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Los signos de los simios


Los simios en estado salvaje no demuestran dotes excepcionales de comunicación. Sus conductas de comunicación se componen en buena medida de expresiones faciales instintivas y lenguaje corporal. Arquean el labio superior formando una sonrisa cuando se ven amenazados, hacen pucheros en momentos de intranquilidad y enseñan los dientes en situaciones de peligro. Para demostrar sumisión, presentan el trasero, alargan una mano, se agachan y se menean; para infundir miedo, erizan el pelo, saltan, sacuden árboles, arrojan piedras, agitan los brazos y caminan desafiantes a cuatro patas. Algunos llegan a arrastrar ramas para llamar la atención e iniciar el movimiento del grupo en una dirección determinada. Utilizan sonidos vocálicos instintivos para expresar una gama de significados más amplia, pero aun así poco impresionante: aha significa que han encontrado comida, wrah comunica miedo, auk expresa perplejidad, un ladrido suave o una tos demuestran enojo. Lloran, gimotean o gritan para señalar que se hallan en peligro. Se saludan con resoplidos, expresan su excitación con ladridos y gruñen para mostrar que están satisfechos con sus compañeros de nido o cuando disfrutan de una buena comida. Ríen, jadean, chasquean los labios y castañetean los dientes con motivo de contactos físicos amistosos. Jadean y gritan, en fin, mientras copulan. Pero no tienen nombres para llamarse unos a otros, ni pueden decirse lo que han hecho sin ser vistos ni preguntar por objetos concretos, como un palo, una nuez, una piedra o un plátano (a menos que alguien cercano posea uno de esos objetos).
Lo anterior resume las capacidades de comunicación que los chimpancés exhiben en sus hábitats naturales. Pero, como en el caso de la utilización de herramientas, los chimpancés de zoológicos y laboratorios pueden superarse a sí mismos. Los científicos tardaron en darse cuenta de esto porque se centraron al principio en enseñarles a hablar. Eso es lo que intentaron Keith y Cathy Hayes con un chimpancé llamado Viki, al cual adoptaron desde pequeño y criaron como si fuese un bebé humano. Después de seis años de esfuerzos intensivos, Viki sólo podía decir «mamá», «papá», cup (taza) y up (arriba), y además no del todo claro. Pero la culpa no era ni de la garganta ni de la cabeza de Viki. Los sonidos del habla y del canto humano se originan en la laringe, que es la parte superior de la tráquea y que contiene las cuerdas vocales. Los sonidos pasan por una cámara de resonancia flexible denominada faringe, situada entre la laringe y la boca, y salen por último a través de la boca y la nariz.
El flujo de aire, interrumpido por la boca, los dientes y los labios, produce la mayor parte de los sonidos consonánticos del habla humana. Los sonidos vocálicos o y a pueden fabricarse en la laringe. Pero los sonidos vocálicos i, e y u, que se dan en todas las lenguas humanas conocidas, se producen en la faringe y no se pueden producir en la laringe. Los chimpancés (así como otros primates subhumanos) carecen de faringe. Este hecho fisiológico explica que Viki no pudiese aprender a pronunciar más que cuatro palabras.
A partir de 1966, con el intento de Allen y Beatrice Gardner de enseñar a un chimpancé hembra, llamado Washoe, a conversar en el lenguaje de signos norteamericano, los experimentos se centraron en la utilización de conductos visuales en lugar de auditivos para enseñar a los monos a entablar comunicación. En cuatro 0 cinco años, Washoe adquirió un repertorio de 160 signos que utilizaba en muchas combinaciones diferentes y originales. En primer lugar aprendió el signo de «abrir», que formaba parte de la peticiónde abrir una puerta determinada. Después pasó a indicar que se abriesen otros tipos de puertas, como la de la nevera y la del armario. Más tarde, generalizó el uso de «abrir» para pedir que se abriese cualquier tipo de continente, como los cajones del escritorio, carteras, cajas y tarros.
En cierta ocasión Susan, una ayudante de investigación, pisó la muñeca de Washoe. Esta disponía de muchas formas de decir lo que pensaba: «arriba, Susan», «Susan, arriba», «mía, por favor, arriba», «dame nena», «por favor, zapato», «más mía», «arriba, por favor», «por favor, arriba», «más arriba», «nena abajo», «zapato arriba», «nena arriba» o «por favor, sube». Poco después otro investigador, David Premack, utilizó un juego de fichas de plástico para enseñar a un chimpancé llamado Sara el significado de un conjunto de 150 símbolos, con los cuales podían comunicarse el uno con el otro. Premack hacía a Sara preguntas bastante abstractas como, por ejemplo: «¿A qué se parece una manzana?» Sara respondía seleccionando las fichas que significaban «rojo», «redondo», «rabo» y «menos apetecible que las uvas». Premack incorporó a su lengua humano-chimpancé reglas gramaticales rudimentarias. Sara aprendió a responder correctamente a las órdenes contenidas en las fichas de plástico y subordinadas a una estructura gramatical: «Sara, pon el plátano en el cubo y la manzana en el plato.» Sin embargo, Sara no hacía a Premack peticiones subordinadas gramaticalmente como éstas.
Tanto Washoe como Lucy, un chimpancé criado por Roger Fouts, aprendieron a generalizar los signos correspondientes a «sucio» a partir del signo correspondiente a «heces». ¡Lucy lo aplicaba a Fouts cuando este le denegaba algo! Lucy inventó también las combinaciones «comida daño llorar» para denominar los rábanos y «fruta caramelo» para las sandías.
Otro enfoque, que se utilizó con un chimpancé de tres años y medio llamado Lana, consistía en la utilización de un teclado controlado por ordenador y de un lenguaje escrito, denominado yerkish. Lana podía escribir y leer frases del tipo de «por favor máquina, abre la ventana», distinguiendo correctamente las frases que comenzaban apropiadamente de las que no y que permitían o prohibían realizar combinaciones de palabras de yerkish según una secuencia permitida o prohibida, respectivamente.
El logro más espectacular de estos estudios es que han demostrado que los chimpancés adiestrados pueden transmitir lo que han aprendido a chimpancés no adiestrados sin mediación directa de los humanos. Loulis, un chimpancé de diez meses, fue presentadoa Washoe, quien adoptó al joven y comenzó de inmediato a adiestrarlo. A los treinta y seis meses, Loulis utilizaba veintiocho signos que había aprendido de Washoe. Después de cinco años de aprender los signos que le enseñaban Washoe y otros chimpancés adiestrados, sin concurso de los humanos, Loulis adquirió el uso de cincuenta y cinco signos. Washoe, Loulis y otros chimpancés adiestrados utilizaban normalmente su lenguaje de signos para comunicarse entre sí, incluso en ausencia de los humanos. Estas «conversaciones», filmadas con cámaras de vídeo teledirigidas, tenían lugar de 118 a 649 veces al mes.
Según algunos investigadores, estos experimentos demuestran que los chimpancés pueden adquirir los rudimentos de la competencia lingüística humana. Otros ven en ellos sólo una parodia de dicha competencia. En mi opinión, los experimentos demuestran que los monos tienen más talento para comunicar ideas abstractas del que creía posible la mayoría de los científicos. Pero la aptitud de los monos no supera la de un niño de tres años. Su discurso se compone predominantemente de peticiones de cosas concretas y expresiones de estados emocionales. Raras veces utilizan los signos que conocen para comunicar sobre acontecimientos pasados o futuros, a menos que se les pregunte. Tampoco los utilizan para prever eventualidades, coordinar empresas de cooperación o formular pautas de conducta social. El hecho de que Washoe enseñase a Loulis cincuenta y cinco signos sin intervención humana tiene un doble significado. En absoluto me impresiona que Loulis aprendiese algún signo. Sin embargo, el que aprendiese algunos menos que su madre muestra que, abandonados a su suerte, los chimpancés utilizarían cada vez menos signos y que el hábito de utilizarlos se perdería en pocas generaciones.
Pero creo que nos hacemos una pregunta incorrecta sobre el lenguaje de los simios. La cuestión no consiste en saber si su conducta semiótica se parece a la de los humanos, sino si su rudimentaria capacidad para utilizar el lenguaje de los signos podía haber servido como punto de partida de la evolución hacia una mayor competencia lingüística. Creo que la respuesta tiene que ser afirmativa. En algún momento de la evolución de las capacidades lingüísticas de los humanos, los mensajes que nuestros antepasados enviaban y recibían debieron parecerse enormemente a los que en la actualidad se cruzan entre los chimpancés adiestrados y sus entrenadores. Dichos mensajes se componen casi exclusivamente de peticiones de los chimpancés y de los humanos para que el otro haga algo: «dame la muñeca», «pon el plátano en el cubo», «abrela ventana». Los estudios con cintas de vídeo que mis estudiantes y yo hemos realizado sobre el habla cotidiana de una familia de Nueva York, demuestran que los mensajes intercambiados entre los humanos consisten en buena parte en peticiones de un signo u otro: «siéntate aquí», «dame dinero», «cierra la boca», «por favor, pásame una Coca», «ponlo en el suelo» «saca la basura».
Cuanto más nos rodeamos o dependemos de bienes y servicios creados culturalmeñte, mayor necesidad tenemos de pedir a los demás que nos ayuden a conseguirlos. A medida que nuestros antepasados empezaron a depender más y más de la fabricación y utilización de herramientas, y de las tradiciones culturales, su repertorio sujeto a control genético de gruñidos, muecas y rabietas no bastaría ya para expresar la gama creciente de peticiones que tenían que realizar. Los gestos y sonidos de invención cultural aumentarían proporcionalmente. Los experimentos con monos adiestrados indican, pues, que el afarensis pudo haber poseído un repertorio de 100 ó 200 gestos o sonidos adquiridos socialmente, que emplearía para realizar peticiones sencillas a los demás. No se trataba de una lengua tal y como nosotros la conocemos, pero constituía con certeza el punto de partida del cual pudo haber evolucionado la lengua tal y como nosotros la conocemos.


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