Resumen Primera parte: La vida de un estudiante en Madrid




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Pío Baroja - El árbol de la ciencia (resumen)

Primera parte: La vida de un estudiante en Madrid

Cap. 1.- Andrés Hurtado comienza la carrera. Primer día de clase para los estudiantes de primero de Medicina, en Madrid. Andrés Hurtado encuentra entre ellos a Julio Aracil, antiguo compañero de instituto, que va acompañado de un tal Montaner. La mayor parte de sus compañeros de aula vienen de provincias y reciben al catedrático de Química con aplausos que este acepta encantado. Esta primera clase, llena de detalles teatrales, resulta ridícula a Andrés. Por Julio Aracil siente antipatía, pero mayor aún es la que siente por Montaner: este es monárquico, partidario de los ricos, no le gustan los naturalistas, pero sí Zorrilla (el poeta romántico tradicionalista), mientras que Hurtado es republicano, enemigo de la burguesía, aficionado a los naturalistas y a Espronceda (el poeta romántico liberal y progresista).

2.- Los estudiantes: Los estudiantes que llegan a la capital van allí con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres, como estudiantes de tiempos de don Juan Tenorio. Los estudiantes serios no pueden hacerse una idea clara de la realidad española porque la prensa lo manipula todo: desprecia lo europeo y alimenta un absurdo optimismo por todo lo relacionado con España. La Universidad no es mejor: los profesores son viejísimos; el de Química satisface su vanidad haciendo experimentos que impresionan a sus alumnos y provocan el aplauso; los alumnos en clase hablan, fuman, leen novelas, gritan, rebuznan. Andrés, que esperaba encontrar una disciplina afectuosa pero fuerte, no sale de su asombro.

3.- Andrés Hurtado y su familia. La madre de Andrés, Fermina Iturrioz, había muerto, dejándole un vacío en el alma y una tendencia a la tristeza. Su padre, don Pedro Hurtado, egoísta, despótico, arbitrario, saca de quicio a Andrés. Tiene cuatro hermanos:

-Alejandro: inútil y egoísta, está colocado en una oficina del Estado, adonde va solo para cobrar; se emborracha, llega a casa a altas horas, vomita.

-Margarita: una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egoísta.

-Pedro: estudia para abogado, pero goza de la vida cuanto puede, va al teatro, viste con elegancia, cambia de novia cada mes.

-Luis, de cinco años y mala salud.

Andrés, que está entre Pedro y Luisito, quiere mucho a este, siente afecto por Pedro y Margarita, y desprecia a Alejandro. Con su padre, a quien casi odia, tiene una incompatibilidad absoluta.

4.- En el aislamiento. La madre, navarra, había inculcado a Andrés la religión, pero con el paso del tiempo, esta había desaparecido de su vida. Sus dos hermanos mayores habían estudiado el bachillerato en un colegio, pero a Andrés le metieron en un instituto por ser “mucho gasto”. Con ello Andrés se sentía abandonado, y la soledad modeló su carácter reconcentrado y triste. Además, el andar con chicos de la calle le hizo despabilado. Cualquier asunto que se trate en la casa es motivo de discusión y enfrentamiento entre Andrés y su padre. A menudo es por la política, pues su padre es conservador, y Andrés, revolucionario. Andrés nunca le pide dinero, y al terminar el instituto eligió la carrera de Medicina sin consultar con su padre, aunque este le había dado libertad para elegir.

5.- El rincón de Andrés. El padre administra la casa donde viven en nombre de su dueño, un marqués al que había conocido en el colegio. Siente admiración por lo ricos y desprecia a los pobres. Andrés deja de compartir habitación con Pedro y pide que le acondicionen como habitación un trastero donde tiene toda la independencia que desea. Solo a las horas de comer se reúne con su familia. Durante el primer año de carrera, Andrés descuida los estudios, pero gracias a un esfuerzo final aprueba cuatro asignaturas y solo suspende Química (en casa dice que no se ha presentado al examen). En verano estudia poco y finalmente visita a su tío Iturrioz, que le da una carta de recomendación para el profesor de Química, con la que consigue aprobar.

6.- La sala de disección. Andrés, Aracil y Montaner se relacionan poco con los estudiantes venidos de provincias. En segundo curso estudian Anatomía, asignatura que incluye prácticas de disección de cadáveres, en las que los alumnos hacen toda clase de bromas con los muertos. Aracil va formando a su alrededor una camarilla de amigos a quienes domina y de los que se burla sin piedad. Entre ellos está Jaime Massó, un catalán que tiene supersticiones ridículas y le apasiona la música de Wagner. A través de sus lecturas, Andrés va formando ideas revolucionarias que mantiene en secreto. De vez en cuando ve a Rafael Sañudo, que estudia Ingeniería y es un adorador de la música y la figura de Wagner. Sañudo se reúne en el café del Siglo con otros aficionados a la música a quienes no les preocupa ni la ciencia ni la política, cosa que impacienta a Andrés. En vista de eso decide frecuentar tablados flamencos y casas de juego. Los domingos por la tarde visita a Fermín Ibarra, enfermo de artritis y lector de libros de ciencia recreativa. Andrés siente dolor y amargura: la vida en general, y sobre todo la suya, le parece fea, turbia, dolorosa e indomable.

7.- Aracil y Montaner. Terminado el curso, Aracil se va a Galicia y Montaner a la sierra, quedando Hurtado solo en Madrid. Por las mañanas va al Retiro con Luisito y Margarita y por las tardes lee. Empieza el tercer curso, donde hay clases de Fisiología, que despiertan en él grandes expectativas, pero tanto el profesor como el libro son muy malos, lo que le provoca una gran decepción. En este curso intima mucho con Julio Aracil. Julio es de palabra fácil e inteligencia rápida, estudia poco pero aprueba siempre; es presumido, dominante, interesado y con mucho sentido práctico; se acomoda con facilidad a las circunstancias; le gusta rodearse de amigos menos inteligentes para aprovecharse de ellos y sacarles dinero en los juegos de cartas; adora el lujo, aunque todavía no puede permitírselo. Al terminar el curso Aracil se va de Madrid y Andrés se hace muy amigo de Montaner. Hacen muchos planes juntos y ambos coinciden en considerar a Aracil egoísta y mezquino.

8.- Una fórmula de la vida. Al llegar el cuarto curso empiezan las clases con el profesor José de Letamendi, una autoridad científica de nivel nacional. Su teoría sobre la vida entusiasma en un principio a Andrés, pero cuando comparte su entusiasmo con sus conocidos, estos le convencen de que es pura palabrería. Esta decepción le lleva a acercarse a la filosofía en busca de una orientación para la vida, para lo cual compra obras de Kant, Fichte, Schopenhauer y otros autores.

9.- Un rezagado. En quinto curso, Luisito contrae fiebres tifoideas, una enfermedad para la que no hay un tratamiento específico. Andrés vuelca en él su cariño y sus cuidados. También se ocupa de él Margarita con gran dedicación, lo que despierta en Andrés fuerte admiración y estima. Al pasar las fiebres Luisito queda débil y enfermizo, y Andrés suele ocuparse de él. En este curso se hace amigo de Antonio Lamela, un estudiante rezagado, ya mayor, que estudia la carrera muy lentamente y está enamorado románticamente de una aristócrata vieja y fea. Es de ideas anticuadas y de costumbres extravagantes, tanto que Andrés lo considera loco.

10.- Paso por San Juan de Dios. Aracil, Montaner y Andrés se apuntan a un curso de enfermedades venéreas en el hospital de San Juan de Dios. Visitan una sala de mujeres contagiadas y a Hurtado le parece deprimente, pues cree que la vida le está enseñando su peor cara. Empieza a pensar que es cierto el pesimismo de Schopenhauer. La inteligencia le parece una desgracia: la felicidad solo puede venir de la inconsciencia. El médico de la sala maltrata a las enfermas de palabra y obra, y Andrés decide no volver por allí. Un mitin anarquista al que asiste le impresiona mucho y siente deseos de luchar contra la injusticia social, pero Aracil le quita esas ideas de la cabeza, convenciéndole de que en la vida no puede haber justicia. Entonces se inclina por un anarquismo sentimental, sin acción revolucionaria. Pero estos vaivenes de sus ideas le hacen sentirse desconcertado.

11.- De alumno interno. Montaner, Aracil y Andrés se presentan al examen de alumnos internos para el Hospital General. Andrés, que ha pedido a su tío Iturrioz una recomendación, y Aracil aprueban. Allí conoce a un médico amigo de su tío que descubre la falta de vocación médica de Andrés, que en cambio siente una extraordinaria curiosidad por las historias personales de los pacientes y empleados: internos y capellanes que se juegan el dinero a las cartas; uno de los capellanes que cuenta historias verdes y está cargado de deudas de juego; las hermanas de la Caridad que no parecen estar allí por vocación y solo se ocupan de cuestiones administrativas; el diario de una monja ya fallecida que llega a sus manos y le emociona; un tipo raro llamado el hermano Juan que cuidaba enfermos contagiosos.

Segunda parte: Las carnarias

Cap. 1.- Las Minglanillas. Montaner, que ha suspendido el examen de interno para el Hospital General, se abandona en los estudios y empieza a no asistir a clase. Esto hace que Julio y Andrés pierdan el contacto con él y se empiecen a tratar más entre sí. Julio le presenta a una familia a quien él llama las Minglanillas. Son doña Leonarda, una viuda pensionista, y sus hijas Niní y Lulú. Las Minglanillas viven pobremente en una casa miserable de la calle Fúcar. Doña Leonarda añora tiempos mejores, cuando vivía su marido, que era subsecretario, y la familia veraneaba en San Juan de Luz. Los nombres de las hijas venían precisamente de una niñera francesa que tuvieron. Julio tiene a Niní como su querida, pero piensa abandonarla cuando se canse de ella. Esta falta de honestidad escandaliza a Andrés, que en esa visita charla con Mimí: no es guapa, pero tiene gracia e ingenio, aunque le falta ingenuidad.

2.- Una cachupinada. El domingo de carnaval por la noche Andrés vuelve a casa de Las Minglanillas, invitado por Julio a un baile. Este le presenta a Antoñito Casares, un empleadillo y periodista andaluz que usa a las chicas pobres para divertirse y tiene la esperanza de casarse algún día con una chica rica por su dinero. Entre los invitados está una tal Estrella, mujer rubia y guapa con mala fama en el vecindario y que baila sensualmente. Andrés consigue llegar hasta Lulú, que está en ese momento rechazando la invitación a bailar de Casares. Durante la conversación con Andrés, durante la que se hacen grandes amigos, Lulú confiesa que sospecha las intenciones de Julio en relación con Niní. Dice de sí misma que no está interesada en los hombres y que tiene deseos de morirse, porque sabe que nunca vivirá bien.

3.- Las moscas. Al terminar el baile, Casares propone a Andrés y Julio visitar a Doña Virginia, que vive cerca. Son recibidos por la mujer, quien les presenta a dos hombres que la acompañan: un italiano profesor de idiomas y el director del periódico “El Masón Ilustrado”. Supuestamente, doña Virginia es una comadrona que tiene instaladas en su casa a chicas de buena familia que se han quedado embarazadas. Dice a sus invitados que no puede atenderles por estar esa noche de guardia atendiendo a una parturienta, por lo que todo el grupo de hombres sale a la calle, donde hablan de doña Virginia. El director de periódico le cuenta a Andrés que la mujer ha envenenado a dos maridos, que practica abortos, que secuestra a chicas jóvenes y las vende; según él, el italiano es en realidad su amante, antiguo carterista y cómplice en sus crímenes. Todos se dirigen entonces a casa de Rafael Villasús, autor de dramas en verso. Villasús lleva vida bohemia y ha dedicado a sus hijas, Pura y Ernestina, a ser coristas a pesar de sus pocas condiciones para la escena. Pura tiene un hijo con un sainetero amigo de Casares y Ernestina está liada con un revendedor de entradas. Andrés ve con horror que todos se burlan de Villasús sin que este se dé cuenta. Finalmente se lo reprocha directamente al director de “El Masón” y le llama imbécil. Casares media entre ellos y se lleva a Andrés de allí para evitar un incidente.

4.- Lulú. Andrés, que recuerda con agrado la simpatía, la gracia y el desparpajo de Lulú, vuelve a visitarle unos días después y le cuenta el episodio de doña Virginia. Lulú recuerda que un día la vieja alcahueta le propuso un encuentro en casa de un señor mayor. Andrés empieza a visitarle con frecuencia, atraído más por la conversación de ella que por sus encantos como mujer, de los que carece. La familia de Lulú se mantiene con la pequeña pensión de doña Leonarda y las tres pesetas diarias que gana Lulú bordando para un taller de la calle de Segovia. Lulú canta con gracia las canciones populares del momento, responde con descaro a las insinuaciones que recibe en la calle, es servicial con los niños y los viejos. La casa recibe a veces la visita de don Prudencio, un antiguo amigo del marido, a quien doña Leonarda da mil atenciones.

5.- Más de Lulú. A veces, Andrés acompaña a Lulú y la madre en sus paseos, y va conociéndola mejor. Lulú es inestable en su humor, reparte sus simpatías y antipatías arbitrariamente, come sin ningún orden. Es comprensiva con el adulterio y los vicios, pero no soporta la hipocresía y la mala fe. Es muy independiente en sus opiniones y estaría dispuesta a irse con un hombre sin estar casados si él la quisiera de verdad. Con su franqueza y espontaneidad habitual confiesa que hace unos años se libró por poco de un intento de violación.

6.- Manolo el Chafandín. Lulú tiene una amiga de sesenta años llamada Venancia, que vive con su hija, su yerno (Manolo el Chafandín) y tres o cuatro nietos pequeños. La hija es holgazana y borracha y a Manolo no le gusta trabajar, así que todos viven a costa de Venancia, que trabaja incansablemente como planchadora. Discuten con frecuencia, y en cierta ocasión Lulú –que suele ocuparse de la nieta recién nacida- sale en defensa de Venancia, insultando gravemente a la hija y al yerno. Más tarde este se presenta en casa de Lulú armado con un garrote para pedir explicaciones por los insultos, coincidiendo con una visita de Andrés y Aracil. La conversación sube de tono, y Andrés se encara con Manolo y lo echa de allí blandiendo una silla en el aire. Aquel día Lulú se despide de Andrés apretando su mano más fuerte que de costumbre.

7.- Historia de la Venancia. Desde aquel día a Andrés le consideran un héroe en casa de doña Leonarda. Lulú le lleva al taller de doña Venancia, que de joven había servido de doncella en varias casas aristocráticas y considera la aristoctacia como una clase superior, por encima de la moral corriente, a la que disculpa los peores comportamientos. A través de la historia de sus amos conocemos una variedad de personajes decadentes. Primero, una señora que pegaba al marido, los hijos y los criados, que disfrutaba enfrentando a unos con otros, que vestía pobremente a su hija para que nadie se fijara en ella, y que al morir uno de los hijos estando a punto de salir a un baile, esperó a volver del baile para llorarlo. Más tarde sirvió a una duquesa muy guapa y generosa, pero desenfrenada, que tenía los amantes a pares. Andrés opina que la aristocracia es una morralla indigna que se enriquece injustamente con el sudor de los pobres.

8.- Otros tipos de la casa. Lulú está muy interesada en las pequeñas historias de las familias que viven en su misma casa. En las guardillas vive la tía Negra, una vieja verdulera que, cuando se emborracha, vitorea a la República e insulta a los ministros y a los ricos. De vez en cuando pasa dos semanas en la cárcel, pero al salir vuelve a las andadas. También vive allí la señora Benjamina, apodada doña Pitusa, una vieja aficionada al aguardiente que mendiga por Madrid contando historias inventadas a las transeúntes para provocar compasión. Vive también en las guardillas don Cleto, el filósofo de la casa, un hombre culto y educado que se ha arruinado, vive de la caridad y va siempre bien arreglado y con mucha dignidad. Otro personaje de la casa es el Maestrín, un manchego pedante y sabihondo, que tiene una tienda y una hija cuyo honor dice estar dispuesto a defender a cuchilladas. Todos en la casa pagan la contribución don Martín, llamado el Tío Miserias, prestamista y hombre importante del barrio. Es un viejo encorvado y ceñudo, siempre de luto y con un parche negro en un ojo, de vida solitaria e implacable en los cobros. Dueño de dos tiendas, en cierta ocasión uno de sus dependientes estuvo a punto de matarle con una hacha. Las ganancias de don Martín se las gasta su sobrino Victorio, dueño de una taberna y una casa de juego que le dan buenos beneficios.

9.- La crueldad universal. Andrés necesita comentar sus ideas con alguien, así que va a visitar a su tío Iturrioz. Cuando a los quince años empezó a tratarle, le resultó seco, egoísta e indiferente, pero luego empezó a apreciar en él su capacidad de conversar sobre asuntos trascendentales. Antiguo médico militar, vive ahora en un quinto piso con azotea donde tiene como criado a un antiguo soldado compañero suyo. Al preguntarle qué consecuencias se pueden sacar de las vidas que ha conocido en el vecindario de Lulú, Iturrioz afirma que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que unos seres devoran a otros. Los seres humanos tendemos a ver en unos casos injusticia (la hiena que devora su presa o la araña que mata a la mosca) y en otros no (el árbol que absorbe de la tierra el agua y las sales), pero lo hacemos por conveniencia, ya que tememos a la hiena y la araña, mientras que nos sentamos a la sombra de los árboles y los consideramos buenos. De modo que para el hombre lo justo es, en el fondo, lo que le conviene. Luchar contra esta injusticia universal de la naturaleza no tiene sentido. De hecho, ante ella el hombre sensato solo tiene dos opciones: o bien la indiferencia, o bien una acción limitada a un círculo pequeño: se puede corregir una pequeña anomalía, pero oponerse a una regla general es absurdo. Los tipos humanos que Andrés ha encontrado en el vecindario de Lulú no hacen más que reproducir las formas de explotación y de lucha que se dan en la naturaleza: la del microbio, la del insecto, la de la fiera. La vida es una cacería horrible. Iturrioz concluye que todo lo natural es malo; solo lo artificial, lo creado por el hombre, puede ser bueno. Andrés se marcha de casa de su tío preguntándose con angustia qué dirección dar a su vida.
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