Traducción de Pilar del Río






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pero para eso el señor no tendría que haberse cruzado en su camino. Pese a lo

cual, ya va demasiado lejos, aunque no en el sentido que el padre le había

vaticinado. Arrastrando los pies de cansancio, avanzaba por un erial sin que se

le ofrecieran a la vista ni las ruinas de una choza ni señal de vida alguna, una

soledad desgarradora que el cielo cubierto aumentaba todavía más con la amenaza

de una lluvia inminente. No tendría dónde guarecerse, a no ser debajo de un

árbol de entre los pocos que, de tarde en tarde, a medida que caminaba, iban

asomando la copa por encima del horizonte próximo. Las ramas, por lo general

escasamente pobladas de hojas, no garantizaban protección digna de ese nombre.

Fue entonces, con el caer de las primeras gotas, cuando caín se dio cuenta de

que tenía la túnica sucia de sangre. Pensó que tal vez la mancha desaparecería

con la lluvia, pero luego comprobó que no, que lo mejor sería disimularla con

tierra, nadie sería capaz de adivinar lo que se ocultaba debajo, sobre todo

teniendo en cuenta que gente con túnicas sucias, llenas de lamparones, era algo

que no faltaba por estos lugares. Comenzó a llover con fuerza, poco tiempo

después la túnica estaba empapada, del rastro de sangre no se veía ni el menor

vestigio, además siempre podía decir, si fuese preguntado, que se trataba de la

sangre de un cordero. Sí, dijo caín en voz alta, pero abel no era ningún

cordero, era mi hermano, y yo lo he matado. En ese momento no tuvo presente que

le había dicho al señor que ambos eran culpables del crimen, pero la memoria no

tardó en ayudarlo, por eso añadió, Si el señor, que, según se dice, todo lo sabe

y todo lo puede, hubiese hecho desaparecer de allí la quijada del burro, yo no

habría matado a abel, y ahora podríamos estar los dos en la puerta de casa

viendo caer la lluvia, y abel reconocería que realmente el señor hacía mal no

aceptando lo único que yo le podía ofrecer, las simientes y las espigas nacidas

de mi afán y de mi sudor, y él todavía estaría vivo, y seríamos tan amigos como

siempre lo fuimos. Llorar sobre la leche derramada no es tan inútil como se

dice, de alguna manera es un hecho instructivo porque nos muestra la verdadera

dimensión de la frivolidad de ciertos procedimientos humanos, ya que, si la

leche se ha derramado, derramada está, simplemente hay que limpiarla, pero si

abel fue muerto de muerte malvada es porque alguien le quitó la vida.

Reflexionar mientras la lluvia nos va cayendo encima no es ciertamente la cosa

más cómoda del mundo, quizás por eso de un momento a otro deja de llover, para

que caín pueda pensar con comodidad, seguir libremente el curso de su

pensamiento hasta ver adónde le conduce. No lo llegaremos a saber nunca, ni

nosotros ni él, pues la súbita aparición, como si saliese de la nada, de lo que

quedaba de una choza lo distrajo de sus aflicciones y de sus pesares. Quedaban

señales de cultivo de la tierra en la parte de atrás de la casa, pero era

evidente que los habitantes la habían abandonado hacía mucho tiempo, o quizá no

tanto si tenemos en cuenta la fragilidad intrínseca, la precaria cohesión de los

materiales de estas humildes moradas, que necesitaban constantes reparaciones

para no venirse abajo en una sola estación. Si les falta una mano cuidadosa, la

casa difícilmente podrá soportar la acción corrosiva de las intemperies, sobre

todo la lluvia que empapa los adobes y el viento que va raspando como si

estuviese forrado de lija gruesa. Algunas de las paredes interiores se habían

venido abajo, el techo estaba hundido en su mayor parte, apenas sobrevivía una

esquina relativamente protegida donde el exhausto caminante se dejó caer. Casi

no se podía sostener sobre las piernas, no sólo por lo mucho que había caminado,

sino también porque el hambre comenzaba a apretar. El día estaba llegando a su

fin, en poco tiempo aparecería la noche. Voy a quedarme aquí, dijo caín en voz

alta, según era su costumbre, como si necesitase tranquilizarse a sí mismo, él,

a quien nadie amenaza en este momento, él, de quien probablemente ni el propio

señor sabe dónde se encuentra. Pese a que el tiempo no estaba demasiado frío, la

túnica mojada, pegada a la piel, le hacía tiritar. Pensó que desnudándose

mataría dos pájaros de un tiro, primero porque se acabarían los fríos, y también

porque la túnica, siendo de un paño más fino que grueso, extendida no tardaría

mucho en secarse. Así lo hizo e inmediatamente se sintió mejor. Es verdad que

verse desnudo como había venido al mundo no le parecía bien, pero estaba solo,

sin testigos, sin nadie que le pudiese tocar. Este pensamiento provocó en él un

nuevo estremecimiento, no el mismo, no el que era resultado directo del contacto

de la túnica mojada, sino una especie de palpitación en la región del sexo, una

ligera rigidez que no tardó en desaparecer, como si se hubiese avergonzado de sí

mismo. Caín sabía lo que era aquello, pero, a pesar de su juventud, no le

prestaba gran atención o simplemente tenía miedo de que de ahí le llegase más

mal que bien. Se enroscó en la esquina, juntando las rodillas con el pecho, y

así se durmió. El frío de la madrugada le hizo despertar, alargó el brazo para

palpar la túnica, notó que todavía quedaba en ella un resto de humedad, pero,

aun así, decidió vestirla, acabaría de secarse en el cuerpo. No tuvo sueños ni

pesadillas, durmió como se supone que dormiría una piedra, sin conciencia, sin

responsabilidad, sin culpa, aunque al despertar, con la primera luz de la

mañana, sus primeras palabras fueron, He matado a mi hermano. Si los tiempos

hubieran sido otros, tal vez habría llorado, tal vez se habría desesperado, tal

vez se habría dado golpes en el pecho y en la cabeza, pero siendo las cosas lo

que son, prácticamente el mundo acaba de ser inaugurado, nos faltan todavía

muchas palabras para que comencemos a intentar decir quiénes somos y no siempre

daremos con las que mejor lo expliquen, por eso se contentó con repetir las que

había pronunciado hasta que perdieran su significado y no fueran más que una

serie de sonidos inconexos, unos balbuceos sin sentido. Entonces se dio cuenta

de que sí había soñado, no era un sueño precisamente, sino una imagen, la suya,

regresando a casa y encontrando al hermano en el umbral de la puerta, a su

espera. Así lo recordará durante toda la vida, como si hubiera hecho las paces

con su crimen y no hubiese que sufrir más remordimientos.

Salió de la choza y aspiró profundamente el aire frío. El sol todavía no había

nacido, pero el cielo ya se iluminaba con delicados tonos de colores, los

suficientes para que el árido y monótono paisaje que tenía delante de los ojos,

bajo esta primera luz de la mañana, apareciese transfigurado en una especie de

jardín del edén sin prohibiciones. Caín no tenía ningún motivo para orientar sus

pasos en una dirección determinada, pero instintivamente buscó las señales

dejadas antes de haberse desviado hasta la cabaña en la que había pasado la

noche. Era fácil, en el fondo le bastaba caminar al encuentro del sol, hacia

aquel lado, allí por donde no tardará en asomar. Aparentemente apaciguado por

las horas de sueño, el estómago había moderado las contracciones, y sería bueno

que se mantuviera en esta disposición porque esperanza de comida próxima no se

vislumbraba, ya que, si es cierto que de vez en cuando se topaba con alguna que

otra higuera, frutos no tenían, que no era su tiempo. Con un resto de energía

que ignoraba poseer todavía, reinició la caminata. El sol ha aparecido, hoy no

lloverá, incluso es posible que haga calor. Al cabo de no mucho tiempo comenzó a

sentirse otra vez cansado. Tenía que encontrar algo de comer, si no acabaría

postrado en este desierto, reducido en pocos días a la osamenta, que de eso se

encargarían las aves carroñeras o alguna manada de perros salvajes que hasta

ahora todavía no se ha manifestado. Estaba escrito sin embargo que la vida de

caín no acabaría aquí, sobre todo porque no habría valido la pena que el señor

hubiera empleado tanto tiempo en maldecirlo si era para morir en este páramo. El

aviso le llegó de abajo, de los fatigados pies que mucho habían tardado en

descubrir que el suelo que pisaban era ya otro, desnudo de vegetación, sin

hierbas o cardos que entorpecieran él andar, en fin, para dejarlo todo dicho en

pocas palabras, caín, sin saber cómo ni cuándo, había encontrado un camino. Se

alegró el pobre errante, pues es norma conocida que una vía de tránsito,

estrada, vereda o sendero, acaba conduciendo, más pronto o más tarde, más lejos

o más cerca, a un lugar poblado donde tal vez sea posible encontrar trabajo,

techo y un trozo de pan que mate tanta hambre. Animado por el súbito

descubrimiento, haciendo, como se suele decir, de tripas corazón, buscó fuerzas

donde ya no las había y aceleró el paso, siempre a la espera de ver ante él una

casa con señales de vida, un hombre montado en un burro o una mujer con un

cántaro en la cabeza. Todavía tuvo que andar mucho. El viejo que, por fin,

apareció ante él iba a pie y llevaba dos ovejas atadas con una cuerda. Caín lo

saludó con las palabras más cordiales de su vocabulario, pero el hombre no le

correspondió, Qué marca es esa que llevas en la frente, le preguntó.

Sorprendido, caín preguntó a su vez, Qué marca, Ésa, dijo el hombre, llevándose

la mano a su propia frente, Es una señal de nacimiento, respondió caín, No debes

de ser buena gente, Quién te ha dicho eso, cómo lo sabes, respondió caín

imprudentemente, Como dice el refrán antiguo, el diablo que te señaló algún

defecto te encontró, No soy mejor ni peor que los demás, busco trabajo, dijo

caín tratando de dirigir la conversación hacia el terreno que le convenía,

Trabajo por aquí no falta, qué es lo que sabes hacer, preguntó el viejo, Soy

agricultor, Ya tenemos suficientes agricultores, por ahí no conseguirás nada,

además vienes solo, sin familia, Perdí la mía, La perdiste, cómo, La perdí,

simplemente, y no hay nada más que contar, Siendo así, te dejo, no me gusta tu

cara ni la señal que tienes en la frente. Ya se apartaba, pero caín lo retuvo,

No te vayas, por lo menos dime cómo llaman a estos parajes, Los llaman tierra de

nod, Y nod qué quiere decir, Significa tierra de fuga o tierra de los errantes,

dime tú, que has llegado hasta aquí, de qué andas huyendo y por qué eres un

errante, No le cuento mi vida al primero que encuentro en el camino con dos

ovejas atadas con una cuerda, además ni siquiera te conozco, no te debo respeto

y no tengo por qué responder a tus preguntas, Volveremos a vernos, Quién sabe,

tal vez no encuentre trabajo aquí y tenga que buscar otro destino, Si eres capaz

de moldear adobe y levantar una pared, éste es tu destino, Adónde debo ir,

preguntó caín, Sigue derecho por esta calle, al fondo hay una plaza, ahí tendrás

la respuesta, Adiós, viejo, Adiós, ojalá no llegues tú a serlo, Debajo de las

palabras que dices me parece oír otras que callas, Sí, por ejemplo, esa marca

que llevas no es de nacimiento, ni te la has hecho a ti mismo, nada de lo dicho

aquí es verdadero, Puede ser que mi verdad sea para ti mentira, Puede ser, sí,

la duda es el privilegio de quien ha vivido mucho, tal vez por eso no consigues

convencerme para que acepte como certeza lo que me suena a falsedad, Quién eres

tú, preguntó caín, Cuidado, mozalbete, si me preguntas quién soy yo, estarás

reconociendo mi derecho a querer saber quién eres tú, Nada me obliga a decirlo,

Vas a entrar en esta ciudad, te vas a quedar aquí, así que más pronto o más

tarde todo se sabrá, Sólo cuando tenga que saberse y no por mí, Di-me, al menos,

cómo te llamas, Abel es mi nombre, dijo caín.

Mientras el falso abel va caminando hacia la plaza donde, según las palabras del

viejo, se encontrará con su destino, atendamos la pertinentísima observación de

algunos lectores vigilantes, de los que siempre están atentos, que consideran

que el diálogo que acabamos de registrar como sucedido no es histórica ni

culturalmente posible, que un labrador, de pocas y ya ningunas tierras, y un

viejo del que no se conoce oficio ni beneficio nunca podrían pensar y hablar

así. Tienen razón esos lectores, aunque la cuestión no estriba tanto en disponer

o no disponer de ideas y vocabulario suficiente para expresarlas, sino en

nuestra propia capacidad para admitir, aunque no sea nada más que por simple

empatía humana y generosidad intelectual, que un campesino de las primeras eras

del mundo y un viejo con dos ovejas atadas con una cuerda, simplemente con su

limitado saber y un lenguaje que todavía estaba dando los primeros pasos, se

vean impelidos por la necesidad a probar maneras de expresar premoniciones e

intuiciones aparentemente fuera de su alcance. Que ellos no dijeron esas

palabras es más que obvio, pero las dudas, las sospechas, las perplejidades, los

avances y retrocesos en la argumentación estaban ahí. Lo que hemos hecho es,

simplemente, pasar al portugués corriente el doble y para nosotros irresoluble

misterio del lenguaje y del pensamiento de aquel tiempo. Si el resultado es

coherente ahora, también lo sería entonces, porque, al fin y al cabo, caminantes

somos y por el camino andamos. Todos, tanto los sabios como los ignorantes.

Ahí está la plaza. Verdaderamente, haber llamado a esto ciudad fue una

exageración. Unas cuantas casas bajas, mal alineadas, unos cuantos niños jugando

a no se sabe qué, unos adultos que se mueven como sonámbulos, unos burros que

parecen ir a donde quieren y no a donde los conducen, ninguna ciudad que se

precie de ese nombre se reconocería en la escena primitiva que tenemos ante los

ojos, faltan aquí los automóviles y los autobuses, las señales de tráfico, los

semáforos, los pasos subterráneos, los anuncios en las fachadas o en los tejados

de las casas, en una palabra, la modernidad, la vida moderna. Pero todo se

andará, el progreso, como se reconocerá más tarde, es inevitable, fatal como la

muerte. Y la vida. Al fondo se ve un edificio en construcción, una especie de

palacio rústico de dos plantas, nada que ver con mafra, o versalles, o

buckingham, en el que se afanan decenas de albañiles y peones, éstos cargando

ladrillos sobre las espaldas, aquéllos asentándolos en líneas regulares. Caín no

entiende nada de tareas de alta o baja albañilería, pero, si su destino le está

esperando aquí, por muy amargo que pueda llegar a ser, y eso siempre se sabe

cuando es demasiado tarde para cambiar, no le queda otro remedio que afrontarlo.
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