Tendencias de la arquitectura habitacional en los albores del siglo XXI






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fecha de publicación13.02.2016
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Habitar en la globalización:

Tendencias de la arquitectura habitacional en los albores del siglo XXI
Enrique Ayala Alonso

Universidad Autónoma Metropolitana - Xochimilco, México

enriqueayala@att.net.mx
Paradojas del mundo global
Hoy en día es frecuente escuchar elogios a la globalización. Indudablemente, este fenómeno ha traído hasta nosotros innumerables beneficios; muchas de las viejas barreras que impedían a gran parte de la humanidad tener contacto entre ella se han diluido y el conocimiento que tenemos del resto del mundo se ha incrementado. Las fronteras de varias naciones han sido abiertas al libre tránsito de los individuos; el acceso a bienes y mercancías, anteriormente impensables de poder ser disfrutados, es ahora una realidad; como también es factible tener mayores conocimientos y familiaridad con otras culturas que, hasta hace muy poco tiempo eran etiquetadas como exóticas. Nosotros mismos, los mexicanos, en algún momento recibimos tal denominación.
En gran medida la globalización es un fenómeno económico-comercial, cuyos principales beneficios son para el gran capital, que ávido de ganancias se ha procurado los mecanismos para hacer del planeta un gran mercado. La globalización también ha sido posible debido al desarrollo de las comunicaciones y la informática, que nos posibilitan un contacto fácil y en ocasiones instantáneo con el resto del mundo o con los acontecimientos que en él tienen lugar. La televisión, la telefonía y principalmente la red, nos han puesto en un escenario que hasta hace muy poco tiempo se antojaba fantástico o propio de la ciencia ficción.
Las modas con su encanto y fugacidad también forman parte del atractivo del mundo contemporáneo; los medios de comunicación han contribuido a su rápida y amplia difusión, pero también a su pronta caducidad, para ser inmediatamente sustituidas por otras. Las, modas, que constituyen uno de los alicientes más eficaces al consumo, no sólo comprenden aspectos relacionados con la imagen personal, como el vestido, el calzado o el maquillaje, sino que determinan lo que debe ser visto, leído o escuchado. También dan uniformidad a gran parte de la producción arquitectónica de prestigio. La ciudad misma no escapa del influjo, de las modas, las cuales se han convertido en factor de uniformidad e integración, aunque también de distinción; estar a la moda implica ser diferente, aunque de manera casi simultánea también significa pertenecer al mundo globalizado.
No obstante, es necesario aclarar que nada de esto representa igualdad ni en el mundo ni al interior de las naciones. No existen condiciones igualitarias entre quienes poseen los instrumentos y los medios que han hecho posible la globalización del mundo y los que, deseándolo o no, irremediablemente han sido incorporados a ella. Tampoco son equiparables los beneficios obtenidos por los emisores que por los receptores de la información que inunda a nuestro planeta y nos impone puntos de vista, estilos de vida, compromisos económicos y políticas sociales, entre muchas otras cosas. En el fondo, la vieja historia del mundo poco o nada ha cambiado: unos son los que deciden y otros los que acatan.
Además de la irresuelta desigualdad imperante, existen otros inconvenientes en el mundo globalizado. Posiblemente el mayor de ellos, que afecta hasta los mismos detentadores del poder, es el de la inseguridad, la cual se manifiesta de varias maneras. Internacionalmente, los ataques terroristas a las naciones poderosas, hacia las que priva un mayúsculo rencor por el menosprecio, la injusticia y el sometimiento que han hecho de otros pueblos, lo cual ha conducido a una mayor violencia y al control y cierre de fronteras, medidas que entran en contradicción con el "espíritu" de la globalización.
Las terminales informáticas son igualmente vulnerables a ser contaminadas por los virus que circulan por la red, como al robo o a la alteración de la información que contienen o a la recepción indeseada de otra distinta, lo cual confiere una condición de fragilidad a esta tecnología integradora y globalizadora. Esta condición de debilidad o inseguridad también se manifiesta en la vida cotidiana; los bienes materiales de los individuos, el hogar y la misma integridad familiar o personal se encuentran en riesgo. Esto ha dado lugar a una mayor segregación social, políticas administrativas urbanas diferentes y una novedosa forma de habitar en la ciudad y al interior de las casas.
Los espacios urbanos, de la globalización
Hace más de una década comenzó a ser frecuente en México el cierre de varios fraccionamientos urbanos a la libre circulación de vehículos y personas ajenos a ellos. La falta de seguridad y la incapacidad de las autoridades para procurarla fueron los motivos -a decir de los vecinos- que los llevaron a tomar esta determinación. La mayoría de las calles de estas colonias han sido cerradas con rejas o bardas, a excepción de una o dos que sirven de entrada y salida a todo el fraccionamiento. En dichos accesos, controlados por una pluma, se exige a quien desee entrar una identificación que es retenida por los vigilantes privados, encargados de la seguridad, hasta que el visitante abandone el sitio.
Estas colonias cerradas constituyen una parte considerable de la geografía de muchas ciudades actuales. Es decir, no se trata de hechos aislados sino de una nueva manera de vivir y enfrentar el problema de la inseguridad en la ciudad contemporánea. Desde luego, que para que esto fuera posible se requirió de la anuencia o de la indiferencia de las autoridades, quienes de esta manera han transferido a los ciudadanos la responsabilidad de velar por su propia seguridad.
Más allá de atentar contra el libre tránsito de las personas en la ciudad, que legalmente todavía es una de las garantías ciudadanas, el confinamiento de esas colonias plantea problemas de gravedad para la urbe contemporánea y para los mismos habitantes. En primer lugar se trata de la privatización, a favor de unos cuantos, de los espacios públicos, cuya salvaguarda y administración corresponde a las autoridades, quienes mediante la recaudación fiscal se allegan recursos para ese fin. Además de las calles sustraídas del uso público, al interior de muchas estas colonias otros equipamientos urbanos han quedado fuera del uso público o se han visto afectados en su funcionamiento, como parques, mercados, escuelas y comercios privados.
En relación con las redes de infraestructura como son las tuberías de agua y drenaje, al interior de las mismas se manifiesta un problema en torno a quien corresponde su conservación y mantenimiento, pues -según algunos- al ser espacios privatizados deberían ser los vecinos quienes sufraguen los gastos, pero esas redes locales no están aisladas, sino que forman parte de un sistema mayor que comprende a toda la ciudad o a una parte sustancial de la misma, que debe operar eficientemente y es por tanto a la autoridad a quien corresponde asegurar esto. Adicionalmente estas colonias cerradas obstaculizan el paso a los servicios de emergencia, como bomberos, ambulancias e incluso a la policía, en perjuicio de sus propios habitantes.
Esta modalidad, de habitar la ciudad tiende su punto de partida en conjuntos habitacionales que comenzaron a construirse hace más de dos décadas, cuya principal característica era su aislamiento del resto de la urbe mediante bardas perimetrales, que ocultaban sus características interiores. Se trataba de conjuntos de casas unifamiliares generalmente pequeños, rara vez superaban las 50 unidades. Además de su aislamiento solían compartir algunos servicios, como estacionamientos, jardines, áreas recreativas y salones de fiesta. Esta forma habitacional permitió a sus habitantes, por lo común de clase media, compartir los costos de los servicios y simultáneamente resguardar su privacidad al interior de la casa.
Su construcción también permitía resolver el problema de la inseguridad, al contar con un servicio de vigilancia permanente. Este modelo actualmente se aplica en fraccionamientos de reciente creación con una diferencia sustancial de escala y de forma de propiedad. En los primeros se trataba de algunas decenas de casas y la propiedad era el condominio horizontal, mientras que en los posteriores se trata de un mayor número de casas, a veces varios cientos y la propiedad es privada. Algunos servicios colectivos también existen aunque para hacer uso de ellos es necesario poseer y pagar una membresía.
Todas estas formas de habitación en la urbe contemporánea, que bien podríamos denominar como la ciudad neoliberal, entran en contradicción con la tradicional idea en tomo a una ciudad que guardaba equilibrio entre las propiedades privadas y las públicas, en la que el Estado, a través de éstas últimas, garantizaba a sus habitantes una serie de libertades y obligaciones que constituían la ciudadanía. Este equilibrio se ha alterado a favor de una privatización a ultranza que incluye una serie de servicios recreativos y comerciales de propiedad privada, cuyo uso requiere de pagar costosas membresías.
Estas formas habitacionales no son privativas de ciudades o países en los que frecuentemente la violencia o la inseguridad están presentes, o se dice que lo están, como es caso de la Ciudad de México, sino que se trata de un fenómeno de envergadura mundial que modifica el sentido público tradicional que por muchos años tuvo la ciudad. Los mismos servicios públicos como el alumbrado, la recolección de basura, el abastecimiento de agua potable y, desde luego, la seguridad, han sido o están en vías de privatización en la mayoría de las ciudades contemporáneas.
Arquitectura inteligente
Uno de los grandes mitos de la edificatoria actual, es la llamada arquitectura inteligente, que gracias al empleo de altas tecnologías, principalmente sistemas computarizados conectados a la red, permite a los usuarios de estos inmuebles mayores niveles de confort, comunicación, entretenimiento y de seguridad, pero también se persigue lograr un ahorro en el consumo de energía en el inmueble, que contribuya a la economía de las fuentes energéticas finitas o no renovables.
Paradójicamente, el funcionamiento de esta arquitectura requiere indispensablemente de la energía. Muchas veces estos edificios son bloques cerrados al exterior, cuya iluminación, ventilación, temperatura ambiente y aislamiento acústico obedece a esa condición. Es decir, ofrecen óptimas condiciones ambientales sin el empleo de los recursos arquitectónicos y constructivos tradicionales y únicamente dependen del buen funcionamiento de sus sistemas electrónicos y mecánicos, así como del abasto oportuno y suficiente de la energía, y de su conexión a la red.
En estos edificios se cuenta con sensores y equipos ahorradores de energía eléctrica, agua potable y combustible, capaces de detectar la presencia de los habitantes en algún lugar del inmueble o frente a determinado equipo y poner en operación o detener el funcionamiento del dispositivo correspondiente. Asimismo, para su operación requieren de Internet o conexiones para fibra óptica o señales satelitales. Demandan de un equipamiento complejo y oneroso, además del pago periódico del abastecimiento de energía y comunicación que impiden su autonomía. Se trata de una arquitectura dependiente y costosa.
La seguridad es uno de los factores de mayor relieve a satisfacer en estas edificaciones; se pretende lograr en ellas una protección tanto de tipo preventivo como correctivo; es decir, se intenta evitar robos, asaltos, presencias indeseadas, plagas de todo tipo, detectar conatos de incendio, inundaciones y fugas de gas, entre otras contingencias. Para ello se utilizan controles remotos, sensores de movimiento, de humo, videocámaras, televisión de circuito cerrado, alarmas de sonido, teléfonos, conexión a la red, y una edificación generalmente hermética.
Estas tecnologías utilizadas principalmente en edificios corporativos han sido llevadas hasta el hogar; desde hace algunos años algunas casas funcionan con ellas. Además de la seguridad que anhelosamente buscan sus habitantes, facilitan diferentes quehaceres domésticos, conservan datos y procuran altos niveles de comodidad. El encendido y apagado de luces, la apertura o cierre de cortinas, puertas o ventanas, el riego del jardín, la regulación de la calefacción, del aire acondicionado o de la temperatura del agua para el bario y el encendido de la cafetera, son algunas de las tareas que, gracias a sus múltiples artilugios han dejado de representar esfuerzos para los moradores de estas casas. La conservación de historiales médicos, fechas importantes de recordar y recetas de cocina son datos que igualmente se archivan y manejan con facilidad.
Cuando estas tecnologías inteligentes pretenden ser aplicarlas integralmente en el hogar su costo las hace inaccesibles para abrumadora mayoría de la población en el mundo. No obstante, en los últimos años se han desarrollado diversos dispositivos, a precios relativamente bajos, que aisladamente realizan algunas de esas funciones domésticas y que han permitido la paulatina automatización del hogar. En su aspecto formal varias de estas casas no expresan sus características internas, como sucede con los edificios corporativos o de oficinas. Esto podría ser otra de las consecuencias en la arquitectura habitacional actual de una inseguridad real, pero en varias ocasiones también ficticia, reinante en nuestras ciudades, donde la mesura formal y la discreción se han convertido en un requisito.
Los albores del siglo XXI
El siglo que recientemente ha comenzado es heredero de todas estas manifestaciones urbanas y arquitectónicas acaecidas en las últimas décadas del siglo XX. Esa centuria de la ciudad liberal, que fue poderosamente marcada por la arquitectura racionalista, hacia las últimas décadas comenzó a manifestar algunas de estas expresiones urbano arquitectónicas aparentemente sin conexión entre ellas, que paulatinamente han marcando tendencias en las formas de habitar entre algunos sectores de la población.
Estos hechos igualmente han marcado a fondo a la urbe contemporánea, que bien podríamos denominar como la ciudad neoliberal, no sólo porque es la ciudad correspondiente a este modelo económico predominante, propio de la globalización, sino porque es menester diferenciarla de la urbe liberal, que se caracterizó por el relativo equilibrio entre los ámbitos público y privado. En la nueva urbe este último ha adquirido un importancia tal que pone en entredicho a esa vieja ciudad, que todavía algunos nos empecinamos en defender y que según las leyes es vigente.
La existencia de esta nueva urbe, más allá de las leyes y del constante padecimiento que vivimos por sus inconvenientes, se impone en los hechos y en la cotidianeidad, y tampoco es privativa de un sector social, como frecuentemente se ha argumentado. Todos los sectores sociales, de manera diferente contribuyen con buenas o malas razone s pero, sobre todo, con los hechos que constituyen la vida cotidiana a erigirla. Más allá de las colonias que han sido confinadas o de los fraccionamientos cerrados desde su origen, nos encontramos, por ejemplo, ante la usurpación que han hecho de las calles los vendedores ambulantes que han dejado de circular por ellas, o los varios equipamientos (clubes sociales, deportivos, tiendas de autoservicio, etcétera), que restringen el acceso a la posesión de membresías.
Esta ciudad, del espacio público robado, cuenta con arquitecturas habitacionales convenientes a esas formas de vida, las cuales han ido cobrando vigor en los primeros años de la presente centuria y en buena parte han sido la conjunción de las experiencias que ya hemos narrado. Se trata de una forma de arquitectura doméstica propia de la globalización, aislada del resto de la ciudad, dotada de adelantos tecnológicos y mimetizada, aunque no integrada, con otros edificios que constituyen su entorno. Esta arquitectura en este momento se está construyendo en los fraccionamientos Interlomas, Santa Fe y de Cuajimalpa, en el poniente de la Ciudad de México, que ha sido el rumbo donde históricamente se han establecido las clases adineradas.
Estos nuevos fraccionamientos- son el escaparate de arquitecturas espectaculares y novedosas, que siguen los dictados de las principales modas vigentes en los países desarrollados. No faltan en ellos los edificios identificables como high tech, light construction, deconstructivismo y otros ismos, entre los que se incluyen las versiones mexicanistas, de gran aceptación en el mundo global, realizadas por arquitectos nacionales de prestigio, como Ricardo Legorreta o los cultivadores de su "estilo".
En ocasiones estos inmuebles son verdaderos alardes formales e incluso suelen desafiar la condición sísmica existente en el centro del país. La verticalidad de sus formas es una. constante derivada de los altos costos que alcanza el suelo urbano en esta zona, donde incluso los terrenos con topograflas en extremo accidentadas alcanzan elevados precios; pues hay que pagar el privilegio de ubicarse en esos escaparates. Los materiales empleados en ellos son lo más novedosos que puede encontrarse en el mercado y muchas veces han sido directamente importados de Estados Unidos o de Europa ser utilizarlos especialmente en ellos. El pago de patentes por el empleo de tecnologías o de sistemas constructivos singulares tampoco ha sido un obstáculo para levantar estos pretenciosos edificios.
Una característica de estas urbanizaciones es la mezcla de usos del suelo, que hacen posible localizar edificios habitacionales junto a corporativos y a servicios, como hospitales y escuelas. No obstante, lo más singular consiste en que los diferentes géneros edificatorios no se distinguen entre ellos, es decir, son formalmente semejantes. El énfasis en la verticalidad, el empleo de materiales novedosos y la adscripción a alguna corriente arquitectónica en boga son algunos de los elementos que les dan un grado de similitud y dificulta la identificación de su uso, lo cual da como resultado una ciudad anodina, en evidente contradicción con la pretendida búsqueda de singularidad que supuestamente está atrás de su diseño.
La falta de jerarquías urbanas en estos fraccionamientos se agudiza por la falta espacios públicos más allá de las calles y si acaso su centro urbano lo constituye un mall y el estacionamiento de vehículos ubicado a su alrededor, cuando es el caso. Otra de las características de estos sitios es que en todas sus construcciones se busca evitar el contacto con el exterior y con sus vecinas; es decir, se constituyen en ámbitos individualizados, en los cuales se recogen las prácticas de autoconfinamiento usuales en las colonias y fraccionamientos cerrados de las últimas décadas del siglo XX. Así, se fortalece una tendencia reciente a la negación del espacio urbano, la cual irremediablemente cambia las formas de habitar.
Estos edificios habitacionales son de tipo departamental y la forma de propiedad es en condominio, lo que implica, como es sabido, la posesión individual de la vivienda y la colectiva de los indivisos o espacios comunes, para cuya conservación y mantenimiento es menester el pago periódico de una cuota. Los departamentos pueden tener diferentes características de superficie y tipo y número de dispositivos, pero todos por igual comparten una diversidad de equipamientos y servicios colectivos.
Mayoritariamente, los interiores de estos departamentos suelen ser de rasgos minimalistas; es decir, formas simples y materiales a la moda, como maderas (naturales o laminadas) en tonos claros, aplicaciones metálicas, fluidez entre los espacios (sala, alcoba, comedor, cocina) y ventanales que permiten una perspectiva indistinta hacia el exterior. Algunos componentes como la iluminación y mecanismos para la apertura de puertas y cortinas están automatizados, cuentan con conexiones a Internet o incluso puede haber alguna habitación destinada a centro de cómputo, desde la cual eventualmente se podrán operar o programar diferentes dispositivos de confort, entretenimiento o comunicación. No obstante, rara vez poseen una organización espacial que les confiera alguna diferencia significativa con las casas convencionales.
Las verdaderas particularidades de estas arquitecturas radican en el conjunto -de servicios que ofrecen a los vecinos para obtener exclusividad y seguridad. Además de los servicios colectivos frecuentes en los edificios departamentales, como pueden ser estacionamientos, circulaciones y eventualmente áreas ajardinadas, la mayoría de las veces cuentan_ con salones de fiesta, juegos infantiles, gimnasio, alberca, spa, canchas de tenis, sala de juntas y sala de Internet. No obstante, muchos de estos equipamientos suelen ser más un atractivo para la venta que realmente eficientes; sus dimensiones son reducidas o sus capacidades insuficiente y suelen estar decorados con plantas y pastos simulados, además de otros artificios.
Empero, inicialmente cumplen con la finalidad de proporcionar a sus moradores un mundo perfecto, aislado de quienes no tienen el mismo nivel social y económico y, por tanto, representan un peligro. Sus formas arquitectónicas -ya se ha dicho-, a pesar de su presunta. singularidad tienden a mimetizarse con otros edificios habitacionales y de oficinas. Pareciera ser que en el fondo estas arquitecturas ofrecen el anonimato, la seguridad llevada al extremo y una negación de la realidad social y urbana.
Aún de escasa presencia, pero en franco incremento, estos agrupamientos verticales de vivienda son una más de las manifestaciones de la fragmentación y "guetización" que sufre la urbe actual, a la vez que resultan en un excelente caldo de cultivo para una sociedad egoísta y acobardada. Las colonias y fraccionamientos cerrados son expresiones similares a estos grandes inmuebles, en donde priva el interés particular o de grupo, amén de una evidente falta de sensibilidad social, a las que igualmente han contribuido las tecnologías de comunicación contemporáneas que han aportado su cuota para la creación de un mundo de ficción, ante el cual no es posible permanecer indiferentes por más tiempo.
Bibliografía
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