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Epílogo



Si la bruja ya está aquí, ¿puede estar muy lejos el salvador?
Norman Cohn, en su libro The Pursuit of the Millennium, vincula los movimientos mesiánicos que precedieron a la Reforma protestante con las convulsiones seculares del siglo xx. Pese a su desprecio de los mitos y leyendas específicos del mesianismo judeocristiano, la conciencia de estilo de vida de figuras como Lenin, Hitler y Mussolini tuvo su origen en un conjunto de condiciones prácticas y mundanas similares a las responsables del surgimiento de salvadores religiosos tales como Juan de Leyden, Müntzer, o incluso Manahem, Bar Kochva y Yali. Los mesías militares ateos y seculares comparten con sus predecesores religiosos una «promesa milenaria ilimitada, realizada con una convicción de tipo profético ilimitada». Al igual que los salvadores judeocristianos, afirman estar encargados personalmente de la misión de llevar la historia a una consumación predeterminada. Para Hitler se trataba del Reich milenario purificado del pólipo de los judíos y otras brujas y diablos domésticos; para Lenin se trataba de la Jerusalén Comunista cuyo lema era el de la primera comuna cristiana: «y todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común», o como dice Trotskí: «Dejad que los sacerdotes de todas las confesiones religiosas hablen de un paraíso en el más allá; nosotros decimos que crearemos un verdadero paraíso para los hombres en esta tierra». Para las masas alienadas, inseguras, marginales, depauperadas, endemoniadas y hechizadas, el mesías secular promete redención y realización a escala cósmica. No sólo la oportunidad de mejorar la propia existencia cotidiana, sino el compromiso total en una misión de «importancia única y maravillosa».
Medida por las visiones grandiosas de la conciencia militar-mesiánica la contracultura parece ser una afirmación relativamente inofensiva de la futilidad de la lucha política, sea de derechas, de izquierdas o de centro. Pero la complacencia sólo es una respuesta apta para la Conciencia III a corto plazo y en ausencia de una disciplina bien formada capaz de explicar los procesos causales de la historia.
La pretendida «subversión de la concepción científica del mundo» no es peligrosa porque amenace realmente alguna parte de la infraestructura tecnológica de nuestra civilización. Los entusiastas de la contracultura dependen tanto del transporte de alto consumo energético, de la electrónica transistorizada y de la producción masiva de tejidos y alimentos como el resto de nosotros, pero les faltan la voluntad y el conocimiento necesarios para una reversión a formas de producción y comunicación más primitivas. De todas formas, nada hay que temer de una secta, clase o nación que no participe en el progreso de la tecnología nuclear, cibernética y biofísica. Tales grupos sufrirán inevitablemente el destino de los otros pueblos de la Edad de Piedra del siglo XX. Tal vez sobrevivan, pero sólo precariamente y bajo la tolerancia de vecinos enormemente más poderosos, en reservas o en comunas protegidas por su valor como atracciones turísticas. La regresión a etapas tecnológicas más primitivas o incluso el mantenimiento del nivel alcanzado en la actualidad por las potencias industrializadas sólo puede aparecer como la proposición más ridícula y descabellada para la mayor parte de la humanidad que cada día está más decidida a mejorar su estilo de vida rompiendo el monopolio euroamericano y japonés sobre la ciencia y la tecnología. Un millón de Reíchs y Roszaks entonando cánticos afectan al progreso y propagación de la ciencia y la tecnología tanto como el chirrido de un solo grillo vagabundo al funcionamiento de un alto horno automatizado. La amenaza de la contracultura está en otra parte.
Creemos que los gurús de la Conciencia III no pueden detener o aminorar el progreso de la tecnología; pero pueden aumentar el nivel de la confusión popular en lo que atañe a los modos en que se ha de desarrollar esta tecnología para reducir, en lugar de intensificar, las injusticias y la explotación, a los modos en que se ha de desarrollar para que sirva a fines humanos y constructivos en vez de intensificar la producción pero mantener la explotación o sembrar el terror y la destrucción. La intensificación de la confusión, la involución psíquica y la amoralidad sintetizadas en el retorno de las brujas acarrean para cualquier persona consciente de la historia de nuestra civilización la amenaza inminente del retorno del mesías. El desprecio de la razón, la evidencia y la objetividad -la superconsciencia y la embriagadora libertad de creencia- no cesan de privar a una generación entera de los medios intelectuales para resistir a la próxima petición de una «lucha final y decisiva» para alcanzar la redención y la salvación a escala cósmica.
Los estados mentales alucinatorios no pueden alterar la base material de la explotación y la alienación. La Conciencia III no cambiará nada que sea fundamental o causativo en la estructura del capitalismo o imperialismo. Por tanto, lo que nos espera no es la quimera de la libertad individual absoluta, sino alguna nueva pero más maligna forma de mesianismo militar, provocada por las payasadas de una clase media que intentó domesticar a sus generales con mensajes telepáticos y creyó poder humanizar a la mayor concentración de riqueza corporativa que jamás ha visto el mundo caminando descalza y comiendo mantequilla de cacahuete sin homogeneizar.
Como he dicho al principio de este libro, la mentira más perniciosa perpetrada en nombre de la libertad de creencia es la afirmación de que estamos amenazados por una sobredosis de «objetividad» sobre las causas de nuestros propios estilos de vida. El estilo de vida de grupos como los yanomamo y los maring deja en claro que es pura tontería suponer que la objetividad científica constituye el pecado original de la humanidad. La sola historia de Europa evidencia que la mutilación, el destripamiento, el descuartizamiento, el suplicio, el ahorcamiento, la crucifixión y la quema de gente inocente han precedido durante mucho tiempo al surgimiento de la ciencia y tecnología modernas.
Algunas de las formas específicas de injusticia y alienación características de la sociedad industrial son, claro está, producto de los instrumentos y técnicas específicos introducidos por los progresos en las ciencias naturales y de la conducta. Pero una sobredosis de objetividad científica en lo que concierne a comprender las causas de los fenómenos de los estilos de vida no es responsable de ninguna de las patologías de la vida contemporánea. La objetividad científica sobre las causas fundamentales del racismo no es lo que lleva a disturbios étnicos, vuelca los autobuses escolares y bloquea la construcción de apartamentos para familias pobres. La objetividad científica no es la causa del machismo o del «chauvinismo» femenino u homosexual. No es una sobredosis de objetividad científica sobre los estilos de vida la que originó las prioridades escoradas en favor de alunizajes y mísiles en vez de hospitales y viviendas. Ni es una sobredosis de objetividad científica sobre los estilos de vida la que ha creado la crisis de la población, ¿Y qué tiene que ver la objetividad científica con el deseo infinito de consumismo, el consumo y despilfarro conspicuos, la obsolescencia de la mercancía, la sed de status, el erial cultural de la televisión y todas las demás misteriosas fuerzas conductoras de nuestra competitiva economía capitalista? ¿Fue una falta de libertad de creencia la que condujo al saqueo de minerales, bosques y suelos, a las cloacas a cielo abierto y al alquitrán en las playas? ¿Qué había de racional, razonable, «objetivo» o «científico» en todo esto? ¿Cómo puede explicar una sobredosis de objetividad sobre los estilos de vida una guerra para la que tres presidentes de los Estados Unidos no pudieron ofrecer una razón racional pero que tampoco pudieron detener?
También se podría creer que la objetividad era el estilo de vida dominante en la Alemania de 1932, que el bestial culto ario de la humanidad rubia, la anatematización de semitas, gitanos y eslavos, el culto a la madre patria y el canto wagneriano, el desfile al paso de oca y el Sieg-Heil ante el Führer, todos provenían del atrofiamiento de los sentimientos y «capacidades intelectivas» del pueblo alemán. Lo mismo podemos decir del stalinismo, con su culto al Tío José, sus genuflexiones ante el cadáver de Lenin, sus intrigas en el Kremlin, sus campos siberianos de esclavos y su dogmatismo de la línea del partido.
Naturalmente, tenemos nuestros especialistas en juegos de suma cero del Dr. Strangelove, nuestros super-objetivadores en potencia, que objetivan la vida humana contando cadáveres y automatizando la muerte. Pero el error moral de estos tecnólogos y sus manipuladores políticos es un déficit de objetividad científica sobre las causas de las diferencias en los estilos de vida, no un excedente. El derrumbamiento moral de Vietnam no fue provocado por una sobredosis de conciencia objetiva sobre lo que hacíamos. Consistió en el fracaso en extender la conciencia más allá de las tareas puramente instrumentales al significado práctico y trivial de nuestros programas políticos y fines nacionales. Mantuvimos la guerra en Vietnam porque nuestra conciencia estaba mistificada por símbolos de patriotismo, sueños de gloria, un orgullo inquebrantable y visiones de imperio. Nuestro estado de ánimo era exactamente lo que la contracultura deseaba que fuéramos. Nos creíamos amenazados por diablos con ojos rasgados y pequeños hombres amarillos despreciables; estábamos cautivados por visiones de nuestra propia majestad inefable. En síntesis, estábamos drogados.
No veo razón alguna por la que la nueva tolerancia de modos de conciencia involutivos, etnocéntricos, irracionales y subjetivos vaya a originar algo netamente diferente de lo que siempre hemos tenido: brujas y mesías. No necesitamos más vibraciones mágicas, mayores cultos psicotrópicos y «rollos» más extravagantes. No afirmo que una mejor comprensión de las causas de los fenómenos de los estilos de vida vaya a producir esplendores milenarios. Sin embargo, hay una base bien fundada para suponer que si luchamos por desmitificar nuestra conciencia ordinaria, mejoraremos las perspectivas de paz y justicia económica y política. Por pequeño que sea este cambio potencial de las probabilidades a nuestro favor, creo que debemos considerar la expansión de la objetividad científica en el dominio de los enigmas de los estilos de vida como un imperativo moral. Es, por lo demás, la única cosa que jamás se ha intentado.
BIBLIOGRAFIA
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