Tiempo de conflictos. Guerra y revolución (1914-1918)




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fecha de publicación03.03.2016
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INSTITUCIÓN EDUCATIVA

MARIA AUXILIADORA

CIENCIAS POLÍTICAS Y ECONÓMICAS

GRADO UNDÉCIMO
Tiempo de conflictos. Guerra y revolución (1914-1918).

La preparación de la Gran Guerra

A pesar del alto grado de desconfianza entre las naciones europeas y del patente clima bélico tras el segundo conflicto balcánico (1912-1913), en 1914 ninguna de las grandes potencias deseaba una guerra generalizada. La historiografía actual coincide en este punto y subraya que tras cada una de las crisis previas los gobiernos de las naciones menos afectadas intentaron calmar a los más inquietos. Además, en ningún país se creía seriamente en la posibilidad del estallido de una gran guerra, a pesar de que ciertas apariencias indiquen lo contrario. Es cierto que Alemania disponía de un plan militar de carácter ofensivo (Plan Schlieffen), pero otros países, preocupados asimismo ante el riesgo de una posible guerra, habían adoptado precauciones similares. Para contrarrestar una hipotética invasión alemana por Bélgica, Francia había elaborado su propio plan militar, y por razones parecidas (la defensa de su imperio y de su predominio marítimo frente a la creciente competencia alemana) el Reino Unido había reforzado su armada e incrementado notablemente los gastos militares, los cuales pasaron de 32 millones de libras en 1887 a más de 77 en 1913-1914. Todo esto era resultado de la política de rearme característica del momento, pero no tenía una finalidad ofensiva inmediata, ni siquiera en el caso de Alemania. Sin embargo, un hecho de importancia secundarla en sí mismo (el asesinato en Sarajevo el 28 de junio del heredero a la corona austríaca, el archiduque Francisco Fernando, y de su esposa) desencadenó las hostilidades y provocó una guerra completamente distinta, por su extensión, intensidad y capacidad destructivo, a las hasta entonces conocidas.

La situación interna de Francia y el Reino Unido, ante el anuncio de la guerra provocó que los políticos se apresuraran a lanzar llamamientos a favor de la "unión sagrada' de la nación. En todas partes, la declaración de guerra fue acogida con entusiasmo por la mayoría de los hombres en edad de batirse. Las masas asumieron enseguida que la guerra debería salvaguardar los intereses reales de la nación y quedaron imbuidas de un profundo espíritu patriótico. La guerra era para ellas, además, una liberación ante las profundas insatisfacciones sociales que habían dado lugar a tantas huelgas y manifestaciones violentas en los años anteriores. Los gobiernos creyeron encontrar una válvula de escape ante la presión social y los sectores más miserables vieron llegada su oportunidad de integrarse en una sociedad que los tenía marginados en barrios urbanos paupérrimos o en condiciones lamentables en el campo. En suma, la población europea, sin distinciones nacionales, atribuyó a la guerra una especie de capacidad demiúrgica para acabar con los pecados de la época de paz: individualismo, materialismo, cinismo, incertidumbre, carencia de objetivos, tedio. Esta "guerra imaginada" no fue, en absoluto, la causa del conflicto real, sino su consecuencia más próxima, pero delata un estado de ánimo en Europa proclive a aceptar cualquier cosa extraordinaria. Incluso la Internacional Socialista, distinguida por su pacifismo, participaba de este ambiente antes de su fracaso oficial en evitar la guerra. Los dirigentes socialistas, como la mayoría de los políticos, no pensaron que el atentado de Sarajevo desatara un conflicto generalizado, pero en el verano de 1914 muchos de ellos introdujeron un matiz sustancial en sus discursos: si hasta ahora descargaban toda la responsabilidad de sus problemas en la clase dirigente del propio país, a partir de este momento achacaron esa carga a las clase dirigente de las naciones enemigas.

Así pues, la constatación de que numerosos colectivos sociales, desde los patronales a los de la clase obrera, no deseaban la guerra en 1914 carece de verdadera importancia a la hora de explicar su estallido. En realidad, la situación creada en Europa en los años anteriores era propicia para que se produjera la guerra en el momento en que fallaran los débiles elementos que mantenían la paz. Poco importa, en este sentido, que el detonante fuera el atentado de Sarajevo o cualquier otro hecho.

La Guerra Mundial no se explica sin las transformaciones operadas en los decenios anteriores. La expansión imperialista y las alteraciones del sistema económico mundial acentuaron las disputas entre las grandes naciones y, aunque en gran medida se resolvieron mediante acuerdos, contribuyeron a crear un espíritu de rivalidad que fue alentado por la prensa y por esta razón se extendió a las masas en cada país. Esas masas, a su vez, acentuaron sus reivindicaciones políticas y forzaron a los gobiernos a prestarles atención en un grado desconocido hasta entonces, pero las masas, asimismo, recurrieron a la huelga de larga duración y a las manifestaciones multitudinarias para plantear sus exigencias, y los gobernantes, con frecuencia desbordados, se vieron obligados a realizar concesiones. Para apaciguar el movimiento reivindicativo de las masas, los gobiernos acentuaron las "virtudes" y los "logros" nacionales, fortaleciendo de esta forma un sentimiento nacionalista que hallará sus más firmes apoyos en grupos tradicionales mal adaptados a la nueva situación o muy preocupados por la pérdida de su posición social y política. Pero junto a este nacionalismo estatal, de carácter eminentemente conservador, se abrió camino un nacionalismo no estatal, fundamentalmente reivindicativo y, en ocasiones, modernizador. Desde el final del siglo xix no sólo se agravó la protesta nacionalista en los países balcánicos, acentuada al inicio del siglo a causa del nuevo programa político impuesto por la revolución de los "jóvenes turcos" en el Imperio otomano, sino que también se reforzó la acción política del nacionalismo irlandés, en lucha permanente con el gobierno de Londres, el alsaciano y el de otras partes de Europa (Cataluña, País Vasco), donde el nacionalismo se presentó como una opción política modernizadora frente al anquilosamiento de los sistemas vigentes.

A comienzos del siglo xx existían muchos signos de transformación en Europa que los regímenes políticos, tanto las democracias liberales como los menos evolucionados, fueron incapaces de incorporar satisfactoriamente al sistema. Por otra parte, el discurso de los líderes políticos y sociales abundó en el recurso a la acusación para diluir las propias responsabilidades: los políticos atribuyeron el deterioro social del país a los socialistas y al movimiento obrero en general, logrando convencer de ello a buena parte de la burguesía, hasta obsesionaría con el peligro revolucionario; los líderes obreros no cesaron de acusar a los gobiernos y a la patronal, y estos últimos no ahorraron invectivas contra el internacionalismo (fuera proletario o masónico) y contra los otros Estados, presentándolos en los momentos de crisis como otros tantos obstáculos para el desarrollo de la propia nación. En el generalizado empeño por hallar culpables, alcanzó fortuna el antisemitismo y, si en algunos países, como en Rusia, se alentaron programas desde las más altas instancias de poder, en casi todos los demás gozaron de popularidad las tesis sobre la desigualdad racial y el desprecio hacia los judíos. El vitalismo, la valoración de lo irracional y otras actitudes mantenidas por pensadores y artistas reforzaron un cuadro propicio al movimiento de masas y a la convulsión social, aprovechado por sectores conservadores para ensalzar la guerra como medio de purificación del país. En Alemania y Austria se extendió el pangermanismo; pero en Francia predicaba la guerra con idéntico entusiasmo Action Francaíse; en Italia, los jóvenes nacionalistas de derecha, con D'Annunzio como personaje relevante; en el Reino Unido adoptaban posturas similares la Liga Naval y la redacción del Times. Con todos sus matices, porque no cabe entenderlo como fenómeno homogéneo, el nacionalismo se convirtió de hecho, a principios de siglo, en el movimiento político más relevante. Esto ha movido a algunos estudiosos a considerarlo como la causa central y principal de la Primera Guerra Mundial, atribuyéndole mayor incidencia que a las disputas diplomáticas y a los problemas políticos internos de los países comprometidos

La práctica política de los gobiernos no fue en absoluto ajena a todo lo dicho y a ella corresponde el protagonismo en la creación de dos situaciones que incidieron de modo directo y determinante en el estallido de la guerra, que son consecuencia del aludido ambiente nacionalista: las políticas de rearme y la consolidación de los bloques de alianzas. Alarmados por las crisis prebélicas (los conflictos en Marruecos y las guerras en los Balcanes) todos los gobiernos incrementaron la carrera de armamentos y aceleraron el militarismo en la opinión pública para recibir el apoyo necesario y, al mismo tiempo, reforzaron las alianzas. A pesar de la resistencia de Austria e Italia, Alemania logró en 1912 renovar la Triple Alianza por seis años y también en 1912 se reforzó el otro bloque, la Triple Entente, cuyos estados mayores entablaron conversaciones sobre auxilio militar mutuo. A partir de entonces se creó la circunstancia que hizo posible la guerra: los dos bloques de alianzas estaban tan sólidamente establecidos que los gobiernos no pudieron controlar su actuación cuando las disputas internacionales abocaron al conflicto. Esto es lo que sucedió en 1914, aunque podría haberse producido uno o varios años antes, pues salvo el incidente de Sarajevo nada especialmente relevante ocurrió en aquella fecha.

La colisión de influencias en los Balcanes tuvo indudable importancia en 1914, como lo demuestra el hecho de que el suceso de Sarajevo hiciera aflorar, de modo conjunto, el antagonismo arrastrado entre las grandes potencias desde tiempo atrás. Este acontecimiento suscitó con mayor virulencia que en cualquier otra ocasión el enfrentamiento histórico entre Rusia y el Imperio austro-húngaro, pues uno y otro supusieron que la mínima cesión por su parte implicaba un grave retroceso internacional y conllevaría serios problemas internos: Rusia perdería su condición de protector del eslavismo, ahora más necesaria que nunca para un régimen desprestigiado tras la derrota ante Japón y acosado por los movimientos revolucionarios internos, y Austria-Hungría se exponía a una convulsión en sus propias estructuras, dado el carácter centralista y multinacional del imperio. La pertenencia de ambos antagonistas a los dos bloques de alianzas suscitó, casi de forma automática, otros enfrentamientos históricos. Por una lado, el ya tradicional entre Francia y Alemania, recrudecido a causa de las crisis marroquíes y aumentado constantemente por la disputa de Alsacia-Lorena, asunto un tanto relegado a segundo plano en las relaciones diplomáticas bilaterales, pero que continuaba nutriendo el nacionalismo en ambos países y contribuía a enfervorizar el militarismo popular. Por otra parte, la rivalidad más reciente, pero quizá de mayor envergadura, entre Alemania y el Reino Unido, suscitada por la disputa de la hegemonía económica mundial y por la escalada naval emprendida por ambos países pensando en un enfrentamiento posible con el otro, asunto que contribuyó de forma decisiva a impulsar las políticas de rearme en toda Europa.

La expresión de estos antagonismos en dos bloques de alianza consolidados hizo imposible cualquier compromiso en el verano de 1914, una vez que Austria-Hungría y Serbia, ésta con el apoyo explícito de Rusia, mostraron la máxima rigidez en el mantenimiento de sus pretensiones. Basados en que el arma utilizada por Gavrilo Prinzip, el asesino de la pareja imperial en Sarajevo, era de procedencia serbia y que ciertos oficiales de ese país habían participado en la preparación del atentado a través de la organización "Mano Negra', el gobierno y el estado mayor austríacos consideraron llegado el momento para castigar a Serbia y la culparon del atentado. El gobierno serbio no había tenido nada que ver en el asunto e incluso había advertido a Viena de la posibilidad de un suceso inesperado durante el viaje del príncipe heredero a Bosnia, pero Austria consiguió extender por Europa su acusación y recurrió de inmediato a Alemania en busca del apoyo decisivo para acabar con Serbia. El 5 de julio, el emperador Francisco José escribió con toda claridad sus intenciones a Guillermo II: "La paz no se convertirá en una certidumbre hasta que Serbia desaparezca como potencia en los Balcanes. La política de paz emprendida por todos los monarcas europeos quedará comprometida en tanto que ese foco de agitación criminal quede impune". Al día siguiente, el gobierno de Berlín responde con este telegrama: "En cualquier caso Rusia será hostil [...] y Viena debe tener la seguridad de que si estalla la guerra entre Rusia y Austria-Hungría, Alemania estará al lado de su aliado. Por otra parte, Rusia está lejos de estar preparada para la guerra... por lo que sería lamentable que Austria no sacara partido de las circunstancias presentes, tan favorables...... Amparada en estas seguridades, el 23 de julio Austria-Hungría lanza un ultimátum a Serbia, exigiendo el cese de la propaganda hostil, la destitución de los oficiales y funcionarios supuestos responsables del atentado de Sarajevo y la apertura de una investigación judicial sobre el caso con participación de delegados del gobierno de Viena. Como ultimátum es generalmente interpretado como amenaza a la soberanía serbia, Rusia reacciona el 25 de julio expresando su firme apoyo a Serbia. Ese mismo día el Reino Unido inicia el primero de sus intentos, todos vanos, para comprometer a Alemania a apaciguar el conflicto. Alemania no comunica a Viena la gestión británica y una vez finalizado el plazo del ultimátum, el 28 de julio, Austria-Hungría declara la guerra a Serbia. El día 30 Nicolás II ordena la movilización general en Rusia, y Austria-Hungría responde con la misma medida un día más tarde. El primero de agosto Alemania hace lo propio y declara la guerra a Rusia. A partir de ese momento se produce una cascada de declaraciones bélicas: Alemania contra Francia y Bélgica (día 3), el Reino Unido contra Alemania (día 4), Austria-Hungría contra Rusia (día 5), Serbia contra Alemania (día 6), Francia contra Austria (día 11), el Reino Unido contra Austria (día 13). El día 20 el conflicto sale de Europa: Japón declara la guerra a Alemania, la cual responde con la misma moneda dos días después. El 2 de noviembre Turquía entra oficialmente en el conflicto declarando la guerra a Francia, el Reino Unido y Rusia.

Antes de finalizar 1914, quedan constituidos los dos bloques contendientes en una guerra que por la participación en ella de Japón y el compromiso de las colonias tiene desde su inicio extensión mundial. La Triple Alianza, reducida a Alemania y Austria-Hungría, pues Italia abandona su compromiso e inicialmente se mantiene al margen de las hostilidades, cuenta con el apoyo de Turquía y de Bulgaria. Los componentes de la Triple Entente (el Reino Unido, Francia y Rusia) mantuvieron su unidad y junto a ellos se alinearon en el primer momento Serbia, Bélgica y Japón y más tarde Rumania, Grecia, Portugal, Italia (el 23 de mayo de 1915) y en 1917, Estados Unidos, cuyo concurso arrastra a las repúblicas americanas de Bolivia, Perú, Brasil y Uruguay. En Europa sólo unos pocos países permanecieron neutrales: Suiza, España, Holanda, Dinamarca, Noruega, Suecia y Albania.

El desarrollo del conflicto

Alemania tomó la iniciativa de las operaciones militares. El estado mayor había previsto comenzar con una gran ofensiva contra Francia a través de Bélgica y, mientras durara esta operación ("seis semanas", según los cálculos), las tropas austro-húngaras impedirían en el Este cualquier movimiento del ejército ruso. Una vez lograda la sumisión de Francia, principal objetivo inicial, se concentrarían los esfuerzos en el frente oriental para acabar con Rusia. Por su parte, Francia proyectaba atacar a Alemania en Alsacia y Lorena, con el fin de dividir al ejército imperial. En ambos casos se creyó que la guerra sería breve, pues se confió en la capacidad operativo deparada por el ferrocarril y los automóviles para el transporte de tropas, en la eficacia de nuevas armas, como la artillería pesada de precisión, la ametralladora y la aviación, y en las posibilidades logísticas derivadas del teléfono y el telégrafo.

Los hechos parecieron corroborar, al comienzo, el plan alemán. El 16 de agosto las tropas alemanas ocupan Lieja, lugar donde se ensayó por primera vez el bombardeo aéreo mediante los dirigibles Zeppelin, y cuatro días más tarde, una vez dominada Bélgica, invaden Francia. El ejército francés lanza varios contraataques, pero no consigue hacer retroceder a los alemanes. La guerra ha comenzado en la zona fronteriza (de ahí la denominación de esta primera fase como "guerra de las fronteras") con victoria de Alemania. Todo hacía presagiar una escasa duración de las operaciones militares, pero la inicial victoria alemana había sido incompleta, pues no había roto la cohesión del ejército francés, el cual, con la ayuda británica, consigue en la batalla del Marne parar el avance alemán hacia París. Este contratiempo obliga al estado mayor alemán a efectuar distintos movimientos para desbordar al contrario, maniobra emprendida asimismo por el ejército franco-británico con idéntico objetivo. Tales operaciones dieron como resultado la ampliación del frente y el desplazamiento de tropas hacia el Norte (es lo que se conoce como "la carrera hacia el mar"). En noviembre el frente se extiende desde el Mar del Norte hasta Suiza y ninguno de los contendientes consigue superar al contrario, por lo que ambos disponen de tiempo para fijar la propia posición, presentando todo tipo de impedimentos a los movimientos del enemigo. Se cavan trincheras, se construyen alambradas y la artillería lanza continuos bombardeos contra las posiciones adversarias para posibilitar el ataque de la infantería. La estrategia, sin embargo, depara escasos resultados, pues a pesar de la dureza de las acciones y del empleo masivo de hombres en cada una de ellas (las bajas se cuentan por millares) el avance es siempre muy limitado. Estas condiciones imprimen un giro a las operaciones militares y obligan a cambiar la estrategia: a partir de ahora el protagonismo corresponderá a la artillería pesada, pues se ha demostrado la escasa capacidad ofensiva de la infantería y, además, quedan desvanecidas las esperanzas de una guerra corta.

Así pues, a partir de diciembre de 1914, la guerra toma un nuevo sesgo en el frente occidental. Los dos ejércitos enemigos se consolidan en sus respectivas posiciones, separados por una estrecha franja de pocos kilómetros, sin que uno u otro logre la ruptura del frente contrario. Todo sucede en las trincheras (es la "guerra de posiciones"), sin obtener avances significativos. Hasta febrero de 1916 ambos ejércitos utilizan masivamente la artillería pesada y recurren a nuevas armas para destruir al contrario: la granada de mano, la aviación, el mortero, las armas químicas... El cambio de táctica exige un gran esfuerzo por parte de la industria armamentística y el empleo creciente de efectivos humanos. A partir de ahora se piensa que el éxito dependerá en gran medida de la capacidad industrial de los contendientes y de la disponibilidad de soldados. La vieja idea, asentada desde la época napoleónica, de librar la guerra mediante ofensivas de la infantería desarrolladas con audacia y a toda costa hasta conseguir aniquilar al enemigo ha quedado completamente desfasada. Estamos ante una forma nueva de hacer la guerra.

A diferencia del estancamiento producido en el frente occidental, en el oriental se registró una extraordinaria movilidad de los ejércitos. Mediante el empleo masivo de hombres, Rusia comenzó las operaciones con éxito en 1914 y Serbia consiguió rechazar al ejército invasor austríaco. Al año Siguiente, Alemania decide reforzar sus efectivos en la zona y lanzar una gran ofensiva contra Rusia para provocar su retirada de la guerra. Con el fin de garantizar la operación, Alemania utiliza el gas en el frente occidental (el 22 de abril) con el objetivo de amedrentar al ejército franco-británico. En 1915, por tanto, la atención preferente se centra en el frente oriental, donde operan nuevos países comprometidos ahora en la guerra (Italia, en el bloque de la Triple Entente, y Bulgaria en el contrario). Como sucediera en el Oeste, las tropas alemanas y austro-húngaras obtienen inicialmente grandes éxitos y ocupan Polonia, Galicia y Lituania, demostrando clara superioridad táctica y logística sobre el ejército ruso, en el que causan una auténtica masacre que tendrá acusada incidencia en la política interna. Las operaciones militares favorables a los imperios centrales se sucedieron a lo largo de 1915. Al Final del año, el ejército austríaco ha logrado contener los ataques de Italia; Serbia ha sido ocupada y su ejército, con el rey Pedro I al frente, obligado a replegarse a Albania en una retirada con caracteres épicos; Rusia está muy debilitada y aunque franceses y británicos dominan en el mar, no consiguen enlazar con el ejército ruso.

La guerra en el frente oriental se ha desarrollado con grandes pérdidas humanas en las acciones militares, pero también han tenido lugar actos de barbarie inusitados contra la población civil, el más espectacular de ellos es el exterminio del pueblo armenio. Amparado en la excusa de la participación de armenios en el ejército ruso y la constitución de grupos operativos de partisanos de la misma nacionalidad contra las tropas turcas, el 2 de junio el gobierno turco ordenó "exterminar a los armenios que habitan en el imperio turco, sin exceptuar mujeres, viejos... Es necesario poner fin a su existencia'. El asesinato de aproximadamente un millón y medio de armenios ha quedado como uno de los rasgos más sanguinarios de esta guerra, cuyo desarrollo fue paulatinamente demostrando la implicación de la población civil y la facilidad con que se traspasaban los límites militares convencionales.

En 1915 se recrudecen las operaciones marítimas, hasta ahora muy limitadas, pues únicamente el enfrentamiento en el Atlántico de las flotas británica y alemana en noviembre-diciembre de 1914 se había resuelto en auténticas batallas navales, con resultados inciertos para ambas partes. El 18 de febrero de 1915 se dio un paso adelante cualitativo al declarar Alemania "zona de guerra' las aguas circundantes de las islas británicas y anunciar la destrucción de los barcos mercantes de los países enemigos, advirtiendo que también los navíos neutrales podrían ser atacados. Ante la firme protesta de Estados Unidos, el gobierno alemán rectificó la última disposición, ofreciendo garantías a los barcos de los países no beligerantes una vez verificada su nacionalidad, pero se había dado el primer paso hacia el recrudecimiento de la guerra naval, pues Francia y el Reino Unido replicaron decretando el bloqueo marítimo de Alemania y en la práctica no se respetó a los neutrales: a partir de marzo, los submarinos alemanes atacaron varios de estos navíos, entre ellos algunos que transportaban viajeros, causando la muerte a centenares de personas, entre ellas un buen número de ciudadanos norteamericanos. Estos hechos tuvieron amplio eco en la opinión pública mundial, cada vez más indispuesta hacia Alemania, e influyeron notablemente en la actitud de Estados Unidos.

Al comienzo de 1916 la guerra ha adquirido ya una considerable envergadura y, por su incidencia en la población civil, ha demostrado su carácter de acontecimiento novedoso, pero en el terreno estrictamente militar ninguno de los dos bandos ha conseguido resultados definitivos. En busca de ellos, los altos mandos contendientes deciden llegado el momento de lanzar una gran ofensiva contra el enemigo en occidente. Para los alemanes, la clave consiste en destruir al ejército francés mediante un ataque masivo en Verdún; para los aliados franco-británicos hacer lo propio con el alemán lanzando una gran ofensiva en el Somme. Los alemanes inician su plan en febrero. La ofensiva resulta espectacular por el empleo de medios materiales y humanos y su duración (131 días), pero los resultados desde el punto de vista militar fueron nulos, pues Alemania no consiguió acabar con el ejército enemigo ni romper el frente. Mientras se desarrolla la batalla de Verdún sucede en el frente oriental un hecho inesperado: en junio, el general ruso Brusilov lanza un ataque en un amplio frente de 150 kilómetros alrededor de Lutz obligando a los austro-húngaros a retroceder y a los alemanes a reforzar sus efectivos en el frente oriental. Aunque al final la ofensiva rusa debe paralizarse a causa de las carencias de material bélico, ha constituido un alivio en Occidente para el mando aliado, que en julio decide atacar a los alemanes por el Norte y el Sur del Somme con el objetivo de forzar su retirada. La batalla fue tan agotadora y mortífera como las otras, pero también fueron magros los resultados, pues no se logró romper el frente alemán. Coincidiendo con estas grandes operaciones terrestres, tiene lugar en Jutlandia la única gran batalla naval de esta guerra. El 31 de mayo se enfrentaron la flota alemana y el grueso de la británica. En la lucha participaron 250 navíos y se resolvió de modo favorable para los alemanes: sus pérdidas ascendieron a seis barcos y 2.551 hombres, frente a los 12 navíos y 6.094 marineros del enemigo. Pero, apunta Pierre Renouvin, el almirante alemán von Scherer fue consciente de que en esta ocasión la suerte le había ayudado y no se aventuró a enfrentarse de nuevo a la gran flota británica. A partir de ahora los acorazados alemanes no salieron de los puertos.

Las grandes operaciones de desgaste de 1916 demostraron una vez más que el desarrollo del conflicto no se ajustaba a las previsiones estratégicas de los mandos militares de ambos bandos. La nueva faz que iba tomando la guerra les superó ampliamente y cada operación era un fracaso, a pesar de que la población entera de los países beligerantes se puso a la completa disposición de sus ejércitos y procuró atender sus crecientes demandas de hombres y de material bélico, formuladas en cantidades hasta entonces impensables. En los frentes se reunieron masas ingentes de soldados, pero cada acción originaba espectaculares matanzas (sólo en la de Verdún murieron 240.000 combatientes del ejército alemán y 275.000 del aliado, y en la ofensiva del general Brusilov hubo más de un millón de bajas). Poco a poco fue decayendo el espíritu patriótico de 1914 y los pacifistas, sobre todo los socialistas, incrementaron sus protestas contra la "carnicería del frente". También crecieron las críticas hacia los respectivos gobiernos y hacia los jefes de los ejércitos, aunque la censura de prensa consiguió mitigarlas. En todos los países contendientes las masas quedaron imbuidas de una especie de sentimiento de resignación y, aunque mantuvieron su apoyo a la guerra, los acontecimientos bélicos les fueron demostrando día a día el clamoroso fracaso de su clase dirigente. Los soldados constataron que a pesar de los adelantos técnicos y de la utilización de armas novedosas, como los dirigibles, el gas venenoso y la artillería de precisión, sus jefes les obligaban a acometer al enemigo con rifles y bayonetas, lo que les hacía sumamente vulnerables y por eso caían a millares en el frente.

En septiembre de 1915 se reunieron en la ciudad suiza de Zimmerwald representantes socialistas de los países beligerantes de ambos bandos, entre ellos los exiliados socialdemócratas rusos Lenin, Trotski y Radek. Se aprobó un manifiesto contra la "unión sagrada' establecida por las fuerzas políticas de las naciones en guerra y se proclamó la necesidad de proseguir en la lucha de clases y acabar con la guerra, pero su repercusión fue muy limitada. Los dirigentes socialistas alemanes y franceses no publicaron el manifiesto en sus países y las masas en general lo acogieron con indiferencia o, simplemente, lo desconocieron. No obstante, en algunos países se convocaron manifestaciones contra la guerra, como la que tuvo lugar en París en diciembre de 1915, y se constituyó una Comisión de la Internacional Socialista encargada de hacer propaganda pacifista. En mayo de 1916 se reúnen de nuevo en Suiza, en la ciudad de Kienthal, los representantes de la II Internacional, aunque por Francia sólo asisten tres diputados socialistas que no representan oficialmente a su partido. La finalidad de esta segunda conferencia consistía en establecer medios prácticos para llegar a la paz. Como en Zimmerwald, Lenin consiguió la mayoría de votos y se aprobó una resolución instando a los obreros de los países beligerantes a rechazar toda colaboración con sus gobiernos y a emprender acciones "por todos los medios posibles" para acabar con la guerra. En este caso la idea pacifista alcanzó mayor repercusión, pero la censura logró mitigar el efecto del manifiesto internacionalista. El esfuerzo de los socialistas quedó, de momento, sin consecuencias, salvo en Rusia, donde la agitación política y social obtuvo avances considerables.

A finales de 1916, los progresos del pacifismo son evidentes en toda Europa. También es patente en todos los países contendientes la creciente impaciencia de la población, espoleada por las dificultades cotidianas provocadas por el desarrollo de la guerra. Los bloqueos marítimos, más intensos a medida que transcurren los meses, dificultan el abastecimiento y en todas partes sube el coste de la vida por encima de los salarlos, sobre todo en Alemania, donde estos últimos aumentaron un 25% entre 1914 y 1916, mientras que los precios de los alimentos se duplicaron. En los demás países sucede algo similar a causa del encarecimiento de los transportes y del incremento de los precios pagados a los países neutrales por los artículos de primera necesidad. El esfuerzo para suministrar material bélico al frente y garantizar la subsistencia de la población crea una situación financiera caótica. Todos los Estados emitieron papel moneda sin fondos de reserva suficientes y al mismo tiempo trataron de vender bonos al público con la esperanza, de que el dinero así recaudado ocupara el lugar del gasto público. De este modo se incrementaba el ahorro inducido y los gobiernos podían adquirir los productos de guerra precisos sin aumentar la demanda total de bienes y servicios, con lo que se pensaba que se evitarían los efectos económicos negativos más importantes. Como se demostró al final de la guerra, también en este punto el fracaso fue clamoroso y la inflación no sólo no se contuvo cuando llegó la paz, sino que se incrementó. Para financiar la guerra, se subieron en todas partes los impuestos sobre la renta, los beneficios, las plusvalías y los artículos de consumo sin seguir un diseño coherente, pero tampoco este medio se demostró suficiente y hubo que recurrir al endeudamiento exterior. Francia y el Reino Unido solicitaron préstamos a Estados Unidos y a la banca Internacional, mientras que las colonias británicas (Canadá, Nueva Zelanda) y Rusia los solicitan a Francia y al Reino Unido. Alemania y Austria-Hungría tuvieron mayores dificultades para obtener dinero del exterior y acentuaron la presión fiscal. El hambre se dejó sentir en todas las ciudades, pero sobre todo en las de los imperios centrales, donde la población con menos recursos se vio obligada a recurrir a medios degradantes para obtener algún alimento y a partir de 1915 se impusieron las cartillas de racionamiento para los productos de primera necesidad.

La incidencia económica de la guerra fue dispar según los territorios y sectores sociales. En general, la producción agraria descendió en todos los lugares a causa de la leva masiva de campesinos y Alemania practicó la requisa de cosechas en los territorios ocupados, pero el incremento de precios favoreció a los propietarios agrarios, sobre todo a los franceses. También los obreros e industriales que permanecieron en la retaguardia vieron incrementados sus salarios y desapareció completamente el paro. La situación de las clases medias urbanas, sin embargo, empeoró de forma acusada en todas partes, sobre todo cuando era movilizado el cabeza de familia, la única persona que proporcionaba ingresos regulares. En Alemania, sobre todo, se extendió la sensación de que los obreros vivían mejor que los funcionarios del Estado, los profesionales liberales, los artesanos y los pequeños propietarios urbanos. La percepción de esta nueva "desigualdad social" provocada por la guerra adquirió dimensiones políticas debido al fortalecimiento de los sindicatos obreros, pues la necesidad de garantizar a toda costa la producción de material bélico propició que se otorgara a los sindicatos amplias facultades en las fábricas. Cuando a finales de 1916 el sindicalismo de inspiración socialista difundió los comunicados pacifistas de las conferencias de la II Internacional, las clases medias comenzaron a sospechar de un boicot obrero al patriotismo. Así nació la teoría de la "puñalada por la espalda', que tras la guerra gozó de amplia popularidad en Alemania y tuvo mucho que ver en la extensión del nazismo.

La convulsión social provocada por la guerra se notó de forma especial en las mujeres. Al principio la propaganda oficial las presentó como fuente de patriotismo para los maridos, novios e hijos. La mujer aparecía en los carteles publicitarios despidiendo con entereza a los hombres destinados al frente y al mismo tiempo dispuesta a proporcionar los hijos necesarios para reemplazar las pérdidas humanas ocurridas en el campo de batalla. Algunas mujeres, muchas de ellas pertenecientes a las clases acomodadas, dieron un paso más y acudieron al frente a cuidar a los heridos o trabajaron en los hospitales de retaguardia, pero donde se demostró de forma más patente el nuevo papel de la mujer fue en las labores agrícolas y en las fábricas. La movilización general de hombres por los ejércitos creó, tras los primeros meses de guerra, una angustiosa necesidad de mano de obra, si bien en Francia y el Reino Unido antes que a las mujeres se recurrió a inmigrantes. No obstante se incrementó el empleo de mujeres en las fábricas, pero en proporciones que no convine exagerar: en Francia la mano de obra femenina en la industria aumentó un 30% durante los años de guerra y en el Reino Unido pasó de constituir el 24% en 1914 al 28% en 1918, lo que muestra que el aumento no fue espectacular, como en ocasiones se ha afirmado. Alemania tuvo mayores dificultades para reorganizar la mano de obra y recurrió, en este caso de forma masiva, a las mujeres: entre 1913 y 1914 el empleo femenino en la industria pasó del 22 al 35%. A pesar de todo, la industria continuó en manos de los hombres, pero quedó demostrada la necesidad de recurrir a la mujer en trabajos hasta entonces vedados para ella (por ejemplo, revisoras de los autobuses urbanos) y la propaganda gubernamental la ensalzó por su heroicidad en el frente (las enfermeras abnegadas y valientes) o por su firmeza en la retaguardia al convertirse en el sostén de las familias. Todo esto no fue suficiente para que realmente se produjera un cambio profundo en la consideración hacia la mujer. Se mantuvo con toda claridad una diferencia entre el papel de los dos sexos en la guerra: el hombre seguía siendo el protagonista esencial, el que arriesgaba su vida directamente en la batalla, el que acababa con el enemigo, mientras que la mujer simplemente le ayudaba en su tarea y le reemplazaba temporalmente en la retaguardia durante su ausencia. De ahí que no se experimentara, a pesar de todo, avance alguno en el reconocimiento político de las mujeres (siguieron privadas del derecho al voto, aunque se le reconoció temporalmente en algún país) ni en su consideración legal, pues el cabeza de familia a todos los efectos continuó siendo el varón.

Uno de los efectos fundamentales de la creciente intervención económica de los Estados fue el establecimiento de prioridades productivas en función de las necesidades bélicas. Esto tuvo importantes consecuencias en el desarrollo de ciertos sectores industriales. El primero en beneficiarse fue el químico, por la urgencia en disponer de explosivos. Aunque el sector quedó profundamente afectado por la guerra al interrumpirse los intercambios con Alemania, de la cual procedía la mayor parte de la producción química, la intervención del Estado resultó decisiva para impulsar su actividad. En Francia y el Reino Unido se requisaron las empresas alemanas y se crearon organismos destinados a desarrollar una industria química propia. En octubre de 1914 el gobierno francés creó una oficina de productos químicos y farmacéuticos, en el Reino Unido se fundaron nuevas empresas y lo mismo sucedió en Italia. Mayor incidencia tuvo la guerra en el desarrollo de sectores industriales considerados hasta ahora secundarios, pero que pasaron a tener un valor estratégico, como la fabricación de vehículos de transporte terrestre, los tanques, la aviación y todo lo relativo a las telecomunicaciones. La industria del automóvil, inicialmente muy afectada por la guerra, se adaptó enseguida a la nueva situación. Algunas empresas reconvirtieron su producción dedicándose a la fabricación de obuses y fusiles (Renault, Citroën), pero en general se incrementó la demanda de vehículos para el transporte pesado y de motores de aviones. Esto propició un incremento de la producción y la modernización tanto de instalaciones como del sistema productivo (en todas partes se introdujo el sistema del trabajo en cadena), dejando al sector en una excelente posición para expandirse cuando llegó el tiempo de la paz. El estímulo de la guerra se notó aún más en la industria aeronáutica pues una vez que quedó demostrada la utilidad militar del avión, se procedió a su producción industrial. En 1 914 no existían en todo el mundo más de 5.000 aviones; en los años de la guerra se fabricaron más de 200.000 y, aunque no se introdujeron innovaciones técnicas apreciables, se consiguieron mejoras notables en fiabilidad de vuelo y consistencia de los aparatos. También en el sector de las telecomunicaciones y en particular en el de la radio, por la demanda de los ejércitos, se pasó rápidamente del estado casi artesanal del tiempo prebélico al desarrollo industrial. Al Final de la guerra se fabricaban en Europa aparatos de radio en serie utilizando tecnología importada de Estados Unidos.
TALLER DE LECTURA:


  1. Realice el glosario de las palabras en negrilla.

  2. Escriba una síntesis general de todo el documento.

  3. Describa cuales eran las condiciones sociales y políticas de Europa durante los años anteriores al inicio de la primera guerra mundial.

  4. Realice un mapa de Europa de principios del siglo XX en donde ubique los países pertenecientes a la triple alianza y a la triple entente, enfrentadas en la gran guerra.

  5. Explique cuáles fueron las diferentes etapas en las que se desarrolló la primera guerra mundial.

  6. ¿Cuáles fueron las consecuencias militares del desarrollo de la primera guerra mundial?

  7. ¿Cuál fue la incidencia económica de la guerra en las naciones Europeas?

  8. ¿Cuál fue el papel de la mujer en el desarrollo de la primera guerra mundial?

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