Artículos de Laura Gutman




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La respuesta de la madre a las necesidades del recién nacido será más correcta cuando se sabe respetar ciertos períodos sensibles, particularmente, los momentos que siguen al nacimiento, no perturbando la relación madre-hijo. La noción de período sensible, de “apego”, ha sido bien estudiado por los ecologistas, y también hoy es accesible a la visión neuro-endocrinológica. En la maternidad en donde trabajo (5) es frecuente encontrar al madre sentada en el suelo en los momentos que siguen al parto con el niño en su regazo, apegados completamente contra su pecho, porque el parto acontece en posición de cuclillas (sostenida), posición que conlleva el máximo respeto al período sensible, verdaderamente determinante. Ahora comprendemos mejor el que la madre y el niño estén en un período hormonal todavía específico, porque parece ser que tanto el uno como el otro estén fuertemente impregnados de “endorfinas”, es decir, de opiáceos endógenos; hormonas que tienen un rol preponderante en las conductas afectuosas, en las conductas de asistencia atenta, así como en la inducción de hábitos. Parece ser que también este sistema de las “endorfinas” juega su papel, importante en le proceso del “apego”. En el momento del parto, la posición de la madre no es indiferente, porque cuando el busto está en posición vertical, el contacto piel a piel, el cruce de miradas, todo tipo de intercambio de señales llegan al máximo de su riqueza. El busto de la madre en posición vertical facilita la lactancia en el momento mismo del “reflejo de succión”; de hecho este comportamiento complejo del bebé le permite encontrar y chupar el pecho de su madre, con frecuencia una media hora después del nacimiento.

Lo que acontece en la hora que sigue al nacimiento está en correlación estrecha con las condiciones mismas del parto. Lo ideal es siempre el no impedir en la mujer que va a dar a luz, el mejor uso posible de todas sus posibilidades, es decir, de sus propias hormonas. El parto espontáneo necesita un equilibrio hormonal específico equilibrio de gran complejidad que supone siempre una reducción de las secreciones de adrenalina; la adrenalina es la hormona que segrega el organismo cuando tiene frío o cuando no está seguro, y supone también una secreción elevada de ocitocina post-hipofisiaria y de morfinas endógenas, o sea de “endorfinas”. Tanto la ocitocina, como las endorfinas están implicadas en todos los episodios paroxísticos de la vida sexual, en el hombre y en la mujer. Con ello queremos decir que la vida sexual es un todo, porque conlleva la vida emocional y la vida afectiva, de tal manera que cuando se perturba un elemento interfiere todo el conjunto. Conseguir ese equilibrio hormonal específico es conseguir un estado de conciencia particular que corresponde a una reducción del control neo-cortical y una puesta en alerta del cerebro primitivo, del cerebro hipotálamo-límbico. Muchos factores facilitan ya en las primeras fases del parto este cambio de nivel de conciencia, que va en paralelo con el equilibrio hormonal específico. He aquí algunos, a fin de facilitar su mejor conocimiento:

-La penumbra y de manera general la reducción sensible de todas las estimulaciones; necesidad por lo tanto de un importante silencio.

-Libertad completa de postura. Las mujeres en general encuentran una posición espontánea, ya sea a cuatro patas, ya sean posturas más o menos asimétricas.

-Eliminación de todas aquellas personas que se dedican solamente a observar, de todas aquellas que podrían tener un rol negativo.

-Contacto “primitivo” con una mujer, lo suficientemente íntimo como experimentada y atenta. La comadrona como mujer que es, tiene con frecuencia el rol más positivo, ya que puede jugar el papel substitutivo de la madre; de igual manera puede hacerlo también el partenaire sexual. De igual manera no se puede hacer abstracción del sexo de las personas presentes en el parto, porque es un acto inscrito en la vida sexual.

-Así como la mujer que va a dar a luz necesita un contacto habitual con el suelo, con la tierra, también el otro elemento natural que es el agua tiene el efecto misterioso de levantar un sinfín de inhibiciones, ya sea por la ducha, por la vista del agua, o por la inmersión en la piscina.

Aprovechamos la ocasión para evocar la obra de Ferenzi (6), así como la de Reich.

De este modo, nuestro primer objetivo es el esfuerzo de conocer mejor, para no perturbar, la fisiología del parto, facilitándolo al mismo tiempo, forma parte también de este mismo objetivo el facilitar en gran medida las primeras relaciones de la madre con su hijo.

De hecho nuestra posición se sitúa dentro de una amplia perspectiva de la génesis de la salud, porque estamos, en otros términos, por la prevención de las múltiples enfermedades de la civilización. En lenguaje reichiano, esto quiere decir que nos oponemos a la constitución de la coraza. ¿Por qué precisamente los profesionales que trabajan en los lugares donde se da a luz son cómplices habituales de la constitución de la coraza? Simplemente porque están acorazados como lo están los hombres y las mujeres de nuestra sociedad. Estamos en pleno círculo vicioso. El carácter acorazado es contagioso. El hombre acorazado busca siempre eliminar la madre. La historia del obstetra ES TAMBIEN LAS DIFERENTES FORMAS DE ELIMINAR LA MADRE: cuando el médico hombre, penetrando en los dormitorios en donde se paría en el siglo XVII, impuso la posición de acostado para poner de mejor manera en relevancia sus fórceps, eliminó en cierto modo su madre. Cuando los médicos en un pasado lucharon para conquistar y guardar el monopolio de la educación de las comadronas, como mujer podrían aportar de maternal, de instintivo. Hoy en día el que los hombres puedan acceder a la escuela de comadronas, tiene la misma significación, incluso si los primeros allegados están constituidos de evidente ambivalencia, con mayor contingente femenino. Cuando los médicos obligan a guardar cama a las mujeres dos o tres semanas después del parto, contribuyen con ello a eliminar la madre. La psicoprofilaxis “convencional” representa una de las formas más sutiles de eliminar la madre en la medida que quiere ser por intermediario del lenguaje, un control del grito, de la respiración, del dolor, de la postura, es decir, un control del cerebro soporte de los comportamientos maternos más primitivos.

El “fenómeno Leboyer” como aportación nueva por las primeras experiencias del recién nacido nos parecen un paso inmenso en la dirección del “Final del Asesinato de Cristo”. Pero en la medida que el nacimiento “sin violencia” ha sido interpretado por el individuo acorazado, no como el título de una obra de arte, sino simplemente como “el método Leboyer”, la acogida del recién nacido por el padre o por otro profesional puede parecer de nuevo como una forma diferente de eliminar a la madre. La facilidad con que los médicos imponen reposo durante el embarazo, bloquea el cuello y paraliza el músculo uterino con drogas, merecen todos ellos el mismo tipo de interpretación; de la misma manera, podríamos hablar de la facilidad con que ellos ordenan para la lactancia al más mínimo problema. Podríamos multiplicar esta clase de ejemplos.
El círculo vicioso no puede romperse más que por la toma de conciencia, que debe inducir la puesta en tela de juicio radical de las condiciones habituales del nacimiento.

La “coraza” de Reich, los efectos de la “inhibición de la acción” de Laborit, son muy difíciles de destruir porque son fenómenos colectivos, culturales. Reich y Laborit saben bien que en la especie humana todo pasa por la dimensión cultural. Un bebé nacido por vía cesariana, puede que sea menos acorazado que otro, si pertenece a un medio cultural susceptible de compensar rápidamente ciertas frustraciones.

En la escala colectiva, la coraza de Reich se llama peste emocional. La peste emocional tiende a destruir todo aquello que vive. “La génesis del hombre ecológico” supone en primer lugar la eliminación de la peste emocional. La peste emocional ataca prioritariamente a todos aquellos como el Cristo, Rousseau, como Reich y tantos otros, que intentaron canalizar la atención de los humanos hacia las cosas esenciales, hacia las cuestiones vitales. La peste emocional tiene un medio de expresión privilegiado: el rumor.

La obra inmensa de Reich, desemboca en una conclusión luminosa: “La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalecerá sobre todas las demás”.

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