Informes portal mayores número 4






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INFORMES PORTAL MAYORES
Número 4


Bioética y Personas Mayores







Autor: García Férez, José


Filiación: Univ. Pontificia de Comillas. Cátedra de Bioética

Contacto: jgferez@teo.upco.es

Fecha de creación: 24-02-2003



Para citar este documento:
GARCÍA FÉREZ, José (2003). “Bioética y Personas Mayores”. Madrid, Portal Mayores, Informes Portal Mayores, nº 4. [Fecha de publicación: 31-03-2003]

<http://www.imsersomayores.csic.es/documentos/documentos/garcia-bioetica-01.pdf




Una iniciativa del IMSERSO y del CSIC © 2003


ISSN: 1885-6780



BIOÉTICA Y PERSONAS MAYORES




Prof. D. José García Férez

Universidad Pontificia Comillas. Cátedra de Bioética.

Teólogo moralista. Máster en Bioética y Máster en Gerontología.

I. Ancianidad: análisis demográfico y sociosanitario



Es evidente que existe una fuerte preocupación por el creciente número de ancianos en nuestras sociedades y por las enormes demandas que éstos van a provocar, sobre todo si padecen o son proclives a padecer procesos crónicos, invalidantes e incapacitantes. Nos encontramos ante un fenómeno histórico sin precedentes, un reto que nunca antes se nos había planteado. El envejecimiento poblacional es y será una realidad a la que habrá que prestar la suficiente atención, no sólo por el incremento progresivo de su proporción, sino por el aumento de las condiciones de dependencia que van a padecer muchas de estas personas y, por extensión, por la cualificación humana y técnica de las personas que tendrán que hacerse cargo de su cuidado.
En bioética, como en cualquier otra disciplina de investigación y valoración de la realidad, el punto de partida siempre deberá ser el análisis de la situación, el hecho dado, el dato que se da como problema. Por eso, vamos a partir de los datos que la realidad nos aporta. En este sentido podemos reflejar el enorme incremento de la población anciana en nuestro país, en Europa y en el resto del mundo. Según un informe de las Naciones Unidas de 1993, la evolución de la población con edad superior a los 65 años será, en porcentajes sobre el total mundial, la que se recoge en el siguiente cuadro:





1950

1990

2010

2025
Total mundial

5,1

6,2

7,3

9,7

Europa

8,7

13,4

15,9

19,4

España

7,3

13,4

17,3

20,3


En el mundo había en el año 1950 un total de 200 millones de personas mayores de 60 años; en 1970 alcanzó la cifra de 307 y en el año 2000 ya son casi 580 millones. Es decir, el número de ancianos aumenta en un 90% mientras que la población mundial lo hace en un 70%. En Europa casi 80 millones de personas tienen más de 60 años y en España 4 millones. Ampliando la evolución de las personas mayores de 65 años en la población española podemos observar, en este otro cuadro, un avance igualmente significativo:






1900

1950

1970

1981

1991

2001

2011

2021

2031

Total

18.618

27.977

34.041

37.683

38.872

40.802

41.184

40.667

39.788

> 65

968

2.023

3.291

4.237

5.352

6.176

6.176

6.666

7.787

%

5,2

7,2

9,7

11,2

13,8

15,1

15,2

16,4

19,6


Según previsiones de la ONU, la población mundial crecerá desorbitadamente en los próximos años (y con ella el número de ancianos), hasta el año 2200, fecha en que presumiblemente dejará de aumentar o se producirá un relativo estancamiento.
Teniendo presentes estos datos podemos decir que vivimos en sociedades cada vez más “encanecidas”, cada vez más “envejecientes”. España ha pasado de tener algo más de tres millones de mayores de más de 65 años a finales de los setenta a tener en estos momentos casi seis millones y medio. Si esta cifra se compara con los cuarenta millones de habitantes que nuestro país detenta actualmente, la tasa de envejecimiento actual es de un 16,5% aproximadamente. Es revelador que el índice de personas mayores de 65 años pasara del 5,2% a principios de siglo, al 9,7% en la década de los setenta, hasta llegar al 16,4% actual. Las previsiones que se barajan son que los porcentajes se situarán en casi un 20% en el año 2020 y en un 23,3% para el 2040. De seguir así esta proporción de personas mayores de 65 años, dará como resultado que en los próximos años los mayores de 65 años superarán en número a los niños y jóvenes juntos. Más aún, se calcula que la cifra de mayores duplicará en el 2050 a la población de niños y jóvenes (8,5 millones frente a 3,7millones).
Estas cifras nos alertan de un envejecimiento demográfico rápido y progresivo. Si ahondamos un poco en las causas que han propiciado o favorecido esta transformación social, podemos señalar las siguientes:


  • Aumento de la esperanza de vida: Gracias a los progresos de los últimos años (avances médicos, tecnológicos, económicos, mejor higiene, mejor alimentación) se vive más tiempo y con mejor calidad de vida. En la actualidad la esperanza de vida se fija en nuestro país en 78 años de promedio, en la que los varones viven unos 75 años y las mujeres casi 83. Además, el número de nonagenarios y aún de centenarios crece en progresión geométrica. Para la Unión Europea la esperanza de vida se calculó en 1995 en 73,7 años para los hombres y 80,1 años para las mujeres.




  • Disminución de las tasas de natalidad: También es un hecho constatable que cada vez hay menos nacimientos en los países desarrollados (en España la tasa actual ronda el 1,07 hijos por mujer en edad fértil). Este preocupante decrecimiento del índice de natalidad puede ser debido a razones económicas, culturales, existenciales, etc. De cualquier modo, lo que está claro es que de continuar así cada vez habrá menos niños y jóvenes y más mayores.


Estos dos factores están provocando el fenómeno llamado de "abombillamiento" en la pirámide poblacional, de manera que en las capas inferiores la franja es muy estrecha y a medida que avanzamos en las edades nos encontramos con un mayor engrosamiento. Incluso podríamos decir que se está dando una feminización de la vejez, dado que las mujeres son más longevas, por lo general, que los hombres.
La reciente y apremiante explosión demográfica de la tercera edad nos ha situado en los albores de lo que podemos denominar la era de la longevidad. Si apenas hace unas décadas se hablaba de la explosión demográfica de la natalidad, más concretamente en los países en vías de desarrollo, en estos últimos años asistimos a una explosión demográfica de la ancianidad, a un senior boom como ya ha sido bautizado por algunos autores en contraposición al baby boom de hace unas décadas. Las consecuencias derivadas de este envejecimiento poblacional son y serán de una gran trascendencia.
Esta inversión de la pirámide de edades plantea un sinfín de cuestiones, entre las que caben destacar: las sanitarias, las sociales, las económicas, las familiares, las políticas, etc. y, como substrato de todas ellas, las éticas. En todas ellas ha habido un claro avance, pero también somos conscientes de las insuficiencias y carencias a las que todavía debemos hacer frente. Por otro lado, no están del todo claras las ideas y actitudes que hoy día rigen acerca de la vejez, así como tampoco su categorización como tal. El envejecimiento es un hecho natural y universal, pero las actitudes de la sociedad ante el mismo no son iguales y varían de un lugar a otro y de una época a otra. Por eso la cuestión previa que hay que delimitar y precisar es ¿qué es un anciano? ¿qué significa pertenecer a este colectivo y bajo qué criterios se forma parte de él? No está claro o al menos no hay unanimidad de criterios para precisar qué sea o en qué consista es ser anciano, ni dónde fijar la edad en la que uno entra a pertenecer a este sector poblacional. Hay autores que catalogan la edad efectiva de una persona según varios baremos o indicadores culturales. Estos son:


  1. Edad cronológica: corresponde al número de años transcurridos desde el momento del nacimiento hasta la fecha que se mida en un momento dado. Corresponde a la cultura de una sociedad convenir y determinar cuándo una persona puede ser considerada “vieja”.




  1. Edad biológica o funcional: viene determinada por los cambios anatómicos y bioquímicos que ocurren en el organismo durante el envejecimiento. El envejecimiento se define en función del grado de deterioro (intelectual, sensorial, motor, etc.) de cada persona.




  1. Edad psicológica: representa el funcionamiento del individuo en cuanto a su competencia conductual y su capacidad de adaptación al medio.




  1. Edad social: establece el papel individual que debe desempeñarse en la sociedad en la que el individuo se desenvuelve. Fundamentalmente viene determinada por la edad de jubilación, dado que superando esta edad el papel social del individuo se pierde o, cuando menos, deja de ser lo que era.



Pero, ¿qué es ser anciano? ¿a quién se le puede llamar así? ¿cómo han sido percibidos y apreciados los mayores a lo largo de la historia? Desde la antigüedad hasta prácticamente el momento presente han sido muchos los autores y culturas que han dado un valor cultural distinto al hecho de ser y sentirse anciano. Así por ejemplo, para Hipócrates se es anciano a partir de los 56 años, para Aristóteles a partir de los 50, cuando comienza la decadencia. Otros como S. Agustín fijan el límite en los 60 años, Isidoro de Sevilla en los 70. Siglos más tarde la Enciclopedia francesa sitúa el ingreso en la vejez en los 50 años. Actualmente rige el criterio de la edad de jubilación laboral en los 65 años en nuestro país, aunque esta edad no es igual en otros muchos estados y es fuertemente discutida por muchos autores contemporáneos. Como vemos, no existe unanimidad de criterios para fijar la edad cronológica en la que uno es anciano, razón para pensar que este criterio no es sólo insuficiente sino, en muchos casos, erróneo e injusto.
En cuanto a la consideración hacia los ancianos observamos también una serie de cambios a lo largo de nuestra Historia que van desde el respeto y veneración hasta el rechazo personal y social. En algunas tribus africanas y sudamericanas la longevidad se veía como algo sobrenatural, como una bendición, como una cualidad propia de los dioses. En la cultura bíblica y en la antigüedad grecorromana los ancianos eran los representantes de la sabiduría popular y eran los que ostentaban los principales puestos de poder político, de ahí el protagonismo social del Sanedrín judío o del Senado romano. Aunque en ambas culturas existía la visión negativa de la vejez como la edad de la decrepitud corporal y espiritual. Estas actitudes antagónicas: admiración y burla, privilegio y rechazo, poder y temor, se encuentran a lo largo de toda la Edad Media hasta el periodo Moderno. Poco a poco la valoración positiva de la ancianidad fue quedando relegada hasta dar lugar a percepciones particularmente oscuras y negativas de la vejez. Ya en la Alta Edad Media ser anciano equivalía a ser objeto de todas las maldiciones y los vicios. Tomando, pues, una concepción diacrónica de la vejez, Diego Gracia afirma que la consideración y estimación social hacia los ancianos ha ido cambiando a lo largo de la historia, pero que esta estimación ha sido progresivamente decreciente. Así, si en las culturas primitivas la figura del anciano era de enorme importancia y consideración, en las culturas occidentales actuales la estimación social se dirige casi por completo hacia la juventud.
Esta pérdida de importancia y relevancia social que surge casi desde la antigüedad occidental, ha propiciado lo que en la actualidad se denomina técnicamente ageísmo o etaísmo. Entendemos por ageísmo el conjunto de valores o mejor, contravalores, y actitudes peyorativas que vienen a marginar y excluir en todos los órdenes de la vida social a la persona mayor. Este decrecimiento en la estima social de las personas de edad nos permite afirmar que los ancianos comienzan a ser un grupo vulnerable, débil y marginal que merece una especial protección. De ahí la necesidad de construir una ética gerontológica adecuada al momento presente.
En nuestra cultura occidental conviven los sentidos positivos y negativos hacia la ancianidad, pero son estos últimos los que están teniendo más peso en las últimas décadas. Si hace unos años los valores de la sabiduría, la experiencia, la ternura, la tranquilidad, la serenidad vital, etc., constituían los baluartes de la gente mayor y, por extensión, de los que convivían y recibían de ellos experiencia y testimonio vital, hoy día se valora mucho más todo aquello que resulta eficiente y competitivo, todo lo que sea rentable, útil, productivo o exitoso, todo aquello también que se mueva por la trilogía juventud-belleza-salud, rechazando todo lo que resulte viejo, enfermo o estéticamente desagradable, y más aún si supone una carga o un estorbo social. En este sentido, los ancianos comienzan a ser tenidos justamente como eso: como un freno al desarrollo humano y como una pesada y molesta carga que cada vez interpela más nuestro deber o no de llevarla sobre nuestras espaldas.
Quizá parte de esta imagen peyorativa y de estas actitudes gerontofóbicas radique en las acepciones culturales que tiene el concepto “viejo” en muchos de nuestros diccionarios contemporáneos. Haciendo un discreto recorrido por algunos de ellos encontramos entre sus significados expresiones como: añoso, decrépito, caduco, senil, maduro, antiguo, arcaico, añejo, desusado, rancio, vetusto, primitivo, deslucido, estropeado, acabado, pasado de moda, acartonado, avejentado, centenario, longevo, etc... Todas ellas características negativas que ayudan a forjar una imagen negativamente estereotipada. También, en el imaginario social, el término viejo sigue siendo sinónimo de pobreza, enfermedad, abandono, soledad, marginación, aburrimiento, melancolía, carga social y otros males. Como afirma el Dr. Ribera Casado, "la mayor parte de ellos son términos o expresiones que suelen ser utilizados como insultos o de forma despectiva en el lenguaje de todos los días".
En lugar de considerar la vejez como un término y una etapa de la vida, con sus rasgos, sus méritos y su belleza propia, la sociedad actual tiende más bien a ver a los ancianos como una rémora y, con excesiva frecuencia, los abandona y los rechaza. Los ancianos hoy día pueden ser tenidos como paradigma de especial discriminación tanto familiar como social, sobre todo, por las múltiples complicaciones que esta edad genera. Quizá todo este reprobable fenómeno cultural no sea más que fruto del aceleramiento existencial que en este comienzo de siglo muchos llevamos dentro y de la gran transmutación y crisis de valores que nuestra sociedad está viviendo, aunque no es cuestión ahora de ahondar en estos aspectos. Sin embargo, de lo que no cabe duda es de que esta exclusión se está dando y, sin ánimo de ignorar o despreciar todas las buenas iniciativas que también se están llevando a cabo en éste ámbito asistencial y familiar, seguro que esta exclusión se dará, si cabe, con mayor crudeza todavía en los próximos años.


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