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P R E S E N T A C I Ó N


Los fragmentos reunidos en este libro constituyen una he-rramienta de trabajo adecuada para la realización de una tarea específica como es el abordaje de una «introducción a la filoso-fía». Es una herramienta que no funciona por sí misma y que re-quiere del trabajo de un «trabajador» si es que ha de reportar al-guna utilidad; es decir, reúne un conjunto de textos que requieren ser leídos, analizados, comentados, discutidos, criticados, desme-nuzados e incluso, destruidos. Con ellos se pretende aportar ma-teriales interesantes y a veces, divertidos, seleccionados de las obras de los filósofos mismos.

El orden de la selección es temático. Busca, en primer lu-gar, definir a la filosofía y su función. En segundo lugar, realiza un breve recorrido por las tesis principales de la gnoseología mo-derna, poniendo especial interés en problematizar la relación en-tre teoría y praxis. Finalmente, se explicitan algunas respuestas contemporáneas al problema.

El objetivo de esta selección es que nos encontremos con lo que los mismos filósofos han escrito, sin las mediaciones de los manuales o de los divulgadores. De ninguna manera preten-demos reducir el pensamiento de los filósofos a estos breves frag-mentos. Si nos vimos obligados a publicar esta selección se ha debido sólo a razones de practicidad, utilidad y reducción de cos-tos para aquellos que estando interesados por la filosofía no quie-ren hacer de ella una profesión. Esta selección tampoco tiene la intención de reemplazar una lectura más amplia de los autores si-no incentivarla.

Los textos han sido enriquecidos con notas y comentarios que facilitan la lectura y se les ha adicionado un glosario que ayude a aclarar los términos técnicos. Se han agregado preguntas y actividades con el fin de ayudar a una mejor comprensión y e-laboración.

Queremos agradecer especialmente a los alumnos de pri-mer año de la Licenciatura en Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Matanza durante los cursos de 1991-96 por sus sugerencias y críticas en las evaluaciones finales.

Ricardo M. Etchegaray

CAPÍTULO N1:
QUÉ ES LA FILOSOFÍA Y PARA QUÉ SIRVETextos sobre ¿qué es la filosofía?: Rousseau pp. 172-3.

Foucault Hist. de la sexualidad II p. 12
1. Todos los hombres son filósofos
Es preciso destruir el muy difundido prejuicio de que la filosofía es algo sumamen­te difícil por ser la actividad intelectual propia de una determi­nada categoría de científicos especialistas o de filósofos profesionales y sistemáti­cos. Es preciso, por lo tanto, demostrar, antes que nada, que todos los hombres son «filóso-fos», y definir los límites y los caracteres de esta «filosofía espontánea», propia de «todo el mundo», esto es, de la filosofía que se halla contenida: 1) en el lenguaje mismo, que es un con-junto de nociones y conceptos deter­minados, y no simplemente de palabras vaciadas de conte­nido; 2) en el sentido común, y en el buen sentido1; 3) en la religión popular y, por consi­guiente, en todo el sistema de creencias, supersti­ciones, opiniones, maneras de ver y de obrar que se manifiestan en lo que se llama general-mente «folclore».

Después de demostrar que todos son filósofos, aun cuando a su manera, inconscientemente, porque incluso en la más míni-ma manifestación de una activi­dad intelectual cualquiera, la del «lenguaje», está contenida una deter­minada concep­ción del mun-do*23, se pasa al segundo momento, el de la crítica y el conoci­miento, esto es, se plantea el problema de si:

¿Es preferible «pensar» sin tener conocimiento crí­tico, de manera disgre­gada y ocasional, es decir, «participar» de una con-cepción del mundo «impuesta» mecáni­camente por el ambiente externo, o sea, por uno de los tantos grupos sociales en que uno se encuentra in­cluido automáticamente hasta su entrada en el mundo cons­ciente (y que puede ser la aldea o la provincia, que puede tener origen en la parroquia y en la «actividad intelectual» del cura o del vejete patriarcal cuya «sabiduría» dicta la ley; de la mujercita que ha here­dado la sabiduría de las brujas o del peque-ño intelectual avinagrado en su propia estupidez e incapacidad pa-ra obrar), o es mejor elaborar la propia concepción del mundo de manera conscien­te y crítica, y, por lo mismo, en vinculación con semejante trabajo intelectual, escoger la propia esfera de acti-vidad, partici­par activamente en la elaboración de la historia del mundo, ser el guía de sí mismo y no aceptar del exterior, pasiva y supinamente, la huella que se imprime sobre la propia perso-nalidad?4
Antonio Gramsci, político e intelectual italiano nacido en Cerdeña en 1891 y muerto en 1937.
(1) ¿Qué quiere decir el autor al afirmar que "todos los hom-bres son filósofos"? (2) ¿Por qué se afirma que es un prejuicio el que la filosofía sea algo sumamente difícil? (3) ¿Dónde se halla contenida, según Gramsci, la «filosofía espontánea» propia de todo el mundo? ¿Por qué afirma tal cosa? (4) Ejemplifique el texto de Gramsci. (5) ¿A qué llama el autor "momento de la crítica"? (6) Diferencie la «filosofía espontánea» de la «filosofía crítica».
2. La conciencia de la ignorancia como condición del saber
El discurso transcripto a continuación es la defensa desarrollada por Sócrates ante el tribunal judicial que lo procesó, según la recreación que de él hizo Platón
Algunos de ustedes podría tal vez replicar: «Pero Sócrates, ¿cuál es tu ocupación? ¿Cómo se han originado estas ideas falsas acerca de ti? Pues, sin duda, si no te hubieras ocupado en algo más llamativo que lo que hacen los demás, no se habría generado tal fama ni se dirían tales cosas si no obrases de manera distinta que la mayoría. Dinos, pues, de qué se trata, para que no opinemos de ti con ligereza».

Me parece que el que dijera tales cosas hablaría con justicia, y precisa­mente intentaré explicarles qué es lo que me ha creado tal re-putación y tal falsa imagen. Escúchenme entonces. Quizá parezca a al-gunos de ustedes que bromeo; sepan, sin embargo, que les diré toda la verdad. En efecto, señores atenienses, por ninguna otra cosa que por una cierta sabiduría es que he adquirido esta reputación. Pero, ¿qué clase de sabiduría es ésta? Precisamente la que es de alguna manera sabiduría humana5. En ella sí me atrevo a decir que soy realmente sabio; probablemente, en cambio, aquellos que acabo de mencionar se-rían sabios en alguna sabiduría sobrehu­mana, o no sé qué decir [de ella]; yo, en efecto, no la poseo, y el que lo afirme miente y habla con una idea errónea. Por favor, no me interrumpan aunque les parezca que hablo con pedantería; pues no hablaré por mí mismo, sino que remitiré lo que digo a alguien digno de fe. Como testigo de mi sabiduría -si es que es sabiduría- y de cómo es ella, pongo al dios de Delfos6. Seguramente han conocido ustedes a Querefonte, cuánta pasión ponía en lo que emprendía. Pues bien, en cierta ocasión que fue a Delfos, se atrevió a preguntar al oráculo7... pero repito, señores, no me vayan a interrum­pir; preguntó si había alguien más sabio que yo. La pitonisa le respondió que no había nadie más sabio. Y acerca de estas cosas puede testimoniar su hermano, aquí presente, ya que Querefonte ha muerto. Dense cuenta ustedes por qué digo estas cosas: les voy a mostrar, en efecto, de dónde se ha originado la falsa imagen de mí. En efecto, al enterar­me de aquello reflexionaba así: «¿Qué quiere decir el dios y qué enigma hace? Porque lo que es yo, no tengo ni mucha ni poca concien-cia de ser sabio. ¿Qué quiere decir, entonces, al afirmar que soy el más sabio? No es posible, sin embargo, que mienta, puesto que no le está permiti­do». Y durante mucho tiempo dudé acerca de lo que quería de-cir, hasta que con grandes escrúpulos me volqué a su investigación, de la manera siguiente. Fui al encuen­tro de los que eran considerados sabios, en el pensamiento de que allí -si era posible en algún lado- refutaría* la sentencia del oráculo, demostrándole que «éste es más sabio que yo, aunque has dicho que lo era yo». Ahora bien, al exami-nar a aquel con quien tuve tal experiencia -no necesito dar el nombre: era un político-, señores atenienses, y al dialogar con él, experimenté lo siguien­te: me pareció que muchos otros creían que este hombre era sa-bio, y sobre todo lo creía él mismo, pero que en realidad no lo era. En seguida intenté demos­trarle* que aunque él creía ser sabio, no lo era. La consecuencia fue que me atraje el odio de él y de muchos de los presentes. En cuanto a mí, al alejarme hice esta reflexión: «yo soy más sabio que este hombre; en efecto, probablemen­te ninguno de los dos sabe nada valioso, pero éste cree saber algo, aunque no sabe, mientras que yo no sé ni creo saber. Me parece, entonces, que soy un poco más sabio que él: porque no sé ni creo saber». Después fui hasta otro de los que pasaban por ser sabios, y me pasó lo mismo: también allí me atraje el odio de aquél y de muchos otros.

De este modo fui a uno tras otro, bien que sintiendo -con pena y con temor- que me atraía odios; no obstante, juzgué que era necesario poner al dios por encima de todo. Debía dirigirme entonces, para dar-me cuenta de qué quería decir el oráculo, a todos aquellos que pasaban por saber algo. Y ¡por el perro!, varones atenienses -pues es necesario que les diga a ustedes la verdad-, esto es lo que experimenté: al indagar de acuerdo con el dios, me pareció que los de mayor reputación eran los más deficientes o poco menos, mientras que los otros, que eran tenidos por inferiores, eran hombres más próximos a la posesión de la inteligencia. Ustedes ven que es necesario que muestre las vueltas que di en mi penoso trabajo, para que la sentencia del oráculo se me tornara irrefuta­ble. En efecto, después de los políticos acudí a los poetas, tanto a los autores de tragedias como a los de ditirambos y a todos los demás, en la idea de que allí me sorprendería in fraganti, por ser más ignorante que aquéllos. Llevé así conmigo los poemas de ellos que me parecieron más elaborados, y les pregunté qué querían decir, a fin de que al mismo tiempo me instruyeran. Pues bien, me da vergüenza de-cirles la verdad, señores; no obstante, debo decirla. Prácticamente todos o casi todos los presentes hablarían mejor acerca de aquellos poemas que los que los habían compuesto. En poco tiempo me di cuen-ta, con respecto a los poetas, que no hacían lo que hacían por sabi-duría, sino por algún don natural o por estar inspirados8, tal como los profetas y adivi­nos; éstos también, en efecto, dicen muchas cosas hermosas, pero no entienden nada de lo que dicen. Algo análogo me pareció que acontecía a los poetas; y a la vez advertí que, por el hecho de ser poetas, también en las demás cosas creían ser los más sabios de los hombres, pero que no lo eran. Me alejé, entonces, pensan­do que allí tenía la misma ventaja que sobre los políticos.

Para terminar, acudí a los trabajadores manuales. Yo estaba consciente de que no sabía prácticamente nada, y que me encontraría con que éstos sabían muchas cosas hermosas. Y en eso no me engañé, ya que sabían cosas que yo no sabía, y en ese sentido eran más sabios que yo. Pero, señores atenienses, me pareció que nuestros buenos [ami-gos] los artesanos tenían el mismo defecto que los poetas: a causa de ejecutar bien su oficio, cada uno se creía que también era el más sabio en las demás cosas, incluso en las más difíciles; y esta confusión os-curecía aquella sabiduría. De este modo me pregunté, sobre la base del oráculo, si no era mejor ser como soy: no siendo sabio en cuanto a la sabiduría de ellos ni ignorante en cuanto a su ignorancia, en lugar de poseer ambas cosas, como aquéllos. Respondí tanto al oráculo como a mí mismo que es mejor ser como soy.

De esta manera, señores atenienses, se generaron muchos odios hacia mí, algunos muy acres y muy violentos, de los cuales surgieron muchos juicios* falsos acerca de mí. En efecto, en cada ocasión los presentes creen que yo soy sabio en aquellas cosas en que refuto a otro; pero en realidad el dios es el sabio, y con aquella sentencia quiere decir esto: que la sabiduría humana vale poco y nada. Y cuando dice «Sócra-tes» parece servirse de mi nombre como para poner un ejemplo. Algo así como [si] dijera: «El más sabio entre ustedes, seres humanos, es aquel que, como Sócrates, se ha dado cuenta de que en punto a sabi-duría no vale en verdad nada». Todavía hoy sigo buscando e indagando, de acuerdo con el dios, a los conciudadanos y extranjeros que pienso que son sabios, y cuando juzgo que no lo son, es para servir al dios que les demuestro que no son sabios. Y por causa de esta tarea no me ha quedado tiempo libre para ocuparme de política en forma digna de mención, ni tampoco de mis propias cosas. Antes bien, vivo en extrema pobreza a causa de estar al servicio del dios9.
Sócrates (470-399 a.C.) y Platón (429-348) son filósofos atenienses
(1) ¿Cómo caracteriza Sócrates la misión que le asignó el dios Apolo? (2) ¿Por qué la sentencia del oráculo es para Sócrates un problema? ¿Cuál es el problema que se le plantea? (3) ¿Por qué Sócrates se con-sidera más sabio que aquellos a los que interroga? (4) ¿Por qué juzgó necesario poner al dios por encima de todo? (5) ¿Por qué afirma Sócra-tes que es mejor ser como es y no ser como los que son considerados sabios? (6) ¿Por qué afirma Sócrates que «en realidad el dios es el sabio»? (7) ¿Qué significa la frase socrática «sólo sé que no sé nada»? (8) ¿Qué relaciones encuentra entre la actividad socrática de investiga-ción haciendo preguntas y la carrera, disciplina o profesión que ha elegido? (9) ¿Cree Ud. que también en su actividad hacer preguntas le podría acarrear odios? ¿Qué piensa hacer en esas circunstancias? (10) ¿Cuáles son las condiciones que permiten el acceso al saber según Platón?
3. Pensar por sí mismo
El siguiente texto pertenece a una carta que Descartes escribió a su editor con motivo de la publicación de su obra Los Principios de la Filosofía.
La versión que se ha tomado el trabajo de hacer de mis Principios es tan clara y tan cabal que me hace esperar que serán leídos por más personas en francés que en latín y que serán mejor entendidos. Sólo temo que el título desagrade a muchos que no han sido criados en las letras o que tienen mala opinión de la filosofía porque la que se les enseñó no los satisfizo10; y esto me hace creer que sería bueno agregar un prefacio que expusiera cuál es el tema del libro, qué designio tuve al escribirlo y qué utilidad se puede sacar de él. Pero aunque me correspondiera a mí hacer este prefacio porque debo saber de estas cosas mejor que otro alguno, no puedo hacer otra cosa que poner aquí en resumen los principales puntos que me parece deberán ser tratados; y dejo a la discre­ción de usted comuni­car al público lo que juzgue pertinente.

En primer lugar hubiera querido explicar en él qué es la filosofía, comenzan­do por las cosas más vulgares, como ésta: que esta palabra «filosofía» significa el estudio de la sabiduría y que por sabiduría no se entiende sólo la prudencia en el obrar, sino un perfecto conocimiento de todas las cosas que el hombre puede saber tanto para la conducta de su vida como para la conserva­ción de la salud y la invención de todas las artes11; y que para que este conocimiento sea tal, es necesa­rio deducirlo* de las primeras causas*; de manera que, para aplicarse a adquirirlo -lo que propiamente se llama filosofar-, haya que comenzar por la investigación de estas primeras causas, es decir, de los principios*; y que estos principios deben tener dos condiciones: una, que sean tan claros y tan evidentes12 que el espíritu humano no pueda dudar de su verdad, cuando se aplica con atención a considerarlos; la otra, que de ellos dependa el conocimiento de las demás cosas de manera que puedan ser conocidos sin ellas, pero no a la inversa, éstas sin aquéllos; y que después de esto hay que tratar de deducir de tal manera de esos principios el conocimiento de las cosas que dependen de ellos, para que no haya nada, en toda la serie de las deducciones que se hacen, que no sea muy manifiesto. Verdaderamente, sólo Dios es perfecta­mente sabio, es decir, que tiene el conocimiento íntegro de la verdad de todas las cosas; pero se puede decir que los hombres tienen más o menos sabiduría en razón del mayor o menor conocimiento que tengan de las verdades más importan­tes. Y creo que en esto no hay nada en que no estén de acuerdo los doctos.

En seguida hubiera hecho considerar la utilidad de esta filosofía y mostrado que, ya que se extiende a todo lo que el espíritu humano puede saber, se debe creer que es sólo ella la que nos distingue de los más salvajes y bárbaros, y que cada nación es tanto más civilizada y culta cuanto mejor filosofan en ella los hombres; y así que el mayor bien que pueda haber en un Estado es el de tener verdaderos filósofos. Y, además de esto que, a cada hombre en particular, no sólo le es útil vivir con los que se aplican a este estudio, sino que es incomparablemente mejor aplicarse a él por sí mismo; como sin duda vale mucho más servirse de los propios ojos para conducirse y gozar por el mismo medio de la belleza de los colores y de la luz, que tenerlos cerrados y seguir la conducta de otro; pero esto último es todavía mejor que tenerlos cerrados y contar sólo consigo para conducirse. Propia­mente es tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás el vivir sin filoso­far; y el placer de ver todas las cosas que nuestra vista descubre no es de ningún modo comparable a la satisfac­ción que da el conocimiento de las que se encuentran por la filosofía; y por último, este estudio es más necesario para reglar nuestras costumbres y condu­cirnos en esta vida que el uso de nuestros ojos para guiar nuestros pasos. Las bestias, que sólo tienen que conservar su cuerpo, se ocupan continuamente de buscar con qué alimentarlo; pero los hombres, cuya parte principal es el espíritu, deberían emplear sus cuidados principales en la búsqueda de la sabiduría, que es su verdadero alimento; y también estoy seguro de que habría muchos a quienes no les faltaría si tuvieran la esperanza de triunfar y si supiesen de cuánto son capaces. No hay alma, por poco noble que sea, que permanezca tan estrechamente apegada a los objetos de los sentidos, que no les dé la espalda de vez en cuando para desear algún otro bien mayor, a pesar de que con frecuencia ignore en qué consiste. Los más favorecidos por la fortuna, que abundan en salud, honores, riquezas, no están más exentos de este deseo que los demás; por el contrario, estoy convencido de que son ellos los que suspiran con mayor ardor por otro bien, más soberano que todos los que poseen ellos. Pero este soberano bien conside­rado por la razón natural sin la luz de la fe13, no es más que el conocimiento de la verdad por sus primeras causas, es decir, la Sabiduría, de la que la filoso­fía constituye su estudio. Y puesto que todas estas cosas son enteramen­te verdade­ras, no sería difícil convencer con ellas si estuvieran bien deducidas14.
René Descartes, filósofo y matemático francés, nacido en La Haye (Turena) en 1596 y muerto en Estocolmo en 1650. Los Principios de Filosofía fueron editados en 1644 por primera vez.
(1) ¿Qué es la filosofía en sentido vulgar y en sentido estricto, para Descartes? (2) ¿A qué se llama «filosofar»? (3) ¿Qué condiciones deben tener los principios? (4) Relacione los conceptos de "primeras causas", "principios" y "verdades más importantes". (5) ¿Cuál es la utilidad de la filosofía según el mismo autor? ¿Podría relacionar su respuesta con el concepto provisorio que usted tenga del Trabajo social? (6) ¿Por qué "tener verdaderos filósofos" es "el mayor bien que pueda haber para un Estado? (7) ¿Por qué afirma Descartes que es mejor que cada uno se aplique "por sí mismo" al estudio de la filosofía? Explique la parábola del ciego. (8) ¿Cuál es el bien supremo para el hombre? Explíquelo.
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