Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani






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OJERAS: No siempre son el indicio de una velada demasiado agitada, sino que pueden ser provocadas también por un estado intenso de fatiga general. En este caso, por supuesto, sería vano esperar que una simple noche de sueño devolviera al rostro su frescor y su resplandor. Por el contrario, se debe atacar el mal en profundidad, «restable­cerse» gracias a menús equilibrados y descanso. Mientras se aguardan los resultados de este tratamiento a largo plazo, las mujeres preocupadas por su belleza pueden atenuar estos feos síntomas aplicándoles compresas de té muy fuerte.

Madame du Barry, la favorita de Luis XV, utilizaba otro remedio. Tras haber cocido algunas manzanas —con agua o al horno—, aplastaba su pulpa hasta obtener una cataplasma que aplicaba bajo sus párpados. Así conservó durante mucho tiempo los ojos más hermosos de la corte, evitando que las agitadas noches que le imponía su real amante marcasen su encantador rostro.

PÁRPADOS: Acabamos de ver cómo hacer desaparecer las ojeras. He aquí ahora algunos métodos para conseguir deshinchar los párpados cansados.

—Hacer una infusión con algunas ramas de romero en agua de rosas. Filtrar y aplicar como loción.

—Diluir el jugo de un limón en un poco de agua tibia. Aplicar en loción.

—Aplicar durante aproximadamente un cuarto de hora una compresa de tomillo tibia.

—Lavar cuidadosamente los párpados con una infusión de camomila.

PECAS: Desesperaban a Poil de Carotte, pero hicieron la fortuna de Marlene Jobert, hasta tal punto que las mujeres que no tienen se las dibujan hoy en día con un lápiz de maquillaje. Pero, para que den este aire juvenil y travieso que tan bien va a la actriz, es necesario que limiten su terreno al contorno de los ojos y a las aletas de la nariz. En cualquier otro lado, son consideradas como muy molestas.

Para eliminarlas nada mejor que las lociones de jugo de limón; o bien lociones a base de decocción de cardillo o de perejil.

PIEL: Tradicionalmente, se distinguen dos tipos de pieles que, naturalmente, reclaman cuidados distintos.

PIELES GRASAS: Los poros se hallan dilatados, y en general son propicias a la aparición de puntos negros. Se puede cerrar la textura de una piel grasa aplicándole compresas de té muy fuerte. En cuanto a los excesos de secreciones, que hacen que las mejillas, la nariz y los pómulos aparezcan relucientes, pueden absorberse, como una mancha de grasa sobre un tejido, con un papel de seda.

PIELES SECAS: Tienen también sus inconvenientes, sobre todo el principal de arrugarse mucho más aprisa que las otras. La leche de almendras dulces les devuelve su flexibilidad y evita que se formen arrugas, a condición de que se tome la precaución de no agravar su desecamiento friccionándolas con colonias demasiado alcoholizadas.

Numerosas hortalizas permiten preparar leches y lociones que sirven para todo tipo de pieles, incluso aquellas que no tienen problemas, pero que de todos modos hay que cuidar si se quiere evitar que se deterioren.

La leche de almendras es particularmente recomenda­da, como hemos visto, para el tratamiento de las pieles secas. Se prepara machacando medio kilo de almendras dulces, luego mezclando el aceite así obtenido con medio litro de leche. Esta preparación se conserva muy bien en un frasco cerrado, sin ninguna otra precaución.

El jugo de alcaucil, obtenido machacando las cabe­zuelas de esta gran planta, es recomendable para las pieles grasas, cuyas secreciones regulariza.

La pulpa de aguacate (PALTA), muy rica en aceite, puede en cambio ser aplicada con mucho éxito como mascarilla sobre las pieles secas, a las cuales devuelve su flexibilidad.

Lo mismo cabe decir de la carne del plátano, que se utiliza en los mismos casos y de una forma idéntica.

La infusión de lavanda permite limpiar a fondo los poros dilatados de las pieles grasas y eliminar, al mismo tiempo que el polvo que se acumula en ellos, los excesos de secreciones cutáneas.

Con el aceite de oliva se puede confeccionar el mejor y el más natural de los bronceadores. Basta para ello con mezclar unos 250 gramos de aceite con el jugo de un limón y unas pocas gotas de tintura de yodo. Unciones regula­res de esta preparación, antes de cada exposición al sol, evitarán en primer lugar las quemaduras, y ayudarán luego a la piel a tomar este color dorado tan apreciado por todas aquellas mujeres que van de vacaciones a las playas.

Los masajes con coral de erizo de mar dan resultados sorprendentes. Cargado de yodo y de principios minerales, esta «golosina» apreciada por todos los amantes de los mariscos restablece el pH de la piel y facilita la renovación de las células. Gracias a la acción de este bálsamo viviente. puede verse cómo las arrugas se atenúan y el grano de la epidermis se ablanda.

Mezclando la pulpa de algunas ciruelas machacadas con una cucharada de almendras dulces, se obtiene una mascarilla de belleza que conviene perfectamente a las pieles grasas.

Una decocción de hojas de laurel es una excelente loción que suaviza las pieles secas.

La pulpa del membrillo se utiliza como mascarilla para revitalizar las pieles grasas.

El limón, el indispensable limón, está destinado eviden­temente a las pieles grasas. Aplicado en compresa, su acción astringente cierra los poros dilatados. Mezclado con claras de huevo batidas a punto de nieve, permite componer una mascarilla que posee el mismo efecto.

Para todas las pieles, una mascarilla a base de pulpa de uva, blanca o negra, eso no importa, será un tonificante excelente.

El tomate, finalmente, cuyo jugo, tan rico en vitami­na C, constituye un excelente alimento para las células de la epidermis. A fin de aprovecharlo completamente, basta con cortar en dos un fruto muy maduro y muy rojo y friccionarse enérgicamente con él.

PUNTOS NEGROS: Sabemos que encuentran asilo la mayor parte de las veces en las pieles grasas. Contrariamente a lo que imaginan algunas jóvenes que utilizan sus uñas como pinzas quirúrgicas, por no decir como instrumentos de tortura, es muy peligroso extirpar los comedones —éste es su nombre científico— de este modo. El resultado puede ser una infección, que no arreglará nada puesto que simplemente amenaza con reemplazar un feo punto negro con una cicatriz que no será menos fea.

La primera precaución que hay que tomar es pues, cuando se tiene una piel grasa, tratarla del modo que acabamos de indicar. Si, pese a las mascarillas y las lociones, aparecen puntos negros, no se extirparán más que mediante una pinza especial —de venta en todas las farmacias— y tras haber tratado el rostro con una loción hecha a base de una infusión de tomillo o de té muy caliente.

REGLAS: Numerosas mujeres sufren un verdadero martirio una vez al mes, y se quejan de hinchazones de vientre que afean su silueta. Tisanas de salvia o de romero, regularizan­do la función menstrual, harán desaparecer al mismo tiempo los dolores y las hinchazones.

SENOS: Un seno, incluso joven, necesita ser tonificado. La creciente moda actual entre las mujeres de prescindir del sujetador, hay que decirlo, ha tenido efectos desastrosos. Arrastrados por el peso de la glándula mamaria, los músculos tienen tendencia a aflojarse y el seno cae. Esto no significa de ningún modo que haya que encorsetarlo de una manera excesivamente apretada, ya que entonces los mismos músculos, no teniendo ya ningún trabajo que efectuar, tenderían a atrofiarse, y el resultado sería estrictamente el mismo.

Para afirmar un seno, pues, que empieza a presentar un ligero aflojamiento, se puede recurrir a una forma de ducha escocesa muy localizada, cuya acción se reforzará mediante compresas de jugo de limón.
TRANSPIRACIÓN: Es tan desagradable para una misma como para los demás. Desgraciadamente, es muy difícil detenerla en los días de mucho calor. Las farmacias están hoy en día repletas de antitranspirantes y antiperspirantes, pero uno no puede hacer más que desconfiar de estos productos que bloquean una secreción natural cuyo papel depurador es extremadamente importante.

Para transpirar menos, no hay pues más que una solución, y es beber menos, incluso aunque esto parezca difícil en verano. Una fricción de agua con adición de jugo de limón, cierra los poros, limita igualmente el exceso de sudor al mismo tiempo que da a la piel un perfume acidulado que disimula el de la transpiración.

UÑAS: Al igual que la piel de las manos, las uñas sufren con los pesados trabajos del ama de casa. Se mellan, se rompen, se abren, y pueden incluso volverse tan frágiles que es imposible mantenerlas largas.

Cuando se llega a este estadio, sin duda es a causa de una carencia alimentaria que las priva de los elementos necesarios para su crecimiento. Conviene pues, antes que nada, revisar el régimen. Tras lo cual se puede buscar fortificarlas con los mismos productos que hemos encontra­do un poco antes para el cuidado de las manos.

—Meter durante una decena de minutos aproximada­mente, mañana y noche, el extremo de los dedos en un jugo de limón.

—Meter las uñas cada noche en un bol pequeño de aceite de oliva tibio para evitar que se abran.

La acetona pura, utilizada como disolvente para quitar el esmalte, seca las uñas y las vuelve quebradizas. Para paliar este inconveniente, se puede mezclar con un volumen igual de aceite de oliva y la mitad de este volumen de éter. Se obtiene entonces un disolvente graso particular­mente eficaz y que presenta la ventaja de secarse muy rápidamente.

Así, gracias a unas recetas sencillas —todas las que hemos indicado no son tan complicadas de preparar como la famosa agua de la reina de Hungría—, y con productos que pueden encontrarse normalmente en la cocina, cada mujer puede realizar por sí misma verdaderas mascarillas de belleza. Así que no es necesario gastar fortunas en los institutos de belleza para seguir siendo hermosa. Diana de Poitiers, cuyo recuerdo evocamos al principio de este capítulo, tal vez recorrería hoy en día los institutos de belleza y las clínicas especializadas en cirugía estética. Sin embargo, no es muy seguro que lo hiciera, puesto que esta dama, que sabía «guardar siempre razón», incluso en política, lo cual no es decir poco, probablemente no confiara más que en estos pequeños trucos, estas recetas que acabamos de dar y que sin duda eran las suyas propias.

COCINA PARA UNA PAREJA FELIZ

Las parejas felices, como los pueblos pacíficos, jamás deberían tener historia. Este no es sin embargo el caso, ya que la búsqueda de la felicidad es menos fácil de lo que parece, y los hogares más unidos atraviesan todos períodos agitados, por no decir dramáticos. Así ocurrió con aquel notario, cuya historia cuenta Paúl Vincent en L'Amour et les guérisseurs (La Pensée moderne), que fue a consultar a León Vallat, un magnetizador, a fin de que éste le ayudara a recuperar su potencia viril.

Casado desde hacía veinticinco años, padre de tres hijos, el notario constataba amargamente que ya le era imposible proporcionar a su esposa esas pruebas de amor que otros se obstinan en llamar el «deber conyugal». Pero el hombre era fiel, y ni por un momento pasó por su mente que una pequeña mancha en el contrato matrimonial pudiera tal vez volver a poner las cosas en su sitio.

«Sigo queriendo a mi mujer, le confió al curandero, pero ya no la deseo y, como no deseo engañarla, me he vuelto impotente. Tenemos tres hijos, añadió, el último de los cuales tiene once años. Los dos primeros fueron deseados. El tercero fue, si puede decirse, "combinado". Tener niños es un pretexto para espaciar el deber conyugal. Llega quizá un momento en que uno le hace hijos a su esposa con tal de deshacerse de ella. Pero tan sólo tengo cuarenta y tres años; creo ser aún sólido, tener el cuerpo joven, y sin embargo hace más de tres años que decepciono a Simone.»

«El caso de este enfermo —explica León Vallat—, es psíquico. Desgraciadamente, no es único. Tras un cuarto de siglo —o menos— de existencia conyugal, más de la mitad de los hombres ya no sienten nada hacia sus esposas y, en consecuencia, se vuelven incapaces de realizar lo que es peor que una carga: un acto extraño a ellos mismos. Les queda entonces el recurso de la infidelidad —si se consigue— o de la resignación —si les contenta—...»

De hecho, éste es el gran miedo de las parejas, el que vuelve a los hombres adúlteros y hace desgraciadas a las mujeres, que hace, como escribe Paúl Vincent, «que dos esposos que se adoraban se conviertan poco a poco en hermano y hermana y ya no se amen más».

Para vencer este desencanto, romper este hábito que arruina los años de felicidad, hombres y mujeres han dispuesto, desde los tiempos más lejanos, de la ayuda de los brujos. En las misteriosas cabañas, los iniciados preparaban bajo encargo filtros y pociones que por aquel entonces se juzgaban infalibles. He aquí unas cuantas recetas extraídas de Alberto Magno.

«No le basta —escribe el filósofo—, al hombre el hacerse amar pasajeramente y por una vez tan sólo por la mujer; es preciso que esto continúe y que el amor sea indisoluble. Y, para ello, debe conocer algunos secretos para que la mujer no cambie ni disminuya su amor.

»Para ello tomaréis la médula que hallaréis en el pie izquierdo de un lobo, haréis con ella una especie de pomada, y la haréis oler de tanto en tanto a la mujer, que os amará cada vez más».

Y añade: «Como sea que podría suceder que la mujer se cansara del hombre que no sea robusto en la acción de Venus, este tal hombre debe cuidarse no sólo con buenos alimentos, sino también utilizando algunos secretos que los antiguos y modernos buscadores de maravillas de la naturaleza han experimentado.

»Es preciso, dicen éstos, componer un bálsamo con la ceniza del estelión, aceite de hipérico y de algalia, y untarse con él el dedo gordo del pie izquierdo y los riñones, una hora antes de entrar al combate, con lo que saldréis de él con honor y satisfacción».

Todavía otra «receta», para «protegerse de los cuer­nos»: «Tomad la punta del miembro genital de un lobo, el pelo de sus ojos y el que se halla en su garganta en forma de barba, reducidlo todo a polvo por calcinación y hacédselo tragar a vuestra mujer sin que ella lo sepa, y estaréis seguros de su fidelidad. La médula de la espina dorsal del lobo posee el mismo efecto».

Hoy en día, y nadie se lamenta de ello, los brujos casi han cerrado sus tiendas. ¡Además, cada vez se hace más difícil encontrar en libertad un lobo del que poder extraer todos los ingredientes necesarios para tales preparaciones! Pero no por ello ha disminuido la laxitud conyugal o la infidelidad, y frecuentemente se descubren anuncios publi­citarios alabando las virtudes de tal o cual producto, generalmente exótico, gracias al cual los maridos estarán protegidos contra los desfallecimientos y sus esposas, satisfechas de este modo, protegidas de la tentación.

Sin embargo, no es necesario en absoluto ir tan lejos para buscar los medios de la felicidad amorosa. Nuestros huertos están repletos de verduras tan afrodisíacas como el ginseng o el cuerno de rinoceronte molido; los especieros están repletos de condimentos que tienen el mismo efecto y, a fin de cuentas, un plato preparado con ternura tendrá siempre más éxito con el hombre al que se ama que no importa cuál píldora.

Así pues, para evitar que la vida de la pareja se sumerja en la monotonía, que sufra la esclerosis del tristemente famoso «metro-trabajo-cama», en medio del cual no debe olvidarse el intercalar la televisión, basta con un pequeño esfuerzo. Un mantel blanco, dos velas, una botella de champán, hacen de la más sencilla cena una auténtica fiesta, aunque no sea Navidad, aunque nada lo justifique. Mejor aún si nada lo justifica, excepto el simple placer de hacer feliz al otro. La sorpresa será aún mejor y los resultados más concluyentes, sobre todo si la esposa, como cocinera astuta, ha tomado cuidado en mezclar a sus preparaciones culinarias algunas de estas verduras o aromatizantes de los que hemos hablado antes indicando que aportaban un precioso estímulo al deseo amoroso.

«Se puede intentar—escribe Marcel Rouet (op. cit.)—, operar una especie de segregación entre las plantas con propiedades estimulantes y aquellas que poseen una acción directamente afrodisíaca, considerando que las primeras refuerzan los efectos de las segundas. Las primeras son demasiado numerosas para poder enunciarlas todas, pero citemos la albahaca, el laurel, el perejil, el tomillo, el ro­mero, la salvia, de las que algunos principios, según el doctor Jean Valnet, tendrían un poder dinamizante sobre las corticosuprarrenales. Las segundas, de efectos más específicos, son entre otras: el ajo, el apio, la cebolleta, el cilantro, el jengibre, la menta, la ajedrea...»

Todos estos alimentos deliciosamente perfumados tie­nen por segunda ventaja mantener el entendimiento conyugal. Pero atención: no hay que estropear su efecto benéfico regando demasiado copiosamente estas cenas suaves, brindando demasiado por la felicidad reencontra­da. Tomado en pequeñas cantidades, el alcohol es también un estimulante de primer orden, pero más allá de una cierta dosis, trae consigo resultados estrictamente inversos. Los buenos bebedores son raras veces unos grandes amantes, demasiado ocupados, cuando finalmente se acuestan, en digerir sus excesos. Dos copas de champán, unos vasos de vino o un pequeño cóctel hacen brillar los ojos, enrojecer las mejillas, y traen consigo una cierta euforia. Pasado este límite, aparece el abatimiento, la triste fatiga, por no decir el disgusto. Como en las inundaciones, hay un umbral, un punto de alerta que debe evitarse franquear si se quieren evitar las decepciones.

De todos modos, desgraciadamente, no todas las cenas pueden ser cenas de fiesta. Ya que además habría que temer, si éste fuera el caso, que estas cenas terminaran por tener consecuencias opuestas a las buscadas.

Hemos visto, en el primer capítulo de esta obra, que una alimentación equilibrada era el testimonio de una vida sana y feliz. Pero hemos visto también que el volumen de la ración alimenticia, así como su composición, debían variar en función de la edad o de la actividad del comensal. De hecho, el régimen debe evolucionar a medida que pasan los años, de modo que siempre tenga en cuenta la ineluctable reducción de las actividades metabólicas. ¡Lo cual no facilita la tarea de un ama de casa que encuentra regularmente alrededor de su mesa a un marido y unos niños, a los que se añaden a veces un abuelo o una abuela!

La solución, por supuesto, es componer menús equilibrados como los que citábamos en el primer capítulo, y permitir que cada uno los complete en función de su organismo.

Los niños, sobre todo, tienen necesidad de estos complementos. El período del crecimiento es un momento crucial en el cual la menor carencia alimentaria puede tener consecuencias catastróficas y engendrar enfermedades, incluso deformaciones, irreversibles. Es pues indispensable secundar la comida familiar con un desayuno copioso, rico en productos lácteos y en jugos de frutas, así como una merienda sustanciosa, que satisfaga tanto la gula como el apetito.

Muchos adolescentes, en cambio, se niegan a tomar esta merienda, cuando en realidad la necesitan más que nunca.
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