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Mesías



Estoy seguro de que se habrán observado las semejanzas entre los “cultos” cargo y las primitivas creencias cristianas. Jesús de Nazaret predijo la caída de los impíos, la justicia para los pobres, el final de la miseria y del sufrimiento, la reunión con los muertos y un reino divino totalmente nuevo. Lo mismo hizo Yali. ¿Puede ayudarnos el misterio del cargo fantasma a comprender las condiciones responsables del origen de nuestros propios estilos de vida religiosos?
Parece que hay algunas diferencias importantes. Los cultos cargo buscaban el derrocamiento de un orden político establecido específico y la creación de un reino en un lugar de la tierra bien determinado. Los nativos esperaban que los muertos volverían a la vida como soldados con uniforme que portarían armas en la batalla contra los policías y las tropas estacionadas en Nueva Guinea. Jesús de Nazaret no se interesó en derrocar un sistema político específico; estaba por encima de la política, su reino “no era de este mundo”. Cuando los primeros cristianos hablaban de “batallas” contra los impíos, sus “espadas”, “fuegos” y “victorias” eran meras metáforas terrenales de acontecimientos espirituales de índole trascendental. Al menos esto es lo que casi todo el mundo cree que era el culto original de Jesús.

Parece imposible que un estilo de vida tan ajeno a este mundo por su intención, tan entregado a la paz, el amor y el desinterés, pudiera haber sido en un sentido fundamental un producto de condiciones materiales determinadas. Sin embargo, este enigma como todos los demás tiene su solución en los asuntos prácticos de los pueblos y las naciones.
En realidad debemos considerar dos enigmas. El cristianismo surgió primero entre los judíos que vivían en Palestina. La creencia en la venida de un salvador llamado mesías -un dios semejante a un hombre- fue un rasgo importante del judaísmo en la época de Jesús. Los primeros seguidores de Jesús, casi todos ellos judíos, creían que Jesús era este salvador (“Cristo” se deriva de krystos, que era la manera en que los judíos se referían al salvador esperado cuando hablaban en griego). Para resolver el enigma del primitivo estilo de vida cristiano, tengo que explicar primero la base de la creencia judía en un mesías.

Todos los pueblos antiguos -como la mayor parte de los modernos- creían que no se podían ganar batallas sin asistencia divina. Para conquistar un imperio, o simplemente sobrevivir como Estado independiente, se necesitaban guerreros con los que los antepasados, ángeles o dioses estuvieran dispuestos a cooperar.

David, fundador del primer y más grande reino judío, afirmaba tener una relación divina con el dios judío Yahvé. El pueblo llamaba a David mesías (en hebreo masiah), un término que también se aplicó a los sacerdotes, a los escudos, al predecesor de David, Saúl, y a su hijo, Salomón. Por consiguiente es probable que mesías significara originalmente cualquier persona o cosa que poseyera santidad y poder sagrado. David fue llamado también el ungido: el que, colaborando con Yahvé tenía derecho a gobernar sobre sus dominios terrenales. Al nacer, David recibió el nombre de Elhanan ben Jesse. El de David, que significa “gran comandante”, le fue otorgado para celebrar sus victorias en el campo de batalla. Su elevación al poder desde sus inicios humildes proporcionó la inspiración básica –el curriculum- para cualquier aspirante a la carrera militar-mesiánica judía ideal. Había nacido en Belén y pasó su juventud como pastor. Después, se convirtió en el líder proscrito de un movimiento guerrillero en el desierto de Judea. Ubicó su cuartel general en una cueva y alcanzó victorias frente a enemigos aparentemente insuperables, sintetizadas en la lucha contra Goliat.

Los sacerdotes judíos insistieron hasta la época de Jesús en que Yahvé había establecido una alianza con David. Yahvé había prometido que la dinastía de David nunca acabaría. Pero el reino de David empezó realmente a desmoronarse poco después de su muerte. Desapareció temporalmente cuando Nabucodonosor tomó Jerusalén en el año 586 a.C. y deportó gran cantidad de judíos a Babilonia. Después el reino judío tuvo una existencia precaria como cliente dependiente de uno u otro poder imperial.

Yahvé dijo a Moises: “Gobernarás sobre muchas naciones pero ellas no gobernarán sobre ti.” Sin embargo la tierra prometida de Yahvé era un lugar poco propicio para emprender la conquista del mundo. En primer lugar, era una ruta militar: el principal corredor a través del cual todos los ejércitos imperiales de Asia, África y Europa se perseguían unos a otros hasta y desde Egipto. La propia posibilidad de arraigo de un desarrollo imperial indígena en Palestina, era siempre aplastada por el monstruo de millones de pies de algún ejército que avanzaba en una u otra dirección. Egipcios, sirios, babilonios, persas, griegos y romanos cruzaban la tierra santa, a menudo incendiando dos veces el mismo lugar antes de pasar al siguiente.
Estas experiencias plantearon considerables dificultades para la credibilidad de los libros sagrados de Yahvé y su vestigio, el sacerdocio. ¿Por qué había permitido Yahvé que tantas naciones se volvieran grandes mientras su pueblo elegido era conquistado y esclavizado repetidas veces? ¿Por qué no había cumplido Yahvé su promesa a David? Este era el gran misterio que los hombres santos y profetas judíos intentaron descifrar.

Su respuesta: Yahvé no había cumplido su promesa a David porque los judíos no habían cumplido la suya a Yahvé. El pueblo había violado las leyes sagradas y había practicado ritos impuros. Habían pecado; eran culpables; habían causado su propia ruina. Pero Yahvé era un dios indulgente y cumpliría su promesa si los judíos, pese a su castigo, continuaban creyendo en que era el solo dios Verdadero. Comprendiendo lo que habían hecho, arrepintiéndose y pidiendo perdón, el pueblo repararía su pecado y Yahvé restablecería el pacto, les salvaría, les redimiría y les haría más grandes que nunca. Misteriosamente, cuando la reparación fuera total, en un momento sólo conocido por Yahvé, su pueblo sería vengado. Yahvé enviaría otro príncipe militar como David, el mesías, el ungido, para destruir las naciones enemigas. Se librarían grandes batallas; toda la tierra se estremecería con el estruendo de los ejércitos y la caída de las ciudades. Sería el final de un mundo y el inicio del otro, pues Yahvé no habría hecho esperar y sufrir a los judíos si no hubiera pretendido darles una recompensa mayor que cualquiera de las conocidas anteriormente por el hombre. Y así el Antiguo Testamento está lleno de las promesas de los profetas redentores _Isaías, Jeremías, Ezequiel, Micaías, Zacarías y otros-, todos ellos instando o sancionando la adopción de un estilo de vida militar-mesiánico.

Isaías habla de un “consejero maravilloso, Dios poderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz”, que reinará para siempre en el trono de David. Este salvador pisoteará a los asirios como “el lodo de las calles”; reducirá a Babilonia a una ciudad desierta habitada por lechuzas, sátiros y otras “criaturas lúgubres”, convertirá al pueblo de Moab en “calvo e imberbe, reducirá Damasco a un montón de ruinas”, y provocará en Egipto la guerra civil, “cada uno contra su prójimo, ciudad contra ciudad, reino contra reino”.

Jeremías puso en boca de Yahvé estas palabras: “En aquellos días y en aquel tiempo suscitaré a David un vástago justo que ejercitará el derecho y la justicia en el país.” Y después “devorará la espada” a los egipcios y “se saciará, se embriagará con la sangre de ellos.” Los filisteos “clamarán y se lamentarán todos los moradores del país”. Desde Moab “subirá un llanto interrumpido”. Amón se convertirá en “devastada colina de ruinas y sus hijas serán incendiadas”. Edom “resultará un horror”. En damasco “caerán sus jóvenes en sus plazas”. Jazor se trocará en “guarida de dragones”. Elam será “consumida por la espada”, y en cuanto a Babilonia: “Venid contra ella desde los últimos confines, abrid sus graneros; amontonad (sus piedras) como montes de grano, y exterminadla, no quede de ella resto.”

El libro de Daniel, escrito alrededor del año 165 a.C., cuando Palestina estaba gobernada por griegos sirios, también habla de la redención militar mesiánica por el ungido, el Príncipe, que conduce a un gran imperio judío: “Proseguí viendo en la visión nocturna, y he aquí que en las nubes del cielo venía como un hombre... Y concediósele señorío, gloria e imperio, y todos los pueblos, naciones y leguas le sirvieron... un señorío eterno (un) imperio que no es destruido.”

Lo que la mayor parte de la gente no entiende en estas profecías es que se realizaron en el contexto de guerras reales de liberación emprendidas bajo el liderazgo de mesías militares de carne y hueso. Estas guerras gozaron del apoyo popular no sólo porque pretendían restaurar la independencia del reino judío, sino también porque prometían eliminar las desigualdades económicas y políticas que el dominio extranjero había exacerbado hasta límites intolerables.

Como el cargo, el culto del mesías vengativo había nacido y era re-creado continuamente en una lucha por derrocar un sistema explotador de colonialismo político y económico. Sólo que en este caso, los nativos -los judíos- constituían desde el punto de vista militar un adversario de mayor envergadura para los conquistadores, y eran dirigidos por soldados-profetas que sabían escribir y recordaban un tiempo remoto en el que los “antepasados” habían controlado un reino propio.

Durante el período del dominio romano, si podemos decir que hubo un estilo de vida predominante en Palestina, éste fue el del mesías militar vengativo. Inspirados por el modelo del triunfo de David sobre Goliat y la promesa de la redención militar-mesiánica de Yahvé, los guerrilleros judíos entablaron una lucha prolongada contra los administradores y el ejército romanos. El culto del mesías pacífico -el estilo de vida de Jesús y de sus seguidores- se desarrolló en medio de esta guerra de guerrillas y en los mismos distritos de Palestina que fueron los centros principales de la actividad insurgente, aparentemente en contradicción total con las tácticas y estrategias de las fuerzas de liberación.

Los evangelios cristianos no exponen, ni siquiera mencionan, la relación de Jesús con la lucha de liberación de los judíos. Por los evangelios nunca conoceríamos que Jesús pasó la mayor parte de su vida en el teatro central de una de las rebeliones guerrilleras más feroces de la historia. Menos evidente aún resulta para los lectores de los evangelios el hecho de que esta lucha continuara intensificándose mucho tiempo después de la ejecución de Jesús. Nunca podríamos adivinar que en el año 68 d.C. los judíos llegaron a lanzar una revolución total que requirió la presencia de seis legiones romanas al mando de dos futuros emperadores antes de conseguir dominarla. Y mucho menos habríamos sospechado alguna vez que el mismo Jesús murió víctima del intento romano de destruir la conciencia militar-mesiánica de los revolucionarios judíos.

Como colonia romana, Palestina exhibía todos los síntomas políticos y económicos clásicos de una mala administración colonial. Los judíos que ocupaban posiciones religiosas o civiles altas eran marionetas o clientes. Los sumos sacerdotes, los terratenientes ricos y los mercaderes vivían con lujo asiático, pero la mayor parte de la población estaba integrada por campesinos alienados y sin tierras, artesanos sin empleo o mal pagados, criados y esclavos. El país se quejaba bajo el peso de impuestos de confiscación, corrupción administrativa, tributos arbitrarios, reclutamientos de mano de obra e inflación galopante. Los terratenientes absentistas vivían con gran pompa en Jerusalén mientras sus arrendatarios absorbían el impuesto del 25% que los romanos imponían sobre la producción agrícola, además del impuesto del 22% sobre el resto exigido por el templo. El odio de los campesinos galileos contra los aristócratas de Jerusalén era especialmente patente y abiertamente correspondido. En los comentarios del Talmud se advierte a los verdaderos judíos a no consentir que sus hijas se casen con la “gente de la tierra” como se les llamaba a los campesinos galileos, “puesto que son animales impuros”. El rabino Eleazar recomendaba sarcásticamente la matanza de estas gentes, incluso en el día sagrado del año en el que no se podía matar ningún animal, y el rabino Johanan decía: “Se puede despedazar a un plebeyo como un pez”. Mientras que Eleazar afirmaba: “La enemistad de un plebeyo hacia un sabio es incluso más intensa que la de los paganos hacia los israelitas”.

El entusiasmo popular por el ideal militar-mesiánico fue más allá del mero deseo de ver la sustitución de las marionetas extranjeras por nacionalistas judíos. Los galileos querían ver restablecido el reino de David porque los profetas decían que el mesías acabaría con la explotación económica y social y castigaría a los sacerdotes, terratenientes y reyes perversos. El libro de Enoch había anunciado este tema:

Ay de vosotros, los ricos, puesto que habéis confiado en vuestras riquezas y de ellas seréis despojados... Ay de vosotros que correspondéis a vuestros vecinos con el mal, porque se os devolverá según vuestras obras. Ay de vosotros, falsos testigos... Pero no temáis los que sufrís, pues la curación será vuestra parte.
La dialéctica del reino de Yahvé abarcaba necesariamente la totalidad de la experiencia humana. Como sucede con el cargo, los componentes seculares y sagrados eran indivisibles; los temas de “este mundo” y del otro mundo eran inseparables. Política, religión y economía se hallaban fusionadas; el cielo y la tierra se confundían, la naturaleza se desposaba con Yahvé. En el nuevo universo la vida sería totalmente diferente; todo se volvería al revés. Los judíos gobernarían, los romanos serían sus servidores. Los pobres serían ricos, los impíos serían castigados, los enfermos curarían y los muertos resucitarían.

Los judíos iniciaron su guerra contra Roma poco antes de que Herodes el Grande fuera confirmado como rey marioneta por el Senado romano. Al principio, los guerrilleros fueron identificados por los romanos y la clase gobernante judía con simples bandidos (en griego: lestai). Pero estos bandidos no eran culpables tanto de robos cuanto de programas orientados contra los terratenientes absentistas y los recaudadores de impuestos romanos. El otro término aplicado a los guerrilleros fue “zelotes”, que indicaba su celo por la ley judía y el cumplimiento de la alianza con Yahvé.

Ninguno de los términos recoge adecuadamente el sentido de lo que estaban realizando estos activistas. Sólo podemos relacionar sus hazañas como bandidos-zelotes (guerrilleros) con el contexto cotidiano de su mundo. Los guerrilleros-bandidos-zelotes creían que con la ayuda del mesías lograrían finalmente el derrocamiento del imperio romano. Su fe no era un estado mental; era una praxis revolucionaria que implicaba hostigamiento, provocación, robos, asesinato, terrorismo y actos de valentía que acababan en la muerte. Algunos se especializaban en la táctica de la guerrilla urbana y se llamaban “hombres del puñal” (en latín: sicarii); el resto vivía en el campo en cuevas y escondrijos de la montaña, dependiendo de los campesinos para obtener alimento y seguridad.

Cualquier descripción de los acontecimientos políticos y militares en Palestina durante el primer siglo d.C. ha de basarse en gran parte en los escritos de uno de los grandes historiadores del mundo antiguo, Flavio Josefo. Puesto que probablemente las cuestiones que voy a discutir sean desconocidas, permitidme decir algunas palabras sobre la fiabilidad de esta fuente. Josefo era contemporáneo de los autores de los primeros evangelios cristianos. Los estudiosos consideran dos de sus libros, De la guerra judía y Antigüedad Judaica, tan esenciales para la historia de la Palestina del primer siglo como los mismos evangelios. Sabemos con claridad quién fue Josefo y cómo llegó a escribir sus libros, cosa que no sabemos de los autores de los evangelios. Josefo, hijo de una familia judía de clase alta, nació en el año 37 d.C. y recibió el nombre de Joseph ben Matthias. En el año 68 d.C. cuando sólo tenía 31 años, llegó a ser gobernador de Galilea y general del ejército de liberación judío en la guerra contra Roma. Tras la aniquilación de sus seguidores en el asedio de Jotapata, Josefo se rindió y fue conducido ante Vespasiano, general romano, y el hijo de éste, Tito. Como consecuencia de ello, Josefo anunció que Vespasiano era el mesías que habían estado esperando los judíos y que tanto Vespasiano como Tito serían emperadores de Roma.

En efecto, Vespasiano llegó a ser emperador en el año 69 d.C. y como recompensa por sus palabras proféticas Josefo fue conducido a Roma como parte del séquito del nuevo emperador. Se le otorgó la ciudadanía romana, un aposento en el palacio imperial y una pensión vitalicia en base a la renta de fincas que los romanos habían confiscado como botín de la guerra en Palestina.

Josefo pasó el resto de su vida escribiendo libros en los que explicaba por qué los judíos se habían sublevado contra Roma y por qué él mismo había desertado al bando romano. Es poco probable que Josefo haya inventado los hechos básicos de su historia ya que escribió en Roma y para lectores romanos, muchos de los cuales, incluido el propio emperador, fueron testigos oculares de los acontecimientos descritos. Las distorsiones detectadas se hallan relacionadas evidentemente con su deseo de no ser tildado de traidor y podemos fácilmente hacer caso omiso de ellas sin dañar la credibilidad de la narración principal.

Los sucesos relatados por Josefo dejan en claro que el activismo guerrillero y la conciencia militar-mesiánica judía ascendían y descendían en ondas sinérgicas. Las tierras del interior, cubiertas de polvo y quemadas por el sol, estaban llenas de hombres santos errabundos, de oráculos vestidos de forma extravagante que hablaban con parábolas y alegorías y hacían profecías sobre la batalla venidera por el dominio del mundo. Los más destacados líderes guerrilleros inspiraban rumores que se propagaban en el claroscuro de estas especulaciones mesiánicas perennemente renovadas. Un flujo incesante de líderes carismáticos irrumpió en el resplandor de la historia para reivindicar la condición mesiánica; y al menos dos de ellos desencadenaron insurrecciones que lograron sacudir los cimientos del imperio romano.

Herodes el Grande atrajo primero la atención de sus patrones romanos gracias a la vigorosa campaña que emprendió contra un jefe bandido que controlaba un distrito entero en el norte de Galilea. Según Josefo, Herodes atrapó a este jefe bandido, cuyo nombre era Ezequías, y lo ejecutó en el acto. Sabemos, empero, que Ezequías fue un líder guerrillero más que un ladrón ordinario por que tenía simpatizantes en Jerusalén lo bastante poderosos para obligar a Herodes a sufrir un proceso por asesinato. La intervención personal de un primo de Julio César logró la puesta en libertad de Herodes, y le proporcionó la recomendación que facilitaría su nombramiento como rey marioneta de los judíos en el año 39 a.C.
Herodes tuvo que luchar contra más bandidos para consolidar su control sobre Palestina. Josefo afirma que “los bandidos asolaban gran parte del país, provocando entre los habitantes tanta miseria como la que podría causar una guerra”. De ahí que Herodes lanzara “una campaña contra los bandidos en las cuevas”. Los bandidos, cuando eran atrapados dentro de éstas, solían tener a su familia junto a sí y rehusaban entregarse. Un viejo bandido permaneció en la boca de una cueva inaccesible y mató a su mujer y sus siete hijos en presencia de Herodes, “llegando a burlarse de Herodes” antes de saltar hacia su propia muerte. Creyendo “dominar entonces las cuevas y sus moradores”, Herodes partió hacia Samaria. Pero este alejamiento eliminó toda restricción a los “alborotadores habituales en Galilea”, quienes mataron a un general llamado Ptolomeo y “asolaron sistemáticamente el país, estableciendo sus guaridas en zonas pantanosas y en otros lugares inaccesibles”.

Tras la muerte de Herodes en el año 4 d.C., se produjeron sublevaciones en todas las regiones lejanas. El hijo de Ezequías, Judas de Galilea, se apoderó de un arsenal real. Simultáneamente en Perea, al otro lado del Jordán, un esclavo llamado Simón “incendió el palacio de Jericó y muchas suntuosas residencias de campo”. Un tercer rebelde, un antiguo pastor llamado Atrongeo, “se autoproclamó rey” (probablemente Josefo quiere decir con ello que era considerado un mesías por sus seguidores). Antes de que los romanos mataran a Atrongeo y a cuatro de sus hermanos, uno tras otro, estos bandidos consiguieron “hostigar toda Judea con su bandolerismo”. Varo, gobernador romano de Siria, restableció la ley y el orden. Capturó 2.000 “cabecillas” y los crucificó a todos. Esto sucedió en el año en que nació Jesús.

Judas de Galilea pronto se alzó como cabeza visible de las principales fuerzas guerrilleras. Josefo dice que “aspiraba a la realeza”, y a veces le caracteriza como “un rabino muy inteligente”. En el año 6 d.C. los romanos intentaron realizar un censo. Judas aconsejó a sus compatriotas que se opusieran porque el censo llevaría “nada menos que a la esclavitud total”. Josefo pone en boca de Judas las siguientes palabras: “los judíos no conocen otro rey que Yahvé”. Por ende, “no debían pagar los impuestos a los romanos” y “Yahvé les asistiría si tenían fe en su causa”. Josefo relata que los que estaban dispuestos a someterse a Roma eran tratados como enemigos: su ganado era capturado y sus viviendas incendiadas. No ha quedado ninguna información referente a cómo y cuándo encontró la muerte Judas de Galilea. Sólo sabemos que sus hijos continuaron la lucha. Dos de ellos fueron crucificados y un tercero reivindicó la condición de mesías a principios de la revolución de los años 68-73. Asimismo el acto final de resistencia en esta guerra, la defensa suicida de la fortaleza de Masada, fue dirigido por otro descendiente de Judas de Galilea.

Jesús comenzó a predicar activamente sus doctrinas mesiánicas alrededor del año 28 d.C. En este tiempo se libraba una “guerra declarada” no sólo en Galilea, sino también en Judea y Jerusalén. El culto de Jesús no era ni la más importante ni la más amenazadora de las situaciones rebeldes a las que tuvo que hacer frente Poncio Pilatos, el gobernador romano que decretó su muerte. Por ejemplo, Josefo describe la formación de una enfurecida multitud ciudadana a la que se unió una enorme afluencia de gentes venidas del campo cuando Pilatos transgredió el tabú judío sobre las imágenes esculpidas en Jerusalén. En otra ocasión, Pilatos fue rodeado por otra multitud enfurecida que protestaba por la malversación de los fondos del templo para la construcción de un acueducto. Sabemos por los evangelios que el propio Jesús dirigió un ataque contra el templo, y que se produjo algún tipo de sublevación poco antes de su procesamiento, ya que el popular líder bandido Barrabás y algunos de sus hombres se hallaban encarcelados en aquel momento.

Después de la muerte de Jesús, los romanos continuaron tratando de limpiar el territorio rural de Judea de “bandidos”. Josefo relata que otro gran jefe bandido llamado Tolomayo fue capturado en el año 44 d.C. Poco después, apareció en el desierto una figura mesiánica llamada Teudas. Sus seguidores abandonaron sus casas y posesiones y se concentraron en masa a orillas del río Jordán. Algunos dicen que Teudas intentó separar las aguas como había realizado Josué; según otros, marchó en dirección contraria, hacia el oeste, en dirección a Jerusalén. No importa; el gobernador romano Cuspio Fado envió la caballería; decapitó a Teudas y mató a sus seguidores.

Durante la fiesta de Pascua en el año 50 d.C. un soldado romano levantó su túnica y se tiró un pedo contra la multitud de peregrinos y adoradores del templo. Josefo escribe que “los jóvenes más impulsivos y los grupos alborotadores por naturaleza de la multitud se precipitaron hacia la batalla”. Se requirió la presencia de la infantería pesada romana, lo que provocó un pánico gigantesco en el que, según Josefo, murieron pisoteadas 30.000 personas (algunos dicen que probablemente eran 3.000). El ataque de Jesús contra el templo había coincidido con la peregrinación de Pascua del año 33 d.C. Como veremos, la preocupación ante la reacción de las masas de peregrinos como las que perecieron en el pánico del año 50 d.C., hizo que las autoridades judías y romanas esperaran la caída de la noche para detener a Jesús.

En el año 52 d.C. se desarrolló algo parecido a una rebelión general bajo el liderazgo de Eleazar ben Deinaios, “un bandido revolucionario” que había permanecido en las montañas durante casi veinte años. El gobernador, Cumano, “capturó a los seguidores de Eleazar y mató a muchos más”. Pero el desorden se propagó “y continuó el saqueo por todo el país y los espíritus más intrépidos se sublevaron”. Intervino el Legado sirio, decapitó a dieciocho partisanos y crucificó a todos los prisioneros capturados por Cumano. Finalmente la rebelión fue aplastada por un nuevo gobernador, Félix, quien prendió a Eleazar y lo envió a Roma, probablemente para ser estrangulado en público. “Los bandidos a los que crucificó”, señala Josefo, “y los habitantes locales confabulados con los que capturó y castigó eran tantos que no se podían contar”.

En Jerusalén los asesinatos por los hombres del puñal que escondían sus armas bajo sus mantos se habían vuelto entonces algo corriente. Una de sus víctimas más famosas fue el Sumo Sacerdote Jonatan. En medio de todo este derramamiento de sangre, los contendientes militar-mesiánicos aparecían una y otra vez. Josefo hace referencia a un conjunto de líderes mesiánicos como:
Canallas, estafadores y embusteros menos criminales por sus actos que por sus intenciones, que causaban, empero, tanto daño como los asesinos. Pretendiendo estar inspirados, planeaban provocar cambios revolucionarios induciendo a la turba a actuar como si estuviese posesa, y conduciéndoles a tierras desérticas bajo el pretexto de que allí Dios les mostraría señales de la libertad venidera.

Félix interpretó esta correría como la primera etapa de una sublevación y ordenó a la caballería romana hacer pedazos a la turba.
A continuación vino un “falso profeta” egipcio judío. Reunió a varios millares de gente “embaucada”, les condujo al desierto, después volvió sobre sus pasos e intentó atacar Jerusalén, confirmando, si es que los romanos lo necesitaban, que toda esta gente era políticamente peligrosa. Josefo describe así la situación en Palestina alrededor del año 55 d.C.
Los fraudes religiosos y los jefes bandidos unieron sus fuerzas e indujeron a mucha gente a la rebelión. Se dividieron en grupos y recorrieron el campo, saqueando las casas de los acaudalados, matando a sus ocupantes y prendiendo fuego a las aldeas, hasta que su locura furiosa penetró hasta el último rincón de Judea. Dia a día, el combate adquiría mayor ferocidad.
En el año 66 d.C., los bandidos estaban en todas partes; sus agentes se habían infiltrado entre los sacerdotes del templo y habían forjado una alianza con Eleazar, el hijo del Sumo Sacerdote Ananías. Eleazar emitió una especie de declaración de independencia: una orden que impedía el sacrificio diario de animales dedicado a la salud de Nerón, emperador reinante. Las facciones proromanas y antirromanas empezaron a combatir en las calles de Jerusalén: de una parte los hombres del puñal, los esclavos libertos y el populacho de Jerusalén, capitaneados por Eleazar; de la otra, los sumos sacerdotes, la aristocracia herodiana y la guardia real romana.

Entretanto, en el interior, Manahem, el último hijo superviviente de Judas de Galilea, tomó la fortaleza de Masada, proporcionó a sus bandidos las armas arrebatas del arsenal y marchó sobre jerusalén. Irrumpiendo en el caótico escenario, Manahem tomó el mando de la insurrección (“como un rey”, dice josefo). Expulsó a las tropas romanas, logró el control del área del templo y asesinó al Sumo Sacerdote Ananías. Manahem se vistió entonces con las ropas reales y seguido por una comitiva de bandidos armados se dispuso a entrar en el santuario del templo. Pero Eleazar, posiblemente para vengar la muerte de su padre, tendió una emboscada a la comitiva. Manahem huyó pero fue capturado y “muerto por tortura prolongada”.

Los judíos continuaron la lucha, convencidos de que todavía aparecería el verdadero mesías. Tras varios reveses de los romanos, Nerón llamó a su mejor general, Vespasiano, veterano de las campañas contra los britanos. Los romanos recuperaron lentamente el control de las ciudades más pequeñas, empleando para ello 65.000 hombres e ingenios militares y técnicas de asedio más avanzados.
Tras la muerte de Nerón en el año 68 d.C, Vespasiano se convirtió en e candidato electo para el cargo de emperador. Su hijo, Tito, dotado de todos los hombres y equipos que podía necesitar, puso fin a la guerra. Pese a la resistencia fanática, Tito logró entrar en Jerusalén en el año 70 d.C., prendiendo fuego al templo saqueando y quemando todo lo que encontró a su paso.
Reflexionando sobre el hecho de que el asedio de Jerusalén había costado a los judíos más de un millón de muertos, Josefo denunció amargamente los oráculos mesiánicos. Hubo presagios terribles -luces resplandecientes en el altar, una vaca que parió un cordero, carros y regimientos armados que corrían por el cielo en la puesta del sol-, pero los bandidos y sus profetas abominables no comprendieron estos signos de su ruina. Estos “estafadores y falsos mensajeros engañaron al pueblo para que creyera que conseguirían, pese a todo, la salvación sobrenatural”.
Incluso después de la caída de Jerusalén, los bandidos todavía no podían creer que Yahvé les había abandonado. Un esfuerzo más heroico -un sacrificio más de sangre- y Yahvé decidiría finalmente enviar al verdadero ungido. Como he mencionado con anterioridad, el último sacrificio ocurrió en la fortaleza de Masada en el año 73 d.C. Un bandido llamado Eleazar, descendiente de Ezequías y de Judas de Galilea, exhortó a la fuerza superviviente de 960 hombres, mujeres y niños a matarse unos a otros antes que entregarse a los romanos.
En síntesis: entre los años 40 a.C. y 73 d.C., Josefo menciona por lo menos cinco mesías militares judíos, sin incluir a Jesús o Juan el Bautista. Estos son: Atrongeo, Teudas, el anónimo “canalla” ejecutado por Félix, el “falso profeta” egipcio judío y Manahem. Pero Josefo alude repetidas veces a otros mesías o profetas de mesías que no se molesta en nombrar o describir. Por añadidura, parece muy probable que el linaje entero de guerrilleros bandidos-zelotes descendientes de Ezequías a través de Judas de Galilea, Manahem y Eleazar, fuera considerado por muchos de sus seguidores mesías o profetas de mesías. Podemos concluir que en la época de Jesús, había tantos mesías en Palestina como en la actualidad hay profetas del cargo en los Mares del Sur.
La caída de Masada no marcó el final del estilo de vida militar-mesiánico judío. El impulso revolucionario, continuamente recreado por las exigencias prácticas del colonialismo y la pobreza, estalló de nuevo sesenta años después de Masada en un drama mesiánico todavía más espectacular. En el año 132, Bar Kochva, “Hijo de una Estrella”, organizó una fuerza de 200.000 hombres y estableció un reino judío independiente que duró tres años. A causa de las victorias milagrosas de Bar Kochva, Akiba, el rabino jefe de Jerusalén le aclamó como mesías. La gente decía ver a Bar Kochva montado sobre un león. Los romanos no habían encontrado desde Aníbal un oponente militar de tal osadía; luchaba en primera línea y en los lugares más peligrosos. Roma perdió una legión entera antes de acabar con él. Los romanos arrasaron mil aldeas, mataron 500.000 personas y deportaron a millares como esclavos. Después generaciones de sabios judíos amargados hablarían arrepentidos de Bar Kochva como el “hijo de una mentira”, que les había embaucado para que perdieran su tierra natal.
La historia muestra que el estilo de mida militar-mesiánico judío constituyó un fracaso adaptativo. No consiguió restablecer el reino de David; antes bien provocó la pérdida total de la integridad territorial del reino judío. Durante los 1.800 años siguientes los judíos serían una minoría subordinada dondequiera que vivieran. ¿Significa esto que el mesianismo militar era un estilo de vida caprichoso, poco práctico, incluso maníaco? ¿Tenemos que concluir, siguiendo a Josefo y a los que después condenaron a Bar Kochva, que los judíos perdieron su tierra natal al permitir que la quimera mesiánica les embaucara para atacar el poder invencible de Roma? Creo que no.
La revolución judía contra Roma fue provocada por las desigualdades del colonialismo romano, no por el mesianismo militar judío. No podemos juzgar a los romanos como “más prácticos” o “realistas” simplemente porque fueron los vencedores. Ambas partes emprendieron la guerra por razones prácticas y mundanas. Supongamos que George Washington hubiera perdido la Guerra de la Independencia Americana. ¿Tendríamos entonces que concluir que el Ejército continental fue víctima de una conciencia de estilo de vida irracional entregada a la quimera llamada “libertad”?
En la cultura, como en la naturaleza, frecuentemente sistemas que son producto de fuerzas selectivas no logran sobrevivir, no porque sean deficientes o irracionales, sino porque encuentran otros sistemas que están mejor adaptados y son más poderosos. Creo haber mostrado que el culto del mesías vengativo, al igual que el cargo, estaba adaptado a las exigencias prácticas de una lucha colonial. Tuvo gran éxito como medio de movilizar la resistencia de masas en ausencia de un aparato formal para reclutar y entrenar un ejército. No me atrevería a afirmar que los bandidos-zelotres se hallaban engañados salvo que se pueda demostrar que la probabilidad de su derrota era tan grande desde un primer momento que ningún esfuerzo podía haber conducido a un resultado distinto del que nos revela actualmente la historia. Pero no hay modo alguno de demostrar que los bandidos-zelotres podían haber predicho la inevitabilidad de su derrota. La historia nos enseña con igual contundencia que Judas de Galilea tenía razón y que los Césares se equivocaban en lo que atañe a la presunta invencibilidad del imperio romano. El imperio romano no sólo fue finalmente destruido, sino que los pueblos que lo destruyeron eran coloniales como los judíos, y muy inferiores a los romanos en número, equipamiento y técnicas militares.
Casi por definición, la revolución significa que una población explotada debe adaptar medidas desesperadas frente a grandes dificultades para derrocar a sus opresores. Clases, razas y naciones aceptan habitualmente el desafío de estas dificultades no porque sean embaucados por ideologías irracionales, sino porque las alternativas son lo bastante detestables como para que valga la pena de correr riesgos todavía mayores. Creo que esta es la razón por la que los judíos se rebelaron contra Roma. Y también la razón por la que la conciencia militar mesiánica judía experimentó una gran expansión en la época de Jesús.
En la medida en que el culto del mesías vengativo estaba arraigado en la lucha práctica contra el colonialismo romano, el culto del mesías pacífico toma la forma de una paradoja aparentemente inexplicable. El mesías pacifico del cristianismo aparece en el momento más inverosímil en la trayectoria de 180 años de guerra contra Roma. El culto a Jesús se desarrolló mientras la conciencia militar-mesiánica se aceleraba, se extendía y se elevaba hasta el éxtasis sin mancha de la gracia de Yahvé. Su aparición en el tiempo parece totalmente equivocada. En el año 30 d.C. el impulso revolucionario de los bandidos-zelotes no había encontrado todavía ningún obstáculo importante. El templo estaba intacto y era escenario de grandes peregrinaciones anuales. Los hijos de Judas de Galilea estaban vivos. El terror de Masada era todavía imposible de imaginar. ¿Qué razones podían tener los judíos para suspirar por un mesías pacífico tantos años antes de que el sueño militar-mesiánico ungiera a Manahem y Bar Kochva? ¿Qué razones podía haber para entregar Palestina a los señores feudales romanos cuando el poder romano ni siquiera había hecho aún una muesca en el borde del escudo sagrado de Yahvé? ¿Por qué una nueva alianza mientras la antigua era todavía capaz de sacudir por dos veces el imperio romano?


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