendentemente vagos, como veremos más tarde. Para terminar mi proyecto, y no gastar el día meditando sobre él, decido usar una silla, cojo el libro, vuelvo a mi sillón y doy la orden de parada de la acción. Es decir, considero que el proyecto está cumplido. De nuevo he realizado una comparación, porque todo plan debe incluir un criterio para decidir cuándo la acción se ha consumado, y una orden de parada aneja. Adver­tiré al lector que no se deje engañar por la aparente simplicidad de esta última afirmación, porque en muchas ocasiones, por ejemplo en la actividad artística, es muy difícil saber cuándo una acción está concluida. Para tratar este tema, el lector y yo nos encontraremos unos capítulos más adelante.

Ya tenemos la estructura de toda acción voluntaria, sea mon­tar en bicicleta o componer la Novena Sinfonía: hay un proyecto, una orden de marcha, una serie de operaciones automatizadas o conscientemente dirigidas, una continua comparación con el plan previo, que lleva a una evaluación tras la cual la acción continúa o se corrige. Superada la última evaluación, se extiende el finiquito, que es la orden de parada. Planear, ordenar, ejecu­tar, comparar, evaluar, parar. Esto es todo. En cada tarea, los es­quemas, planes, movimientos, problemas, evaluaciones, serán distintos. Lo único que permanece estable es la estructura.
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