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EXPERIENCIAS GUIADAS


© Silo 2002. Historial de publicaciones de esta obra en Castellano: Publicada en España por Ed. Plaza y Janes, 1989; en México por Ed. Plaza y Valdés, 1991; en Argentina por Ed. Planeta, 1991; en Estados Unidos de América por Ed. Latitude Press (Obras Completas, vol I), 1993; en Argentina por Ed. Magenta (Obras Completas, vol. I), 1998; en España por Ediciones Humanista (Obras Completas, vol I), 1999; en México por Ed. Plaza y Valdés (Obras Completas, vol I), 2002.

Primera parte: narraciones
I. EL NIÑO

Voy caminando por el campo. Es de mañana, muy temprano. A medida que avanzo me siento seguro y alegre.

Alcanzo a divisar una construcción de aspecto antiguo. Parece hecha de piedra. También el techo, a dos aguas, es como de piedra. Grandes columnas de mármol resaltan en el frente. Llego al edificio y veo una puerta de metal, al parecer muy pesada. Desde un costado, sorpresivamente, salen dos animales feroces que se me abalanzan. Afortunadamente, quedan retenidos por sendas cadenas tensas, a muy corta distancia de mí. No tengo cómo llegar a la puerta sin que los animales me ataquen. Entonces, les arrojo un bulto que contiene comida. Las bestias lo engullen y quedan dormidas.

Me acerco a la puerta. La examino. No veo cerrojo ni otro elemento a utilizar para abrirla. Sin embargo, empujo suavemente y la hoja se abre con un sonido metálico de siglos. Un ambiente muy largo y suavemente iluminado, queda al descubierto. No alcanzo a ver el fondo. A izquierda y derecha hay cuadros que llegan hasta el suelo. Son tan grandes como personas. Cada uno representa escenas diferentes. En el primero, a mi izquierda, figura un hombre sentado tras una mesa sobre la que hay barajas, dados y otros elementos de juego. Me quedo observando el extraño sombrero con que está cubierta la cabeza del jugador. Entonces, trato de acariciar la pintura en la parte del sombrero pero no siento resistencia al tacto, sino que el brazo entra en el cuadro. Introduzco una pierna y luego todo mi cuerpo en el interior del cuadro. El jugador levanta una mano y exclama: “¡Un momento, no puede pasar si no paga la entrada!” Busco entre mis ropas, extraigo una esferita de cristal y se la doy. El jugador hace un gesto afirmativo y paso por su lado.

Estoy en un parque de diversiones. Es de noche. Veo por todas partes juegos mecánicos plenos de luz y movimiento... pero no hay nadie. Sin embargo, descubro cerca mío a un chico de unos diez años. Está de espaldas. Me acerco y cuando gira para mirarme, advierto que soy yo mismo cuando era niño. (*)

Le pregunto qué hace allí y me dice algo referente a una injusticia que le han hecho. Se pone a llorar y lo consuelo prometiéndole llevarlo a los juegos. Él insiste en la injusticia. Entonces, para entenderlo, comienzo a recordar cuál fue la injusticia que padecí a esa edad. (*)

Ahora recuerdo y por algún motivo comprendo que es parecida a la injusticia que sufro en la vida actual. Me quedo pensando, pero el niño continúa con su llanto. (*)

Entonces digo: “Bueno, voy a arreglar esa injusticia que al parecer me hacen. Para eso, comenzaré a ser amigable con las personas que me crean esa situación”. (*)

Veo que el niño ríe. Lo acaricio y le digo que volveremos a vernos. Me saluda y se va muy contento. Salgo del parque, pasando al lado del jugador que me mira de soslayo. En ese momento toco su sombrero y el personaje guiña un ojo burlonamente. Emerjo del cuadro y me encuentro en el ambiente largo, nuevamente. Entonces, caminando con paso lento, salgo por la puerta. Afuera, los animales duermen. Paso entre ellos sin sobresalto.

El día espléndido me acoge. Regreso por el campo abierto con la sensación de haber comprendido una situación extraña cuyas raíces se hunden en un tiempo lejano. (*)


II. EL ENEMIGO

Estoy en el centro de la ciudad, en el momento de mayor actividad comercial. Vehículos y gentes se desplazan apresuradamente. También yo me muevo con urgencia.

De pronto, todo queda paralizado. Únicamente yo tengo movimiento. Entonces, examino a las personas. Me quedo observando a una mujer y luego a un hombre. Doy vueltas alrededor de ellos. Los estudio desde muy cerca. Luego subo al techo de un auto y desde allí miro alrededor comprobando, además, que todo está en silencio. Reflexiono un instante y compruebo que las personas, vehículos y todo tipo de objetos, están a mi disposición. Inmediatamente me pongo a hacer todo lo que quiero, de tal manera y tan frenéticamente que pasado un tiempo quedo agotado. Estoy descansando mientras se me ocurren nuevas actividades. Es así que vuelvo a hacer lo que se me antoja sin prejuicio alguno.

¡Pero a quién veo allí! Nada menos que a ese ejemplar con el que tengo varias cuentas pendientes. En efecto, creo que es quien más me ha perjudicado en toda mi vida... Como las cosas no pueden quedar así, toco de pronto a mi enemigo y veo que recobra alguno de sus movimientos. Me mira con horror y entiende la situación pero está paralizado e indefenso. Por consiguiente, comienzo a decirle todo lo que quiero, prometiéndole mi revancha de inmediato. Sé que siente todo, pero no puede responder, así es que comienzo por recordarle aquellas situaciones en las que me afectó tan negativamente. (*)

Mientras estoy atareado con mi enemigo, aparecen caminando varias personas. Se detienen ante nosotros y empiezan a apremiar al sujeto. Este comienza a responder entre llantos que está arrepentido de lo que ha hecho. Pide perdón y se arrodilla mientras los recién llegados continúan interrogándolo. (*)

Pasado un tiempo, proclaman que una persona tan infame no puede seguir viviendo así es que lo condenan a muerte. Están por lincharlo, mientras la víctima pide clemencia. Entonces lo perdono. Todos acatan mi decisión. Luego el grupo se va muy conforme. Quedamos solos nuevamente. Aprovecho la situación para completar mi desquite, ante su desesperación creciente. De manera que termino por decir y hacer todo lo que me parece adecuado. (*)

El cielo se oscurece violentamente y empieza a llover con fuerza. Mientras busco refugio tras una vidriera, observo que la ciudad recobra su vida normal. Los peatones corren, los vehículos marchan con cuidado por entre cortinas de agua y ráfagas de viento huracanado. Fulgores eléctricos continuados y fuertes truenos enmarcan la escena mientras sigo mirando a través de los cristales. Me siento totalmente relajado, como vacío por dentro, mientras observo casi sin pensar.

En ese momento aparece mi enemigo buscando protección de la tormenta. Se acerca y me dice: “¡qué suerte estar juntos en esta situación!” Me observa tímidamente. Lo reconforto con una suave palmada, mientras se encoge de hombros. (*)

Comienzo a revisar en mi interior, los problemas del otro. Veo sus dificultades, los fracasos de su vida, sus enormes frustraciones, su debilidad. (*)

Siento la soledad de ese ser humano que se cobija a mi lado húmedo y tembloroso. Lo veo sucio, en un abandono patético. (*)

Entonces, en un rapto de solidaridad, le digo que voy a ayudarlo. El no dice palabra alguna. Baja la cabeza y mira sus manos. Advierto que sus ojos se nublan. (*)

Ha cesado la lluvia. Salgo a la calle y aspiro profundamente el aire limpio. Inmediatamente me alejo del lugar.

III. EL GRAN ERROR

Estoy de pie frente a una especie de tribunal. La sala, repleta de gente, permanece en silencio. Por todas partes veo rostros severos. Cortando la tremenda tensión acumulada en la concurrencia, el Secretario (ajustando sus gafas), toma un papel y anuncia solemnemente: “Este Tribunal, condena al acusado a la pena de muerte”. Inmediatamente se produce un griterío. Hay quienes aplauden, otros abuchean. Alcanzo a ver a una mujer que cae desmayada. Luego, un funcionario logra imponer silencio.

El Secretario me clava su turbia mirada al tiempo que pregunta: “¿Tiene algo que decir?”. Le respondo que sí. Entonces, todo el mundo vuelve a sus asientos. Inmediatamente, pido un vaso con agua y luego de alguna agitación en la sala, alguien me lo acerca. Lo llevo a la boca y tomo un sorbo. Completo la acción con una sonora y prolongada gárgara. Después digo: “ya está!”. Alguien del tribunal me increpa ásperamente “–¡cómo que ya está!”. Le respondo que sí, que ya está. En todo caso, para conformarlo le digo que el agua del lugar es muy buena, que quién lo hubiera dicho, y dos o tres gentilezas por el estilo...

El Secretario, termina de leer el papel con estas palabras: “...por consiguiente, se cumplirá la sentencia hoy mismo dejándolo en el desierto sin alimentos y sin agua. Sobre todo, sin agua. ¡He dicho!” Le pregunto con fuerza: “¿Cómo que... he dicho?”. El Secretario, arqueando las cejas afirma: “¡Lo que he dicho, he dicho!”

Al poco tiempo me encuentro en medio del desierto viajando en un vehículo, escoltado por dos bomberos. Paramos en un punto y uno de ellos dice: “¡Baje!”. Entonces, bajo. El vehículo gira y regresa por donde vino. Lo veo hacerse cada vez más pequeño, a medida que se aleja entre las dunas.

El sol está declinando pero es intenso. Comienzo a sentir mucha sed. Me quito la camisa, colocándola sobre la cabeza. Investigo alrededor. Descubro cerca una hondonada al costado de unas dunas. Voy hacia ellas y termino sentándome en el delgado espacio de sombra que proyecta la ladera. El aire se agita vivamente levantando una nube de arena que oscurece al sol. Salgo de la hondonada temiendo ser sepultado si el fenómeno se acentúa. Las partículas arenosas pegan en mi torso descubierto, como ráfagas de metralla vidriosa. Al poco tiempo la fuerza del viento me ha derribado.

Pasó la tormenta, el sol se ha puesto. En el crepúsculo veo ante mi una semiesfera blanquecina, grande como un edificio de varios pisos. Pienso que se trata de un espejismo. No obstante, me incorporo dirigiéndome hacia ella. A muy poca distancia, advierto que la estructura es de un material terso, como plástico espejado, tal vez henchida por aire comprimido.

Me recibe un sujeto vestido a la usanza beduina. Entramos por un tubo alfombrado. Se corre una plancha y al mismo tiempo me asalta el aire refrescante. Estamos en el interior de la estructura. Observo que todo está invertido. Se diría que el techo es un piso plano del que penden diversos objetos: mesas redondas elevadas con las patas hacia arriba; aguas que cayendo en chorros se curvan y vuelven a subir y formas humanas sentadas en lo alto. Al advertir mi extrañeza, el beduino me pasa unas gafas, mientras dice: “¡póngaselas!”. Obedezco y se restablece la normalidad. Al frente veo una gran fuente que expele verticales chorros de agua. Hay mesas y diversos objetos exquisitamente combinados en color y forma.

Se me acerca gateando el Secretario. Dice que está terriblemente mareado. Entonces le explico que está viendo la realidad al revés y que debe quitarse las gafas. Se las quita y se incorpora suspirando, al tiempo que dice: “En efecto, ahora todo está bien, sólo que soy corto de vista”. Luego agrega que me andaba buscando para explicar que yo no soy la persona a la que debía juzgar; que ha sido una lamentable confusión. Inmediatamente, sale por una puerta lateral.

Caminando unos pasos, me encuentro con un grupo de personas sentadas sobre almohadones en círculo. Son ancianos de ambos sexos, con características raciales y atuendos diferentes. Todos ellos, de hermosos rostros. Cada vez que uno de ellos abre la boca, brotan sonidos como de engranajes lejanos, de máquinas gigantes, de relojes inmensos. Pero también escucho la intermitencia de los truenos, el crujido de las rocas, el desprendimiento de los témpanos, el rítmico rugido de volcanes, el breve impacto de la lluvia gentil, el sordo agitar de corazones; el motor, el músculo, la vida... pero todo ello armonizado y perfecto, como en una orquesta magistral.

El beduino me da unos audífonos, diciendo: “Colóqueselos. Son traductores”. Me los pongo y escucho claramente una voz humana. Comprendo que es la misma sinfonía de uno de los ancianos, traducida para mi torpe oído. Ahora, al abrir él la boca, escucho: “...somos las horas, somos los minutos, somos los segundos... somos las distintas formas del tiempo. Como hubo un error contigo, te daremos la oportunidad de recomenzar tu vida. ¿Dónde quieres empezarla de nuevo? Tal vez desde el nacimiento... tal vez un instante antes del primer fracaso. Reflexiona”. (*)

He tratado de encontrar el momento en el que perdí el control de mi vida. Se lo explico al anciano. (*)

Muy bien –dice él– y ¿cómo vas a hacer, si vuelves a ese momento, para tomar un rumbo diferente? Piensa que no recordarás lo que viene después. Queda otra alternativa, –agrega– puedes volver al momento del mayor error de tu vida y, sin cambiar los acontecimientos, cambiar sin embargo sus significados. De ese modo, puedes hacerte una vida nueva.

En el momento en que el anciano hace silencio, veo que todo a mi alrededor se invierte en luces y colores, como si se transformara en el negativo de una película... hasta que todo vuelve a la normalidad. Pero me encuentro en el momento del gran error de mi vida. (*)

Allí estoy impulsado a cometer el error. ¿Y por qué estoy obligado a hacerlo? (*)

¿No hay otros factores que influyen y no los quiero ver? El error fundamental, ¿a qué cosas se debe? ¿Qué tendría que hacer, en cambio? ¿Si no cometo ese error, cambiará el esquema de mi vida y esta será mejor o peor? (*)

Trato de comprender que las circunstancias que obran no pueden ser modificadas y acepto todo como si fuera un accidente de la naturaleza: como un terremoto, o un río que desbordando su lecho, arruina el trabajo y la vivienda de los pobladores. (*)

Me esfuerzo por aceptar que en los accidentes no hay culpables. Ni mi debilidad; ni mis excesos; ni las intenciones de otros, pueden ser modificadas en este caso. (*)

Sé que si ahora no me reconcilio, mi vida a futuro seguirá arrastrando la frustración. Entonces, con todo mi ser, perdono y me perdono. Admito aquello que ocurrió como algo incontrolable por mi y por otros. (*)

La escena comienza a deformarse invirtiéndose los claroscuros como en un negativo de fotografía. Al mismo tiempo, escucho la voz que me dice: “Si puedes reconciliarte con tu mayor error, tu frustración morirá y habrás podido cambiar tu Destino...”

Estoy de pie en medio del desierto. Veo aproximarse un vehículo. Le grito: “¡Taxi!”. Al poco tiempo estoy sentado cómodamente en los asientos traseros. Miro al conductor que está vestido de bombero y le digo: “Lléveme a casa... no se apure, así tengo tiempo de cambiarme la ropa.” Pienso: “¿Quién no ha sufrido más de un accidente a lo largo de su vida?”

IV. LA NOSTALGIA

Las luces coloreadas destellan al ritmo de la música. Tengo al frente a quien fue mi gran amor. Bailamos lentamente y cada flash me muestra un detalle de su rostro o de su cuerpo. (*)

¿Qué falló entre nosotros? Tal vez el dinero. (*)

Tal vez aquellas otras relaciones. (*)

Tal vez aspiraciones diferentes. (*)

Tal vez el destino, o eso tan difícil de precisar entonces. (*)

Bailo lentamente, pero ahora con quién fue ese otro gran amor. Cada flash me muestra un detalle de su rostro o de su cuerpo. (*)

¿Qué falló entre nosotros? Tal vez el dinero. (*)

Tal vez aquellas otras relaciones. (*)

Tal vez aspiraciones diferentes. (*)

Tal vez el destino, o eso tan difícil de precisar entonces. (*)

Yo te perdono y me perdono, porque si el mundo baila alrededor y nosotros bailamos, qué podemos hacer por las férreas promesas que fueron mariposas de colores cambiantes.

Rescato lo bueno y lo bello del ayer contigo. (*)

Y también contigo. (*)

Y con todos aquellos en los que encandilé mis ojos. (*)

¡Ah, sí! La pena, la sospecha, el abandono, la infinita tristeza y las heridas del orgullo, son el pretexto. Qué pequeños resultan al lado de una frágil mirada. Porque los grandes males que recuerdo son errores de danza y no la danza misma.

De ti agradezco la sonrisa leve. Y de ti el murmullo. Y de todos aquellos, agradezco la esperanza de un amor eterno. Quedo en paz con el ayer presente. Mi corazón está abierto a los recuerdos de los bellos momentos. (*)
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