Las representaciones sociales de los espacios naturales como objeto de consumo: El caso del Área de Reserva Natural del Tancat de la Pipa en el Parque Natural de La Albufera






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Las representaciones sociales de los espacios naturales como objeto de consumo: El caso del Área de Reserva Natural del Tancat de la Pipa en el Parque Natural de La Albufera. José Manuel Rodríguez Victoriano

Marina Requena i Mora

Departamento de Sociología y Antropología Social. Universitat de València.




La Albufera de Valencia es un lago eutrofizado cuya degradación es fruto de la contaminación industrial, urbana y agroindustrial. Como consecuencia, la biodiversidad que deja de ofrecer este espacio “natural” disminuye su aliciente turístico. Su declaración hace veinticinco años como Parque Natural y las nuevas políticas medioambientales —de la administración local, autonómica, estatal y europea— han amortiguado pero no han concluido los conflictos ecológico-sociales de la zona. En este contexto se inscribe la aparición de nuevas áreas de reservas naturales, como el Tancat de la Pipa, siendo esta zona el resultado de un proyecto que transformó 40 hectáreas de campos de arroz en un conjunto de hábitats de agua dulce típicos de La Albufera con objetivos medioambientales, científicos y educativos.

Tras un breve análisis sobre el concepto de “Parque Natural” y sus implicaciones políticas y mercantilizadoras de la naturaleza, nuestra comunicación analiza las representaciones sociales del Tancat de la Pipa como objeto de consumo. En primer lugar, hacemos una reconstrucción de la génesis del proceso de formación del Tancat de la Pipa. Más tarde delimitamos los discursos sociales más significativos sobre los límites y posibilidades del consumo de dicho espacio a través de entrevistas y grupos de discusión a los sectores sociales más significativos: responsables municipales, técnicos medioambientales, asociaciones ecologistas, trabajadores industriales, trabajadoras del hogar, trabajadores autónomos, empresarios, así como a los pescadores, cazadores y agricultores que trabajan cerca de esta zona de humedales.  A partir del análisis e interpretación de los materiales empíricos resultantes caracterizamos las diferentes representaciones de dicho espacio. Nuestra tipología contextualiza las opiniones y representaciones sociales sobre el Tancat de la Pipa en función de su adscripción a los diferentes sectores y clases sociales y desentraña el sentido que atribuyen a esta zona. Para los sectores tradicionales el Tancat se percibe como una expropiciación de su espacio, para los técnicos medioambientales como un objeto de consumo educativo, para los movimientos ecologistas es una zona “renaturalizada” que va acorde con la lógica “desarrollista”. Y por último, para los consumidores de la modernización se representa como un espacio para consumir al que se le debería dar “más marketing”, convirtiéndolo en un espacio ‘temático’ de consumo familiar.

Palabras clave: sociología del consumo, ecología política, investigación cualitativa, análisis crítico del discurso.
1. LA POLITIZACIÓN Y LA MERCANTILIZACIÓN DE LA NATURALEZA: LOS PARQUES NATURALES

    1. Los parques naturales: un oxímoron bien avenido

En estos años iniciales del siglo XXI se están acumulando voces que, a partir de datos y esquemas conceptuales no siempre coincidentes1, emiten un mismo mensaje: la civilización industrial ha entrado en una fase de translimitación, en la que los límites naturales al crecimiento han sido ya traspasados (Gracia, 2006). La conciencia de que la crisis ecológica es cada vez mayor y la búsqueda de alternativas ha conducido a respuestas de distinto tipo. Muchas de estas respuestas están enmarcadas dentro de las políticas neoliberales que concilian desarrollo económico y sostenibilidad y, de esta manera, niegan el conflicto ecológico. Entre estas soluciones está el establecimiento de determinados espacios en los que se pretende preservar la naturaleza, al mismo tiempo, paradójicamente, que la estamos haciendo desaparecer (Beltrán, Pascual y Vaccaro, 2008). El concepto de Parque Natural, al igual que plantea Latouche (2006) para describir el binomio “desarrollo sostenible”, es un oxímoron en el que se yuxtaponen dos palabras de difícil maridaje. Etimológicamente “Parque” hace referencia a un espacio cerrado y acotado al cual se le imponen límites tan reales como simbólicos. Además viene marcado, fundamentalmente, por la actividad recreativa desarrollada en el mismo (Santamarina, 2009). Existe una aparente divergencia entre el significado de parque — que nos evoca a algo artificial— y natural —que nos evoca justamente a lo contrario— y no se interroga demasiado ni sobre las disonancia cognitiva (Festinger, 1957) que pueden generar ni tampoco sobre la compatibilidad de ambos objetivos. Sólo en el Estado español, en los últimos 15 años, según los Anuarios de Europarc, los espacios naturales protegidos han crecido de manera exponencial. En 1995 había 465 espacios naturales y ocupaban el 5’75% del territorio, en 2011 se contabilizan más de 1700 y pasan a ocupar el 27% del territorio estatal.

Ahora bien, tal y como plantean Beltrán, Pascual y Vaccaro (2008), la “patrimonialización de la naturaleza”, la proliferación de figuras de protección ambiental que apela la existencia de un legado común en nuestro entorno que hay que preservar, se debe analizar desde una doble perspectiva. En primer lugar, los espacios naturales, en tanto que instancias sociopolíticas, surgen en determinados lugares, se conforman en base a intereses específicos y tienen efectos constatables a nivel local. Y en segundo lugar, si bien apoyan su legitimación en un discurso de carácter científico-técnico, los parques y las reservas naturales traducen e instituyen una particular concepción cultural acerca de la naturaleza y de las relaciones que las sociedades humanas deben establecer con ella. La declaración de un área protegida supone no sólo una nueva organización y apropiación de los recursos sino también una redefinición del espacio. La expropiación de un espacio que se vive como propio a través de una imposición percibida desde arriba y las distintas resistencias puestas en marcha frente a las declaraciones parecen repetirse en muchas de las aéreas protegidas estudiadas a lo largo de la geografía mundial. Por otra parte, las legislaciones suelen partir de la dicotomía naturaleza/cultura y esta oposición supone tal negación que no queda en un mero carácter simbólico de los procesos de apropiación y transformación de los territorios por parte de sus habitantes sino que además se les niega el derecho a decidir sobre los territorios que se pretenden proteger (Coca y Quintero, 2006). Por tanto, estos procesos de patrimonialización olvidan que el patrimonio es una construcción social (Prats, 1997) que responde a determinadas concepciones acerca de lo que debe ser preservado y de cómo hacerlo, y en el que hay voces más poderosas que otras. El patrimonio y la tradición se “inventan” (Hobsbawn y Ranger, 1992) con cierta funcionalidad. La selección de determinados espacio “naturales”, a los que se activa con la declaración de espacio protegido, puede ser tanto fuente de conflicto como oportunidad para recrear las identidades con nuevos elementos o para desarrollar nuevas actividades económicas (Beltran, Pascual y Vaccaro, 2008).
1.2. Los parques naturales como objeto de consumo: la mercantilización de la naturaleza

Los procesos de patrimonilaización de la naturaleza y la cultura surgen en el marco general de la terciarización de la economía y la globalización neoliberal. En este sentido, más allá de los objetivos medioambientales que se alegan para justificar su creación, “los parques y las reservas naturales contribuyen a asignar valores a espacios y recursos marginales, que pasan a incorporarse en el mercado como bienes de consumo, en un proceso de creciente urbanización del espacio rural” (Beltran, Pascual y Vaccaro, 2008). En última instancia, como sostiene Santamarina (2009) la protección de estos lugares llevaría a la regulación de la naturaleza a través de formas de mercantilización, es decir, la reduciría a mercancía insertándola en los circuitos del mercado global.

El mercado capitalista convierte a la naturaleza en mercancía y una sociedad dominada por la lógica del mercado subordina lo social e incluso lo natural a la obtención del máximo beneficio. Cuando la naturaleza muda a mercancía se crea una marca, se produce, y la gente en y de los países ‘ricos’ viene a configurar su identidad ambientalista a través de su consumo (West, 2004) en parte gracias a las representaciones mediáticas de ONGs ambientalista (Week, 1999) y a excusiones, viajes y un sin fin de etcéteras. En definitiva, es una forma más de lo que a finales de los años sesenta del siglo XX Gaviria denominó ideología clorofila, una venta «de la naturaleza, ... de una nostalgia del paraíso perdido, mezcla de bucólico- vegetal» (Gaviria, 1969;59). Tal como describe Frigolé (2007) el consumo de espacios naturales vírgenes y la recreación forzada de lo natural es síntoma de una reconstrucción de un pasado idílico perdido. De hecho Yellowstone, el parque nacional de estreno mundial –cuya declaración data de 1872— adquiere este carácter de un pasado idílico perdido, eso sí reconstruido. La creación de Yellowstone fue instigada por las élites que dejaron el parque libre de indígenas hostiles siendo necesarios para ello los servicios del Ejército de EE.UU., en aras de convencer a los turistas de que el parque era seguro y a su vez utilizando los servicios de expertos en marketing (Burnham, 2000). Más insidiosamente, Yellowstone se convirtió en un modelo para la creación de paisajes virtuales, en forma de parques temáticos junto con los centros comerciales, hoteles internacionales y otros espacios destinados a presentar a los consumidores experiencias genéricas de historias y paisajes desinfectados. El pasado, en versión naturaleza prístina, se convirtió en escudo frente a los intensos cambios y en un instrumento para la construcción de identidades (Lowenthal 1998). Ese pasado “reinventado”— en los términos en los que lo describen Hobsbawm y Ranger (1988) — que aplico el modelo de Yellowstone se replicó rápidamente por todo el oeste de Estados Unidos y los parques norteamericanos, a su vez sirvieron de modelo para los esfuerzos conservacionistas y la expropiación de nativos de todo el mundo (Spence 1999, p. 5 citado en West, Igoe y Brockington, 2006). La consagración de la catedral de la Wilderness suponía la protección de espacios naturales para admirar ‘en vivo el espectáculo’ de la natural naturaleza (Descola 2007), una suerte de museos ‘in situ’ para preservar un pasado mitificado, intervenido y ennoblecido (Santamarina, 2009)

En una economía globalizada, es la identificación del carácter singular del territorio, lo que confiere a los espacios naturales una imagen simbólica y excepcional (Sanz, 2012) Frente a los “no lugares” (Auge, 1992) a las áreas protegidas se las asocia los atributos de naturalidad, rusticidad y etnicidad y se traslada a sus productos y al propio consumo del lugar. La “economía de signos” (Lash y Urry, 1994) favorece esta diferenciación territorial y simbólica de su oferta. Los espacios naturales su consumo y el consumo de sus productos y servicios (gastronomía típica, denominación de origen, paseos en barca…) son “un letrero de mercancías que es capaz de aumentar las ventas a consumidores descontentos con la producción en serie” (García Canclini, 1982)

Así pues los espacios naturales no solo se reestructuran como centros de consumo sino a su vez, son también consumidos al igual que su identidad (Sanz, 2012).Tal como asegura Xoaquin Rodríguez (2003), la designación de un lugar como espacio protegido no consiste sólo en la replantación y preservación de especies vegetales o animales sino que implica la creación de una “imagen cultural”. Una “composición” que puede ser construida como parte de la simbología nacional o local (Lowenthal, 1994); pero, al mismo tiempo, las características de esa imagen hacen de estos espacios lugares idóneos para el consumo, se recrean como paisajes a contemplar. Se nos presenta como productores de significados. Como sostiene Urry (1995), la mirada del turista es producida y es consumida. Las imágenes de la naturaleza virgen son esenciales para la transformación de los paisajes de acuerdo con los sueños de turistas, y estos mismos paisajes transformados luego apoyan la producción de más imágenes de tierra salvaje (Brockington et al, 2008 citado en Igoe, 2010). El mito del lugar está relacionado estrechamente con la representación social (Moscovici, 1979) del espacio, tal y como lo ejemplifica Urry (1995) en el estudio de la formación de imágenes de lugar en el “Lake District”. La llegada de viajeros hace sentir la necesidad de cubrir esa demanda y la touristgaze va transformando al lugar. El espacio se modifica en búsqueda de la autenticidad, tanto para satisfacer la mirada estereotipada del turista como del local; es la “autenticidad reinventada” (Harvey, 1989). Muchos proyectos de conservación se centran en una especie de comercialización de plantas, animales, lugares o pueblos, pero no suelen tener en cuenta los sistemas locales de evaluación. Mientras que las interacciones previas de la población rural con las plantas y los animales eran formas sociales únicas de relacionarse con su entorno, estas plantas y animales en la instilación de la valoración económica borran las formas locales de ver y de ser. Algunas especies han pasado de ser poco conocidos o valorados por la población local a ser productos altamente valorados (Vivanco, 2001). La población local y su imagen también se pueden convertir en productos básicos al igual que su propiedad intelectual que se preocupa por su entorno (West, Igoe, Brockington, 2006). Esta mercantlización de la naturaleza a través de la creación de áreas protegidas también altera los derechos de uso de la tierra en general. Concretamente, en muchos casos vemos un mayor control de la élite de los recursos históricos, al tiempo que se produce una a enajenación de la tierra y el mar en lugares que rodean las áreas protegidas y la criminalización de los locales debido a sus prácticas de uso del suelo (West, Igoe y Brockington, 2006) .La abrumadora impresión que deja la creación del área protegida es el acceso restringido y uso de los pueblos rurales a través de la legislación y la privatización. Como sostiene Igoe (2010) grandes áreas del mundo están siendo rehechas de acuerdo con las fantasías de los turistas. La conservación permite la comercialización de los productos básicos y la producción de entretenimiento. De acuerdo con el mismo autor, podemos afirmar que estas asociaciones entre las empresas y la conservación hacen hincapié en la mercantilización de la naturaleza a través del pago por servicios ambientales y la mitigación de los daños ambientales en un contexto de conservación. Todas estas transformaciones se encuentra en medio de un fortalecido consenso en el que la lógica del mercado y el crecimiento económico son las mejores, si no el único, medio de salvar a la naturaleza y proteger el futuro de nuestro planeta2 (McAfee, 1999).
2. EL TANCAT DE LA PIPA COMO AREA DE RESERVA NATURAL

2.1. La génesis del conflicto ecológico-social

La obra realizada en el Tancat de la Pipa responde a dos hechos. El primero de ellos tiene que ver con la problemática del Barranco del Poyo3- situado en la comarca de l’Horta4 - y el segundo responde a la firma de un convenio entre la administración Estatal y la Autonómica.

Los desbordamientos del barranco de Torrent y las quejas de municipios afectados hicieron que el año 1995 la Confederación Hidrográfica del Júcar aprobara el Proyecto de restitución y adaptación de los cauces naturales de los barrancos del Poyo, Torrent, Xiva y Pozalet. La actuación consistía en canalizar artificialmente 42 Kilómetros de barrancos para aumentar el caudal y evitar las inundaciones. Esta propuesta provocó el rechazo de colectivos ecologistas, de asociaciones ciudadanas y de expertos de universidades públicas. El principal problema que planteaba la canalización era que los sólidos irían a parar a la masa líquida de la Albufera acelerando el proceso de sedimentación. El lamentable estado del barranco junto con la propuesta de la CHJ hizo que una serie de asociaciones se unieran para formar una plataforma ciudadana: Un barranc verd, net i viu…Sense formigó5. De este proyecto sólo se ejecutó una fase, la primera, que eran siete kilómetros de recubrimiento de hormigón. Para poder realizar el mencionado proyecto la CHJ ya expropió una tercera parte de los campos de arroz que componían el Tancat de la Pipa. La movilización social junto con el cambio de gobierno central trajeron un proyecto diferente, que fue presentado en 2004. Hubo una propuesta de expropiar el resto de los campos del Tancat de la Pipa para realizar la obra que convertiría los campos de arroz en un espacio renaturalitzado.

Esta obra de restauración ecológica, además se vio beneficiada por la firma de un convenio6 en el que la administración estatal y la autonómica se comprometían a la conservación y restauración de humedales del País Valenciano- proyectos que podían estar cofinanciados hasta el 70% por el FEDER.
2.2. El Tancat de la Pipa

Los llamados Tancats de la Albufera son zonas de arrozal nacidas por el aterramiento del lago. El nivel de agua, en este tipo de campos, es controlado por un motor que, cuando es necesario, eleva hasta el lago de la albufera el agua sobrante.
Los tancats se ganaron al lago con los históricos aterramientos, que hicieron menguar al lago unas 10.000 hectáreas de superficie. Este fenómeno se desarrolló fundamentalmente durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX (Martínez, 2008). El Tancat de la Pipa, concretamente data de 1918. Hace unas décadas, este paraje tenía una gran belleza y conservaba con viveza los ecosistemas de la marjal albuferenca. A partir de los años 70 el espacio empezó a degradarse por la contaminación de las aguas y redujo considerablemente su vegetación y su fauna. 

El año 2007 empezó a gestarse el proyecto de Restauración de Hábitats para el Uso Público a la Desembocadura del Barranco del Poyo. La zona de actuación abrazaba 40 hectáreas. A modo de experiencia piloto se pretendía la recuperación de los hábitats naturales, mediante el aislamiento de la gestión hídrica, de un tancat, que a su vez está interconectado con el lago y el resto de campos de arroz de la zona. La finalidad de las actuaciones era la ejecución de una serie de obras tendentes a la recuperación de los ambientes húmedos y a la mejora de la calidad de las aguas, mediante la instalación de un sistema de filtros verdes que reduce la carga de nutrientes. La dirección de esta área de reserva va a cargo de la a la CHJ, su gestión se encomendó a TRAGSA y a la sociedad Acció Ecologista AGRÓ. La actividad investigadora se realiza con diferentes entidades7. La actividad didáctica se desarrolla dando a conocer la importancia de este espacio en la conservación de los ecosistemas palustres.

2.3. La Albufera como contexto

Si debemos observar el Tancat de la Pipa como “fenómeno social total” (Mauss 1971) no podemos aislarlo del contexto en el que se encuentra: la Albufera. La Albufera8 es un espacio natural integrado por tres elementos: restinga, marjal y lago. Alrededor de la Albufera se acumula un cinturón de poblaciones9, muchas de las cuales forman parte del área metropolitana de Valencia por lo que han experimentado un crecimiento demográfico sin precedentes que ha influido negativamente en el lago.

Siguiendo a Rodríguez Victoriano (2002), podemos afirmar que el Parque Natural de la Albufera entraña un conflicto ecológico-social que condensa el conflicto entre crecimiento económico capitalista y degradación ecológica de la sociedad valenciana. Un modelo que podemos definir como hologramático10 donde están representadas todas las escalas: físicas, biológicas, históricas y antropo-sociales. Habría que destacar tres dimensiones. En primer lugar, la articulación entre aquello natural y aquello cultural: los procesos históricos que se han dado en la Albufera la convierten en un artefacto cultural y un sistema natural. En segundo término, La Albufera es un signo, histórico y culturalmente, arraigado en la memoria colectiva de la sociedad valenciana11. Y en tercer lugar, enfatizar el carácter de Parque Natural. Este hecho intensifica las contradicciones entre productivismo y ecologismo puesto que: por un lado, para que la protección se traduzca en conservación, las prácticas más nocivas tienen que detenerse, cosa que reclama un nuevo modelo organizativo; por otro lado, la conflictividad que comporta la declaración de Parque Natural, para los sectores tradicionales puesto que limita sus prácticas de explotación intensiva del medio12. Siguiendo a García y Cabrejas (1997 y 1996), los nudos de conflicto y cooperación en la relación entre el desarrollo, las actividades tradicionales y la conservación de la naturaleza en el Parque Natural de la Albufera se representan en la siguiente tabla —que condensa el modelo básico de análisis, siguiendo las categorías de desarrollo, usos sostenibles y conservación.
Tabla extraída de García,E. I Cabrejas,M. (1997) València, L’Albufera, l’Horta: medi ambient i conflicte social.

Los puntos del 1 al 4 corresponden al desarrollo convencional. La distinción por sectores se corresponde con la problemática de la zona: modernización de una agricultura dependiente de insumos industriales, expansión industrial, urbanizaciones y servicios turísticos y creación de nuevas infraestructuras. Los puntos del 5 al 8 son los referentes a las actividades tradicionales que han implicado una explotación más o menos sostenible: arrozal, caza, pesca y vistas. Los puntos del 9 al 13 hacen referencia a la conservación de la biodiversidad y en general de los valores naturales.
2.4. El tancat de la Pipa como objeto de consumo

Permanece al imaginario social la idea de una Albufera de aguas cristalinas, de un bien común, patrimonio cultural de naturaleza viva y como tal generador de identidad. Pero a la vez también, este imaginario se impregna de un sentimiento consciente de pérdida, a pesar de que en el inconsciente aparecen las propias prácticas como degeneradoras del el estado del lago.De este modo se reproducen las imágenes de un paisaje que ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de los últimos siglos, aunque la intensidad de la degradación ambiental de la Albufera se aceleró como consecuencia del proceso de desarrollo capitalista de la sociedad valenciana. A partir de los años 60, la Comarca de l'Horta de Valencia experimentó un proceso de crecimiento económico y demográfico sin precedentes (Almenar, Bono y García, 2001). Los municipios de esta comarca rodean buena parte del Parque Natural de l’Albufera y, a su vez, componen el área metropolitana de la ciudad de Valencia, por lo que han incrementado el número de habitantes de manera exponencial así como su consecuente urbanización. La incuestionable mejora de las condiciones de vida han tenido un coste ambiental: muchos elementos singulares del paisaje y los ecosistemas de esta llanura litoral han sido destruidos o degradados (Sanchis, 2004). L'Horta ha sido ocupada por núcleos residenciales y polígonos industriales, descuartizada por autopistas y carreteras, y salpicada por vertidos de escombros y residuos sólidos. Centenares de kilómetros de canales se han cubierto de cemento permitiendo de esta manera la conexión de cloacas y redes de riego (Sanchis, 2004). El paisaje de campos regados se ha reducido, no sólo en superficie, más bien también en la mente de sus pobladores (Sales, 1999).

Entonces a la imagen que proyecta ahora la Albufera se le opone esta idea de la Albufera como “paraíso” – lo que piensan que la Albufera fue. Para la sociedad valenciana es siempre por culpa de los otros, de un juego de responsabilidades cruzadas (Gracia, 1997) y también de ese se m’en fotisme que nos ha caracterizado secularmente, tal como nos definen y a la vez también se autodefinimos.

El Tancat de la Pipa, objeto de este trabajo, revive la imagen de la Albufera como paraíso, esto es, rellenada: de asprella13, de gambeta14, de samaruc15, de anguila y desde hace poco tiempo de galápagos y flamencos... y tantos otros elementos simbólicos que configuran la cosmogonía valenciana tan descrita y escrita, y tan aceptada como imagen feliz y idílica. Aunque Blasco Ibáñez (1902), Joan Fuster (1993), o mucho antes, ya en el siglo XVIII, Cavanilles, escribían y describían una realidad de este mismo espacio mucho más dura y mísera, sobre todo para los autóctonos, sobre este signo tan arraigado en la memoria colectiva valenciana. Un breve y superficial análisis estructural de algunos de los carteles publicitarios de esta área de reserva —El Tancat de la Pipa— nos pude ser de gran utilidad para ver como esta zona se reestructura como centro de consumo y, a su vez, es también consumida al igual que su identidad.


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La necesidad, al menos simbólica, de recuperar l’Albufera, un espacio degrardado pero muy presente en la cosmovición valenciana es evidente. Así mismo también es evidente la necesidad de ofrecer naturaleza, como consecuencia tal vez de la escasez de ella en la ciudad de Valencia y sus alrededores. Gaviria (1969) planeta que, al menos como hipóteisis, la petición de espacios verdes tienen cierto fundamento simbólico, de representación simbólica, una especie de ideología clorofila. Un análisis somero del contenido saca a la luz una serie de temas resumidos a continuación. Las imágenes de los carteles están orientadas a connotar Naturaleza. Se vende naturaleza. Tal y como describía Gaviria (1969) para el análisis de urbanizaciones verdes en Madrid, se vende una nostalgía del paraíso perdido, mezcla bucólico-vegetal. En los carteles, es muy notoiro este énfasis en la connotación bucólico-vegetal, según la qual una romántica idea de estado salvaje, de encanto natural, un terreno no contaminado por la avalancha urbanística, que supone Valencia y su área metropolitana, se utiliza como reclamo. Cada uno de los carteles remite a elementos naturales que se ofrecen para ser observados y consumir la imagen que poryectan; los murcielagos, los flamencos, los lirios, las garzas, los galápagos… y, como no, los atardeceres. Por supuesto, en las imágenes se desvincula la naturaleza de toda acción humana desarrollada en la zona. Como veíamos desde la creación de Yellowstone, la construcción de las áreas protegidas, se basa en una naturaleza sin seres humanos pero para ser visitada, disfrutada y contemplada por seres una humanos donde la única actividad permitida es la turística. De esta manera se olvida la historia social del lugar que hasta hace menos de cinco años era un campo de arroz que datava de 1918. La dualidad naturaleza/cultura se impone en la zona como único modelo interepretativo, se instruye bajo un paradigma que obvia y destruye la diversidad de conciminetos locales que no siguen esta distinción. Las actividades agrícolas aparecen como algo secundário y subordinado a la contemplación de la naturaleza. En algunos textos de los cárteles se hace referencia a la actividad del arroz. “Contemplaremos el atardecer entre la nubes de gaviotas, garzas y otras aves que acompañan a los tractores en esta tarea agrícola que marca el inicio del ciclo del arroz”(Cartel nº6). “Con el final del invierno llega el vaciado de los arrozales para dar comienzo al ciclo del cultivo del arroz.Os invitamos a realizar una ruta entre los últimos campos inundados en los que se concentra una gran variedad diversidad de aves (…)” (Cartel nº7)

Pero, tal y como se observa, en ningún momento las actividades se centran en dar a conocer la actividad agrícola sino que está se menciona por el simple hecho de que su existencia altera la cantidad y diversidad de aves en sus diferentes ciclos de cultivo así como el paisaje que ofrece la Albufera. De nuevo, en el texto, se utiliza el reclamo de paisaje idílico que en este caso acompaña a una actividad agrícola. Esta preponderancia del conocimiento científico técnico sobre el cocimiento local, tan presente en los discursos, también la apreciamos hasta en el propio logo de la zona que está representado por una caña. Precisamente el “cañar” supone ahora uno de los principales conflictos entre técnicos y agricultores e incluso pescadores. A través de los discursos el sector tradicional junto con algunos movimientos ecologistas y ciudadanos16 reitera las críticas hacia los técnicos por la prohibición de la quema de las cañas y de la paja del arroz y por no dar una solución a la pudrición de estas en el lago provocando así una gran mortandad de peces. “ara es quan pareix que l’aigua vulga estar un poquet millor, lo que passa és que els canyars estan impossibles, els canyars això si no agarren algo, alguna classe de mitjos…es lo que s’està podrint més (Entrevista agricultor de Catarroja)”

Igual que la crema de canyar, que també ho ha prohibit el mig ambient perquè ells no saben, ells molt d’estudiar i tot però ells no saben… cremar els canyars és lo més sà que hi ha, pa que es reproduixquen…Ara que passa que davant la Pipa tots els canyar d’allí davant, allò era un canyar antes un canyar però ara està mort però perquè no se cremen i claro s’ofeguen i se podrix i mates a la brossa que ix nova i antes eixia la boga tots els anys ho cremaven i tornava a eixir, cremaven, miseria!” (Entrevista caçador/pescador de Catarroja)

Entonces cremaven els canyars i a l’any següent la boga, les canyes i tot eixia en doble força, hui com això no se fa, la prova la tens que els canyars estan secs, mig podrits i és uno dels deterioros de l’Albufera...si això no se renova i se fan arrails nous i tot entonces el poc material de peix o lo que hi haja que quede en l’Albufera pues no te que menjar” (Entrevista pequeño empresario Catarroja)

Desde su comienzos las áreas protegidas, se han asentado en políticas diseñadas ‘desde arriba’, que se basan en el modelo vertical top-down caracterizado por la primacía del conocimiento científico-técnico sobre el saber popular. Aparece aquí una nueva jerarquización, la del conocimiento, entre los que saben y no saben, es decir, entre expertos y locales; mientras que unos miran a los ‘otros’ como ignorantes, los otros ven a los ‘de fuera’ con hostilidad ante la competición por los usos y recursos (Santamarina, 2009). La ordenación territorial se sustenta sobre criterios tecnoecológicos y, de esta manera, se borran los usos y la historia local. Resta decir que los usos de la población local también se han visto sustancialmente modificados y han sido subsumidos por el capital. Para el caso del “canyar” no es cierto que lo “tardicional” es que se quemara sino que se recogía y se utilizaba para hacer sillas, tal y como se explicita en el siguiente verbátim. “entonces els ecologistes i tal qual no volen que se cremen les canyes, la boga, els canyars...(…) en aquell temps sembraven la boga i els homens anaven per dins dels canyars, per dins l’aigua segant la boga, feien garbes les portaven en les barques i això ho portaven al Port de Catarroja i la família Noíra era la que ho explotava això, la boga que era pa fer els culs de les caires”(Entrevista pequeño empresario Catarroja)

En la mayoría de carteles también a aparece el logo del Ministerio de Medio Ambiente y Medio rural y de la Confederación Hidrográfica del Júcar. Estos organismos gubernamentales son quienes financian y administran la zona. Asimismo aparecen ONGs ambientalistas en concreto “Acció Ecologista Agró” y “Seo Bird Life” que son quienes gestionan esta área de reserva. Esta conjunción entre ONGs ambientalistas y administraciones públicas es común en muchas de las áreas protegidas contemporáneas (West, Ige y Brockington, 2006) así como al exclusión de los autóctonos. Tal y como argumenta Nygren (1998) el problema se produce porque las ONG ambientalistas dependen en gran medida de la "división occidental entre naturaleza y cultura". Las ONG presentan con frecuencia la naturaleza como un objeto estático, separado de los seres humanos. Por extensión, se presentan los efectos ecológicos de las actividades humanas —como parte de la cultura— como antinatural.

Por último, mencionar también la aparición de del logo de la empresa multinacional Carrefour, concretamente en el cartel número 4. También hemos visto el logo de esta empresa en otros carteles que no hemos incluido para el análisis. Precisamente, la empresa financia el “día de la biodiversidad mundial” curiosa paradoja si tenemos en cuenta que estás empresas multinacionales llevan adosados importantes costes medio ambientales. Una vez más vemos como se “parchean” las soluciones ambientales a través de la participación en áreas protegidas. Siguendo a Igoe (2010) observamos como la conservación de la biodiversidad y el capitalismo cada vez están más entrelazados. La triada Ong’s ambientalistas, administraciones públicas y empresas multinacionales se consagra para mercantilizar la naturaleza y adentrar-la en los circuitos de consumo. Como sostiene McAffe (1999) estamos vendiendo naturaleza para salvarla. La subsunción real de la Naturaleza por el capital se produce también al separar su consumo de los contextos en los que se enmarca. Resta por saber que quedara de la Albufera si sólo se centran en la protección de estas áreas de reserva.
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