Traducción de Pilar del Río






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su gente, Como siempre se han hecho, con barro, arena y piedrecitas pequeñas,

como argamasa usábamos el alquitrán, Y luego, Luego decidimos construir una

ciudad con una gran torre, esa que ves ahí, una torre que llegase al cielo, Para

qué, preguntó caín, Para hacernos famosos, Y qué sucedió, por qué está la

construcción parada, Porque el señor vino a inspeccionar y no le gustó, Llegar

al cielo es el deseo de todo hombre justo, el señor incluso debería haber echado

una mano en la obra, Hubiera sido bueno, pero no fue así, Entonces, qué hizo,

Dijo que después de habernos puesto a hacer la torre ya nadie nos podría impedir

que hiciéramos lo que quisiéramos, por eso nos confundió las lenguas y a partir

de ese instante, como ves, dejamos de entendernos, Y ahora, preguntó caín, Ahora

no habrá ciudad, la torre no se terminará y nosotros, cada uno con su lengua, no

podremos vivir juntos como hasta ahora, Lo mejor será dejar la torre como

recuerdo, tiempos vendrán en que se harán excursiones de todas partes para ver

las ruinas, Probablemente ni ruinas habrá, hay por ahí quien le ha oído decir al

señor que cuando ya no estemos aquí mandará un gran viento para destruirla, y lo

que el señor dice, lo hace, Los celos son su gran defecto, en vez de estar

orgulloso de los hijos que tiene, prefiere dejar que lo venza la envidia, está

claro que el señor no soporta ver a una persona feliz, Tanto trabajo, tanto

sudor, para nada, Qué pena, dijo caín, sería una bonita obra, Pues sí, dijo el

hombre, ahora con los ojos golosos clavados en el burro. Hubiera sido para él

una conquista fácil de haber pedido el auxilio de los compañeros, pero el

egoísmo pudo más que la inteligencia. Guando esbozó un movimiento para echarle

mano al asno, el burro, ese mismo que salió de las cuadras de noah con

reputación de dócil, marcó una especie de paso de baile con las patas delanteras

y girando los cuartos traseros dio un par de coces que acabaron con el pobre

diablo en el lodo. Aunque había actuado en legítima defensa, el burro tuvo

inmediata conciencia de que sus buenas razones no serían admitidas por la masa

que, bramando en todas las lenguas habidas y por haber, avanzaba para saquear

las aguaderas y transformarlo a él en albóndigas. Sin necesitar del estímulo de

los talones del caballero, arrancó con un trote vivo y luego con un galope del

todo inesperado, vista su naturaleza asnina, de animal seguro pero al que, en

principio, no se le pueden pedir prisas. Los asaltantes tuvieron que resignarse

a verlo desaparecer en medio de una nube de polvo, que acabaría teniendo otra

importante consecuencia, la de hacer pasar a caín y a su montura a otro presente

futuro en este mismo lugar, pero limpio de los osados rivales del señor,

dispersos por el mundo porque ya no tenían otra lengua común que los mantuviese

unidos. Imponente, majestuosa, la torre allí estaba, a la vera del horizonte, y,

aunque inacabada, parecía capaz de desafiar a los siglos y a los milenios,

cuando, de repente, estaba y dejó de estar. Se cumplía así lo que el señor

anunció, que enviaría un gran viento que no dejaría piedra sobre piedra ni

ladrillo sobre ladrillo. La distancia no le permitió a caín notar la violencia

del huracán soplado por la boca del señor ni el estruendo de los muros

derrumbándose uno tras otro, los pilares, las arcadas, las bóvedas, los

contrafuertes, por eso la torre parecía desmoronarse en silencio, como un

castillo de cartas, hasta que todo acabó en una enorme nube de polvo que subía

al cielo y no dejaba ver el sol. Muchos años después se dirá que allí cayó un

meteorito, un cuerpo celeste de los muchos que vagan por el espacio, pero no es

verdad, fue la torre de babel que el orgullo del señor no permitió que

terminásemos. La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con

dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él.

7

Escrito estaba en las tablas del destino que caín tendría que reencontrarse

con abraham. Un día, debido a uno de esos súbitos cambios de presente que lo

hacían viajar en el tiempo, ora hacia delante, ora hacia atrás, caín se encontró

ante una tienda, a la hora del calor, junto a unas encinas en mambré. Le había

parecido vislumbrar a un anciano que le recordaba vagamente a alguien. Para

tener la certeza llamó a la puerta de la tienda, y entonces apareció abraham.

Buscas a alguien, preguntó él, Sí y no, estoy sólo de paso, me ha parecido

reconocerte y no me he equivocado, cómo está tu hijo isaac, yo soy caín, Te has

equivocado, el único hijo que tengo se llama ismael, no isaac, e ismael es el

hijo que le hice a mi esclava agar. El vivo espíritu de caín, ya entrenado en

situaciones como ésta, se iluminó de repente, el juego de los presentes

alternativos había manipulado el tiempo una vez más, mostrándole antes lo que

sólo sucedería después, o sea, por decirlo con las palabras más simples y

explícitas que tenemos, el tal isaac todavía no había nacido. No recuerdo

haberte visto nunca, dijo abraham, pero entra, estás en tu casa, mandaré que te

traigan agua para que te laves los pies y pan para la jornada, Primero he de

ocuparme de mi jumento, Llévalo hasta aquellas encinas, allí hay heno y paja y

un abrevadero lleno de agua fresca. Caín llevó al asno por la rienda, le quitó

la albarda para que se desahogase del calor que hacía y lo instaló en una

sombra. Después sopesó las aguaderas casi vacías pensando cómo podría remediar

la escasez de alimentos que ya empezaba a ser alarmante. Lo que le había oído

decir a abraham le dio un alma nueva, pero hay que tener en cuenta que no sólo

de pan vive el hombre, sobre todo él, habituado en los últimos tiempos a mimos

gastronómicos muy por encima de su origen y condición social. Dejando al jumento

entregado a los más genuinos placeres campestres, agua, sombra, comida

abundante, caín se encaminó a la tienda, llamó a la puerta para avisar de su

presencia y entró. Enseguida vio que se celebraba allí una reunión a la que

obviamente no había sido invitado, en la que tres hombres que, por lo visto,

llegaron mientras él se ocupaba del burro conversaban con el dueño de la casa.

Hizo ademán de retirarse con la debida discreción, pero abraham le dijo, No te

vayas, siéntate, todos sois mis huéspedes, y ahora, si me dais licencia, voy a

impartir mis órdenes. A continuación fue al interior de la tienda y le dijo a

sara, su mujer, Date prisa, amasa tres medidas de la mejor harina y haz unos

cuantos panes. Después se acercó al lugar donde se encontraba el ganado y trajo

un ternero joven y gordo que le entregó a un criado para que lo cocinase sin

tardanza. Concluido todo esto, sirvió a los huéspedes la ternera que había

preparado, incluyendo a caín, Comes con ellos allí, debajo de los árboles, dijo.

Y, como si esto fuese poco, todavía les sirvió manteca y leche. Entonces ellos

preguntaron, Dónde está sara, y abraham respondió, Está en la tienda. Y aquí fue

cuando uno de los tres hombres dijo, El año que viene volveré a tu casa y, a su

debido tiempo, tu mujer tendrá un hijo, Ése será isaac, dijo caín en voz baja,

tan baja que nadie pareció haberlo oído. Pues bien, abraham y sara tenían

bastante edad, ella ya no estaba en condiciones de tener hijos. Por eso sonrió

al pensar, Cómo voy a sentir esa alegría si mi marido y yo estamos viejos y

cansados. El hombre le preguntó a abraham, Por qué ha sonreído sara pensando que

ya no puede tener un hijo a esta edad, será que para el señor eso es una cosa

tan difícil. Y repitió lo que había dicho antes, De aquí a un año volveré a

pasar por tu casa y, a su debido tiempo, tu mujer habrá dado a luz a un hijo. Al

oír esto, sara se asustó y negó que hubiese sonreído, pero el otro respondió, Sí

que has sonreído, señora, que yo bien lo he visto. En ese momento todos

comprendieron que el tercer hombre era el propio señor dios en persona. No quedó

dicho en el momento adecuado que caín, antes de entrar en la tienda, se había

bajado hasta los ojos la banda del turbante para esconder su marca a la

curiosidad de los presentes, sobre todo del señor, que inmediatamente lo

reconocería, por eso, cuando el señor le preguntó si su nombre era caín,

respondió, Caín soy, en verdad, pero no ése. Lo natural hubiera sido que el

señor, ante la no del todo hábil salida, hubiese insistido y que caín acabara

confesando ser el mismo, aquel que asesinó a su hermano abel y que por esa culpa

andaba cumpliendo pena de errante y perdido, pero el señor tenía una

preocupación mucho más urgente e importante que la de dedicarse a averiguar la

verdadera identidad de un forastero sospechoso. Era el caso que le estaban

llegando arriba, al cielo de donde había salido instantes antes, numerosas

quejas por los crímenes contra natura cometidos en las ciudades de sodoma y

gomorra, allí cerca. Como el imparcial juez que siempre había presumido ser,

aunque no faltasen acciones suyas que demostraran precisamente lo contrario,

decidió venir aquí abajo para poner la cuestión en limpio. Por eso se dirigía

ahora a sodoma, acompañado de abraham, y también de caín, que pidió, por

curiosidad de turista, que lo dejasen ir. Los dos que venían con él, y que

seguro eran ángeles de compañía, habían partido antes. Entonces abraham le hizo

tres preguntas al señor, Vas a destruir a los inocentes junto a los culpables,

supongamos que existen unos cincuenta inocentes en sodoma, los vas a destruir

también a ellos, no serás capaz de perdonar a toda la ciudad en atención a los

cincuenta que se encuentran inocentes de mal. Y prosiguió diciendo, No es

posible que hagas una cosa de ésas, señor, condenar a muerte al inocente junto

al culpable, de ese modo, ante los ojos de toda la gente, dará lo mismo ser

inocente que culpable, pues bien, tú que eres el juez del mundo entero debes ser

justo en tus sentencias. A esto respondió el señor, Si yo encuentro en la ciudad

de sodoma a cincuenta personas inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención

a ellas. Animado, lleno de esperanza, abraham continuó, Ya que me he tomado la

libertad de hablarle a mi señor, siendo como soy nada más que humilde polvo de

la tierra, me permitiré todavía una palabra más, supongamos que no llegan a ser

cincuenta, que faltan unas cinco, destruirás la ciudad por culpa de esas cinco.

El señor respondió, Si encuentro allí cuarenta y cinco inocentes tampoco

destruiré la ciudad. Abraham decidió insistir, ya que el tren estaba en marcha,

Supongamos que hay allí cuarenta inocentes, y el señor respondió, Por esos

cuarenta tampoco destruiré la ciudad, Y si se encuentran treinta, Por esos

treinta no le haré daño a la ciudad, Y si fueran veinte, insistió abraham, No la

destruiré en atención a esos veinte. Entonces abraham se atrevió a decir, Que mi

señor no se enfade si yo le pregunto una vez más, Habla, dijo el señor,

Supongamos que existen sólo diez personas inocentes, y el señor respondió,

Tampoco la destruiré en atención a esos diez. Después de haber respondido así a

las preguntas de abraham, el señor se retiró, y abraham, acompañado de caín,

regresó a la tienda. De aquel que todavía estaba por nacer, de isaac, no se

hablaría más. Cuando llegaron a las encinas de mambré, abraham entró en la

tienda, de donde salió poco después con los panes que le entregó a caín, según

le había prometido. Caín, que estaba ensillando el jumento, se detuvo para

agradecer la generosa dádiva y preguntó, Cómo te parece que el señor va a contar

a los diez inocentes que, en el caso de existir, evitarán la destrucción de

sodoma, crees que irá de puerta en puerta inquiriendo las tendencias y los

apetitos sexuales de los padres de familia y de sus descendientes machos, El

señor no necesita hacer escrutinios de ésos, él sólo tiene que mirar la ciudad

desde arriba para saber lo que en ella pasa, respondió abraham, Quieres decir

que el señor hizo ese acuerdo contigo para nada, sólo para complacerte, preguntó

de nuevo caín, El señor empeñó su palabra, A mí no me lo ha parecido, tan cierto

como que me llamo caín, aunque es verdad que también me he llamado abel, que,

existan o no inocentes, sodoma será destruida, y es posible que esta misma

noche, Es posible, sí, y no será sólo sodoma, será también gomorra, y dos o tres

ciudades de la planicie donde las costumbres sexuales se han relajado por igual,

los hombres con los hombres y las mujeres apartadas, Y a ti no te preocupa lo

que les pueda suceder a esos dos hombres que venían con el señor, No eran

hombres, eran ángeles, que los conozco bien, Ángeles sin alas, No necesitarán

las alas si tienen que escaparse, Pues te digo que a los de sodoma les va a

importar un rábano que sean ángeles si les ponen las manos y otras cosas encima,

y el señor no se quedará nada satisfecho contigo, yo, si estuviera en tu lugar,

iría a la ciudad a ver lo que pasa, a ti no te harán daño, Tienes razón, iré,

pero te pido que me acompañes, me sentiré más seguro, un hombre y medio valen

más que uno, Somos dos, no uno, Yo soy sólo la mitad de un hombre, caín, Siendo

así, vamos, si nos asaltan, a dos o tres todavía los puedo despachar con el

puñal que llevo debajo de la túnica, a partir de ahí el señor proveerá. A

continuación abraham llamó a un criado y le ordenó que llevase el jumento a la

cuadra, y a caín le dijo, Si no tienes compromisos que te obliguen a partir hoy,

te ofrezco mi hospitalidad para esta noche como un pequeño pago por el favor que

me harás acompañándome, Otros favores espero poder hacerte en el futuro, si

están en mi mano, respondió caín, pero abraham no podía imaginar adónde quería

llegar con estas misteriosas palabras. Empezaron a bajar a la ciudad y abraham

dijo, Comenzaremos yendo a casa de mi sobrino lot, hijo de mi hermano harán, él

nos pondrá al corriente de lo que esté pasando. Ya el sol se había puesto cuando

llegaron a sodoma, pero todavía quedaba mucha luz del día. Entonces vieron a un

gran grupo de hombres frente a la casa de lot que gritaban, Queremos a esos que

tienes ahí, mándalos fuera porque queremos dormir con ellos, y daban golpes en

la puerta, amenazando echarla abajo. Dijo abraham, Ven conmigo, demos la vuelta

a la casa y llamemos por el portón trasero. Así lo hicieron. Entraron cuando

lot, desde el otro lado de la puerta principal, estaba diciendo, Por favor,

amigos, no cometáis un crimen de ésos, tengo dos hijas solteras, podéis hacer

con ellas lo que queráis, pero a estos hombres no les hagáis mal porque ellos
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