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El nacimiento de una quimera


Charles Darwin trató por primera vez del problema de la evolución humana en el libro titulado The Descent of Man, que se publicó en 1871, doce años después de escribir Origin of Species. En aquel libro Darwin sostenía por primera vez que «el hombre, al igual que las demás especies, desciende de alguna forma preexistente», que la selección natural sirve para explicar del mismo modo los orígenes humanos y los de cualquier otra especie, y que eso se aplica no sólo a nuestros organismos, sino también a nuestras capacidades «superiores», cognoscitivas, estéticas y morales que, a un nivel más rudimentario, se dan incluso entre criaturas tan humildes como los gatos y los perros. La impresión de que entre ellos y nosotros existe un corte profundo fue un malentendido originado por el hecho de que los protohumanos que poseyeron facultades físicas y mentales medianas fueron derrotados en la lucha por la supervivencia y la reproducción, quedando extinguidos hace mucho tiempo.
Los grandes simios supusieron un sólido argumento a favor del origen evolutivo de los seres humanos. Mostraron que la forma humana no vivió un espléndido aislamiento del resto del inundo biológico. En sus esqueletos, su fisiología y su comportamiento, los chimpancés, gorilas y orangutanes presentan un extraño parecido con los seres humanos. Parecen miembros de la misma familia, aunque pobres y retrasados mentales. De hecho, el gran taxonomista sueco Carlos Linneo clasificó a simios y humanos dentro de la misma familia taxonómica mucho antes que Darwin. Hasta los biólogos opuestos al evolucionismo hubieron de admitir no haber podido encontrar razones puramente anatómicas en contra de la idea de considerar a los grandes simios como uno de los diferentes tipos de ser humano o a los humanos como un tipo de simio más. Por consiguiente, Darwin y sus seguidores, tras decidir que los humanos descendían de «una forma preexistente», nunca dudaron de que ésta tuvo que haber sido algún tipo de simio.
Estas conjeturas motivaron la búsqueda de lo que se empezó a llamar «el eslabón perdido» (concepto inadecuado desde el principio por cuanto la evolución implica muchos eslabones, no sólo uno, entre especies emparentadas). Los seguidores de Darwin cayeron en la trampa al tratar de describir el posible aspecto de este ser, mitad mono mitad hombre. Construyeron una bestia quimérica a partir de los rasgos que más asociaba la imaginación popular con la condición de mono y la de humano, respectivamente. La imaginaban dotada de un cerebro humano de gran tamaño y de una mandíbula simiesca con poderosos caninos. El propio Darwin contribuyó involuntariamente a esta creación imaginaria pronosticando que entre los «primeros progenitores del hombre... los machos poseían grandes caninos, que utilizaban como armas formidables». En realidad, Darwin intentaba describir un «eslabón perdido» diferente, una especie que sirviese de antepasado común a simios y humanos. Pero esta distinción quedó difuminada en la consiguiente fiebre por encontrar el «eslabón perdido» entre humanos y simios.
La primera víctima de esta quimera fue un físico sueco llamado Eugene Dubois. Destinado en las Indias Orientales holandesas a principio de la década de 1890, Dubois buscaba fósiles en Java, a orillas del río Solo, cuando se topó con un cráneo chato, de frente pronunciada y aspecto primitivo. En las proximidades encontró un fémur que guardaba gran parecido con el humano. Denominó a su descubrimiento Pithecanthropus erectus («simio de aspecto humano con postura erecta») y anunció que se trataba del «precursor del hombre». Pero, de vuelta a Europa, los expertos no quedaron convencidos: el cráneo presentaba una frente demasiado baja como para contener un cerebro con afinidades humanas; se trataba sólo de un simio. En cuanto al fémur, pertenecía a un humano moderno cuyos restos se habían extraviado por alguna razón. El propio Dubois decidió más tarde que su hallazgo no era un eslabón perdido, sino un gibón gigante extinguido. No vivió lo suficiente para ver al Pithecanthropus reclasificado como uno de los primeros miembros de la especie denominada en la actualidad Homo erectus. Porque, de hecho, había descubierto un importante eslabón perdido entre el Homo sapiens y nuestros antepasados más parecidos al mono. Aunque su cerebro era mayor de lo que admitían los críticos de Dubois, y aunque fabricaba complejas herramientas de piedra, el erectus, como lo llamaré desde ahora, no alcanzaba del todo el nivel humano. Pero esto es otra historia.
Al final llegaron las noticias agradables. Se había encontrado el auténtico eslabón perdido, y no en la lejana Java, sino en casa mismo, en Sussex, Inglaterra.


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