Investigación para la detección de poblaciones altamente consumidoras de drogas y su relación con la delincuencia en la Comunidad Valenciana






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títuloInvestigación para la detección de poblaciones altamente consumidoras de drogas y su relación con la delincuencia en la Comunidad Valenciana
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Alcohol
Es la sustancia (a partir de ahora usaré con mayor frecuencia el término “droga”) institucionalizada en la sociedad occidental. La droga más famosa, conocida y accesible. La droga legal por excelencia en nuestra sociedad.
Es básicamente un depresor del SNC, aunque en dosis bajas sus efectos son estimulantes.
Por razones obvias es la droga más estudiada y de la que más conocimiento se tiene. Precisamente por ello no nos vamos a extender en este apartado.
Baste citar la regulación que sobre ella se ha hecho en materia de seguridad vial y que permite tener unas referencias precisas entre cantidades y efectos:
- 0,5 g/l: euforia, sobrevaloración de facultades y disminución de reflejos.

- 1 g/l: desinhibición y dificultades para hablar y coordinar movimientos.

- 1,5 g/l: embriaguez, con perdida del control de las facultades superiores.

- 2 g/l: descoordinación del habla y de la marcha, y visión doble.

- 3 g/l: estado de apatía y somnolencia.

- 4 g/l: coma.

- 5 g/l: muerte por parálisis de los centros respiratorio y vasomotor.

(medida en gramos por litro de sangre) (Fuente: Ministerio del Interior)
Desde el punto de vista legal, el mismo art. 20 del CP lo cita expresamente, seguramente por ese aspecto institucional que posee.
A nadie que haya tomado dos copas en un cumpleaños, una fiesta de fin de año o cualquier ocasión, se le escapa que el alcohol le puede hacer “perder el control”.

Cannabis
Este término, hoy, ya es bastante conocido. Sin embargo, no escucharemos a casi nadie diciendo algo como “ayer me fumé un cigarrito de cannabis”.
El hecho de que el término sea conocido, ya nos da una pista de que estamos ante una droga con un consumo significativo. Se habla sin ningún problema de que al menos un 20 % de la población española lo ha probado en alguna ocasión. Y, en las encuestas realizadas con jóvenes menores de 18 años, esa cifra asciende casi al 40 %.
Después del alcohol y el tabaco, es la droga más estudiada y conocida, de la cual hay material en el CD del curso.
Al hablar de Cannabis estamos hablando de una planta. Hablar de hachís y marihuana es referirse a dos elaboraciones realizadas a partir de dicha planta.
El hachís es esa sustancia pastosa que se forma con el prensado de la resina de la planta. Y la marihuana son las hojas (y fundamentalmente los cogollos) de esa planta una vez secada boca abajo.
Existen otros preparados, como el aceite de hachís, que es muy raro de conocer salvo en circuitos muy especializados que no es otra cosa que un concentrado líquido que se obtiene tras limpiar con alcohol los instrumentos dedicados al prensado del hachís. Resulta llamativo el hecho de que, en 1980, en la memoria del Ministerio Fiscal, se citara expresamente esta preparación entre las sustancias incautadas y hoy es raro ver alguna referencia sobre ella.
Indiferente de la preparación de la planta, los principios activos responsables de los efectos del cannabis son los cannabinoides, especialmente el ∆9-THC (tetrahidrocannabinol).
Esta sustancia se convirtió, en los años ochenta, en el caballo de batalla tanto de aquellos que estaban a favor de la legalización de las drogas como de aquellos que estaban en contra.
Los partidarios de la legalización hicieron (y aún hacen) hincapié en la ausencia de evidencia que relacionara el consumo del cannabis con serios problemas de salud, mientras que los contarios a la legalización la demonizaban como “portal de acceso a la heroína”.
El absurdo de los argumentos de los detractores de su consumo, junto con la falta de evidencia clara sobre su peligrosidad ha generado una visión de los derivados del cannabis como no excesivamente peligrosos o nocivos.
Aún hoy encontramos estudios contradictorios al respecto, aunque nadie niega que los daños que pueden causar sean equiparables, como mínimo, a los del tabaco. También se relaciona este consumo con complicaciones psicopatológicas agudas (crisis de angustia, estados de ansiedad, alucinaciones…).
En realidad, la mayor dificultad para clarificar este aspecto reside en el hecho de que es difícil encontrar una muestra de consumidores de cannabis que sólo consuman esta sustancia (ni alcohol, ni tabaco, ni otras sustancias).
La conclusión coherente a que hay que llegar es que, en el caso de encontrarnos con una psicopatología y un consumo de cannabis, es que no hay ningún estudio que concluya que el cannabis ha sido el desencadenante de dicha patología o si, simplemente, es un facilitador o coincide con la psicopatología previamente existente o generada por otra sustancia.
Es necesario citar un par de aspectos que, desde los setenta, están vinculados o asociados con el consumo del cannabis y sobre los que se ha escrito bastante: el síndrome amotivacional y los problemas de memoria.
Una vez más se echan en falta estudios longitudinales completos y serios que puedan poner de evidencia su relación con el cannabis, aunque la mayoría de los estudios con consumidores crónicos muestran evidencias a favor de la existencia del síndrome amotivacional. Algo que también es referido para otras sustancias: cocaína, disolventes, anfetaminas…
Los efectos del cannabis, de modo general, son similares a los del alcohol sin la parte eufórica de las bajas dosis de éste. Estamos ante un depresor del SNC pero con un efecto más acusado sobre la percepción que permite el relato de alucinaciones ligeras, especialmente somáticas y auditivas. Curiosamente, pese a ese efecto general, hay que hacer notar la existencia de un efecto excitatorio ante estímulos mínimos. Ejemplo “palomitas de maíz” en estudios con roedores.
Un aspecto que resulta significativo y no hay que descuidar es que, la despenalización de su consumo así como la existencia de una auténtica cultura del cannabis, ha permitido el “trabajo” más o menos legal sobre la planta en cuestión. Esa facilidad para obtener información, el gran mercado que genera (ej. Holanda) y otros aspectos ha llevado a un hecho que debería obligar a revisar la mayoría de los estudios realizados en los últimos veinte años: las plantas que hoy se cultivan no es extraño que posean un 20% más de cannabinoides (especialmente de THC) que las que se cultivaban y fumaban antaño.
Y habida cuenta de que la relación entre el THC y brotes psicóticos parece que no puede ignorarse, ese incremento en la cantidad de THC de las plantas, obligaría a una revisión de la mayoría de los estudios y conclusiones actuales.
Por último, citar el aspecto que más nos interesa: sus efectos sobre las relaciones sociales. A este respecto se han encontrado muestras tanto de conductas agresivas como apáticas (el clásico “pasotismo” del fumador de hachís). Hacer notar que esa “agresividad” la podríamos definir como de intensidad baja y más bien como producto de la megalomanía característica de la intoxicación leve. Estaríamos hablando de “roces” por “conflictos de intereses” más que de agresividad física notable.
Una vez más hacer hincapié en que estos comentarios se aplicarían al consumo de cannabis sin interacción con otras sustancias. Algo realmente raro en la vida cotidiana.

Cocaína
Hace veinte años resultaba impensable situar a esta sustancia en este lugar de proximidad/conocimiento. Y tampoco en el del consumo.
Hoy, empatada con el éxtasis, la cocaína es la sustancia ilegal más consumida tras el hachís. En torno a un cinco por ciento de la población, reconoce haberla probado alguna vez. Y, como en el caso del hachís, ese porcentaje aumenta si sólo nos fijamos en la población menor de veinte años.
A este respecto, me atrevería a afirmar que los porcentajes que ofrecen las distintas encuestas son relativamente inferiores a la realidad del consumo. No debemos olvidar que estamos ante una sustancia que tiene una aureola mucho más negativa que el hachís y el reconocimiento de su consumo tiene otras implicaciones.
En un estudio que estamos llevando a cabo, encontramos porcentajes del 20 % en estudiantes universitarios de entre 20 y 55 años que reconocen haberla consumido en alguna ocasión.
Al hablar de esta sustancia, estamos hablando del clorhidrato de cocaína, no de la hoja de coca que se masca en sudamérica.
Como todas las sustancias hoy ilegales, la cocaína tiene su historia legal (atractiva sin duda) hasta que a mediados de este siglo es considerada perjudicial y pasa al terreno de las sustancias prohibidas.
Las preparaciones de esta sustancia con las que nos vamos a encontrar son básicamente dos:

  • Clorhidrato de cocaína. La forma conocida por todos. Polvo claro, más o menos cristalino, que se esnifa, se fuma o se inyecta. Se puede también aplicar tópicamente, especialmente en mucosas, pero como un complemento, no como un modo de consumo.

  • Base o Crack. Transformación del clorhidrato de cocaína en una base y que se fuma en pipas varias (no mezclado con tabaco, como se afirma en el folleto “Tu guía de las drogas” del Ministerio del Interior).


De los consumidores de nuestro estudio, sólo un dos por ciento admitió conocer el crack y haberlo consumido.
Los efectos de la cocaína son claramente estimulantes. Desaparece el sueño, la fatiga, se produce un significativo estado de bienestar. Comienzan las ganas de hablar, la facilidad de palabra y de ideas, el sentimiento de alegría… Estamos pues ante una sustancia con una extremada capacidad de recompensa o refuerzo positivo.
Un listado de algunos de sus efectos podría ser:

• Desinhibición eufórica.

• Deterioro de la capacidad de juicio.

• Grandiosidad.

• Impulsividad.

• Irresponsabilidad.

• Generosidad atípica.

• Hipersexualidad.

• Conductas extrañas repetitivas de tipo compulsivo.

• Inquietud psicomotora.

• Movimientos estereotipados de boca y lengua.

• Desencadenamiento de psicopatologías latentes o compensadas.
Si distinguimos entre consumo agudo y crónico, la cocaína produce los efectos psiquiátricos agudos típicos de las sustancias estimulantes. Los más importantes son la euforia inicial, que puede derivar en disforia, el aumento de la comunicación verbal, de la autoconfianza y de la actividad sexual, la inquietud psicomotora, la anorexia o el insomnio. También pueden aparecer ideas sobrevaloradas de grandiosidad y alteración de la capacidad de enjuiciar la realidad.

La sintomatología es más aguda y repentina si el consumo se realiza por vía endovenosa o fumada en forma de crack. Se pueden producir cambios conductuales desadaptativos como peleas, agitación psicomotora y sintomatología
En cuanto al consumo crónico, para muchos autores el consumo de cocaína

crónico produce depresión (Rosecan et al 1990), irritabilidad y agotamiento general.
Tanto en los casos de consumo agudo como crónico podremos encontrarnos con síntomas psicóticos que suelen cursar con agresividad y agitación.

Los estudios con animales no han mostrado la existencia de una dependencia física hacia la sustancia. Al contrario, se llega a afirmar que los animales no llegan a ser físicamente dependientes de la cocaína. Al retirarles el acceso a la sustancia, volvían rápidamente a su estado normal de salud. Un punto controvertido que fue utilizado en los años 70-80 por los defensores de su consumo y que hoy sigue estando presente entre los consumidores.
Aunque el DSM-IV considere el criterio diagnóstico de Abstinencia de cocaína, podemos apreciar que los síntomas que se deben de considerar para su diagnóstico tienen un componente claramente psicológico o son una consecuencia lógica de pasar varios días sin comer ni dormir: fatiga, sueños vívidos, alteraciones del sueño, aumento del apetito, agitación psicomotora. Por otra parte, el mismo manual requiere de la aparición de Tolerancia o síndrome de abstinencia para el diagnóstico de Dependencia física. Lo cual parece complicar un poco el escenario.
Sin embargo, los estudios con animales antes referidos también demuestran que, en animales, es la droga más adictiva y mortal que se conoce.
Estudios de acceso ilimitado en monos: los animales consumen cocaína hasta el punto de “no regresar”.
Estudios de incremento del esfuerzo para obtenerla: los monos siguen la administración aunque cada toma vaya acompañada de shocks eléctricos.
En humanos no se encuentra fácilmente ese tipo de consumo que lleve a la muerte, salvo por alguna complicación fisiológica asociada a su consumo. Sujetos con acceso ilimitado a la cocaína pueden presentar episodios de consumo desaforado durante varios días, abandonándolo para recuperarse. Es como si el cerebro se “embotara” de sensaciones y sobreviniera una necesidad de “limpiarlo”. Esa necesidad de comer y dormir pugna con el intenso deseo de seguir experimentando las sensaciones placenteras, aunque siempre vencen las primeras.
Si podemos hablar de adicción o dependencia en relación con la cocaína, nos estaremos refiriendo a un modelo atípico de adicción. En este sentido, el modelo clásico de adicción o dependencia asociado al alcohol o los opiáceos, tienen una tremenda importancia porque son tremendamente nítidos en comparación con lo que sucede con la cocaína.
Expresado de modo cotidiano: un consumidor habitual de cocaína es muy fácil que siga consumiendo “hasta que se acabe”, aún sabiendo que se está metiendo más de lo que debe, con conciencia de que ya no le sirve de nada. Ahora bien, al acabar la disponibilidad, dejará transcurrir un tiempo y se alimentará y dormirá, o consumirá algún tranquilizante o relajante. Dormirá y desconectará. Al día siguiente, se sentirá estúpido o se avergonzará de lo hecho, pero podrá reincorporarse a su vida habitual.
Las cantidades que manejan los consumidores oscilan desde las inferiores al gramo (consumidores recreativos que toman dos o tres rayas en una noche de fiesta) hasta aquellas que parecen imposibles: entre cinco y diez gramos en una toma continuada que suele durar más de un día.
Estamos pues, ante una sustancia que provoca unas alteraciones lo suficientemente significativas como para que pueda estar en la génesis de alguna conducta jurídicamente sancionable. Está demostrada su relación con conductas agresivas así como con psicosis y paranoias varias. Otro cantar es utilizar la necesidad de cocaína como el motor de la conducta delictiva.

Éxtasis y drogas de síntesis
El MDMA o éxtasis es la siguiente droga en proximidad. Englobaremos en esta etiqueta a aquellas drogas de síntesis (de laboratorio o de diseño) que circulan por el mercado y que están muy relacionadas con el nombre de “éxtasis”, hasta el extremo de que mucha gente consume distintas sustancias bajo ese nombre.
Este fenómeno no es nuevo. Ya en los setenta, el término “ácido” o “tripi” que, en puridad, se refería exclusivamente al LSD, se utilizó para referirse a distintas sustancias cuya característica fundamental era su efecto (o potencialidad) alucinógena.
En el caso que nos ocupa, esta familia de sustancias que en la calle pueden ser etiquetadas como “éxtasis”, también poseen un denominador común que es su efecto estimulante. Algo lógico al tratarse, en su gran mayoría, de derivados de las anfetaminas.
El camino del éxtasis hacia su ilegalización no es lejano, de hecho esta sustancia era legal en 1984. Es en el 86 cuando se declara ilegal en todo el mundo, al incluirla la OMS en la Lista I del Convenio sobre Psicotrópicos de Viena.
Sirva la siguiente tabla como referencia de las sustancias que hoy se denominan como “drogas de diseño”:
1.- FENILETILAMINAS:

Metanfetamina crystal, meth

TMA-2 (2,4,5-trimetoxi anfetamina)

DOM (4-metil-2,5 dimetoxi anfetamina) STP

PMA (parametoxi anfetamina)

DOB (4-bromo-2,5-dimetoxi anfetamina)

2CB-MFT (4-bromo-2,5-dimetoxifenil anfetamina) afterturner

MDA (3,4-metilenodioxi anfetamina) love drug

MDMA (3,4-metilenodioxi metanfetamina) éxtasis, Adán, M&M..

MDEA (3,4-metilenodioxi etilanfetamina) Eva
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