Selección natural






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María Cristina Chiriguini




El asombro y la Antropología
Hemos iniciado una aproximación a los temas que trata la Antropología y observamos que la perspectiva o mirada antropológica antecede a su institucionalización como disciplina científica, ocurrida a mediados del siglo XIX. Esa mirada hace referencia al momento en que las sociedades se ponen en contacto y se reconocen como diferentes. En ese instante se instala la pregunta antropológica acerca del porqué de la diversidad de las culturas.
Es el momento donde el asombro pone frente a frente lo propio y lo ajeno, a nosotros y a los otros. Imaginemos el primer contacto de los indígenas americanos con los europeos: lenguas incomprensibles, armas desconocidas, creencias diferentes, otras divinidades, nuevas cotidianeidades. Los viajes habían actuado como marco de esos encuentros desde el comienzo de la humanidad: los primeros viajeros fueron seguramente cazadores-recolectores paleolíticos que, en busca de nuevas áreas de caza y recolección, iniciaban el contacto con otros grupos y pueblos. Más tarde y hasta el presente, guerreros, comerciantes, peregrinos, misioneros, conquistadores, refugiados, entre otros, recrearon y recrean estas impresiones entre lo propio y familiar y lo ajeno y extraño.
Es así como este asombro está presente siempre que se produce el encuentro o el enfrentamiento entre sociedades diferentes, requiriendo cierto nivel de incomprensión, de ininteligibilidad del otro y de sus actos (Krotz 1994). No nos sorprende ese otro por sus particularidades, en su individualidad, sino en tanto representante de otra cultura, como integrante de un universo simbólico diferente. Muy pocos creyeron en Europa al navegante veneciano Marco Polo cuando relató las maravillas que había visto en la China al regreso de sus viajes, en el siglo XIII. Y qué decir de la sorpresa del conquistador Hernán Cortés ante la ciudad azteca de Tenochtitlán, de una magnificencia difícil de atribuir a “esta gente tan bárbara y tan apartada del conocimiento de Dios y de la comunicación de otras naciones de razón...” (fragmento de una carta del conquistador español Hernán Cortés dirigida al rey Carlos V).
Estas puestas en escena (nos referimos al encuentro de unos y otros) ocurren en el marco de procesos sociales e históricos que otorgan sentido y coherencia a los modos como percibimos la otredad cultural; en otras palabras, a la diversidad cultural. Pero en el momento que se produce una situación de conquista y dominación, las relaciones que signarán la visión del otro serán asimétricas y el asombro se desvanece en los proyectos de avasallamiento y opresión. Las potencias imperiales europeas, a pesar de las rivalidades que tenían entre ellas, que las llevaban hasta enfrentamientos bélicos, tenían algo en común: reconocer la alteridad radical respecto de aquellos por quienes ellas se enfrentaban (Augè 1998:25). Un ejemplo paradigmático es el proceso de expansión capitalista que se inicia a principios del siglo XV desde Europa.
Este proceso nos permitirá comprender dos cuestiones importantes referidas a la Antropología. Primero, que es posible aprehender, a través de las sucesivas etapas de expansión del capitalismo en el mundo, eso que llamamos la perspectiva antropológica y que alude a esa relación entre el asombro, la alteridad y la dominación como resultado del enfrentamiento entre dos universos culturales diferentes. En ese sentido la situación colonial forma parte del sistema capitalista, creando al salvaje, al primitivo, como una imagen invertida del europeo. Y, segundo, ese mismo proceso nos explicará el surgimiento de la Antropología como ciencia, en tanto disciplina social que construirá el referente empírico de su inicial objeto de estudio en los pueblos no europeos.
Por este motivo desandaremos el camino recurriendo a la historia para entender en toda su complejidad cómo los pueblos colonizados (esos que hasta ahora hemos denominado “los otros” respecto de los europeos) fueron los primeros que sufrieron el proceso de expansión o mundialización del capitalismo, cuya versión actual es la globalización.
Debemos notar también que a medida que ese proceso de mundialización (también llamado occidentalización por el antropólogo francés Maurice Godelier) avanza y la Antropología empieza a constituirse como una disciplina científica en el siglo XIX, “las preguntas y respuestas sobre el porqué de la diversidad se formulan en torno y a partir de uno solo de los dos polos del encuentro y se presentan investidas de la autoridad que confiere el discurso certificado del científico” (Krotz 1994:9). Aparece una codificación de las diferencias (“primitivo”, “salvaje”, “inferior”) y un despliegue de esquemas evolutivos que van desde sociedades “primitivas” o “inferiores a la sociedad “superior” o “civilizada”.
La irrupción de la colonización en los sucesivos momentos de expansión del sistema capitalista trajo aparejado el proceso de occidentalización y tal como expresáramos anteriormente el asombro inicial se licua en las relaciones asimétricas que conlleva la colonización. El “encuentro” entre culturas diferentes debe entenderse en términos de dominación y sometimiento de todas las dimensiones de la vida de los pueblos conquistados y la imposición en consecuencia de una nueva organización económica, política y cultural.
Los “unos” y los “otros” en la situación colonial
Algo, desde luego es cierto, nada en tierras extrañas es exótico, salvo el extranjero mismo” (Ernest Bloch)
El antropólogo francés Georges Balandier define a la situación colonial como
...la dominación impuesta por una minoría racial y culturalmente diferente, que actúa en nombre de una superioridad racial o étnica y cultural, afirmada dogmáticamente. Dicha minoría se impone a una población autóctona que constituye una mayoría numérica, pero que es inferior al grupo dominante desde un punto de vista material. Esta dominación vincula en alguna forma la relación entre civilizaciones radicalmente diferentes: una sociedad industrializada, mecanizada, de intenso desarrollo y de origen cristiano, se impone a una sociedad no industrializada, de economía ‘atrasada’ y simple y cuya tradición religiosa no es cristiana. Esta relación presenta un carácter antagónico básico, que es resuelto por la sociedad desarrollada por el uso de la fuerza, un sistema de autojustificaciones y un patrón de comportamientos estereotipados operando en la relación. La situación colonial es una situación total” (Balandier Teoría de la descolonización, 1973, cit. Lischetti 1997:23).
Decimos que es una situación de dominación total en tanto abarca todas las dimensiones de la realidad social de los pueblos colonizados. Comprende a) la empresa material, que incluye el control de las tierras, de las riquezas, de la población nativa e impone una economía subordinada a la metrópoli; b) la empresa político-administrativa, que comprende el control y la imposición de autoridades, de la justicia, la eliminación de normas jurídicas nativas y la creación de nuevas divisiones territoriales que rompen las organizaciones políticas autóctonas; y c) la empresa ideológica, que consiste en la imposición de nuevos dogmas e instituciones, desde una evangelización compulsiva hasta la exigencia de la aceptación de modelos culturales extranjeros, cuya función será la de facilitar la dominación por medio de la desposesión y la humillación de la cultura nativa (Lischetti ibid.).
La situación colonial es el resultado de diferentes etapas. Primero, la conquista y la apropiación de las tierras usurpadas; luego, la administración del territorio y, por último, la autonomía política de la colonia, sin romper la estructura de dependencia económica colonial. Desde el momento del primer contacto se considera lo pre-colonial como inexistente y lo existente se lo desvaloriza, se lo discrimina o se lo señala como inferior y exótico, justificando de ese modo la presencia del conquistador y del administrador (Menéndez 1969). En ese sentido, la situación colonial es percibida por los colonizadores como una misión civilizadora que explica la inevitabilidad de la conquista europea, en tanto sociedad portadora de una superioridad total, en lo tecnológico, lo militar, lo religioso y lo ético. En palabras de Albert Sarrault, un ideólogo de la doctrina colonial francesa:
A pesar de algunos peligros y de algunas servidumbres que Europa debe soportar y de algunas compulsiones que recibe para abdicar, no debe desertar de su dirección colonial. Está en el comando y en él debe permanecer. Yo rechazo con todas mis fuerzas, yo repudio con toda la energía de mi razón, todas las tendencias que buscan tanto para Europa como para mi país el despojo de la tutela occidental en las colonias (...). Donde estamos debemos permanecer. Esta no es sólo la consigna de nuestros intereses, es la tónica de la humanidad, la orden de la civilización” (Siglomundo 1969; 39:131).
Las metrópolis europeas durante el siglo XIX establecieron en sus colonias dos modelos diferentes de administración política: el gobierno directo y el gobierno indirecto, de acuerdo con las características de las áreas colonizadas y del grado de desarrollo de los propios capitalismos. Gran Bretaña, potencia industrial y con escasa competencia internacional, optó por un tipo de dominación fundamentalmente económica y con poca incidencia política y militar en las colonias. Mantuvo la estructura política nativa, supervisándola. La teoría colonial británica planteaba la imposibilidad de interpenetración cultural. Partía del supuesto de la incompatibilidad entre formas culturales tan diferentes, lo que la llevó a la implementación de una relación colonial basada en el distanciamiento.
En cambio, Francia, que accedió más tardíamente al proceso de industrialización, ejerció un dominio económico, militar y político directo en las áreas colonizadas, que le permitió hacer frente a la competencia interna y externa de las otras potencias. Para eso intentó eliminar toda la organización nativa, desde las prácticas religiosas hasta el uso de la lengua indígena. Su objetivo era la asimilación de los pueblos colonizados a las formas culturales francesas.
Una y otra forma de colonialismo justificaban y legitimaban la dominación como una cruzada moral y una misión civilizadora desde dos perspectivas: como “recuperación” de las áreas territoriales para “beneficio” de la Humanidad y como forma de llevar y contribuir al “progreso” de los pueblos no europeos (Menéndez 1969). Los siguientes ejemplos son claramente ilustrativos, uno, desde la literatura y el otro, en la voz de un funcionario colonial:
Asumid la carga del hombre blanco,

enviad los mejores de vuestros hijos.

Condenad vuestros hijos al exilio

para que sirvan a vuestros cautivos,

para que vigilen, enjaezados

a pueblos agitados y salvajes.

Pueblos casi indómitos, impacientes,

mitad demonios y mitad niños

(Rudyard Kipling, publicado en el London Time en1899).
No es natural ni justo que los pueblos civilizados occidentales vivan en espacios restringidos donde acumulan las maravillas de la ciencia, el arte y la civilización, dejando el resto del mundo a pequeños grupos de hombres incapaces e ignorantes, o bien a poblaciones decrépitas, sin energía ni direcciones, incapaces de todo esfuerzo. Por lo tanto la intervención de los pueblos civilizados en los asuntos de esos pueblos se justifica como educación y como tutela” (discurso de un alto funcionario francés, 1897) Margulis 1997:47).
Una particular manera de dominar
Los sucesivos momentos históricos de la expansión capitalista europea y de la situación colonial resultante estuvieron sustentados en una concepción del mundo (por supuesto impuesta por los conquistadores) sobre la base de dos polos escindidos, en una dualidad considerada incompatible: civilizado /primitivo; superior / inferior; europeo / no europeo. Esta relación de exaltación de lo europeo y desvalorización de lo no europeo mantuvo sus características estructurales, a pesar de las particularidades que fue asumiendo este proceso en diferentes momentos, desde el siglo XV con el “descubrimiento de América” hasta el presente.
Los modos empleados para poner en práctica la dominación y la subordinación de los pueblos conquistados fueron, por un lado, la violencia directa y consciente que condujo al exterminio de pueblos enteros (genocidio) a través del enfrentamiento directo. La superioridad tecnológica militar de los europeos: armas de fuego, la vestimenta de metal y el uso de caballos, entre otros, fueron los factores que facilitaron la victoria junto con el “espíritu de conquista” que acompañó siempre a estos procesos de dominación. Por otro lado, incidieron la eliminación indirecta o inconsciente, al introducir la viruela, el sarampión, la fiebre tifoidea, la sífilis en poblaciones vulnerables y sin defensa para estas enfermedades epidémicas y el trabajo excesivo a que eran sometidos los nativos, con el consiguiente debilitamiento físico. Y por último -y más nefasto-, la destrucción de las economías regionales por traslados de la fuerza de trabajo masculina hacia los lugares requeridos por la economía de la metrópoli que sumían a las mujeres, niños y ancianos de las comunidades en el mayor abandono y sin capacidad de producir sus propios alimentos.
Otro de los métodos puestos en práctica por los colonizadores fue el paternalismo, instalando en la sociedad colonizada la necesidad de contar con un amo, un tutor blanco que orientara, educara y “civilizara” al nativo, legitimando de este modo la violencia colonial. Esta relación conducirá a la “infantilización” real de hombres adultos por otros hombres (representado en la literatura por el negro “aniñado”, dependiente y pasivo); es decir, crea una situación de subordinación psicológica que Franz Fanon (argelino, psiquiatra y revolucionario) denominó “colonización de la personalidad”, circunstancia que hará innecesaria el uso de la fuerza cuanto más arraigada se encuentre esta creencia en la relación colonial (Worsley 1966:33).
De este modo, la colonización puede penetrar en los aspectos más profundos de los sujetos avasallados, induciendo un sentimiento de inferioridad y dependencia. En este punto es importante señalar que, si bien muchos colonizados fueron afectados psicológicamente por estas relaciones profundamente deshumanizadas, otros, en cambio, respondieron inmediatamente y lucharon junto a su pueblo para modificar esa situación impuesta. Los indígenas calchaquíes en el norte y los mapuches en el sur de nuestro país, por nombrar sólo dos etnias conocidas, pelearon casi hasta el exterminio con las fuerzas españolas. En el continente africano los zulúes derrotaron en el año 1879 al ejército inglés y además ofrecieron una fuerte resistencia a otra sociedad pastora como ellos mismos, pero blanca y de origen holandés, la de los boers4.
Por último, el tercer método empleado en la relación colonial es la actitud de distanciamiento. Este tipo de relación facilita también una mirada deshumanizada, caracterizada por el desprecio en el que domina y el temor y la ignorancia en el dominado, en la medida que la relación se construye sobre la creencia de la superioridad total de Occidente. En palabras de Peter Worsley:
Nunca vio Occidente su superioridad como simple materia de tecnología. Era una superioridad total; ya que Livinsgtone, Manchester y la Biblia iban de la mano, no del todo como hipocresía racionalizadora, no por ningún uso de la religión, basto y de doble intención, ‘justificador’ de intereses materiales más sórdidos, sino porque cada uno formaba parte de un todo cultural, éticamente superior al que había desplazado” (Worsley 1966:30)5.
Es indudable que el que domina, nomina (califica); por eso los otros son los “
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