Resumen del estado del medio ambiente local: componente aire 49




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Introducción a la Ciudad




    1. Etnohistoria del poblamiento de Quito y su área metropolitana, los asentamientos tempranos



El Quito prehispánico, como núcleo poblacional del actual Distrito data del denominado período pre-cerámico (10.000 – 4.000 años a.C)1 donde se evidencia actividad humana relacionada a una cultura lítica en los alrededores del cerro Ilaló. En el período formativo (3.500 – 300 a C.) El sitio conocido como Cotocollao se muestra como un centro importante que refleja actividades más sedentarizadas y existe evidencia de producción de “cerámica embrionaria y domesticación de plantas”. Luego de este período los investigadores han identificado un “vacío” en la actividad humana atribuido hipotéticamente a la actividad volcánica del Pululahua y Pichincha hace aproximadamente dos mil años atrás por lo que se especula que la población debió abandonar este territorio y así se perdieron las huellas que servirían para identificar asentamientos humanos en (la) meseta de Quito” durante un periodo considerable (Burgos, 2008: 18,19).
Luego de una etapa relativamente larga, se evidencia para el período de integración regional (500 aC – 500 dC.) el retorno de actividad humana y una intensa consolidación en la meseta de Quito como un enclave de intercambio de productos provenientes de distintos pisos ecológicos ligados a la Costa y Amazonía (ibid: 18) pero también al intercambio con otros grupos de los andes septentrionales. El escenario de esta interacción entre los habitantes de la meseta de Quito con los demás grupos estaba disperso en el territorio del actual Distrito. En este espacio primigenio de asentamientos humanos más consolidados había una convergencia importante de distintas etnias que coexistían inmersas en relaciones de complementariedad: “Cada cual según su cultura, las jefaturas o curacazgos eran unidades políticas pequeñas, relativamente autosuficientes con nexos por todos lados.” y con espacios para cultivar en otros pisos ecológicos cercanos (ibid: 18).
Estas pequeñas unidades políticas conocidas también como señoríos étnicos se encontraban dispersos por efecto de una organización adaptada al medio donde predominaba, tal como ahora, una diversidad de pisos ecológicos a los cuales podían acceder fácilmente por la corta distancia que mediaba uno de otro. Esta modalidad de organización y aprovechamiento de los recursos implicó un patrón de asentamiento particular en el que predominaba en un primer momento la dispersión, se evitaba la centralidad o la nucleación (MDMQ DP, 1991: 14) y esta modalidad sobrevivió hasta poco antes de la llegada de los incas al norte andino y a la hoya de Quito. En este período habían alcanzado una compleja organización, conocimiento y manejo de los recursos naturales que les posibilitó crecer demográficamente en comunidades de entre 70 a 400 individuos para la región de Quito2 donde varios ayllus -grupos de parentesco- “guardaban entre sí vínculos privilegiados de intercambio de producciones complementarias obtenidas en pisos ecológicos distintos y por lazos matrimoniales que formaron parte de verdaderas comunidades étnicas y geográficas” (Portais, 1983: 57).

Estas comunidades se agrupaban en torno a las denominadas llajtakuna con una estructura jerárquica encabezada por un cacique. “Las llajtakuna (plural de llakta) con el objeto de procurarse ciertos productos exóticos (sal, algodón, pimiento, etc) mantienen vínculos tradicionales con las llaktakuna vecinas y con diversos grupos de las laderas exteriores de los Andes: los Yumbos, Niguas y Quijos, en el caso de la llajtakuna de la región de Quito” (op cit: 57,58). Esta relación se basaba en un vínculo no jerárquico y en alianzas militares frente a amenazas externas a esa red de relaciones, lo cual se expresaba en una especie de jefatura o confederaciones de llajtakuna cuyos limites podían coincidir “con los límites de una región geográfica, por ejemplo, de una cuenca u ‘hoya’ interandina o rebasarlos.” (ibid: 58). Estas alianzas implicaban protección mutua, ampliación de las redes de intercambio y control de los lugares donde se desarrollaba dicha interacción. Esto caracterizaba a los señoríos étnicos “notablemente adaptados al entorno geográfico, poco centralizado, poco dominante […]” y se considera “formaban parte de Estados incipientes a partir de puntos geográficos privilegiados” (ibid: 58) que tendían a concentrase de a poco en sitios con mayor ejercicio de autoridad y control de la riqueza.

      1. Los incas y el cambio en la estructura organizativa en la región de Quito



A finales del siglo XV la conquista inca en el norte andino, pese a la resistencia ofrecida, produjo cambios “en el sistema muy sutil de los señores étnicos” y entró en un sistema bastante centralizado “en la organización político territorial, en la infraestructura, control de la población y de los intercambios” (ibid: 61). Estos cambios supusieron una modificación basada en el “control de la producción en zonas más estables” donde predominaba el intercambio. Para este efecto integraron paulatinamente a los señoríos étnicos precedentes por medio de la participación de los privilegios del Estado central Inca y al mismo tiempo se reemplazó los vínculos tradicionales de intercambio por “islas de colonización, más conformes al modelo de la organización incaica” lo cual incluyó, entre otras estrategias, un control directo en la región interandina de Quito que dio como resultado la integración de los señoríos al “sistema piramidal inca” en un período de entre 30 a 40 años de ocupación efectiva.
Estas islas de colonización contenían importantes grupos de indígenas sureños mitmajkuna trasladados desde el Cuzco, entre otros sitios, hasta la región interandina de Quito para consolidar la ocupación expresada en el control militar y cultural lo que produjo una redistribución de la población local y el surgimiento de nuevos conglomerados, donde la designación de tierras y privilegios incidiría en un nuevo orden espacial (MDMQ DP, 1991: 14)
Estos asentamientos mitmajkuna eran numerosos en la región de Quito, en Pomasqui, Cotocollao, El Quinche, Zámbiza, Urin Chillo, Uyumbicho y Machachi, quienes jugaron un rol importante en la transformación del espacio y en la construcción de infraestructura:

[…] en Pomasqui, son los colonos mitmajkuna quienes fueron utilizados para la instalación de un sistema de irrigación en las tierras Incas. […] El significado geográfico de los mitmajkuna es de capital importancia en cuanto resultado de la voluntad de extender hacia el Norte un sistema de control del espacio concebido en un entorno geográfico diferente -al de procedencia de los incas con su centro en Cuzco- (Portais, 1983: 71)

Los incas se adaptaron al entorno geográfico y cultural del Quito originario como un mecanismo más para consolidar la ocupación, pero también porque este espacio geográfico era particularmente importante en los planes expansivos del Tahuantinsuyo hacia las tierras no conquistadas del Norte. La breve ocupación inca tomó el área de Quito como un refugio en medio de una topografía accidentada para “protegerse de la resistencia Quitu-Cara”. El asentamiento inca en el actual casco colonial de Quito albergaba, según Burgos, el lugar de vivienda del Inca Atahualpa donde en la actualidad es el Centro Cultural Metropolitano, y en el espacio existente entre las dos quebradas (Ulluaguanyacu “quebrada de los gallinazos” ahora Jerusalén-24 de Mayo y la de Zanguña o Cantuña ahora Manosalvas) estaban los cimientos incas diseñados para albergar a los diferentes estamentos jerárquicos de su organización social y otra área ocupada por los conquistados. Esto en poco tiempo fue borrado por la ocupación hispana (Burgos, 2008: 20,21)

      1. La ocupación española de Quito y las implicaciones urbanas



A inicios del siglo XVI la región de Quito es sometida a la presencia de nuevos colonizadores los cuales se encontraron con un escenario geográfico que Burgos lo describe de la siguiente manera:

El panorama que vieron los primeros españoles en 1534 era de una ciudad o campamento aborigen ubicado entre quebradas y lomas, resguardadas por cuatro cerros cercanos. La mitad de la meseta estaba ocupada por el cerro Yavirag (Panecillo) y en los extremos se veían dos lagunas, una, Turubamba, producto de los deshieles del Rucu Pichincha; otra de Añaquito formada por los lahares y corrientes del Rucu Pichincha que originaron la quebrada de Rumipamba y el lago de la Carolina (Burgos, 2008: 20).

Los españoles tomaron este territorio en base a una estrategia de “continuidad en los instrumentos de control” desarrollados por los incas, lo cual les permite a su vez afianzar la ocupación, a pesar de los objetivos y lógicas radicalmente distintas con las que arribaron (Deler, 1983: 73)

Su papel, todavía mal conocido antes de la conquista Inca, rápidamente adquirirá importancia a partir del instante en que Huayna-Capac la convertirá en “cabeza de puente” de la conquista militar del Norte. Capital de hecho de la parte Norte del Imperio durante un tiempo corto, se convertirá, a partir de 1534, en elemento esencial de las conquistas españolas (ibid: 79).

En el referido siglo, Deler, manifiesta que se establecen “instrumentos coloniales de control” que configuran un nuevo espacio: la ciudad y el sistema urbano junto con instituciones (encomienda, tributo, reducciones, doctrinas, mitas y obrajes) que se ponen en marcha en base a una fusión de estos mecanismos de control colonial con la “organización espacial inca” (ibid: 76). Hacia el siglo XVII el sistema urbano prácticamente esta consolidado en toda la sierra y Quito encabeza este sistema por ser sede de la gobernación y más tarde capital de la Audiencia. Para 1573 Quito tenía una población de 1.000 españoles y nueve años más tarde (1.582) se registró un total de 10.000 indígenas viviendo en la periferia de la ciudad en las tierras agrícolas que proveían del sustento alimenticio y también de numerosa mano de obra, que se estima en aproximadamente 2000 indígenas, empleados en la construcción de la ciudad y su infraestructura. (ibid: 81)

Quito siguió un modelo urbanístico “según un plano en forma de tablero de ajedrez” el cual fusionaba a su vez el “sistema urbano incaico” articulado al sistema colonial lo cual quedó impregnado en la morfología de la ciudad tal como la observamos ahora en el centro histórico:

[…] la misma reja regular de calles que se entrecortan en ángulo recto, diseñado a partir de una plaza central, alrededor de lo cual se construían los edificios de ostentación de los poderes civiles y religiosos […] Es probable que, tal como sucedió en el Cuzco, el diseño español de Quito se superponía al trazado por los Incas. Lo cierto es que en la voluntad de ordenamiento de la ciudad, en el lugar privilegiado que en él ocupan los edificios administrativos y religiosos, y en el orden de atribución de los “solares” a los vecinos por parte del cabildo, se refleja toda la organización social, política, económica y espacial de la colonia (Deler, 1983: 82).

El manejo y control de la ciudad respecto a toda su influencia en el entorno de la región de Quito era el resultado de la fusión de las prácticas administrativas incas “de manejo de las poblaciones rurales” más el régimen colonial hispano con un dominio fuerte del espacio y el control social de la población conquistada, que no estuvo exento de tensiones entre la metrópoli, la sociedad criolla e indígenas por intereses distintos y por la emergencia de un poder local que ganaba terreno en el control de las poblaciones rurales al tiempo que cuestionaba el “drenaje” de los recursos hacia España. El crecimiento de la población y las presiones por obtener más recursos provocó una modificación en la agricultura con “la introducción de nuevos cultivos venidos de España” y se introdujo la crianza de animales domésticos y de pastoreo para la producción textil (ibid: 86,91).
El crecimiento de Quito, precisamente, se dió en el contexto económico de la producción textil en el siglo XVII cuando se establecieron obrajes cercanos a la ciudad y en periferias:

Así como en el sector rural se ubicaron los obrajes en sitios de fácil acceso a mano de obra, en la ciudad y sus contornos los obrajeros eligieron la cercanía de núcleos de población indígena. Zámbiza, Cotocollao, Luluncoto, Machangarilla, Chillogallo, Guajaló fueron los lugares para la instalación de obrajes “extramuros”. Dentro de la ciudad, la localizaci´pn de obrajuelos en San Blas, Santa Bárbara, San Sebastián y San Diego habría generado nuevas islas urbanas de población indígena (MDMQ DP, 1991: 25)

Desde una época temprana de la colonia, la ciudad de Quito se mostró densamente poblada por efecto del desarrollo de esta actividad económica la cual absorbía a indígenas llegados de muchos lugares del territorio colonizado por los españoles. Finalmente, a mediado del siglo XVII, la ciudad “adquiere la configuración que va a mantenerse hasta el siglo XIX, en lo que al espacio ocupado por el área consolidada se refiere que se corresponde con la zona histórica actual (ibid: 25).

Luego de un período de inestabilidad marcado por campañas de conquista, resistencia indígena, guerras civiles, Quito entra, solo cerca de 1580, en un proceso de franco desarrollo urbano, amparado por el auge que en la economía imprime la producción y el comercio de textiles […] Desde 1570, la dinámica comercial fue el factor que mayor incidencia tuvo en la dirección que adoptó la expansión de la ciudad, jugando en aquel proceso un papel cohesionador de la estructura urbana (ibid:25).

En el siglo XVIII la situación varió notablemente por la crisis en la producción y comercio de los textiles que “impacta con fuerza en los sectores urbanos de Quito, empujándolos a la reorientación de sus actividades.” (ibid: 25) Esta crisis implicó una pauperización de la ciudad y una pugna de los sectores aristocráticos por mantener sus privilegios frente a una población que empobrecía sistemáticamente. Este escenario ocupó gran parte del mencionado siglo. Las reformas borbónicas luego empujarían hacia un cambio importante expresado en el siglo XIX incluyendo la independencia de la corona española. Para 1841 el área urbana tuvo 19.583 habitantes de diferentes orígenes étnicos, con actividades económicas artesanales y de intercambio, todas ellas muy ligadas al campo. El régimen de la tierra determinó en este período “todos los órdenes de la vida social, el régimen político y las formas de la vida cotidiana y cultura”. En este contexto histórico precedente se entra al siglo XX y a una progresiva expansión urbana que en 1950 tenía una población 209.932 habitantes con una superficie de 1.300Ha (ibid: 83). Este crecimiento tendrá su momento más significativo en la década de los setenta donde la ciudad de Quito inicia un crecimiento urbano acelerado sin precedentes que desemboca en la configuración actual del Distrito Metropolitano.

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