Traducción de Pilar del Río






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José Saramago

Caín

Traducción de Pilar del Río

Título original: Caim

© 2009, José Saramago y Editorial Caminho, S. A. Lisboa

© De la traducción: Pilar del Río

A Pilar, como si dijera agua

Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio mejor que el de Caín; por la fe,

Dios mismo, al recibir sus dones, lo acreditó como justo; por ella sigue

hablando después de muerto

Hebreos, 11,4

LIBRO DE LOS DISPARATES

1

Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y

eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una

palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo

otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín

del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta, mientras que los otros

animales, producto todos ellos, así como los dos humanos, del hágase divino,

unos a través de mugidos y rugidos, otros con gruñidos, graznidos, silbos y

cacareos, disfrutaban ya de voz propia. En un acceso de ira, sorprendente en

quien todo lo podría solucionar con otro rápido fíat, corrió hacia la pareja y,

a uno y luego al otro, sin contemplaciones, sin medias tintas, les metió la

lengua garganta adentro. En los escritos en los que, a lo largo de los tiempos,

se han ido consignando de forma más o menos fortuita los acontecimientos de esas

remotas épocas, tanto los de posible certificación canónica futura como los que

eran fruto de imaginaciones apócrifas e irremediablemente heréticas, no se

aclara la duda de a qué lengua se refería, si al músculo flexible y húmedo que

se mueve y remueve en la cavidad bucal y a veces fuera, o al habla, también

llamado idioma, del que el señor lamentablemente se había olvidado y que

ignoramos cuál era, dado que no quedó el menor vestigio, ni tan siquiera un

corazón grabado en la corteza de un árbol con una leyenda sentimental, algo tipo

te amo, eva. Como una cosa, en principio, no va sin la otra, es probable que

otro objetivo del violento empellón que el señor les dio a las mudas lenguas de

sus retoños fuese ponerlas en contacto con las interioridades más profundas del

ser corporal, las llamadas incomodidades del ser, para que, en el porvenir, y

con algún conocimiento de causa, se pudiera hablar de su oscura y laberíntica

confusión, a cuya ventana, la boca, ya comenzaban a asomar. Todo puede ser. Como

es lógico, por escrúpulos de buen artífice que sólo le favorecían, además de

compensar con la debida humildad la anterior negligencia, el señor quiso

comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo

te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el

creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la

primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor

se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su

vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vámonos a la cama.

Set, el hijo tercero de la familia, sólo vendrá al mundo ciento treinta años

después, no porque el embarazo materno necesitase tanto tiempo para rematar la

fabricación de un nuevo descendiente, sino porque las gónadas del padre y de la

madre, los testículos y el útero respectivamente, tardaron más de un siglo en

madurar y desarrollar suficiente potencia generadora. Hay que decirles a los

impacientes que el fíat ocurrió una vez y nunca más, que un hombre y una mujer

no son máquinas de rellenar chorizos, las hormonas son cosas muy complicadas, no

se producen en un ir y venir, no se encuentran en las farmacias ni en los

supermercados, hay que dar tiempo al tiempo. Antes de set llegaron al mundo, con

escasa diferencia de edad entre ellos, primero caín y luego abel. Un asunto que

no puede dejarse sin inmediata referencia es el profundo aburrimiento que

supusieron tantos años sin vecinos, sin distracciones, sin un niño gateando

entre la cocina y el salón, sin otras visitas que las del señor, e incluso ésas

poquísimas y breves, espaciadas por largos periodos de ausencia, diez, quince,

veinte, cincuenta años, imaginemos qué poco habrá faltado para que los

solitarios ocupantes del paraíso terrenal se viesen a sí mismos como unos pobres

huérfanos abandonados en la selva del universo, aunque no hubieran sido capaces

de explicar qué era eso de huérfanos y abandonados. Es verdad que día sí día no,

y éste no con altísima frecuencia también era sí, adán le decía a eva, Vámonos a

la cama, pero la rutina conyugal, agravada, en el caso de estos dos, por la nula

variedad de posturas atribuible a la falta de experiencia, se demostró ya

entonces tan destructiva como una invasión de carcoma royendo las vigas de la

casa. Desde fuera, salvo algunos montoncitos de polvo que van cayendo aquí y

allí por minúsculos orificios, el atentado apenas se nota, pero por dentro la

procesión es otra, no faltará mucho para que se venga abajo lo que tan firme

antes parecía. En situaciones como ésta, habrá quien defienda que el nacimiento

de un hijo puede tener efectos reanimadores, si no de la libido, que es obra de

químicas mucho más complejas que aprender a mudar unos pañales, al menos de los

sentimientos, lo que, reconózcase desde ya, no es ganancia pequeña. En cuanto al

señor y a sus esporádicas visitas, la primera fue para ver si adán y eva habían

tenido problemas con la instalación doméstica, la segunda para saber si se

habían beneficiado algo de la experiencia de la vida campestre y la tercera para

avisar de que no esperaba volver tan pronto, pues tenía que hacer ronda por los

otros paraísos existentes en el espacio celeste. De hecho, sólo acabaría

apareciendo mucho más tarde, en una fecha de la que no quedó registro, para

expulsar a la infeliz pareja del jardín del edén por el crimen nefando de haber

comido del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este episodio,

que dio origen a la primera definición de un hasta entonces ignorado pecado

original, nunca ha quedado bien explicado. En primer lugar, porque incluso la

inteligencia más rudimentaria no tendría ninguna dificultad en comprender que

estar informado siempre es preferible a desconocer, sobre todo en materias tan

delicadas como son estas del bien y del mal, en las que uno se arriesga, sin

darse cuenta, a la condenación eterna en un infierno que entonces todavía estaba

por inventar. En segundo lugar, clama a los cielos la imprevisión del señor, ya

que, si realmente no quería que le comiesen del tal fruto, fácil remedio tendría

la cosa, habría bastado con no plantar el árbol, o con haberlo puesto en otro

sitio, o con rodearlo de una cerca de alambre de espino. En tercer lugar, no fue

por haber desobedecido la orden de dios por lo que adán y eva descubrieron que

estaban desnudos. Desnuditos, en pelota viva, ya estaban ellos cuando se iban a

la cama, y si el señor nunca había reparado en tan evidente falta de pudor, la

culpa era de su ceguera de progenitor, la misma, por lo visto incurable, que nos

impide ver que nuestros hijos, al fin y al cabo, son tan buenos o tan malos como

los demás.

Una cuestión de orden. Antes de proseguir con esta instructiva y definitiva

historia de caín a la que, con nunca visto atrevimiento, arrimamos el hombro,

tal vez sea aconsejable, para que el lector no se vea confundido por segunda vez

con anacrónicos pesos y medidas, introducir algún criterio en la cronología de

los acontecimientos. Así lo haremos, pues, comenzando por aclarar alguna

maliciosa duda por ahí levantada sobre si adán sería competente para hacer un

hijo a los ciento treinta años de edad. A primera vista, no, si nos atenemos a

los índices de fertilidad de los tiempos modernos, pero esos ciento treinta

años, en aquella infancia del mundo, poco más habrían representado que una

simple y vigorosa adolescencia que hasta el más precoz de los casanovas desearía

para sí. Conviene recordar, además, que adán vivió hasta los novecientos treinta

años, luego poco le faltó para morir ahogado en el diluvio universal, ya que

finó en días de la vida de lamec, el padre de noé, futuro constructor del arca.

Tiempo y sosiego tuvo para hacer los hijos que hizo y muchos más si le hubiera

dado por ahí. Como ya dijimos, el segundo, el que vendría después de caín, fue

abel, un mozo rubicundo, de buena figura, que, después de haber sido objeto de

las mejores pruebas de estima por parte del señor, acabó de la peor forma. Al

tercero, como también quedó dicho, lo llamaron set, pero ése no entrará en la

narrativa que vamos componiendo paso a paso con melindres de historiador, por lo

tanto aquí lo dejamos, un simple nombre y nada más. Aunque hay quien afirma que

fue en su cabeza donde nació la idea de crear una religión, pero de esos

delicados asuntos ya nos ocupamos abundantemente en el pasado, con recriminable

ligereza según la opinión de algunos peritos, y en términos que muy

probablemente sólo nos perjudicarán en las alegaciones del juicio final, cuando,

ya sea por exceso, ya sea por defecto, todas las almas sean condenadas. Ahora lo

que nos interesa es la familia de la que el papá adán es la cabeza, y qué mala

cabeza fue, no vemos cómo decirlo de otra manera, ya que bastó que la mujer le

trajera el prohibido fruto del conocimiento del bien y del mal para que el

inconsciente primer patriarca, después de hacerse rogar, en verdad más para

complacerse a sí mismo que por real convicción, se atragantara, dejándonos a

nosotros, los hombres, para siempre marcados por ese irritante trozo de manzana

en la garganta que ni sube ni baja. Tampoco faltan los que dicen que si adán no

llegó a tragarse del todo el fruto fatal fue porque el señor se apareció de

repente queriendo saber lo que estaba pasando allí. Y, por cierto, antes de que

se nos olvide del todo o el recorrido del relato haga inadecuada, por tardía, la

referencia, hemos de revelar la visita sigilosa, medio clandestina, que el señor

hizo al jardín del edén una noche cálida de verano. Como de costumbre, adán y

eva dormían desnudos, uno al lado del otro, sin tocarse, imagen edificante

aunque equívoca de la más perfecta de las inocencias. No despertaron ellos y el

señor no los despertó. Lo que lo había llevado hasta allí era el propósito de

enmendar un defecto de fábrica que, se dio cuenta tarde, afeaba seriamente a sus

criaturas, y que consistía, imagínense, en la falta de un ombligo. La superficie

blanquecina de la piel de sus bebés, que el suave sol del paraíso no con seguía

tostar, se mostraba demasiado desnuda, demasiado ofrecida, en cierto modo

obscena, si la palabra ya existiera entonces. Sin tardanza, no fuesen ellos a

despertarse, dios extendió el brazo y oprimió levemente con la punta del dedo

índice el vientre de adán, luego hizo un rápido movimiento de rotación y el

ombligo apareció. La misma operación, practicada a continuación en eva, dio

resultados similares, aunque con la importante diferencia de que el ombligo de

ella salió bastante mejorado en lo que respecta a diseño, contornos y delicadeza

de pliegues. Fue ésta la última vez que el señor miró una obra suya y halló que

estaba bien.

Cincuenta años y un día después de esta afortunada intervención quirúrgica con

la que se iniciaba una nueva era en la estética del cuerpo humano bajo el

consensuado lema de que todo en él es mejorable, se produjo la catástrofe.

Anunciado por el estruendo de un trueno, el señor se hizo presente. Venía

trajeado de manera diferente a la habitual, según lo que sería, tal vez, la

nueva moda imperial del cielo, con una corona triple en la cabeza y empuñando el

cetro como una cachiporra. Yo soy el señor, gritó, yo soy el que soy. El jardín

del edén cayó en silencio mortal, no se oía ni el zumbido de una avispa, ni el

ladrido de un perro, ni un piar de ave, ni un barrito de elefante. Sólo una

bandada de estorninos que se había acomodado en un olivo frondoso cuyo origen se

remontaba a los tiempos de la fundación del jardín levantó el vuelo en un solo

impulso, y eran centenares, por no decir millares, tantos que casi oscurecieron

el cielo. Quién ha desobedecido mis órdenes, quién se ha acercado al fruto de mi

árbol, preguntó dios, dirigiéndole directamente a adán una mirada coruscante,

palabra desusada pero expresiva como la que más. Desesperado, el pobre hombre

intentó, sin resultado, tragarse el pedazo de manzana que lo delataba, pero la

voz no le salía, ni para atrás ni para adelante. Responde, insistió la voz

colérica del señor, al tiempo que blandía amenazadoramente el cetro. Haciendo de

tripas corazón, consciente de lo feo que era echarle las culpas a otro, adán

dijo, La mujer que tú me diste para vivir conmigo es la que me ha dado del fruto

de ese árbol y yo lo he comido. Se volvió el señor hacia la mujer y preguntó,

Qué has hecho tú, desgraciada, y ella respondió, La serpiente me engañó y yo

comí, Falsa, mentirosa, no hay serpientes en el paraíso, Señor, yo no he dicho

que haya serpientes en el paraíso, lo que sí digo es que he tenido un sueño en

que se me apareció una serpiente y me dijo, Conque el señor os ha prohibido

comer el fruto de todos los árboles del jardín, y yo le respondí que no era

verdad, que del único que no podíamos comer el fruto era del árbol que está en

el centro del paraíso y que moriríamos si lo tocábamos, Las serpientes no

hablan, como mucho silban, dijo el señor, La de mi sueño habló, Y qué más te

dijo, si puede saberse, preguntó el señor esforzándose por imprimir a las

palabras un tono de sarcasmo nada de acuerdo con la dignidad celestial de la

indumentaria, La serpiente dijo que no tendríamos que morir, Ah, sí, la ironía

del señor era cada vez más evidente, por lo visto esa serpiente cree saber más

que yo, Es lo que he soñado, señor, que no querías que comiésemos de ese fruto

porque abriríamos los ojos y acabaríamos conociendo el mal y el bien como tú los

conoces, señor, Y qué hiciste, mujer perdida, mujer liviana, cuando despertaste

de tan bonito sueño, Me acerqué al árbol, comí del fruto y le llevé a adán, que

también comió, Se me quedó aquí, dijo adán, tocándose la garganta, Muy bien,

dijo el señor, ya que así lo habéis querido, así lo vais a tener, a partir de

ahora se os ha acabado la buena vida, tú, eva, además de sufrir todas las

incomodidades del embarazo, incluyendo las náuseas, también parirás con dolor,

y, pese a todo, sentirás atracción por tu hombre, y él mandará en ti, Pobre eva,
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