Contaminación atmosférica y consecuencias en el cerebro




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títuloContaminación atmosférica y consecuencias en el cerebro
fecha de publicación11.01.2016
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CONTAMINACIÓN ATMOSFÉRICA Y CONSECUENCIAS EN EL CEREBRO

La lucha por proteger el planeta

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Es difícil ayudar a un alcohólico que está convencido de que no tiene problemas con la bebida. Así, para mejorar la salud del planeta lo primero que debe hacerse es reconocer la magnitud de la enfermedad. Probablemente el logro medioambiental más sobresaliente de los años recientes sea la educación. Hoy, la mayoría de la gente sabe bien que el hombre está agotando y contaminando la Tierra, y que debe hacerse algo al respecto. En nuestro tiempo, la amenaza de la degradación del medio ambiente es más aterradora que la de una guerra nuclear.
Los líderes mundiales no están ajenos a los problemas. En 1992 asistieron 118 jefes de gobierno a la Cumbre de la Tierra, en la que se definieron las medidas que contribuirían a proteger la atmósfera y los recursos, cada vez más limitados, del planeta. La mayoría de las naciones firmaron un tratado sobre el clima, que las compromete a establecer un sistema para informar los cambios de las emisiones de carbono, con el fin de impedir que sigan aumentando. También analizaron la forma de conservar la diversidad biológica del mundo, es decir, las especies animales y vegetales. En la cumbre no se llegó a un acuerdo sobre la protección de los recursos forestales del planeta, pero se redactaron dos documentos: la “Declaración de Río” y la “Agenda 21”, que contienen directrices para que las naciones consigan un “desarrollo sostenible”.

Como lo explica el medioambientalista Allen Hammond, “en los próximos meses y años se demostrará si se mantienen los objetivos de Río de Janeiro, si las valientes declaraciones se traducen en acciones consecuentes”. Por su parte, el Protocolo de Montreal de 1987 fue un paso significativo, pues se logró un acuerdo internacional para eliminar la producción de clorofluorocarbonos (CFC) en un tiempo límite. ¿Por qué preocupan estos productos? Porque se sabe que contribuyen a la destrucción rápida de la capa protectora de ozono. Dicha capa cumple un papel muy importante como filtro de los rayos ultravioleta del sol, que pueden provocar cáncer de piel y cataratas. Este no es un problema exclusivo de Australia. Hace poco los científicos detectaron una disminución del 8% en la concentración invernal de ozono en algunas regiones templadas del hemisferio norte. Veinte millones de toneladas de CFC ya se han filtrado hasta la estratosfera.

Ante esta contaminación catastrófica de la atmósfera, las naciones han dejado a un lado sus diferencias y han actuado con decisión. La iniciativa internacional también ha dado pasos para proteger las especies en peligro, conservar la Antártida y controlar el vertido de desechos tóxicos. Muchos países se están esforzando por limpiar sus ríos (los salmones han regresado al río Támesis), controlar la contaminación del aire (en las ciudades de mayor polución atmosférica de Estados Unidos, ha disminuido un 10%), incentivar la producción de energías alternativas limpias (el 80% de los hogares islandeses se calientan con energía geotérmica) y la conservación de la herencia natural (Costa Rica y Namibia han convertido un 12% de su territorio en parques nacionales).

¿Demuestran estos pasos que la humanidad está tomando en serio la amenaza? ¿Restablecer la salud del planeta es solo cuestión de tiempo?

La desaparición de la capa de ozono... ¿Estamos destruyendo nuestro propio escudo?

Figúrese que usted tuviera que caminar todos los días bajo una lluvia ardiente y mortífera. Su única protección es un paraguas, uno que ha sido diseñado a la perfección para repeler las gotas de esa lluvia letal. ¿Puede imaginarse lo inapreciable que sería ese paraguas para usted? ¿Se da cuenta de la terrible locura que supondría estropearlo, quizás hasta el punto de hacerle agujeros? Y, sin embargo, la humanidad se encuentra en una situación similar a escala global.

NUESTRO planeta se ve sometido a una constante lluvia de rayos solares. Aunque la mayoría de esos rayos son beneficiosos, pues traen luz y calor a nuestro mundo, un pequeño porcentaje de ellos son realmente letales. Se les llama rayos ultravioletas B, y si todos ellos llegasen a la superficie de la Tierra, causarían la muerte de toda cosa viva. Por fortuna, nuestro planeta fue diseñado con un “paraguas” que actúa a modo de escudo y nos protege de dichas radiaciones, un paraguas llamado “capa de ozono”. Pero, lamentablemente, el hombre está destruyendo este paraguas.

¿Qué es la capa de ozono? ¿Cómo actúa, y cómo la estamos destruyendo? Pues bien, el ozono es una variedad inestable de oxígeno. Consta de tres átomos de oxígeno (O3) en lugar de los dos usuales (O2). El ozono se encuentra en estado natural en la estratosfera, donde absorbe las peligrosas radiaciones ultravioletas B mientras que deja que pase la luz, necesaria y al mismo tiempo, inocua. Además, aunque el ozono se descompone fácilmente por la acción de otros gases, los rayos del Sol constantemente crean en la estratosfera más ozono. De modo que es un escudo que se autorrepara. ¡Qué diseño tan perfecto!

Los problemas se presentan cuando el hombre empieza a inyectar sus propios gases industriales dentro de este delicado sistema. Entonces, el ozono se destruye más deprisa de lo que los rayos solares pueden producirlo. En 1974 los científicos empezaron a sospechar que los CFC (clorofluorocarbonos) son gases que destruyen el ozono. Y, no obstante, hay CFC por todas partes. Se utilizan para fabricar todo tipo de productos de espuma de plástico: desde el aislante de espuma utilizado en el ramo de la construcción hasta los vasos y envases para la llamada “comida rápida”. Se utilizan como gas impulsor para los espráis de aerosol, como refrigerantes en los aparatos de aire acondicionado y frigoríficos y como disolventes para limpiar equipo electrónico.

Un científico que informó del peligro recordó: “No hubo ningún momento en el que gritase: ‘¡Eureka!’. Simplemente fui a casa una noche y le dije a mi mujer: ‘El trabajo va muy bien, pero parece que será el fin del mundo’”. Desde que en 1930 se inventaran los CFC, muchos los han alabado por carecer de toxicidad y ser sobresalientemente estables. ¿Estaban equivocados?

¿Hay esperanza para la capa de ozono?
“Los niveles atmosféricos de clorofluorocarbonos (CFC) por fin han comenzado a descender”, informa la revista ECOS, publicada por la institución australiana Commonwealth Scientific and Industrial Research Organization (CSIRO). Esos compuestos químicos de la atmósfera dañan la capa de ozono que protege nuestro planeta. Durante más de cincuenta años, el número de CFC presentes en la parte alta de la atmósfera ha aumentado a un ritmo constante hasta el año 2000. Desde entonces, la concentración de CFC se ha “reducido a razón de casi un 1% anual”, afirma la revista. Según el informe, el descenso “permite esperar que el agujero de la capa de ozono pueda cerrarse a mediados de siglo”. No obstante, estos productos todavía causan daño. “A pesar del descenso, el agujero de la Antártida ha alcanzado este año una extensión de casi 29.000.000 de kilómetros cuadrados, más de tres veces el tamaño de Australia”, dice el mismo informe.

¿Cuánto éxito hemos tenido en salvar el medio ambiente?

CHERNOBIL, Bhōpal, Valdez, Three Mile Island. Estos nombres probablemente evocan en nosotros imágenes de catástrofes medioambientales ocurridas en diversas partes del mundo. Todas ellas nos recordaron que la Tierra está bajo ataque. Tanto personas comunes como influyentes han dado la voz de alarma. Algunas han hecho pública su opinión mediante acciones. Una bibliotecaria británica se encadenó a una excavadora en protesta por la construcción de una carretera a través de una frágil región de gran valor ecológico. Dos mujeres aborígenes de Australia encabezaron una campaña contra la extracción de uranio en un parque nacional, y la explotación minera se suspendió. Aunque dichas tentativas son bienintencionadas, no siempre reciben una buena acogida. Por ejemplo, a un capitán de la Marina bajo el régimen soviético le preocupaban las fugas de radiación procedentes de los reactores de submarinos nucleares hundidos, y cuando publicó la ubicación de tales submarinos, fue arrestado.

Diversas organizaciones también han dado advertencias sobre las amenazas contra el medio ambiente. Entre ellas se encuentran la UNESCO, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la organización Greenpeace. Algunas se limitan a informar de los problemas medioambientales cuando guardan relación con su trabajo. Otras se consagran a la causa de dar a conocer las cuestiones ecológicas. Greenpeace es famosa por enviar activistas a puntos ecológicamente conflictivos y atraer la atención pública a cuestiones como el calentamiento global, las especies en peligro de extinción y los riesgos de los animales y plantas transgénicos.

Algunos activistas dicen que se valen de “la confrontación creativa para poner al descubierto los problemas ecológicos mundiales”. Por ejemplo, en cierta ocasión, un grupo recurrió a la táctica de encadenarse a las puertas de un aserradero para protestar contra la tala de bosques centenarios. Otro grupo protestó contra la violación de una moratoria ballenera por parte de cierto país apareciendo frente a sus embajadas llevando puestos unos enormes ojos para indicar que vigilaban las acciones de aquella nación.

En este campo no faltan causas a las que dedicarse. Por ejemplo, tanto organizaciones como personas a título individual han dado repetidas advertencias sobre los peligros de la contaminación del agua. Pero aun así, la situación no parece nada prometedora. Mil millones de personas no tienen acceso a agua potable. Según la revista Time, “todos los años mueren de enfermedades relacionadas con el agua 3.400.000 personas”. La contaminación del aire constituye un problema similar. El estado de la población mundial 2001 señala que esta “se cobra cada año, según se estima, entre 2,7 millones y 3,0 millones de vidas”. Y añade que “perjudica a más de 1.100 millones de personas”. Como ejemplo concreto menciona que “la contaminación con partículas de muy pequeño tamaño causa hasta un 10% de las infecciones de las vías respiratorias en niños europeos”. En efecto, a pesar de las advertencias y las medidas tomadas hasta el momento, los problemas relacionados con estos elementos fundamentales para la vida no han hecho más que empeorar.

Para muchos, la situación resulta paradójica. Hay más información que nunca sobre asuntos ecológicos. Jamás ha habido tantas personas y organizaciones interesadas en ver una Tierra limpia. Muchos gobiernos han creado ministerios para encargarse de este tipo de problemas, y para ello disponemos de más tecnología que nunca. Aun así, la situación no parece mejorar. ¿Por qué?

Un paso hacia adelante y dos hacia atrás

Se suponía que el progreso industrial nos facilitara la vida. Y en algunos sentidos lo ha hecho. Pero es precisamente dicho “progreso” lo que empeora los problemas ecológicos de la Tierra. Acogemos con gusto los inventos y avances que nos ofrece la industria, pero, con frecuencia, tanto su producción como el uso que les damos destruyen los ecosistemas. Tenemos un ejemplo en los vehículos de motor, los cuales agilizan y facilitan los viajes. Muy pocas personas quisieran regresar a la época de los coches de caballos. No obstante, el transporte moderno ha contribuido a una gran cantidad de dificultades. Una de ellas es el calentamiento global. El hombre ha alterado la composición química de la atmósfera al utilizar inventos que arrojan a esta millones de toneladas de gases. Se dice que estos gases son los que producen el llamado efecto invernadero, el cual ocasiona el calentamiento de la atmósfera. Las temperaturas aumentaron durante el siglo pasado. La Agencia para la Protección Medioambiental, de Estados Unidos, informa que “los diez años más calurosos del siglo XX se produjeron en los últimos quince años de este”. Algunos científicos creen que en el siglo XXI, la temperatura mundial media puede aumentar entre 1,4 y 5,8 °C.

Se teme que las temperaturas más elevadas causen otros trastornos. El volumen de nieve del hemisferio norte ha estado menguando. A principios de 2002 se desintegró en la Antártida una plataforma de hielo de 3.250 kilómetros cuadrados. En este siglo podría subir considerablemente el nivel del mar. Dado que un tercio de la población mundial vive en zonas costeras, dicha subida podría ocasionar la pérdida de viviendas y de tierras de labranza, así como causar grandes dificultades a las ciudades de esas áreas.
A juicio de los científicos, el aumento de las temperaturas incrementará las precipitaciones y las condiciones climáticas extremas. Hay quienes opinan que las terribles tormentas, como la que en 1999 se cobró 90 vidas y destruyó 270 millones de árboles en Francia, no son más que un anticipo de lo que va a venir. Otros investigadores piensan que los cambios climáticos desencadenarán la propagación de enfermedades como el paludismo, el dengue y el cólera.

El ejemplo de los vehículos de motor indica lo complejas que son las consecuencias de los avances tecnológicos: inventos que son útiles para la gente en general pueden provocar innumerables problemas que afecten múltiples aspectos de la vida. Lo que dice el Informe sobre desarrollo humano 2001 es muy cierto: “Todo adelanto tecnológico entraña posibles beneficios y riesgos, algunos de los cuales no son fáciles de predecir”.

Muchos esperan que la tecnología solucione los problemas medioambientales. Por ejemplo, los ecologistas llevan tiempo condenando el uso de pesticidas. Cuando se produjeron plantas transgénicas que permitían reducir o eliminar la necesidad de pesticidas, parecía que se había encontrado una buena solución. Pero en el caso del maíz transgénico, modificado para controlar al barrenador de los tallos sin necesidad de pesticidas, se descubrió que también puede matar a las orugas de las mariposas monarcas. De modo que las “soluciones” a veces resultan contraproducentes y crean más inconvenientes.

¿Pueden ayudar los gobiernos?

En vista de que la destrucción del medio ambiente es un problema de gran magnitud, se necesitaría la colaboración de todos los gobiernos para que la solución fuese efectiva. En algunos casos, los representantes gubernamentales han demostrado el valor necesario para recomendar cambios positivos que beneficiarían al medio ambiente, lo cual es encomiable. Pero las auténticas victorias han sido contadísimas.

Un ejemplo de ello lo tenemos en la cumbre internacional celebrada en Japón en 1997. Las naciones debatieron sobre los términos de un tratado para reducir las emisiones que provocan el calentamiento global. Finalmente, para sorpresa de muchos, se llegó a un acuerdo: el Protocolo de Kioto. Según este, las regiones desarrolladas —como la Unión Europea, Japón y Estados Unidos— reducirían sus emisiones en un 5,2% como promedio para el año 2012, lo cual parecía prometedor. No obstante, a principios de 2001, Estados Unidos comunicó que abandonaba dicho protocolo, decisión que ha desconcertado a muchos, pues esta nación, pese a tener menos del 5% de la población mundial, produce alrededor de una cuarta parte de las emisiones. Además, se ha observado cierta lentitud por parte de los demás países en ratificar el acuerdo.

Este ejemplo indica lo difícil que les resulta a los países encontrar buenas soluciones. No es fácil reunir a varios gobiernos para entablar una negociación, y, además, a estos les cuesta llegar a un acuerdo sobre la manera de abordar las cuestiones ecológicas. Aun cuando se suscriben tratados, hay firmantes que acaban retirándose. A otros se les hace difícil cumplir con lo estipulado. En ocasiones, los gobiernos o las empresas creen que no pueden asumir los gastos implicados en la limpieza del medio ambiente. En algunos lugares no es más que una cuestión de codicia por parte de las grandes empresas, que presionan a las autoridades para que no pongan en vigor las medidas que reducirían sus ganancias. La experiencia ha demostrado que las compañías quieren sacar el máximo rendimiento posible al terreno sin preocuparse por las consecuencias.

Para complicar más las cosas, no todos los científicos se ponen de acuerdo en cuanto a la gravedad de los daños que ocasionará la contaminación. Por ello, puede que los políticos no sepan hasta qué grado reducir el crecimiento económico a fin de controlar una situación de la que se desconoce su magnitud.

La humanidad está en apuros. Se sabe que existe un problema y que hay que hacer algo, pero aunque algunos países ya han adoptado diversas medidas, la mayoría de los trastornos medioambientales están empeorando. ¿Acabará siendo la Tierra un lugar inhabitable?

BIBLIOGRAFÍA





  1. ¿Cuánto éxito hemos tenido en salvar el medio ambiente?

Disponible en página web:

http://www.watchtower.org/s/20031122a/article_02.htm

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