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Varios hombres subieron a lo alto de la estructura y desde allí proclamaron a la multitud, uno a uno, los nombres y clanes de los hombres homenajeados. Cuando era llamado, el homenajeado cargaba hacia la ventana blandiendo su hacha y lanzando gritos. Sus partidarios le seguían de cerca dando gritos de guerra, tocando tambores y esgrimiendo armas. Una vez en la ventana, los tesembaga a los que había ayudado el hombre homenajeado en el último combate, le llenaban la boca con la manteca salada y fría de la panza y le pasaban por la ventana un paquete que contenía más manteca para sus seguidores. El héroe se retiraba entonces con la manteca colgando de su boca, y con él sus partidarios, profiriendo gritos, cantando, tocando los tambores y danzando. Las llamadas se sucedían rápidamente, y los grupos que cargaban hacia la ventana se enredaban a veces con los que se retiraban.
Todo esto tiene una explicación práctica dentro de los límites establecidos por las condiciones tecnológicas y ambientales básicas de los maring. En primer lugar, el ansia de carne de cerdo es un rasgo perfectamente racional de la vida de los maring, dada la escasez general de carne en su dieta. Aunque pueden complementar en ocasiones su dieta de vegetales básicos con ranas, ratas y algunos marsupiales, la carne de cerdo domesticado es su mejor fuente potencial de proteínas y grasas animales de alta calidad. Esto no significa que los maring sufran de forma aguda una deficiencia en proteínas. Al contrario, su dieta de ñames, batatas, taro y otros alimentos vegetales les proporciona una gran variedad de proteínas vegetales que satisfacen, aunque no sobrepasan, los niveles normales de nutrición. Sin embargo, la obtención de proteínas del cerdo es otra cuestión. En general las proteínas animales están más concentradas y son, desde el punto de vista metabólico, más eficaces que las vegetales, de ahí que la carne sea siempre una tentación irresistible para las poblaciones humanas que se limitan principalmente a alimentos vegetales (nada de queso, leche, huevos o pescado).
Además, hasta cierto punto, la cría de cerdos está bien fundada en la ecología de los maring. La temperatura y humedad son ideales. El ambiente húmedo y sombreado de las faldas de las montañas favorece la cría de cerdos y permite a estos animales obtener una parte fundamental de su alimento hozando libremente en el bosque. La prohibición absoluta de la carne de cerdo -la solución en el Oriente Medio- sería una práctica sumamente irracional y antieconómica en estas circunstancias.
Por otro lado, un crecimiento ilimitado de la población porcina sólo puede acarrear una situación de competencia entre el hombre y el cerdo. En semejantes casos, la cría de cerdos se convierte en una sobrecarga para las mujeres y pone en peligro los huertos de los que depende la supervivencia de los maring. A medida que aumente la población porcina las mujeres maring tienen que trabajar cada vez más. Finalmente, se encuentran con que ya no trabajan para alimentar personas, sino a los cerdos. Por otra parte, cuando se empieza a explotar tierras vírgenes, la eficiencia de todo el sistema agrícola cae en picado. Este es el momento adecuado para el kaiko, a cuya celebración contribuyen los antepasados cumpliendo la doble función de estimular un esfuerzo máximo en la cría de cerdos y de evitar que éstos acaben con las mujeres y los huertos. Ciertamente, su tarea es más difícil que la de Yahvé o Alá, puesto que siempre es más fácil administrar un tabú total que otro parcial. Sin embargo, la creencia de que debe celebrarse un kaiko tan pronto como sea posible para hacer felices a los antepasados, libera efectivamente a los maring de animales que se han vuelto parásitos e impide que la población de cerdos se convierta en "algo demasiado bueno".
Si los antepasados son tan inteligentes, ¿por qué no fijan simplemente un límite al número de cerdos que cada mujer maring puede criar? ¿No sería mejor mantener un número constante de cerdos en vez de permitir que la población de cerdos pase por un ciclo de extremos de escasez y abundancia?
Esta alternativa sería preferible sólo si cada clan de los maring dispusiera de un tipo de agricultura completamente diferente, tuviera gobernantes poderosos y leyes escritas, hubiese alcanzado un crecimiento demográfico cero y careciese de enemigos: en una palabra, si no fueran maring. Nadie, ni siquiera los antepasados, puede predecir qué número de cerdos constituye "algo demasiado bueno", esto es, una cantidad excesiva. El momento en que los cerdos se convierten en una carga no depende de una serie de constantes, sino de un conjunto de variables que cambian cada año. Depende de la población existente en toda la región y en cada clan, de su estado de vigor físico y psicológico, de las dimensiones de su territorio, de la extensión disponible de bosque secundario, y de la situación e intenciones de los grupos enemigos en los territorios vecinos. Los antepasados de los tsembaga no pueden decir simplemente "no criaréis sino cuatro cerdos", puesto que no hay forma de poder garantizar que los antepasados de los kundugai, dimbagai, vimgagai, tuguma, aundagai, kauwasi, monambant y todos los demás se vayan a poner de acuerdo sobre este número. Todos estos grupos han entablado una lucha para hacer valer sus respectivos derechos a una parte de los recursos de la tierra. La guerra y la amenaza de guerra sondean y ponen a prueba estos derechos. El ansia insaciable de cerdos por parte de los antepasados es una consecuencia de esta belicosidad de los clanes maring.
Para dar satisfacción a los antepasados, se debe hacer un esfuerzo máximo no sólo para producir tanto alimento como sea posible, sino también para acumularlo en forma de piara de cerdos. Este esfuerzo, aun cuando produce excedentes cíclicos de carne de cerdo, aumenta la capacidad del grupo para sobrevivir y defender su territorio.
Esto se consigue diferentes maneras. En primer lugar, este esfuerzo extra exigido por el ansia de cerdos de los antepasados eleva los niveles de ingestión de proteínas para el grupo entero durante la tregua del rumbim, lo que da lugar a una población más alta, más sana y más vigorosa. Además, mediante la celebración del kaiko al finalizar la tregua, los antepasados garantizan un consumo de dosis masivas de proteínas y grasas de alta calidad en el período de mayor tensión social, es decir, en los meses que preceden inmediatamente al desencadenamiento de la lucha intergrupal. Finalmente, acumulando grandes cantidades de comida extra en forma de carne de cerdo de gran valor nutritivo, los clanes maring logran atraer y recompensar a aliados cuando más necesidad tienen de ellos: justo antes de estallar la guerra.
Los tsembaga y sus vecinos son conscientes de la relación entre éxito en la cría de cerdos y poderío militar. El número de cerdos sacrificados en el kaiko proporciona a los huéspedes una base precisa para evaluar la salud, energía y determinación de los anfitriones. Un grupo que no logre acumular cerdos no se hallará en condiciones de sostener una buena defensa de su territorio, y no atraerá a aliados poderosos. No es una simple premonición irracional de derrota la que se cierne sobre el campo de batalla cuando no se les ofrece a los antepasados suficiente carne de cerdo en el kaiko. Rappaport insiste -pienso que correctamente- en que en un sentido ecológico fundamental, el número de cerdos excedentes en un grupo indica su fuerza productiva y militar a la vez que valida o invalida sus derechos territoriales. En otras palabras, desde el punto de vista de la ecología humana, el sistema entero produce una distribución eficiente de plantas, animales y hombres en la región.
Estoy seguro de que muchos lectores van a insistir entonces en que el amor a los cerdos es inadaptativo y sumamente ineficiente, puesto que se ajusta a periódicos estallidos bélicos. Si la guerra es irracional, también lo es entonces el kaiko. Una vez más permitidme resistir a la tentación de explicar todas las cosas a la vez. En el próximo capítulo examinaré las causas materiales de la guerra de los maring. Pero de momento permitidme señalar que la porcofilia no es causa de la guerra. Millones de personas que nunca han visto un cerdo emprenden la guerra; y la porcofobia (antigua y moderna) tampoco aumenta de una manera ostensible el carácter pacífico de las relaciones intergrupales en el Oriente Medio. Dada la frecuencia de la guerra en la prehistoria e historia del hombre, no podemos sino asombrarnos ante el ingenioso sistema ideado por los "salvajes" de Nueva Guinea para mantener largos períodos de tregua. Después de todo, mientras el rumbim de sus vecinos permanece plantado, los tsembaga no tienen que preocuparse de verse atacados. ¡Ojalá pudiéramos decir lo mismo de las naciones que plantan mísiles en vez de rumbim!
Las guerras que emprenden tribus primitivas dispersas como los maring suscitan dudas acerca de la cordura de los estilos de vida humanos. Cuando las naciones-estado modernas emprenden la guerra, a menudo nos rompemos la cabeza tratando de encontrar la causa precisa, pero rara vez faltan explicaciones alternativas plausibles entre las cuales elegir.
Los libros de historia están repletos de detalles de guerras emprendidas para controlar rutas comerciales, recursos naturales, mano de obra barata o mercados de masas. Las guerras de los imperios modernos pueden ser lamentables, pero no son inescrutables. Esta distinción es básica para la "detente" nuclear actual, que se funda en el supuesto de que las guerras implican algún tipo de equilibrio racional de ganancias y pérdidas. Si Estados Unidos y Rusia van a perder evidentemente más de lo que posiblemente puedan ganar mediante un ataque nuclear, es probable que ninguno de ellos desencadene una guerra como solución a sus problemas. Pero sólo cabe esperar que este sistema impida la guerra si las guerras en general se relacionan con condiciones prácticas y mundanas. La probabilidad de la autoaniquilación no disuadirá de la guerra si ésta se desencadena por razones irracionales e inescrutables. Si las guerras se emprenden, como creen algunos, principalmente porque el hombre es "belicoso" o "agresivo" por instinto, porque es un animal que mata por deporte, por gloria, por venganza, o por puro amor a la sangre y a la excitación violenta, entonces ya podemos ir despidiéndonos de esos mísiles.
Los motivos irracionales e inescrutables predominan en las explicaciones actuales de la guerra primitiva. Puesto que la guerra tiene consecuencias mortales para los que participan en ellas, parece presuntuoso dudar que los combatientes saben por qué están combatiendo. Pero la respuesta a nuestros enigmas de la vaca, el cerdo, las guerras o las brujas no se encuentra en la conciencia de los participantes. Los propios beligerantes rara vez captan las causas y consecuencias sistemáticas de sus batallas. Suelen explicar la guerra describiendo los sentimientos y motivaciones personales experimentadas inmediatamente antes del desencadenamiento de las hostilidades. Un jíbaro a punto de ponerse en camino para emprender una cacería de cabezas, acoge con satisfacción la oportunidad de capturar el alma del enemigo; el guerrero crow anhela tocar el cuerpo del enemigo fallecido para demostrar su valor; algunos guerreros se inspiran en el pensamiento de la venganza, otros en la perspectiva de comer carne humana.
Estos anhelos exóticos son bastante reales, pero son la consecuencia, no la causa, de la guerra. Movilizan el potencial humano de violencia y ayudan a organizar la conducta guerrera. La guerra primitiva, al igual que el amor a las vacas o el aborrecimiento del cerdo, se funda en una base práctica. Los pueblos primitivos emprenden la guerra porque carecen de soluciones alternativas a ciertos problemas; soluciones alternativas que implicarían menos sufrimiento y menos muertes prematuras.
Los maring, como muchos otros grupos primitivos explican el desencadenamiento de la guerra por la necesidad de vengar actos violentos. En todos los casos recogidos por Rappaport, clanes que antes eran amigos iniciaron las hostilidades tras alegar actos específicos de violencia. Las provocaciones citadas más frecuentemente eran rapto de mujeres, violación, disparar sobre un cerdo en el huerto, robo de cosechas, caza furtiva y muerte o enfermedad provocada mediante brujería.
Una vez que dos clanes maring han entablado una guerra en la que ha habido muertes, nunca les faltará motivo para reanudar las hostilidades. Cada muerte en el campo de batalla era rumiada por los parientes de la víctima, que sólo quedaban satisfechos tras haber igualado la partida matando a un enemigo. Cada combate proporcionaba motivo suficiente para el próximo, y los guerreros maring emprendían a menudo la guerra con el deseo ardiente de matar a determinados miembros del grupo enemigo, es decir, aquellos que diez años antes habían sido responsables de la muerte del padre o del hermano.
Ya he relatado parte de la historia de cómo los maring se preparaban para la guerra. Tras arrancar el rumbim sagrado, los clanes beligerantes celebran los grandes festivales del cerdo en los que intentan reclutar nuevos aliados y consolidar las relaciones con grupos amigos. El kaiko es un acontecimiento ruidoso; algunas de sus fases duran meses, de modo que no es posible lanzar un ataque por sorpresa. De hecho, los maring esperan que la opulencia de su kaiko desmoralizará a sus adversarios. Ambas partes hacen preparativos para la batalla mucho antes de los primeros encuentros. Mediante intermediarios se acuerda como terreno educados para el combate una zona deforestada localizada en la región fronteriza entre los grupos combatientes. Ambas partes participan por turno en el desbroce de la maleza de este lugar, iniciándose la lucha el día acordado.
Antes de partir para el terreno del combate, los guerreros forman un círculo en torno a sus magos de la guerra, quienes se arrodillan junto al fuego sollozando y conversando con los antepasados. Los magos arrojan trozos de bambú verde a las llamas. Cuando el calor hace que el bambú explote, los guerreros golpean el suelo con los pies, gritan Ooooooh, e inician la marcha hacia el campo de batalla en fila india, brincando y cantando en el camino. Las fuerzas que se enfrentan forman en los extremos opuestos del calvero al alcance de sus respectivas flechas. Fijan en el suelo sus escudos de madera del tamaño del hombre, se ponen a cubierto y profieren amenazas e insultos contra el enemigo. De vez en cuando, guerrero abandona de repente su escudo para insultar a sus adversarios, volviendo a su punto de partida tan pronto como una lluvia de flechas se dirige hacia su posición. En esta primera fase del combate se producen pocas bajas y los aliados de los dos bandos tratan de acabar la guerra tan pronto como alguien resulta herido de gravedad. Si cualquiera de las partes insiste en continuar con la venganza, la lucha se intensifica. Los guerreros utilizan entonces hachas y lanzas; los bandos opuestos se acercan, y en cualquier momento uno de los dos puede precipitarse contra el otro en un intento decidido de provocar muertes.
Tan pronto como se produce una muerte, hay una tregua. Durante un día o dos, todos los guerreros permanecen en sus aldeas para realizar rituales funerarios o glorificar a sus antepasados. Pero si ambos bandos siguen igualados, pronto vuelven al terreno de combate. A medida que se prolonga la lucha, los aliados se cansan y están tentados a regresar a sus aldeas. Si se producen más deserciones en un grupo que en otro, la fuerza más poderosa puede intentar atacar a la más débil para expulsarla del campo. El clan más débil recoge sus bienes muebles y se refugia en las aldeas de sus aliados. Anticipando la victoria, los clanes más fuertes pueden tratar de aprovechar la ventaja arrastrándose por la noche hasta la aldea enemiga, prendiéndole fuego y matando tanta gente como encuentren a su paso.
Cuando se produce una derrota, los vencedores no persiguen al enemigo, sino que se dedican a matar a los rezagados, incendiar las viviendas, destruir las cosechas y robar los cerdos. Diecinueve de las veintinueve guerras conocidas entre los maring finalizaron con el aplastamiento de un grupo por otro. Inmediatamente después de un aplastamiento, el grupo victorioso regresa a su aldea, sacrifica el resto de los cerdos y planta el nuevo rumbim, con lo que se inicia el período de tregua. No ocupa de un modo directo las tierras del enemigo.
Una derrota decisiva en la que muere mucha gente puede llevar a un grupo a no volver jamás a su antiguo territorio. Las líneas de filiación de los vencidos se funden con las de sus aliados y anfitriones, mientras que los vencedores y los aliados de éstos ocupan su territorio. A veces, el grupo derrotado cede sus tierras fronterizas a los aliados entre los que ha buscado refugio. El profesor Andrew Vayda, que ha estudiado las consecuencias de las guerras en la región de la Cordillera Bismarck, afirma que independientemente de que la derrota infligida a un grupo sea o no decisiva, lo más probable es que éste establezca su nuevo asentamiento lejos de las fronteras enemigas.
Gran parte del interés se centra en la cuestión de si el combate y los ajustes territoriales entre los maring se derivan de los que se ha llamado vagamente "presión demográfica". Si entendemos por esta expresión la incapacidad absoluta de un grupo para satisfacer los requisitos calóricos mínimos, entonces no podemos decir que exista una presión demográfica en la región maring. Cuando los tsembaga celebraron su festival de cerdos en 1963, la población humana se elevaba a 200 individuos y la porcina a 169. Rappaport calcula que los tsembaga tenían bastantes tierras de bosque sin explotar en su territorio para alimentar una población adicional de 84 personas (o 84 cerdos adultos) sin provocar un daño permanente en el manto forestal o degradar otros aspectos vitales de su hábitat. Pero me opongo a definir la presión demográfica como el inicio de deficiencias nutritivas reales o el inicio real de daños irreversibles en el medio. En mi opinión, la presión demográfica se produce cuando la población empieza a acercarse al punto de deficiencias calóricas o proteínicas, o cuando empieza a crecer y consumir a un ritmo que más pronto o más tarde degradará y esquilmará la capacidad del medio para mantener la vida.
El tamaño de la población en el que empiezan a producirse las deficiencias nutritivas y la degradación constituye el límite superior de lo que los ecólogos llaman "capacidad de sustentación" (carrying capacity: N.T. La capacidad de sustentación es un concepto fundamental en la antropología ecológica. Rappaport calcula la capacidad de sustentación del territorio tsembaga, es decir, el máximo número de personas y cerdos que pueden ser sustentadas durante jun período de tiempo sin modificar el consumo de los individuos tsembaga y sin producir una degradación en el medio ambiente, aplicando la siguiente fórmula recogida de Carneiro: P=(T:R+Y)*Y:A donde: P=es la población que puede ser sustentada; T= total de tierra cultivable; R=duración del período de barbecho en años; Y=duración del período de cultivo en años; A=el área de tierra cultivada requerida para proporcionar a un "individuo medio" la cantidad de alimento que ordinariamente se deriva de plantas cultivadas por año.) del hábitat. La mayor parte de las sociedades primitivas poseen, al igual que los maring, mecanismos institucionales para restringir e invertir el crecimiento demográfico por debajo de la capacidad de sustentación. Este descubrimiento ha producido mucha perplejidad. Puesto que grupos humanos concretos reducen la población, la producción y el consumo anticipándose a las consecuencias claramente negativas que provoca el rebasar la capacidad de sustentación, algunos expertos sostienen que la presión demográfica no pude ser la causa de estas reducciones. Pero no es necesario observar la obstrucción de una válvula de seguridad y la explosión de una caldera para juzgar que la función de la válvula es impedir normalmente la autodestrucción de la caldera.
Tampoco es gran misterio cómo estos mecanismo interruptores -los equivalentes culturales de los termostatos, las válvulas de seguridad y los interruptores eléctricos- llegaron a formar parte de la vida tribal. Como sucede con otras novedades evolutivas adaptativas, los grupos que inventaron o adoptaron instituciones de este tipo sobrevivieron con más consistencia que los que sobrepasaron el límite de la capacidad de sustentación. La guerra primitiva no es ni caprichosa ni instintiva; constituye simplemente uno de los mecanismos de interrupción que ayudan a mantener las poblaciones humanas en un estado de equilibrio ecológico con sus hábitat.
La mayor parte de nosotros preferiría considerar la guerra no como salvaguardia, sino como amenaza a relaciones ecológicas bien fundadas provocada por una conducta incontrolable e irracional. Muchos amigos míos piensan que es pecado decir que la guerra es una solución racional a cualquier tipo de problemas. Sin embargo, entiendo que mi explicación de la guerra primitiva como adaptación ecológica proporciona más razones para el optimismo, en lo que atañe a las perspectivas de poner fin a la guerra moderna, que las teorías populares en la actualidad de un instinto agresivo. Como he dicho con anterioridad, si las guerras son provocadas por instintos homicidas innatos, entonces poco es lo que cabe hacer para impedirlas. En cambio, sin son provocadas por relaciones y condiciones prácticas, entonces podemos reducir la amenaza de guerra modificando estas condiciones y relaciones.
Puesto que no quiero ser tildado de defensor de la guerra, permitidme hacer la siguiente puntualización: afirmo que la guerra es un estilo de vida ecológicamente adaptativo entre los pueblos primitivos, no que las guerras modernas sean ecológicamente adaptativas. La guerra actual a base de armas nucleares puede intensificarse hasta el punto de la aniquilación mutua total. Hemos llegado, así, a una fase en la evolución de nuestra especie en la que el próximo gran avance adaptativo debe ser o bien la eliminación de las armas nucleares o bien la eliminación de la guerra misma.
Cabe inferir las funciones reguladoras o mantenedoras del sistema de la guerra maring a partir de diferentes elementos de juicio. En primer lugar, sabemos que la guerra estalla en el momento en que la producción y el consumo se hallan en auge y las poblaciones porcina y humana se recuperan de los bajos niveles alcanzados al finalizar el combate anterior. El festival de cerdos, que actúa como mecanismo de interrupción y las hostilidades posteriores no coinciden con los mismos máximos en cada ciclo. Algunos grupos clánicos intentan hacer valer sus derechos sobre la tierra en niveles situados por debajo de los máximos anteriores como consecuencia de una recuperación desproporcionadamente rápida de los vecinos enemigos. Otros pueden aplazar su festival de cerdos hasta transgredir realmente el umbral de la capacidad de sustentación de su territorio local. Sin embargo, lo importante no consiste en los efectos reguladores de guerra sobre la población de uno u otro clan, sino sobre la población de la región de los maring en su totalidad.
La guerra primitiva no alcanza sus efectos reguladores principalmente por las muertes ocurridas en el combate. Las bajas habidas no afectan de una manera sustancial al índice de crecimiento demográfico, ni siquiera entre las naciones que practican formas industrializadas de matar. Las decenas de millones de muertes provocadas por las batallas del siglo XX sólo constituyen una ligera vacilación en el implacable empuje ascendente de la curva del crecimiento. Consideremos el ejemplo de Rusia: en el punto culminante de la lucha y del hambre durante la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique, la correlación entre la población proyectada para tiempos de paz y la población real en época de guerra sólo difería en unos puntos de porcentaje. Una década después de haber cesado la lucha, la población se había recuperado totalmente y volvía justamente al punto de la curva en que habría estado si no hubiera ocurrido la guerra y la revolución. Otro ejemplo: en Vietnam, pese a la intensidad extraordinaria de los combates terrestres y aéreos la población creció sin interrupción alguna durante la década de los 60.
Aludiendo a catástrofes como la Segunda Guerra Mundial, Frank Livingstone, profesor de la Universidad de Michigan, ha afirmado categóricamente: "Cuando consideramos que estos sacrificios sólo ocurren aproximadamente una vez por generación, parece inevitable la conclusión de que no tienen efecto alguno en el crecimiento o tamaño de la población". Una de las razones para esto estriba en que la mujer corriente es muy fecunda y puede parir con facilidad ocho o nueve veces durante los veinticinco a treinta y cinco años en los que puede dar a luz. En la Segunda Guerra Mundial, el número total de muertes provocadas por la guerra no superó el 10 por 100 de la población, y un ligero incremento en el número de nacimientos por mujer pudo enjugar con facilidad el déficit en pocos años. (También contribuyó a esto una reducción en las tasas de mortalidad infantil y en la tasa de mortalidad en general.)
No puedo formular ahora las tasas reales de mortalidad provocadas por las guerras entre los maring. Pero entre los yanomamo, una tribu situada en la frontera entre Brasil y Venezuela, y considerada como uno de los grupos primitivos más belicosos del mundo, cerca del 15 por 100 de los adultos mueren como consecuencia de la guerra. En el próximo capítulo relataré muchas cosas sobre los yanomamo.
La razón más importante para subestimar la guerra como medio de control demográfico consiste en que en cualquier parte del mundo son los varones los beligerantes y las víctimas principales de los enfrentamientos en el campo de batalla. Entre los yanomamo, por ejemplo, sólo el 7 por 100 de las mujeres adultas mueren en batalla frente al 33 por 100 de los varones adultos. Según Andrew Vayda, el aplastamiento más sangriento entre los maring produjo la muerte de catorce hombres, seis mujeres y tres niños de una población de 300 personas en el clan derrotado. Podemos descartar las muertes de varones en combate puesto que no tienen prácticamente ningún efecto en el potencial reproductivo de grupos como los tsembaga. Aun si se exterminara al 75 por 199 de los varones adultos en una sola batalla, las hembras supervivientes podrían enjugar con facilidad el déficit en una sola generación.
Los maring y los yanomamo, al igual que la mayor parte de las sociedades primitivas, practican la poliginia, lo cual significa que muchos hombres tienen varias esposas. Todas las mujeres se casan tan pronto como pueden tener hijos y permanecen casadas mientras dura su vida reproductiva. Cualquier varón normal puede dejar embarazadas a cuatro o cinco mujeres fértiles durante la mayor parte del tiempo. Cuando fallece un hombre maring, hay muchos hermanos y sobrinos que esperan incorporar la viuda a su hogar. Incluso desde el punto de vista de la subsistencia, se puede prescindir totalmente de la mayor parte de los varones, cuya muerte en combate no crea necesariamente dificultades insuperables a su viuda e hijos. Entre los maring, como ya he mencionado en el capítulo anterior, las mujeres son las que más trabajan en los huertos y en la cría de los cerdos. Esto es cierto para todos los sistemas de subsistencia basados en la agricultura de tala y quema del mundo. Los hombres contribuyen a las tareas hortícolas quemando el manto del bosque, pero las mujeres están perfectamente capacitadas para realizar por sí solas este trabajo pesado. En la mayor parte de las sociedades primitivas, siempre que hay que transportar cargas pesadas -leña o cesta de ñames- se considera a las mujeres, no a los hombres como "bestias de carga" adecuadas. Dada la aportación mínima de los varones maring a la subsistencia, cuanto mayor es el porcentaje de mujeres en la población, mayor es la eficiencia global de la producción alimentaría. En lo que atañe a la comida, los hombres maring son como los cerdos: consumen mucho más de lo que producen. Las mujeres y los niños comerían mejor si se dedicaran a criar cerdos en vez de hombres.
Por consiguiente, el significado adaptativo de la guerra de los maring no puede radicar en el efecto bruto de las muertes en combate sobre el crecimiento de la población. Al contrario, pienso que la guerra preserva el ecosistema maring mediante dos consecuencias más bien indirectas y menos conocidas. Una de ellas se relaciona con el hecho de que, a resultas de la guerra, los grupos locales se ven forzados a abandonar las áreas de los huertos de primera calidad cuando todavía no han alcanzado el techo de la capacidad de sustentación. La otra consiste en que la guerra incremente la tasa de mortalidad infantil femenina; y así pese a la insignificancia demográfica de la mortalidad masculina en combate, la guerra actúa como regulador efectivo del crecimiento de la población regional.
En primer lugar, voy a explicar el abandono de las tierras hortícolas de primera calidad. Hasta años después de producirse un aplastamiento, ni vencedores ni vencidos explotan el área central de los huertos del grupo derrotado, integrado por los mejores lugares de bosque secundario de altitud media. Este abandono, aunque temporal, contribuye a mantener la capacidad de sustentación de la región. Cuando los kundegai derrotaron a los tsembaga en 1953, arrasaron sus huertos, destruyeron los árboles frutales, profanaron los cementerios y los hornos de los cerdos adultos que encontraron y se llevaron a sus a aldeas todas las cría de los mismos. Como señala Rappaport, las depredaciones se orientaban a hacer imposible la vuelta de los tsembaga a su propio territorio en vez de a la adquisición de un botín. Los kundegai, temiendo la venganza de los espíritus ancestrales de los tsembaga, se retiraron a su propio territorio. Una vez allí, colgaron ciertas piedras de combate mágicas en bolsas de red en el interior de un refugio sagrado. Estas piedras sólo se descolgaban cuando los kundegai se hallaban en situación de dar gracias a sus propios antepasados en el siguiente festival de cerdos. Mientras las piedras permanecían suspendidas, los kundegai temían a los espíritus de los tsembaga y se abstenían de trabajar sus huertos o cazar en su territorio. Finalmente, sucedió que los mismos tsembaga volvieron a ocupar las tierras abandonadas. Como ya he dicho, en otras guerras los vencedores o sus aliados acaban explotando las tierras abandonadas temporalmente en la huida. Pero, en cualquier caso, el efecto inmediato de un descalabro militar cosiste en que las zonas del bosque cultivadas de forma intensiva se dejan en barbecho mientras que áreas previamente sin explotar -las zonas fronterizas del territorio del perdedor- se ponen en cultivo.
En las tierras altas de Nueva Guinea así como en todas las demás regiones forestales tropicales, la tala y quema repetidas de la misma área constituyen una amenaza para la capacidad de recuperación del bosque. Si el intervalo entre sucesivas rozas es muy corto, el suelo se vuelve seco y duro, y los árboles pueden volver a crecer. Las hierbas invaden el emplazamiento de los huertos y todo rico bosque primario en praderas erosionadas y barrancosas que no se pueden explotar mediante una agricultura de tipo tradicional. Sabemos que esta secuencia ha producido millones de acres de praderas en todo el mundo.
Entre los maring, se ha producido una deforestación relativamente pequeña. Hay algunas zonas de praderas permanentes y de bosques secundarios degradados en el territorio de grupos grandes y agresivos como los kundegai (el grupo responsable del aplastamiento de los tsembaga en 1953). Pero la destrucción de formas de vida consecuencia del intento de forzar al bosque a mantener más cerdos y hombres de los que puede tolerar, se evidencia en muchas regiones cercanas de las tierras altas de Nueva Guinea. Por ejemplo, un estudio reciente sobre la región foré meridional emprendido por el doctor Arthur Sorensen, miembro de Los Institutos Nacionales de la Salud, muestra que los foré han causado daños irreversibles de gran escala en el hábitat de su bosque primario, en un área de cuatrocientas millas cuadradas de la Cordillera Central. La espesa hierba kunai ha invadido los emplazamientos de huertos y caseríos abandonados, siguiendo al movimiento de asentamiento a medida que se interna en los bosques vírgenes. Cabe constatar una destrucción general del bosque en las regiones en las que se ha practicado la horticultura durante muchos años. En mí opinión el ciclo regulado por el ritual de guerra, paz del rumbim y sacrificio de cerdos ha ayudado a proteger el hábitat de los maring de un destino similar.
Pese a todos los extraños acontecimientos que tienen lugar durante el ciclo ritual -plantación del rumbim, sacrificio de cerdos, suspensión de las piedras de combate mágicas y la misma guerra- el problema que más llama mi atención, que más fascinante me parece no es otro que el de la regulación temporal. En la región habitada por los maring, los huertos deben quedar en barbecho durante un mínimo de diez a doce años consecutivos antes de poder quemarlos y replantarlos sin peligro de degradarse en pradera. Los festivales del cerdo se celebran también aproximadamente dos veces en cada generación, es decir, cada diez o doce años. Esto no puede ser una simple coincidencia. Por consiguiente, creo que ahora podemos responder al menos a la pregunta: "¿Cuándo tienen los maring cerdos suficientes para dar gracias a los antepasados?" La respuesta es: "Tienen cerdos suficientes cuando el bosque ha vuelto a crecer en el área de los antiguos huertos del grupo vencido".
Los maring, al igual que otros pueblos que practican la tala y la quema, viven de "comerse el bosque": quemando árboles y cultivando en las cenizas. El ciclo ritual y la guerra ceremonial les impiden "comer" demasiado bosque con excesiva rapidez. El grupo derrotado se retira de las tierras mejor adaptadas por su topografía para la horticultura. Esto permite la regeneración del manto forestal en aquellos sectores que la voracidad de los maring y sus cerdos pone en peligro. Durante la estancia entre sus aliados, los vencidos pueden volver a explotar partes de su territorio, pero en lugares del bosque primario alejados de sus enemigos que no corren peligro alguno. Si consiguen criar muchos cerdos y recuperan su fuerza con ayuda de sus aliados, intentarán volver a ocupar sus tierras y ponerlas de nuevo en plena producción. El ritmo de guerra y paz, fuerza y debilidad, abundancia de cerdos y escasez de cerdos, huertos centrales y huertos periféricos, esto evoca los ritmos correspondientes en todos los clanes vecinos. Aunque los vencedores no tratan de ocupar inmediatamente el territorio del enemigo, plantan los huertos más cerca de la frontera del territorio del enemigo aplastado que antes de la guerra. Lo que todavía es más importante, su población de cerdos se ha reducido drásticamente, lo que provoca al menos una reducción temporal en el índice de crecimiento hacia el umbral de la capacidad de sustentación del territorio. Cuando la población porcina se acerca a su máximo, los vencedores descuelgan las piedras de combate mágicas, arrancan el rumbim y se preparan para entrar en el territorio desocupado y regenerado de nuevo, en son de paz si sus enemigos de antes son todavía demasiado débiles para entablar un combate con ellos, o con ánimo vengativo si sus enemigos anteriores se han reforzado.
En las pulsaciones vinculadas de gente, cerdos, huertos y bosques podemos comprender por qué los cerdos adquieren una santidad ritual considerada incompatible con el carácter de los cerdos en otras partes del mundo. Puesto que un cerdo adulto come tanto bosque como un hombre adulto, el sacrifico de cerdos reduce el sacrificio de hombres en el clímax de cada ritmo sucesivo. No es pues de extrañar que los antepasados ansíen los cerdos; de lo contrario, ¡tendrían que “comerse” a sus hijos e hijas!
Queda un problema. Cuando los tsembaga fueron expulsados de su territorio en 1953, buscaron refugio junto a siete grupos locales diferentes. En algunos casos, los clanes junto a los que marcharon a vivir acogieron a “refugiados” adicionales de otras guerras anteriores y posteriores a la derrota de los tsembaga. Parecería, por lo tanto, que la amenaza ecológica a los territorios del grupo aplastado simplemente se había trasferido de un lugar a otro, y que los refugiados pronto comenzarían a devorar los bosques de sus anfitriones. De ahí que el simple desplazamiento de la gente no baste para impedir que la población degrade el medio ambiente. Debe haber asimismo algún medio de limitar el crecimiento real de la población. Esto nos lleva a la segunda consecuencia de la guerra primitiva que he mencionado hace un momento.
En la mayor parte de las sociedades primitivas, la guerra es un medio eficaz de control demográfico, ya que un combate intenso y periódico entre grupos favorece la crianza de niños en vez de niñas. Cuanto más numerosos son los varones adultos, más poderosa es la fuerza militar que un grupo dependiente de armas de mano puede reclutar para el campo de batalla y más probabilidad tiene de conservar su territorio frente a la presión ejercida por sus vecinos. Según un estudio demográfico sobre más de 600 poblaciones primitivas realizado por William T. Divale, miembro del Museo Americano de Historia Natural, hay un desequilibrio permanentemente extraordinario a favor de los muchachos en los grupos de edades infantil y juvenil (aproximadamente hasta los quince años de edad). La razón media entre muchachos y muchachas es de 150:100 pero algunos grupos tienen incluso el doble de muchachos que de muchachas. La misma razón entre los tsembaga se aproxima a la media de 150:100. Sin embargo, cuando examinamos los grupos de edad adulta, la razón media entre hombres y mujeres en el estudio de Divale se aproxima más a la unidad, lo que sugiere una tasa de mortalidad más elevada para los hombres maduros que para las mujeres maduras.
Las bajas en combate constituyen la causa más probable de la mayor tasa de mortalidad entre los hombres adultos. Entre los maring, las bajas de varones en combate sobrepasa a las de mujeres en una proporción de 10 a 1. Pero, ¿cómo se explica la situación inversa en las categorías de edad infantil y juvenil?
La respuesta de Divale es que muchos grupos primitivos practican el infanticidio femenino manifiesto. Se ahoga a las niñas, o simplemente se las deja abandonadas en el bosque. Pero más frecuentemente, el infanticidio es encubierto, y la gente niega habitualmente que lo practique, lo mismo que los agricultores hindúes niegan que matan a sus vacas. Al igual que la proporción desequilibrada entre bueyes y vacas en la India, la discrepancia entre las tasas de mortalidad infantil femenina y masculina obedece normalmente a una “pauta de negligencia” en el cuidado de las criaturas y no a una agresión directa a la vida de la niña. Incluso una pequeña diferencia en la sensibilidad de la madre a los llantos de los hijos que solicitan alimento o protección podría explicar por acumulación el desequilibrio total en la razón entre mujeres y hombres.
Únicamente un conjunto sumamente poderoso de fuerzas culturales puede explicar la práctica del infanticidio femenino y el tratamiento preferencial otorgado a las criaturas del sexo masculino. Desde un punto de vista estrictamente biológico, las mujeres son más valiosas que los hombres. La mayor parte de los varones son, por que se refiere a la producción, superfluos, puesto que basta un sólo hombre para dejar embarazadas a cientos de mujeres. Sólo las mujeres pueden dar a luz y amamantar a los niños (en sociedades que carecen de biberones y de fórmulas que sustituyan a la leche materna). De existir algún tipo de discriminación sexual contra las criaturas, predeciríamos que los varones serían las víctimas. Pero sucede al revés. Esta paradoja es más difícil de comprender si admitimos que las mujeres están capacitadas física y mentalmente para realizar todas las tareas básicas de producción y subsistencia con independencia total de cualquier ayuda de los varones. Las mujeres pueden realizar todas las actividades que realizan los hombres, aunque tal vez con alguna pérdida de eficiencia donde se requiere fuerza bruta. Pueden cazar con arcos y flechas, pescar, poner trampas, y talar árboles si se les enseña o se les permite aprender. Pueden transportar y transportan cargas pesadas, pueden trabajar y trabajan en los huertos y campos en todo el mundo. Entre los horticultores de tala y quema como los maring, las mujeres son los principales productores de alimentos. Incluso entre grupos cazadores como los bosquimanos, el trabajo de la mujer subviene a más de dos terceras partes de las necesidades nutritivas del grupo. En cuanto a los inconvenientes asociados con la menstruación y el embarazo, las líderes actuales de los movimientos de liberación de la mujer tienen toda la razón cuando señalan que se pueden eliminar con facilidad estos “problemas” en la mayor parte de las tareas y actividades productivas mediante pequeños cambios en los planes de trabajo. La presunta base biológica de la división sexual del trabajo es completamente absurda. Mientras todas las mujeres de un grupo no se encuentren al mismo tiempo en el mismo período de embarazo, las mujeres podrían administrar perfectamente por sí solas las funciones económicas consideradas como prerrogativa natural de hombre, como, por ejemplo, la caza o el pastoreo.
La única actividad humana, aparte de la sexual, para la cual es indispensable la especialización del varón es el conflicto bélico que requiere armas de mano. En general, los hombres son más altos, más fuertes y más musculosos que las mujeres. Los hombres pueden arrojar una lanza más larga, doblar un arco más fuerte y usar una maza más grande. Los hombres pueden correr también más deprisa, ya sea en el ataque hacia el enemigo o en la retirada. Insistir junto con algunos líderes del movimiento de liberación de la mujer en que las mujeres pueden ser también adiestradas para combatir con armas de mano no altera la situación. Si algún grupo adiestrara a las mujeres en vez de a los hombres como sus especialistas militares, cometería un gran error. Seguramente esta decisión equivaldría a un suicidio, puesto que no conocemos u solo caso auténtico en parte alguna del globo terrestre.
La guerra invierte el valor relativo de la aportación que hombres y mujeres hacen a las perspectivas de supervivencia del grupo. La guerra obliga a las sociedades primitivas a limitar la cría de mujeres al favorecer la maximización del número de varones adultos listos para el combate. Es esto, y no el combate per se, lo que convierte a la guerra en un medio eficaz de controlar el crecimiento demográfico. Como saben todos los maring, los antepasados ayudan a los que más se ayudan a sí mismos, mandando al terreno de combate a muchos hombres y manteniéndoles allí. Así, que me inclino más bien hacia el punto de vista de que el ciclo ritual entero es un “truco” inteligente por parte de los antepasados para conseguir que los maring críen cerdos y hombres en vez de mujeres al objeto de proteger el bosque.
Continuando la búsqueda de las condiciones prácticas que llevan a la guerra primitiva, todavía he de abordar la cuestión de por qué no se empleaban medios menos violentos para mantener la población del grupo local por debajo de la capacidad de sustentación. Por ejemplo, ¿no habría sido mejor para los tsembaga así como para su hábitat si se hubiera limitado su población simplemente mediante alguna técnica de control de natalidad? La respuesta es no, puesto que antes de la invención del condón en el siglo XVIII, no existieron en ninguna parte métodos anticonceptivos seguros, relativamente agradables y eficaces. Con anterioridad, el medio “pacífico” más eficaz para limitar la población, aparte del infanticidio, era el aborto. Muchos pueblos primitivos saben cómo provocar el aborto con brebajes venenosos. Otros enseñan a la mujer embarazada a envolver su vientre con una apretada faja de tela. Cuando falla todo lo demás, la mujer embarazada se tumba sobre la espalda mientras una amiga salta con todas sus fuerzas sobre su abdomen. Estos métodos son bastante eficaces, pero tienen el desagradable efecto secundario de provocar la muerte de la futura madre casi tan a menudo como la muerte del embrión.
Al faltarles métodos seguros y eficaces de anticoncepción o aborto, los pueblos primitivos deben centrar su medio institucionalizado de controlar la población en los individuos vivos. Los niños -cuanto más jóvenes mejor- son las víctimas lógicas de estos esfuerzos, ya que, en primer lugar, no pueden ofrecer resistencia; en segundo lugar, hay menos inversión social y material en ellos; y en tercer lugar, los lazos emocionales con las criaturas son más fáciles de cortar que los existentes entre adultos.
Los que encuentran mi razonamiento depravado o “incivilizado”, deberían leer algo sobre la Inglaterra del siglo XVIII. Decenas de millares de madres ebrias de ginebra arrojaban regularmente sus bebés al Támesis, les envolvían con las ropas de las víctimas de la viruela, les abandonaban en toneles de basura, les asfixiaban al echarse sobre ellos en la cama en el estado de estupor provocado por la embriaguez, o ideaban otros métodos directos o indirectos de acortar la vida de sus criaturas. En nuestra propia época, sólo un grado increíble de obstinación farisaica nos impide admitir que todavía se practica el infanticidio a escala cósmica en las naciones subdesarrolladas, en las que son corrientes tasas de mortalidad infantil en el primer año de 250 por cada mil nacimientos.
Los maring hacen lo mejor que pueden ante una mala situación que ha sido común a toda la humanidad antes del desarrollo de una anticoncepción eficaz y de un aborto seguro en los primeros meses de embarazo. Provocan o toleran una proporción más alta de muertes de criaturas femeninas que de criaturas masculinas. Si no hubiera ninguna discriminación contra las niñas, muchos niños serían víctimas de la necesidad de un control demográfico. La guerra que favorece la cría del máximo número de varones, es responsable del índice más alto de supervivencia de las criaturas masculinas frente a las femeninas. O sintetizando la cuestión, la guerra es el precio pagado por las sociedades primitivas por criar hijos cuando no pueden permitirse el lujo de criar hijas.
El estudio de la guerra primitiva nos lleva a la conclusión de que la guerra ha formado parte de una estrategia adaptativa vinculada a condiciones tecnológicas, demográficas y ecológicas específicas. No es necesario invocar imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o caprichosos para comprender por qué los combates armados han sido tan corrientes en la historia de la humanidad. Por ello, no cabe sino esperar que ahora cuando la humanidad tiene mucho más que perder de lo que posiblemente pueda ganar con la guerra, otros medios de resolver los conflictos entre grupos la reemplazarán.
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