Traducción de Pilar del Río






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comienzas mal, triste destino va a ser el tuyo, dijo eva, Deberías haberlo

pensado antes, y en cuanto a tu persona, adán, la tierra ha sido maldecida por

tu causa, con gran sacrificio conseguirás sacar de ella alimento durante toda tu

vida, sólo producirá espinos y cardos, y tú tendrás que comer la hierba que

crece en el campo, sólo a costa de muchos sudores conseguirás cosechar lo

necesario para comer, hasta que un día te acabes transformando de nuevo en

tierra, pues de ella fuiste hecho, en verdad, mísero adán, tú eres polvo y en

polvo un día te convertirás. Dicho esto, el señor hizo aparecer unas cuantas

pieles de animales para tapar la desnudez de adán y eva, los cuales se guiñaron

los ojos el uno al otro en señal de complicidad, pues desde el primer día sabían

que estaban desnudos y de eso bien se habían aprovechado. Dijo entonces el

señor, Habiendo conocido el bien y el mal, el hombre se ha hecho semejante a un

dios, ahora sólo me faltaría que también fueses a buscar el fruto del árbol de

la vida para comer de él y vivir para siempre, no faltaría más, dos dioses en un

universo, por eso te expulso a ti y a tu mujer de este jardín del edén, en cuya

puerta colocaré de guarda a un querubín armado con una espada de fuego que nunca

dejará entrar a nadie, así que fuera, salid de aquí, no os quiero tener nunca

más ante mi presencia. Cargando sobre los hombros las malolientes pieles,

bamboleándose sobre las piernas torpes, adán y eva parecían dos orangutanes que

por primera vez se pusieran en pie. Fuera del jardín del edén la tierra era

árida, inhóspita, el señor no había exagerado cuando amenazó a adán con espinas

y cardos. Tal como también dijo, se les había acabado la buena vida.

2

La primera morada fue una estrecha caverna, verdaderamente más cavidad que

caverna, de techo bajo, descubierta en un afloramiento rocoso al norte del

jardín del edén cuando, desesperados, vagaban en busca de un abrigo. Allí

pudieron, por fin, defenderse de la quemazón brutal de un sol que en nada se

parecía a la invariable benignidad de temperatura a que estaban habituados,

constante de noche y de día, y en cualquier época del año. Se quitaron las

gruesas pieles que los sofocaban de calor y peste, y regresaron a la primera

desnudez, pero, para proteger de agresiones exteriores las partes delicadas del

cuerpo, las que están más o menos resguardadas entre las piernas, inventaron,

utilizando las pieles más finas y de pelo más corto, algo a lo que más tarde se

le daría el nombre de falda, idéntica en la forma tanto para las mujeres como

para los hombres. En los primeros días, sin tener siquiera un mendrugo que

masticar, pasaron hambre. El jardín del edén era ubérrimo en frutos, es más, no

se encontraba otra cosa de provecho, hasta esos animales que por naturaleza

deberían alimentar se de carne sangrienta, pues para carnívoros vinieron al

mundo, fueron, por imposición divina, sometidos a la misma melancólica e

insatisfactoria dieta. La procedencia de las pieles que el señor hizo aparecer

con un simple chascar de dedos, como un prestidigitador, nunca llegó a

aclararse. De animales eran, y grandes, pero vaya usted a saber quién los habría

matado y desollado, y dónde. Casualmente, había agua por allí cerca, aunque no

era nada más que un regato turbio, en nada parecido al río caudaloso que nacía

en el jardín del edén y después se dividía en cuatro brazos, uno que iba a regar

una región donde se decía que el oro abundaba y otro que corría alrededor de la

tierra de cus. Los dos restantes, por más extraordinario que pueda parecerles a

los lectores de hoy, fueron bautizados enseguida con los nombres de tigris y

éufrates. Ante el humilde arroyo que laboriosamente iba abriéndose camino entre

los espinos y los cardos del desierto, es más que probable que el tal río

caudaloso fuera una ilusión óptica fabricada por el propio señor para hacer más

apacible la vida en el paraíso terrenal. Todo puede suceder. Todo puede suceder,

sí, hasta la insólita idea que tuvo eva de ir a pedirle al querubín que le

permitiese entrar en el jardín del edén para recoger alguna fruta con la que

engañar el hambre durante unos días más. Escéptico, como cualquier hombre, en

cuanto a los resultados de una diligencia nacida en cabeza femenina, adán le

dijo que fuese ella sola y que se preparase para sufrir una decepción, Está de

centinela en la puerta ese querubín con su espada de fuego, no es un ángel

cualquiera, de segunda o tercera categoría, sin peso ni autoridad, sino un

querubín de los auténticos, cómo se te puede ocurrir que vaya a desobedecer las

órdenes que el señor le ha dado, fue la sensata pregunta, No sé, y no lo voy a

saber mientras no lo intente, Y si no lo consigues, Si no lo consigo, no habré

perdido nada más que los pasos de ir y de volver, y las palabras que diga,

respondió ella, Pues sí, pero tendremos problemas si el querubín nos denuncia al

señor, Más problemas que los que tenemos ahora, sin modo de ganarnos la vida,

sin comida que llevarnos a la boca, sin un techo seguro ni ropas dignas de ese

nombre, no veo qué más problemas nos puede mandar, el señor ya nos ha castigado

expulsándonos del jardín del edén, peor que eso no se me ocurre qué puede hacer,

Sobre lo que el señor pueda o no pueda, no sabemos nada, Si es así, tendremos

que forzarlo a que se explique y la primera cosa que debería aclararnos es por

qué razón nos ha hecho y con qué fin, Estás loca, Mejor loca que asustada, No me

faltes al respeto, gritó adán, enfurecido, yo no tengo miedo, no soy miedoso,

Yo tampoco, luego estamos empatados, no hay nada más que discutir, Sí, pero no

te olvides de que quien manda aquí soy yo, Sí, fue lo que el señor dijo, asintió

eva, y puso cara de quien no ha dicho nada. Cuando el sol perdió alguna fuerza,

se puso en camino con su falda bien compuesta y una piel de las más leves sobre

los hombros. Iba, como alguien podría decir, discretita, aunque no pudiese

evitar que los senos, sueltos, sin amparo, se moviesen al ritmo de sus pasos. No

podía impedirlo, ni tal cosa se le ocurrió, no había por allí nadie a quien

poder atraer, en ese tiempo las tetas servían para mamar y poco más. Estaba

sorprendida consigo misma por la libertad con la que le había respondido al

marido, sin temor, sin tener que elegir las palabras, diciendo simplemente lo

que, en su opinión, el caso requería. Era como si dentro de sí habitase otra

mujer, con nula dependencia del señor o de un esposo por él designado, una

hembra que decidía, finalmente, hacer uso total de la lengua y del lenguaje que

el dicho señor, por decirlo así, le había metido boca adentro. Atravesó el

arroyo gozando de la frescura del agua, que parecía difundírsele dentro de las

venas al mismo tiempo que experimentaba algo en el espíritu que tal vez fuese la

felicidad, por lo menos se parecía mucho a la palabra. El estómago le dio un

aviso, no era hora de disfrutar de sentimientos positivos. Salió del agua,

recogió unos pequeños frutos ácidos que, aunque no alimentasen, entretenían

durante algún tiempo, poco, la necesidad de comer. El jardín del edén ya está

cerca, se ven nítidamente las copas de los árboles más altos. Eva camina ahora

con más lentitud que antes, y no porque se sienta cansada. Adán, si aquí

estuviera, se estaría mofando de ella, Tan valiente, tan valiente, y al final

vas llena de miedo. Sí, tenía miedo, miedo de fallar, miedo de no tener palabras

suficientes para convencer al guarda, incluso llegó a decir en voz baja, tal era

su desánimo, Si yo fuese hombre sería más fácil. Ahí está el querubín, la espada

de fuego brilla con una luz maligna en su mano derecha. Eva se cubrió mejor el

pecho y avanzó. Qué quieres, preguntó el ángel, Tengo hambre, respondió la

mujer, Aquí no hay nada que puedas comer, Tengo hambre, Tú y tu marido fuisteis

expulsados del jardín del edén por el señor y la sentencia no tiene apelación,

retírate, Me matarías si entrara, preguntó eva, Para eso me ha puesto el señor

de guarda, No has respondido a mi pregunta, La orden que tengo es ésa, Matarme,

Sí, Por tanto, obedecerás la orden. El querubín no respondió. Movió el brazo en

cuya mano la espada de fuego silbaba como una serpiente y ésa fue su respuesta.

Eva dio un paso al frente. Detente, dijo el querubín, Tendrás que matarme, no me

detendré, y dio otro paso, te quedarás aquí guardando un pomar de fruta podrida

que a nadie le apetecerá, el pomar de dios, el pomar del señor, añadió. Qué

quieres, preguntó otra vez el querubín, sin darse cuenta de que la reiteración

iba a ser interpretada como una señal de debilidad, Repito, tengo hambre,

Pensaba que ya estaríais lejos, Y adónde íbamos a ir nosotros, preguntó eva,

estamos en medio de un desierto que no conocemos y en el que no se ve ningún

camino, un desierto por el que durante estos días no ha pasado un alma viva,

dormimos en un agujero, comemos hierba, como el señor prometió, y tenemos

diarreas, Diarreas, qué es eso, preguntó el querubín, También se puede decir

cagaleras, el vocabulario que el señor nos enseñó da para todo, tener diarrea o

cagalera, si te gusta más esta palabra, significa que no se consigue retener la

mierda que llevamos dentro, No sé qué es eso, Ventajas de ser ángel, dijo eva, y

sonrió. Al querubín le gustó ver esa sonrisa. En el cielo también se sonreía

mucho, pero siempre seráficamente y con una ligera expresión de contrariedad,

como quien pide disculpas por estar contento, si es que a eso se le puede llamar

contentamiento. Eva había vencido la batalla dialéctica, ahora sólo faltaba la

de la comida. Dijo el querubín, Voy a traerte algunos frutos, pero tú no se lo

digas a nadie, Mi boca no se abrirá, aunque en cualquier caso mi marido tendrá

que saberlo, Vuelve con él mañana, tenemos que conversar. Eva se quitó la piel

de encima de los hombros y dijo, Usa esto para traer la fruta. Estaba desnuda de

cintura para arriba. La espada silbó con más fuerza, como si hubiese recibido un

súbito flujo de energía, la misma energía que impelió al querubín a dar un paso

hacia delante, la misma que le hizo levantar la mano izquierda y tocar el seno

de la mujer. No sucedió nada más, nada más podía suceder, los ángeles, mientras

lo sean, tienen prohibido cualquier comercio carnal, sólo los ángeles caídos son

libres de juntarse con quienes quieran y con quienes los quieran. Eva sonrió,

puso su mano sobre la mano del querubín y la presionó suavemente sobre el seno.

Su cuerpo estaba cubierto de suciedad, las uñas negras como si las hubiese usado

para cavar la tierra, el pelo como un nido de anguilas entrelazadas, pero era

una mujer, la única. El ángel ya estaba en el jardín, se entretuvo allí el

tiempo necesario para elegir los frutos más nutrientes, otros ricos en agua, y

volvió encorvado bajo una buena carga. Aquí tienes, dijo, y eva preguntó, Cómo

te llaman, y él respondió, Mi nombre es azael, Gracias por la fruta, azael, No

podía dejar que murieran de hambre aquellos que el señor creó, El señor te lo

agradecerá, aunque será mejor que no le hables de esto. El querubín aparentó no

haber oído o no oyó de verdad, ocupado como estaba ayudando a eva a colocarse el

hatillo sobre la espalda, mientras decía, Mañana vuelves con adán, hablaremos de

algo que os conviene conocer, Aquí estaremos, respondió ella.

Al día siguiente, adán acompañó a la mujer hasta el jardín del edén. Por

iniciativa de eva se lavaron lo mejor que pudieron en el riachuelo y lo mejor

que pudieron fue poquísimo, por no decir nada, porque agua sin jabón que le dé

una ayuda no pasa de una pobre ilusión de limpieza. Se sentaron en el suelo y

enseguida se vio que el querubín azael no era persona de perder el tiempo, No

sois los únicos seres humanos que existen en la tierra, comenzó, Que no somos

los únicos, exclamó adán, estupefacto, No me hagas repetir lo que ya está dicho,

Quién creó a esos seres, dónde están, En todas partes, El señor los creó como

nos creó a nosotros, preguntó eva, No puedo responder, y si insistís con las

preguntas nuestra conversación acaba ahora mismo, cada uno va a lo suyo, yo a

guardar el jardín del edén, vosotros a vuestra gruta y a vuestra hambre, En ese

caso, en poco tiempo moriremos, dijo adán, a mí nadie me ha enseñado a trabajar,

no puedo cavar ni labrar la tierra porque me faltan la azada y el arado, y si

los tuviese sería necesario aprender a manejarlos y no hay quien me enseñe en

este desierto, mejor sería que fuésemos el polvo que éramos antes, sin voluntad

ni deseo, Has hablado como un libro abierto, dijo el querubín, y adán se puso

contento por haber hablado como un libro abierto, él, que nunca había tenido

estudios. Después eva preguntó, Si ya existían otros seres humanos, entonces

para qué nos creó el señor, Ya deberías saber que los designios del señor son

inescrutables, pero, si he entendido alguna que otra media palabra, me parece

que se trata de un experimento, Un experimento, nosotros, exclamó adán, un

experimento, para qué, De lo que no conozco a ciencia cierta no oso hablar, el

señor tendrá sus razones para guardar silencio sobre el asunto, Nosotros no

somos un asunto, somos dos personas que no saben cómo podrán vivir, dijo eva,

Todavía no he terminado, dijo el querubín, Pues habla, y que de tu boca salga

una buena noticia, por lo menos una, Oíd, no demasiado lejos de aquí pasa un

camino frecuentado de vez en cuando por caravanas que van a los mercados o que

regresan de ellos, mi idea es que deberíais encender una hoguera que produzca

humo, mucho humo, de modo que pueda ser visto desde lejos, No tenemos con qué

encenderla, interrumpió eva, Tú no tienes, pero yo sí, Qué tienes, Esta espada

de fuego, para algo ha de servir alguna vez, basta acercarles la punta en brasa

a los cardos secos y a la paja y tendréis ahí una hoguera capaz de ser vista

desde la luna, y mucho más por una caravana que pase cerca, pero deberéis tener

cuidado de no dejar que el fuego se extienda, una cosa es una hoguera, otra un

desierto entero ardiendo, el fuego acabaría por llegar al jardín del edén y yo

me quedaría sin empleo, Y si no aparece nadie, preguntó eva, Aparecerán,

aparecerán, puedes estar tranquila, respondió azael, los seres humanos son

curiosos por naturaleza, enseguida querrán saber quién atizó esa hoguera y con

qué intención se hizo, Y después, preguntó adán, Después es cosa vuestra, ahí ya

no puedo hacer nada, encontrad la manera de uniros a la caravana, pedid que os
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