Prefacio






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Prefacio



Había acabado precisamente de intentar convencer a una clase de estudiantes de que existía una explicación racional del tabú hindú sobre el sacrificio de las vacas. Estaba seguro de haber salido al paso de todas las objeciones imaginables. Rebosante de confianza, pregunté si alguien quería formular alguna pregunta. Un joven agitado levantó su mano. “Pero, ¿qué opinaba del tabú judío sobre la carne de cerdo?”
Unos meses más tarde emprendí una investigación que pretendía explicar por qué los judíos y musulmanes aborrecen la carne de cerdo. Tardé cerca de un año antes de disponerme a poner a prueba mis ideas ante un grupo de colegas. Tan pronto como dejé de hablar, un amigo mío, experto en los indios de Sudamérica, dijo: “Pero, ¿qué opina del tabú de los tapirapé sobre la carne de venado?”
Y lo mismo sucedió con cada uno de los enigmas para los que he intentado encontrar una explicación práctica. Tan pronto como acabo de explicar un estilo de vida o una costumbre previamente inescrutable, alguien contraataca con otra:

-“Bien, quizás esto vale para el potlatch entre los kwakiutl, pero, ¿cómo explica la guerra entre los yanomamo?”

-“Creo que puede existir un déficit de proteínas...”

-“Pero, ¿qué oponía de los cultos cargo en las Nuevas Hébridas?”
Las explicaciones de los estilos de vida son como las patatas fritas. La gente insiste en comérselas hasta acabar con toda la bolsa.
Esta es una de las razones por las que este libro pasa de un tema a otro. Desde la India hasta el Amazonas, y desde Jesús hasta Carlos Castaneda. Pero persisten algunas diferencias en comparación con la bolsa ordinaria de patatas fritas. En primer lugar, aconsejo no arrancar el primer pedazo que se os antoje. Mí explicación de las brujas depende de la explicación de los mesías, y ésta de la explicación de los “grandes hombres”, que a su vez depende de la explicación del sexismo, la cual depende de la explicación del amor a los cerdos, que depende de la explicación del aborrecimiento de los cerdos, que a su vez depende de la explicación del amor a las vacas. No se trata de que el mundo empezara con el amor a las vacas, sino que en mi propio intento por comprender las causas de los estilos de vida, es por donde he empezado... Así que, por favor, no tratéis de coger al azar.
Es importante que los capítulos de este libro se consideren como fundados unos en otros y con un efecto acumulativo. De lo contrario, no tendré ninguna defensa contra la paliza que seguramente querrán propinarme los expertos en una docena de campos y disciplinas. Respeto a los expertos y quiero aprender de ellos, pero pueden ser tanto un estorbo como una ventaja si hay que depender de varios de ellos a la vez ¿Habéis intentado alguna vez preguntar a un especialista en hinduismo sobre el amor a los cerdos en Nueva Guinea, o a una autoridad en Nueva Guinea sobre el aborrecimiento de los cerdos entre los judíos, o a un experto en judaísmo sobre los mesías en Nueva Guinea? Mi justificación para aventurarme a través de disciplinas, continentes y siglos es que el mundo se extiende a través de disciplinas, continentes y siglos. Nada hay en la naturaleza tan completamente diferente como dos conjuntos de juicios de expertos.
Respeto la obra de los estudiosos individuales que amplían y perfeccionan pacientemente sus conocimientos de un solo siglo, tribu o personalidad, pero pienso que estos esfuerzos deben ser más sensibles a los problemas de ámbito general y comparativo. La incapacidad manifiesta de nuestro superespecializado “establishment” científico para decir algo coherente sobre las causas de los estilos de vida no tiene su origen en ninguna anarquía intrínseca de los fenómenos de los estilos de vida. Más bien creo que es el resultado de otorgar recompensas como premio a especialistas que nunca amenazan un hecho con una teoría. Una relación proporcional como la que existe desde hace algún tiempo entre la magnitud de la investigación social y la profundidad de la confusión social sólo puede significar una cosa: la función social global de toda esa investigación es impedir que la gente comprenda las causas de su vida social.
Las autoridades del “establishment” del saber insisten en que este estado de confusión se debe a una falta de estudios. Pronto se celebrará un seminario en el cielo basado en diez mil nuevos viajes de campo. Pero sabremos menos, no más, si estos estudios se hacen con la suya. Sin una estrategia que pretenda llenar el vacío entre las especialidades y organizar los conocimientos existentes siguiendo líneas teóricamente coherentes, la investigación adicional no conducirá a una mejor comprensión de las causas de los estilos de vida. Si buscamos realmente explicaciones causales, debemos tener al menos alguna idea aproximada de a dónde mirar entre los hechos potencialmente inagotables de la naturaleza y la cultura. Espero que algún día se descubrirá que mi propia obra ha contribuido al desarrollo de estrategia, mostrando a dónde mirar.

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