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El enigma del Homo erectus


La retroalimentación positiva entre cerebros y herramientas nos lleva plausiblemente del afarensis al hábilis. Esta misma retroalimentación, de la herramienta al cerebro y del cerebro a la herramienta, ¿explica la transición del hábilis al erectus? Las pruebas arqueológicas me inclinan por el no. El erectus contaba con un cerebro que era un 33 por ciento mayor que el del hábilis, pero no veo nada en las herramientas del erectus cuya fabricación o empleo requiriese un cerebro un 33 por 100 mayor que el del hábilis. Las hachas de mano, los cuchillos y las puntas fabricadas por el erectus tenían funciones diferentes de las herramientas utilizadas por el hábilis y los australopitécidos. Eran útiles grandes, adecuados para faenas duras como cortar la carne de los animales o talar las ramas de los árboles. Ciertamente, algunas de las herramientas del erectus eran mejores que las del hábilis. Al ser más simétricas, con lascas desprendidas de ambas caras y alrededor de toda la circunferencia del núcleo, satisfacían requisitos más exigentes de fabricación. No obstante, no implican el tipo de salto cualitativo que llevó a los australopitécidos a la Edad de Piedra.
Lo más curioso de las herramientas del erectus es que no sufrieron modificaciones durante un período de tiempo enorme. Hace 300.000 años, en Africa y en Eurasia, poblaciones tardías de erectus producían, aún sin cambios esenciales, hachas de mano y otros núcleos bifaciales como los fabricados por el erectus de Koobi Fora (Kenia) hace 1,6 millones de años. El ritmo de cambio tecnológico en todo este lapso enorme fue tan lento como en época de los australopitécidos y completamente diferente del que imprimió el sucesor del erectus: el Homo sapiens. A juzgar por su contribución a la tecnología, nunca se sabrá si el erectus era mucho más inteligente que el hábilis.
Existen algunas pruebas de que los primeros erectus habían conseguido cierto grado de control sobre el fuego. Si esto fuese cierto, constituiría con certeza un notable adelanto. Pero las pruebas distan de ser convincentes. Consisten en concentraciones de trozos de suelo descolorido, encontradas en Koobi Fora y otros yacimientos africanos. La decoloración hace pensar en el barro cocido obtenido por una exposición intensa y prolongada al calor de las hogueras. Pero los incendios naturales provocados por rayos, que queman más intensamente unas zonas que otras -por ejemplo, cerca de las arboledas bajo las cuales probablemente acamparía el erectus- pueden haber producido los mismos efectos. Se plantea un problema similar cuando se asocia el fuego al erectus a partir de los estratos de carbón vegetal, datados en 300.000 años de antigüedad, encontrados en las cuevas de Choukoudien, cerca de Beijing (China). Algunos antropólogos consideran estos depósitos de carbón vegetal como el producto acumulado de «hogares» pertenecientes a erectus cavernícolas. Otros, encabezados por Lewis Binford de la Universidad de Nuevo México, ponen en tela de juicio esta interpretación. En lugar de concentrarse en unos pocos lugares de la cueva, como sería el caso si se hubiesen producido al cocinar o encender fuego, el carbón vegetal se esparce en capas gruesas que alternan con otras de suelo corriente. Por consiguiente, lo único que puede decirse con certeza es que se produjeron fuegos de vez en cuando dentro de la cueva o cerca de su entrada. Media un gran trecho entre esta información y la conclusión de que el erectus se calentaba y cocinaba normalmente con dichos fuegos o que pudiese encenderlos o apagarlos a voluntad.
Aunque futuros estudios confirmen que nuestros antepasados erectus aprendieron a controlar el fuego en alguna medida, todavía nos queda el misterio de por qué no consiguieron mejoras similares en otras ramas de la tecnología. Desde la Edad de Piedra, a nuestra propia especie le costó poco más de 100.000 años pasar de un modo de vida basado en la caza y en la recolección a las sociedades hiperindustrializadas de la actualidad. Este período constituye únicamente un 8 por ciento del tiempo que tuvieron a su disposición nuestros antepasados erectus. Si nuestra especie consigue resistir tanto como el erectus, tenemos otros 1,2 millones de años por delante. Mi cabeza da vueltas sólo de pensar en los muchos cambios que llevaría aparejado tanto tiempo. Todo lo que se puede decir de ese futuro increíblemente distante es que será diferente hasta lo inimaginable. Por la misma razón y con igual sensación de vértigo, todo lo que se puede decir de los 1.300 milenios transcurridos entre el principio y el final de los días del erectus sobre la Tierra es que su modo de vida siguió siendo inconcebiblemente el mismo.
Nuestros antepasados erectus eran criaturas sumamente inteligentes comparadas con los chimpancés. Pero el registro arqueológico sugiere con insistencia que carecían de la capacidad mental que permitió a nuestra especie aplicar la experiencia colectiva de cada generación a un repertorio, creciente y evolutivo, de tradiciones sociales y tecnológicas. Sus formas de comunicación con los otros superaban seguramente las llamadas y señales que emiten los chimpancés y otros simios. Sin embargo, no pudieron poseer por completo las capacidades cognoscitivas de los humanos modernos. De lo contrario, no hubiesen desaparecido del mundo dejando apenas algunos montoncitos de herramientas como recuerdo de su larga estancia. Para bien o para mal, si hubiesen tenido cerebros cualitativamente diferentes de los hábilis, hace mucho tiempo que hubieran cambiado la faz de la tierra.
Ahora bien, los cerebros son órganos cuyo funcionamiento cuesta caro. Los cerebros grandes imponen fuertes demandas a la oferta orgánica de energía y sangre. En un humano en reposo, el cerebro realiza cerca del 20 por ciento del consumo metabólico. Por consiguiente, las células cerebrales sobrantes serían objeto de selección negativa si no aportaran una contribución importante a la supervivencia y al éxito de la reproducción. Si el cerebro del erectus no servía para inventar y cambiar la faz de la Tierra, entonces ¿para qué servía? Konrad Fialkowski, miembro del Comité de Biología Teórica y Evolutiva de la Agencia de Ciencias de Polonia, ha hecho una ingeniosa sugerencia: servía para correr.


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