Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani






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ASMA: Esta afección de las vías respiratorias debe, eviden­temente, ser objeto de un tratamiento médico. Sin em­bargo, puede obtenerse una sensible mejoría fumando, como si fuera tabaco, hojas de salvia secas y ligeramente picadas.

CAÍDA DEL CABELLO: Es una de las preocupaciones principales de los hombres una vez pasada la treintena. Algunos se lo toman a risa... falsa la mayor parte de las veces; otros se arruinan comprando lociones de una eficacia que lo es todo menos efectiva. Las dos preparaciones que siguen tienen sobre todo la ventaja de ser perfectamente naturales, de poder ser confeccionadas en casa y, finalmente, de poseer una acción que, si bien no es espectacular, no deja de ser real a condición de que el tratamiento dure el tiempo suficiente.

—Aplastar la carne de algunas nueces hasta obtener una especie de pasta con la cual se untará el cuero cabelludo en el momento de acostarse, eliminándola por la mañana con un lavado del cabello. (Si se desea no man­char la almohada, o no molestar a la persona que duerme con uno, es preferible envolverse la cabeza tras la aplicación.)

—Hacer hervir un puñado de tomillo fresco en un litro de agua, filtrar, y utilizar como loción.
CALLOS: Son dolorosos y molestos. Todos aquellos que los sufren no piensan más que en una cosa: librarse de ellos. Desgraciadamente, no siempre les resulta fácil acudir al pedicuro. Sin embargo, no deben desesperarse por ello, ya que, una vez más, pueden hallar en la despensa algo con lo que aliviarse e incluso curarse.

—Cortar una rodaja de ajo lo suficientemente gruesa pero del tamaño del callo. Aplicarla por la noche y sujetarla con un pequeño vendaje. Quitarla en el momento de volver a colocarse los zapatos. La operación debe repetirse hasta la caída del callo.

—Hacer macerar durante veinticuatro horas varias hojas de puerro en vinagre de vino, y aplicarlas sobre el callo, que se extirpará luego muy delicadamente con un instrumento no cortante y cuidadosamente desinfectado.

COMEZÓN: No hay nada más crispante que estas irritaciones cutáneas que sobrevienen sin razón aparente y que impulsan irresistiblemente a rascarse, a veces hasta llegar a hacerse sangre. Pueden ser calmadas rápidamente median­te la aplicación de compresas embebidas en una decocción de achicoria silvestre (10 gramos aproximadamente por cada litro de agua).

CONTUSIONES: ¿Qué niño, incluso el más juicioso, no vuelve algún día a casa luciendo un hermoso chichón o una moradura de buen tamaño? El mejor medio de secar sus lágrimas sigue siendo el aliviarle rápidamente. He aquí dos recetas tan sencillas como eficaces.

—Triturar unas hojas de almendro frescas y hacer con ellas una cataplasma.

—Hacer un emplasto con hojas frescas de angélica.
DOLOR DE MUELAS: Una higiene precaria, una nutrición mal equilibrada, el resultado es que la gran mayoría de nuestros contemporáneos sufre de las muelas y, desgraciadamente. muy pocos de entre ellos se animan a acudir al dentista. Por supuesto, es un error, ya que un diente que duele es obligatoriamente un diente enfermo. Sea como sea, mien­tras se aguarda la intervención del especialista, algunos pequeños trucos pueden permitir calmar el dolor sin tener que acudir a ciertos analgésicos químicos potentes que, para conseguir el mismo resultado, atacan al sistema nervioso, lesionan las mucosas gástricas o perturban el ritmo cardíaco.

—Tomar sin tragarlo un sorbo de aguardiente fuerte —50° como mínimo— y bañar con él el diente enfermo. El efecto es rápido, pero muy limitado en el tiempo.

—Hacer hervir 5 ó 6 higos en medio litro de leche durante algunos minutos. Utilizar como baño bucal.

—Echar en medio litro de agua hirviendo un pellizco de hojas y de flores de morera secas. Utilizar como baño bucal para combatir la infección.

—Empapar un algodón con jugo de perejil y colocarlo en el oído correspondiente al lado donde se encuentra el diente que nos hace sufrir.

ESGUINCES: Este pequeño accidente, banal pero doloroso, no debe ser tomado nunca a la ligera, y conviene en cada ocasión hacerlo verificar por un médico, a fin de compro­bar que no haya una lesión más grave ocultándose bajo su aparente benignidad. Cuando se haya constatado que no existe ningún traumatismo profundo, las cataplasmas de perejil son tan eficaces como cualquier otro bálsamo, ungüento o pomada vendidos en farmacia.

—Hacer cocer un manojo de perejil en medio litro de vino. Dejar enfriar, luego componer una cataplasma con las hojas de la planta. Renovar tres a cuatro veces al día.

GRIPE: Lo esencial, desde las primeras manifestaciones del mal, es transpirar abundantemente a fin de eliminar las toxinas lo más rápidamente posible para expulsar la fiebre, que de hecho es una reacción de defensa del organismo. Es conveniente pues beber en abundancia preparaciones muy calientes, generalmente a base de limón, que es reconocido como un poderoso febrífugo.

—Durante el día, limón exprimido caliente muy azuca­rado, o ponches compuestos del siguiente modo: el jugo de un limón, una cucharada sopera de ron, agua hirviendo, azúcar o miel a voluntad.

—Por la noche, antes de meterse en la cama: un limón exprimido rebajado con una taza grande de café hirviendo muy azucarado.

HEMATOMAS: Algunas personas tienen la piel muy frágil, y el menor golpe las señala con una moradura no siempre de buen efecto. Otras no son sensibles más que a golpes más violentos, pero, en ambos casos, el dolor es comparable y el resultado estético igual de desastroso. Una divertida tradición pretende que un bistec (bife) de ternera aplicado inmediatamente sobre el «punto de impacto» calma el dolor e impide la formación de un hematoma. El remedio quizá sea eficaz, pero no deja de ser caro, por lo que nosotros preferimos dos cataplasmas preparadas a partir de una simple manzana.

—Rallar una manzana cruda con su piel; aplicar en el lugar del golpe, ya sea envolviéndola en una gasa ligera, ya sea directamente sobre la epidermis.

—Hacer cocer una manzana al horno, pelarla, y aplicar la pulpa sobre el punto del choque.

HEMORRAGIAS NASALES: Se desencadenan sin el menor aviso y sin que se sepa exactamente por qué, a menos por supuesto que sean consecuencia de un golpe, en cuyo caso es importante acudir a un médico para que verifique que no hay ningún hueso fracturado. Se pueden parar de una forma casi radical por varios procedimientos:

—Introducir en la fosa nasal correspondiente un peque­ño tampón de algodón embebido en jugo de limón;

—Proceder del mismo modo con jugo de ortiga;

—Aplastar algunas hojas de tomillo o de serpol secos y aspirarlas como si fueran rapé.

HERIDAS: No se trata de dar aquí los medios de cicatrizar las heridas importantes, que deben ser tratadas obligatoria­mente por un médico. Se trata de rozaduras o pequeños cortes, cuya curación puede apresurarse al tiempo que se impide la infección sin tener que verse obligado por ello a abusar de algunos desinfectantes.

—Lavar la herida con una decocción obtenida haciendo hervir 25 gramos de centaurea menor en un litro de agua.

—Aplicar una cataplasma de hojas de repollo preparada del mismo modo que para los ántrax. «Atención —escribe Alain Rollat (Cuide des médecines par alíeles, Calmann-Lévy, éditeur), recomendando este tratamiento—, la acción de las hojas de repollo sobre una herida abierta, rápida, se manifiesta al principio por una aparente agravación del mal; la herida "duele" más debido a que la cataplasma atrae más toxinas». Última precaución: cambiar la hoja de repollo desde el momento mismo en que empiece a ennegrecerse.

—Hacer hervir un puñado de consuelda mayor en un litro de agua. Filtrar y aplicar en compresa sobre la herida.

—Machacar algunas hojas frescas de zarza y frotar con ellas la rozadura para detener la hemorragia.

—Picar unas hojas grandes de salicaria fresca y hacer con ellas una cataplasma que facilitará la cicatrización.

—Hacer hervir una treintena de gramos de tomillo en un litro de agua. Aplicar en compresa sobre las heridas.

HERPES: Las preparaciones capaces de resolver esta desa­gradable afección son numerosas. Hemos tenido pues que efectuar una selección, y las que indicamos, si bien no son las más fáciles de realizar —los ingredientes necesarios obligan a visitar al herbolario—, sí se hallan entre las más eficaces.

—Aplicar una cataplasma de hojas frescas de bardana.

—Hacer hervir un puñado de hojas o de fragmentos de corteza de abedul en un litro de agua. Filtrar y aplicar en compresa.

—Hacer hervir una veintena de gramos de dulcamara en un litro de agua. Colar y utilizar como una loción.

—Hacer una decocción utilizando 100 gramos de plantaina para un litro de agua. Utilizar como una loción.

—Preparar una infusión utilizando en cantidad igual las flores y las hojas frescas de la salvia (50 gramos aproxima­damente por litro de agua). Utilizar ya sea en loción, ya sea en compresa.

—Echar en un litro de agua hirviendo 50 gramos de corteza de saúco. Aplicar como una loción o sobre compresas.

HÍGADO (CRISIS DE): La mayor parte de las veces son provocadas por excesos en la mesa o libaciones inconside­radas. De modo que no deben ser confundidas con la ictericia y otras formas de hepatitis, verdaderas enfermeda­des cuyo tratamiento es responsabilidad exclusiva del médico.

Siendo frecuentes estas indisposiciones, cada familia posee su o sus «recetas» para solucionarlas. No vamos pues a enumerarlas todas aquí. Nos limitaremos en consecuencia a algunas preparaciones sencillas cuyo efecto es innegable.

—Echar sobre un limón sin pelar, cortado a rodajas, un litro de agua hirviendo; dejar en infusión; azucarar si es posible con miel. Beber tibio.

Este tratamiento puede ser seguido durante varios días sin inconvenientes a condición de que se tome la precau­ción de preparar la infusión diariamente.

—Hacer una decocción con el tallo leñoso de un alcaucil y las primeras hojas que la protegen. Dejar enfriar y beber a razón de un buen litro diario.

—Hacer macerar durante unos quince días el tallo, las hojas y las raíces de un alcaucil en medio litro de aguardiente. Colar y conservar el líquido así obtenido en un lugar fresco al abrigo de la luz. A cada crisis, administrar a razón de seis a diez gotas, varias veces al día, en una taza de té o de infusión de menta.

—Hacer una infusión con un puñado de boldo (de venta en todas las herboristerías) en un litro de agua. Azucarar abundantemente la infusión con miel muy aromatizada o mezclarla con otras tisanas para combatir el amargor de la planta.

Algunas tisanas a base de boldo, ya listas para usar, han sido lanzadas al comercio con gran aparato publicitario. Podrían ser prácticas pero, desgraciadamente, su prepara­ción industrial, así como su envasado y almacenamiento, hacen perder sus principales cualidades a las plantas que las componen. De todos modos, es cierto que el consumo regular de tales infusiones no puede hacer ningún daño y es

incluso preferible a la del café o del té. Sin embargo, no hay que esperar de ellas unos resultados espectaculares.

—Hacer una infusión con un pellizco de menta seca en una taza de agua hirviendo. Beber muy azucarada tras cada comida.

—La infusión de flores de «pie de gato» (de venta en herboristerías) descongestiona la glándula hepática y regu­lariza las secreciones biliares. Es pues recomendable, a razón de aproximadamente un litro diario, en los casos de crisis agudas.

—Hacer hervir 100 gramos de cardillo fresco, con las raíces, en un litro de agua, durante 5 minutos; dejar en infusión durante aproximadamente un cuarto de hora; colar, beber a razón de dos o tres tazas entre las comidas.

HIPO: No hay nada más desagradable que hipar sin poder detenerse. En la mayor parte de los casos, el vaso de agua bebido sin respirar o el taparse la nariz hasta casi la asfixia se muestran fastidiosamente inútiles. Se puede entonces comer una almendra, cuidando de masticarla muy prolon­gadamente.

INFLAMACIÓN DEL OÍDO: Ocurre a veces que nos duele el oído, sin que por ello se trate de una otitis o de una afección grave de este tipo. Se puede entonces calmar muy fácilmente el dolor aplastando algunas hojas frescas de albahaca para recoger el jugo e introducir éste en el oído enfermo.

Sin embargo, hay que evitar el no dar importancia a esta advertencia de la naturaleza y, una vez pasada la sensación de dolor, es conveniente verificar con un médico que no se trata del síntoma de una enfermedad más importante si no tan sólo de un simple accidente.
INSOMNIO: Como con las crisis de hígado, las preparaciones que permiten combatir el insomnio son impresionantes en número. Ello es debido a que la mayor parte de las plantas medicinales, así como un gran número de verduras, poseen virtudes calmantes. Cada cual es pues libre de preferir tal o cual receta de las que indicamos, o cualquier otra, en función de su gusto particular o de sus tradiciones familiares. Dicho esto, el mejor medio de enfrentarse a este temible enemigo de nuestro reposo es, en primer lugar, no alimentarlo, privándolo de algunos auxiliares tales como la mayor parte de los «excitantes».

Se evitará pues tomar café por la tarde, o té, o abusar de algunos alcoholes fuertes —en dosis masivas «atontan», pero un vasito de coñac nunca ha ayudado a nadie a encontrar el sueño— o atiborrarse con platos picantes. En cambio, hemos visto que una ensalada de lechuga ligera­mente sazonada con limón relajaba al tiempo que calmaba los ardores eróticos. Constituye pues un plato ideal para rematar una cena.

Quedan, por supuesto, los insomnios rebeldes, que es preferible tratar por medio de plantas más que con todos los calmantes, tranquilizantes y somníferos de los que tienen tendencia a abusar muchos de nuestros ciudadanos agobiados.

—Hacer una infusión, en las mismas proporciones que el té, con un pellizco de aspérula olorosa (en herboriste­rías) en una taza grande de agua hirviendo; azucarar, con miel si es posible, y beber al acostarse.

—Hacer hervir una lechuga a fuego suave en medio litro de agua durante una veintena de minutos. Tomar un gran bol de la decocción así obtenida en el momento de acostarse.

—Machacar una lechuga en un mortero para extraer su jugo; beberlo puro o mezclado con alguna otra tisana antes de meterse en la cama.

—Echar de 40 a 50 gramos de flores de mejorana secas en medio litro de agua hirviendo; dejar en infusión durante unos diez minutos. Beber una taza grande antes de irse a dormir.

—Hacer macerar una cincuentena de gramos de mejo­rana fresca en un litro de buen vino de Burdeos. Tras esperar unos quince días, filtrar el líquido. Beber un vaso de jerez antes de irse a la cama.

—Pulverizar unas flores de mejorana secas hasta obtener un polvo fino. Mezclar con miel o confitura. Tomar una cucharada sopera antes de acostarse.

—La pasionaria, según Leclerc, «presenta la gran ventaja de provocar un sueño parecido al normal y no arrastrar consigo ningún efecto de depresión nerviosa, ninguna obnubilación de los sentidos ni de la mente». Se utiliza en una decocción ligera obtenida haciendo calentar a fuego suave 50 gramos de hojas y de flores secas en medio litro de agua. Dejar hervir la preparación, luego aguardar unos diez minutos antes de bebería, preferentemente en el momento de acostarse.

—Un pellizco de flores de tila, frescas o secas, echado en una taza de agua hirviendo, relaja al tiempo que ayuda a encontrar el sueño.

—Hacer macerar 10 gramos aproximadamente de raíz de valeriana en una taza de agua fría durante medio día. Colar y beber, caliente o fría, una hora al menos antes de irse a la cama.

LUMBAGO: Lo dobla a uno en dos en el momento más inesperado, y hace sufrir horriblemente. He aquí dos remedios sencillos para terminar de una manera efectiva con él.

—Hacer hervir dos hojas de repollo, previamente lavadas, en leche, y dejar reducir hasta que la preparación tenga el aspecto de una compota. Utilizar la pasta así obtenida mientras aún quema y hacer una cataplasma, que se aplicará a los ríñones. Meterse en la cama y conservar el emplasto durante unas doce horas.

—Hacer cocer al horno un manojo de puerros enteros. Machacarlos y mezclarlos con manteca de cerdo. Aplicar en cataplasma durante medio día.
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