Selección natural






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M. Mancusi y M. E. Vitello




Las corrientes teóricas que hemos presentado configuran la etapa clásica de los estudios antropológicos. Si bien nuestro camino nos llevó a relevar diferentes corrientes de pensamiento, queremos señalar algunas características que comparten todas estas escuelas.
El mundo “primitivo” ofrecía un gran laboratorio y la comparación entre las diferentes sociedades y culturas permitiría aprender sobre la naturaleza del hombre, sobre sus posibilidades y limitaciones. El estudio de pueblos alejados de Occidente, de pequeña escala, revelaría determinados procesos básicos con mayor claridad y definición que los estudios que se pudieran hacer en sociedades complejas.
El siglo XIX denotó un marcado interés por encontrar los orígenes de las instituciones sociales (la familia, el parentesco, el derecho, la propiedad privada, etc.) y los antropólogos evolucionistas hallaron las respuestas en su teoría sobre las distintas etapas que toda la humanidad había recorrido hasta llegar a la civilización. Es a partir de la influencia del pensamiento de Durkheim que en la antropología las causas históricas son puestas entre paréntesis, y los antropólogos clásicos se abocan a relevar in situ, con rigor científico y gran nivel de detalle, todas las formas de existencia tal cual se presentaban ante sus ojos.
La unidad de análisis, la pequeña comunidad nativa, debía ser abordada analizando la totalidad  de las relaciones sociales. Esta exigencia de totalidad era específica de la antropología  dentro de las ciencias sociales y se vinculaba con las particularidades de su objeto de estudio y con su metodología. Mientras para Malinowski el concepto totalizador  era la cultura de un pueblo en particular, para Radclife Brown será la sociedad o la estructura social y para Lévi-Strauss será la búsqueda de la estructura subyacente.
La fuerza de los antropólogos  del siglo XX  residió en que sus generalizaciones se basaron en  la observación directa  de los procesos de interacción social entre las poblaciones objeto de su estudio. Estaban convencidos, además, que el análisis de culturas distantes y muy diferentes  a la propia reportaba una nueva perspectiva y garantizaba una objetividad mayor con respecto a la cultura estudiada; esto no se podría conseguir de otra manera.
Debemos señalar también que la antropología no sólo aportó un conocimiento global y contextualizado de los modos de vida más diversos sino que al intentar combatir el etnocentrismo, aplicó el relativismo cultural. Con ello se buscó poner de manifiesto que cada práctica, noción, costumbre sólo tenía sentido en su propio contexto cultural. Esta mirada representó una contribución importantísima en la investigación social, pues relativizó el lugar de la sociedad occidental como parámetro de análisis. La contrapartida fue que la antropología presentó una visión atomizada de la diversidad, donde cada cultura se constituyó en una totalidad en sí misma. El énfasis puesto en el análisis de la lógica interna de los sistemas sociales y culturales hizo perder de vista su subordinación a las distintas potencias coloniales. Y el lugar que los mismos ocupaban en un proceso histórico planetario.
La deshistorización presentó a la diversidad como algo dado, eterno, unívoco en su significación histórica” (Guber 1991: 47). Recordemos que las sociedades abordadas por la antropología clásica integraban dominios coloniales europeos o eran parte de territorios que los EEUU habían subordinado en su expansión. Por esta razón los antropólogos clásicos describieron a estas sociedades como si estuvieran más o menos aisladas y fuesen autosuficientes, homogéneas e integradas.

Movimientos teóricos posteriores:
de los neoclásicos a los contemporáneos

A. Gravano

Rebobinando



Hasta aquí hemos visto las más importantes corrientes teóricas clásicas de la Antropología (y su fuente iluminista), en su mayoría coetáneas y emergentes del proceso de colonialismo occidental, entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. Iniciaremos a continuación un recorrido por los movimientos posteriores, en su mayoría contemporáneos y resultado de los procesos de descolonización. En concreto, veremos los movimientos neoclásicos, los de la antropología de la descolonización, los aportes marxistas, lo que englobamos como interpretativismo simbólico y sus consecuencias en los estudios culturales, y finalmente un esbozo del debate contemporáneo sobre la antropología de la práctica.
Los propósitos de este capítulo son:

  1. dar cuenta de los problemas y ejes de debate teórico principales de estas corrientes del pensamiento antropológico, como resultado de un momento histórico diferente al del contexto inicial de surgimiento de la Antropología,

  2. mostrar los conceptos más desarrollados, con algunos ejemplos, y

  3. dejar la base para establecer ulteriores relaciones entre los modelos teóricos y la reflexión sobre problemáticas contemporáneas.


Un contexto de necesidad está compuesto por la situación y las contradicciones históricas que dan pie al surgimiento de un conjunto de interrogantes que se plantean en una determinada época. Configura un área de temas a los cuales trata de abordar la ciencia mediante la formulación, en principio, de ciertas nociones y categorías que se utilizan para identificarlos y enunciarlos y precisamente darles un estatuto como problemas científicos. Esto significa que pueden ser pasibles de recibir explicaciones e interpretaciones (teorizaciones) que, a su vez, puedan ser testeadas, aceptadas o refutadas mediante el proceso de investigación y reflexión permanente de la disciplina. En otras palabras, un contexto de necesidad es un nudo de problemas que están “fuera” de su enunciación en sí (por eso es con-texto), pero que provoca que un referente cualquiera de la realidad reciba, de parte de los emergentes científicos, distintos tratamientos teóricos.
Estos abordajes teórico-interpretativos, por su parte, se desarrollan en el contexto de formulación, compuesto por las enunciaciones y herramientas que vehiculizan las propuestas teórico-prácticas que el problema provocó. Aunque ciertamente es difícil distinguir en forma tajante un contexto de otro, digamos que al menos en el primero tendremos los interrogantes y en el segundo los intentos de dar respuestas y/o solución a esos interrogantes63.
Por otra parte, proponemos -apoyados en las formulaciones kuhnianas sobre crisis de los paradigmas- un tercer contexto: el de crisis, situado como vértice final de esta relación, y producido cuando se problematizan radicalmente las formulaciones dominantes respecto al tema. En general, de este contexto de crisis surgirán otras preguntas y categorizaciones, que equivaldrán a un contexto de necesidad de otro tema, al que necesariamente sucederán otras formulaciones.
En los capítulos sobre el objeto de la Antropología (Campan), alteridades socialmente construidas (Chiriguini & Mancusi) y el concepto de cultura (Gravano) se hizo notar cómo las representaciones de la realidad -entre ellas la ciencia- nunca son desinteresadas ni neutrales respecto a intereses de época y a la puja entre racionalidades acordes con las contradicciones sociales. Esto nos aparta de entender también los debates teóricos como meras discusiones personales entre científicos, y nos coloca ante la necesidad de desentrañar los ecos de los que se hace cargo cada corriente de pensamiento y el porqué de su vigencia y arraigo. Si bien hay quienes pretenden dar una imagen internalista de la ciencia, nosotros nos hemos volcado por una opción “externalista”, tal como postula Carlos Herrán, para partir de la relación entre la producción científica y los intereses sociales -contexto de necesidad- de los que emerge, aún con autonomía relativa (Herrán 1999)64.
Vamos a situarnos en un panorama global de nuestro capítulo y su relación con los anteriores sobre teorías clásicas. Apelaremos a un cuadro. Como todo esquema, corremos el riesgo de la simplificación y la omisión, y sobre todo de superponer conceptos en forma heterotópica, es decir: colocados en distintos niveles de abstracción, sin homogeneidad entre ellos. Para atenuar estos riesgos, titularemos nuestro cuadro cronológico y sistemático de las teorías con el menos ambicioso rótulo de “ayuda memoria”, pues éste es su propósito: que sirva para ubicar en un mapa conceptual los componentes principales de nuestras exposiciones.
Esos componentes los distribuimos en: momentos históricos de la expansión capitalista mundial, corrientes principales del pensamiento antropológico y los contextos de necesidad, formulación y crisis de cada una. Podrían eventualmente agregarse columnas con los debates más destacados, los métodos más desarrollados, las unidades de análisis, etc. Nos conformamos con estas columnas, a mero título indicativo. Queda al lector la tarea de producir agregados que considere pertinentes, presentes o implicados en el texto o de lecturas complementarias. Es importante alertar que la distribución espacial de la primera columna no obliga a establecer relaciones temporales rígidas (a propósito no estipulamos fechas), lo que intentamos paliar gráficamente con las flechas que indican continuidad de cada contexto.
Recordemos que la cuestión principal de la Antropología (que no reiteramos en el cuadro) es la de la otredad cultural (y el correspondiente concepto de cultura), como resultado del contraste entre la representación del Otro dentro de la expansión y dominio occidental.
Los rótulos deberían ir todos entre comillas, tanto los ismos (o tendencias) cuanto las “antropologías de”, ya que son el resultado de bautismos no asumidos muchas veces o hechos desde perspectivas críticas y en continuo debate. Lo mismo pasa con las categorías o conceptos, ya que cada enfoque tiñe inevitablemente su tratamiento y definiciones (por ejemplo, el término “estructura” tiene por lo menos tres significados distintos, según la corriente de pensamiento de que se trate).
Así, al establecer una relación de influencia o determinación de las principales fuerzas económico-políticas que condicionaron e impulsaron los intereses científicos en general y al pensamiento antropológico en particular (e incluso hacen a la definición de su objeto), nos situamos, en principio, en la etapa mercantil del capitalismo inicial europeo, matriz histórica desde la cual se realiza el proceso de expansión colonial. A partir de aquí, esa ampliación cruenta de la apropiación por parte de las potencias colonialistas e imperialistas se acentuará durante las etapas del capitalismo industrial, luego financiero multinacional y en la actual etapa de globalización.
¿Cuál fue el interés preponderante de la expansión mercantil de la etapa anterior al surgimiento de la Antropología? La mayoría de los estudiosos hablan de “búsqueda de materias primas, tierras, oro, riquezas”. Aunque resulte esquemático, con estos propósitos hegemónicos poco podía importar si los territorios “descubiertos” por Europa tuvieran o no habitantes en su interior, y menos si éstos eran o no humanos. Por eso, estudios del diario de viaje de Cristóbal Colón se han entretenido en contar la centena de veces que mencionó la palabra “oro” y la escasa cantidad de ocasiones en que se refirió a los “naturales” del lugar, sin diferenciarlos mayormente del paisaje, frutos, bestias, colores y sabores que estallaban ante sus sentidos. ¿Podríamos usar esta aparente imagen de desinterés por el otro, en términos humanos, para inferir cuál podía ser el interés “científico” que el mismo despertara en el pensamiento europeo dominante? ¿Habría un propósito principalmente científico desarrollado a partir de esta visión? Podemos suponer que no, al menos en forma directa.
Sin embargo, tal como refiere Krotz, el extrañamiento y el asombro siempre estuvieron latentes, aun en las meras descripciones que naturalizaban la presencia humana en el “nuevo” mundo. Muchas de esas preguntas iban a ser respondidas por las jerarquías intelectuales de la Iglesia Cristiana y por los filósofos de la Ilustración, siglos más tarde (Ghiglino). El interrogante central iba a consistir en establecer un nexo entre esos seres nativos de América y luego de Asia y África (que por estar en un “estado de naturaleza” fueron llamados salvajes) y la civilización de Europa65.
Ocurría que el pensamiento iluminista (contrario al misticismo dominante de la Edad Media) entendió encontrar ese nexo con el origen también por un fin práctico y de su época, no por la mera intención de reconstruir el pasado. Interesaba la reforma del mundo feudal-medieval precapitalista de parte de una burguesía en ascenso que -por medio de la ciencia- debía indagar por las causas del mundo y su dinámica, sobre todo de su futuro. Las preguntas hechas desde el capital eran desafíos a la ciencia, al razonamiento, a la posibilidad de que el hombre y ya no los oráculos y la Providencia dieran respuestas.
Y ya se vio que la idea de progreso estaba vinculada a esa visión de un futuro signado por el desarrollo inagotable de una tecnología creciente, revolucionaria y que a su vez producía la necesidad de reformas sociales y conocimientos que estuvieran acordes con nuevas necesidades de transformación del mundo material, e inclusive de los espíritus (cultura decimos ahora) de la fuerza de trabajo mediante la educación universal.
Claro que a la vez se generaban fuerzas conservadoras. Pero lo principal es que el contexto histórico impulsó interrogantes que el Iluminismo haría que se plasmaran en las corrientes teóricas de las ciencias ya constituidas (Naturales) o en vías de hacerlo (entre ellas la Antropología) a partir de la consolidación de la Modernidad.
En el conocimiento sobre el otro, como fundamentara Rousseau, el hombre civilizado podía encontrar claves para su mejora y respuestas a muchos de sus problemas contemporáneos. Y esto se continuaría como eje en el evolucionismo (y sus epígonos), en el marxismo y en general en las posiciones dialécticas.
En el pasaje del capitalismo mercantil al industrial, la pregunta principal se iría a corporizar en una necesidad de establecer con mayor detalle el cómo del proceso de desenvolvimiento de la Humanidad hasta llegar a la civilización. Ese proceso llevó el nombre de evolución y la corriente de pensamiento acorde fue precisamente el evolucionismo. Las teorizaciones se entornaron alrededor del empuje y desarrollo de las ciencias naturales durante el siglo XIX y el énfasis puesto -de acuerdo con los distintos autores- en la relación entre la evolución o progreso de la tecnología y de las instituciones. Pero en el subyacente proceso real se situaba la explotación extrema de la población de las colonias como mano de obra en estado de servidumbre, a la que también se involucraba en las especulaciones evolucionistas conservadoras, que hablaban de inferioridad cultural o hasta racial, para justificar su subordinación.
Vimos a continuación el detalle de los aportes y discusiones acerca del funcionalismo y del estructural-funcionalismo. En tren del modelo externalista que estamos ensayando de aplicar, podríamos agregar la pregunta acerca de si la asociación entre el interés del capitalismo industrial (ya en vías de transformarse en financiero), donde la colocación de manufacturas y productos es el propósito preponderante, no necesitaría del conocimiento del funcionamiento interno de las sociedades otras y, por ende, la necesidad de no ahondar tanto en sus remotos orígenes o su evolución sino de su escueto presente, concebido, por lo demás como a-histórico, estático y no cambiante, en armonía con valores inherentes a cada sociedad, tal como rezaba el relativismo cultural recién inaugurado por funcionalistas y particularistas. De ahí lo descarnado de la propuesta de uno de los pilares de la antropología clásica:
...los intentos de reconstruir la historia de las culturas y de los pueblos ... no son del más mínimo valor práctico para las tareas de la administración o de la educación de los indígenas.... Lo que el administrador o educador de pueblos dependientes necesita sobre todo es un conocimiento detallado de la organización social, de las costumbres y creencias de los indígenas y un entendimiento de sus significados y funciones...” (Radcliffe-Brown [1931] 1975: 108).
¿Podríamos establecer asociaciones similares entre el interés dominante de cada época de desarrollo del capitalismo en expansión con el resto de las corrientes del pensamiento antropológico? ¿Puede resultar esto una ayuda para visualizar en conjunto las teorías clásicas ya reseñadas?
Suponiendo una respuesta positiva, un ejercicio puede consistir en recordar los vínculos entre, por ejemplo, el afán de análisis estructuralista (a lo Lévi-Strauss) y la necesidad de introducirse en las lógicas o formas de clasificar el mundo propias de cada cultura -incluida la occidental-, mediante categorías universales, en el contexto de expansión imperialista, cuando el mismo enfoque del etnólogo francés reivindica el relativismo, a la vez que desdeña los criterios históricos que tratan de explicar los fenómenos de contraste entre lo salvaje y lo moderno.
Hasta aquí la primera parte del cuadro. Vamos a ver a continuación una serie de movimientos posteriores, algunos de los cuales pueden incluirse en la visión clásica y luego otros que decididamente se ubican en contraste y debate con esos postulados.

Los neo-clásicos




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