A fernando, mi marido, por su comprensión, ayuda y cariño






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Nazareno de Viñeros, que portas en tu brazo la llave del Sagrario, cárcel de amor que elegiste para quedarte siempre con nosotros.
“Te nos quedaste vivo;

porque ibas a ser muerto;

porque iban a romperte,

te nos quedaste entero.

Aquella noche santa,

te nos quedaste nuestro”.
Con el corazón traspasado, la Señora de la Soledad sospecha que el final se acerca. Congoja y belleza, hermosura y desconsuelo.

Toda Málaga está esperando, la Alameda de banda en banda, regordetes angelitos iluminan tu camino, convertido en alfombra de romero, Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso,

”Nombre sobre todo Nombre”.
“Lleno de majestad, de gloria lleno,

reflejando en tu faz penas crueles,

vas poniendo en las almas luz y mieles,

mieles y luz que del dolor son freno”.
Y año tras año, y así cuatrocientos, cuando el Nazareno llega a la Plaza de las Cuatro Calles, de la Constitución, mira a su Madre
“Se detiene la Imagen soberana.

Suena un clarín. La voz de una campana

algo divino y mágico predice.

Se oye un himno triunfal. La luna brilla.

El pueblo emocionado se arrodilla,

¡y el Dulce Nazareno lo bendice!”.
Perdonadme que rompa el ritmo de este pregón.
Hace ya unos meses, concretamente en diciembre, esta pregonera recibió el más grande de los regalos, fui invitada a vestir a la Virgen de la Esperanza ¡Mis manos pudieron tocar su bendito rostro! Y cuando ya estábamos casi terminando, una camarera le comentó al vestidor: “Es la misma señora del año pasado, ha venido a traer una canastilla”. El vestidor la invitó a pasar. Nada más encontrarse ante la Virgen empezó a llorar amargamente. Entre sollozos pudimos reconstruir la historia. Padecía una gravísima enfermedad y su único apoyo era Nuestra Señora de la Esperanza. Una camarera le ofreció un pañuelo de la Virgen, que ella inmediatamente se metió en su quemado pecho.
Ya más tranquila, nos relató que hace años va tras su trono. Por primera vez, su hijo, un niño, la interrumpió para decir: “Se pierde la bendición del Señor”. Tras besar las manos de Nuestra Señora se despidió, pero antes nos aseguró que estaría con Ella este año, como siempre.
Cuando salió, todas, con lágrimas en los ojos, rezamos.
Ese día, la Virgen me mostró una vez más, en vivo y en directo lo que es su Esperanza. La perfecta unión entre las cofradías y la fe de un pueblo. Y sentí el inmenso orgullo de ser cofrade, cofrade el año entero.
Y a esta pregonera se le quitaron todos los miedos, porque este pregón está escrito bajo el roce del pañuelo de la Esperanza.
Madre de la Esperanza, compañera de vida, que nos ayudas en el trabajo, nos adivinas en el cansancio, nos esperas en el sueño y nos asistes cuando luchamos.
Permíteme, Madre mía, que hoy no cante ni a tu innata belleza, ni al resbalar de tus lágrimas, ni a tus ojos negros, ni a tu embriagadora mirada, ni al empaque de tu presencia.
Permíteme que mi único canto sea, Esperanza,

mi alabanza, Esperanza,

mi súplica, Esperanza,

¡Bendita seas Esperanza!

Aplaudida, loada, ensalzada, admirada seas, Esperanza.

Esperanza coronada.

Esperanza nuestra.

Esperanza de Málaga.

CRUCIFIXIÓN Y MUERTE.
Le llevaron al lugar del Gólgota, que quiere decir lugar de la calavera…y lo crucificaron” (Mc. 15,22-24).
Acostado en la cruz, duros hierros abren tus manos y tus pies.
Distensionados cordeles tirados por sayones, que no se atreven a encontrarse con tu mirada, te alzan en alto. Cristo de la Exaltación, soberano, manso y sereno.
Clementísimo Cristo que fuiste levantado a la vista de todos sobre el calvario del mundo.

En el árbol seco de la cruz, con los brazos extendidos entre el cielo y la tierra, Señor, Tú nos vas hablando con tu mirada de Esperanza en tu Gran Amor. El amor de tu entrega es nuestra Esperanza. La locura de la cruz, necedad para el mundo, es salvación para el cristiano. ¡Dulce árbol donde la vida empieza!
Y los portadores, rodilla en tierra, confortan a la Señora que se encuentra con su barrio. La Trinidad se desborda, se parte en palmas, cuando la Virgen de la Salud, al son de brillantes notas de cornetas, camina entre una incesante lluvia de pétalos, que convierte la calle en una florida alfombra.
Virgen de la Salud, intercede ante el Señor para que alivie el dolor de los enfermos y asista a los que se dedican a su cuidado.

Virgen de la Salud, guapísima trinitaria, alegría de tu barrio, tesoro malagueño.

El Señor está en la Cruz, mientras Dimas y Gestas esperan ser ajusticiados.
Ternura infinita en la verde mirada del Señor, crucificado sobre un monte sembrado de rojos claveles.
Distinguida seriedad en la afligida dolorosa, que en su recién estrenado trono de repujada orfebrería, bajo palio morado y precedida por nazarenos de negro tergal, lo acompaña.
“Aguas de vivo fulgor

brotan, Señora en tu llanto,

mientras mi pecho en fervor,

te van trenzando este canto,

para calmar tu dolor”.
Virgen del Mayor Dolor en tu Soledad eres dulzura a flor de piel, manantial de sosiego.
Y cada Lunes Santo, esfuerzo conjunto, sin bulla, meciéndose en la dificultad y de un tirón, así sube la Cofradía de la Crucifixión calle Carrión.
Esfuerzo conjunto, sin bulla, meciéndose en la dificultad es el quehacer de esta cofradía, que ve completar su patrimonio, aumentar el número de hermanos y crecer juntos en hermandad día tras día, todos los días del año.

La brisa del Guadalmendina zarandea tres cruces.
Con Él dos bandidos, Gestas insulta, Dimas suplica; “Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc. 23,42), y Cristo se despega del árbol de la cruz para perdonar “En verdad te digo, hoy serás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23,43).
¡Qué espectacular mensaje! Sólo basta el arrepentimiento para alcanzar tu Perdón, Señor.
La Virgen de los Dolores abandona por unas horas su capilla callejera del Perchel y sigue a su Hijo.
Singularidad, clasicismo, categoría en la enlutada Señora de blanca tez, lividez de plata, manos entrelazadas, que sostienen su pena y llanto cristalino.
Dolores del Puente, reina coronada, amiga y confidente de hace más de dos siglos, ayúdanos a construir puentes de tolerancia, que nos permitan enriquecernos con los puntos de vista de los demás.

Puentes de unión, que eliminen absurdas divergencias cofrades.

Puentes de compromiso, que nos lleven a proclamar con orgullo nuestra fe.

En la cumbre del Gólgota, al pie de la cruz estaba, la Madre triste y llorosa y el discípulo a quien tanto quería. “Jesús dijo: Mujer ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: ahí tienes a tu Madre (Jn. 19,26-27).
Cristo de la Penas, que antes de morir nos hiciste la más grande de las ofrendas, entregarnos a tu Madre, a nuestra Madre.
Madre nuestra, “Yo tu Auxilio
vengo a pedir.
Guíame al puerto
salvo y feliz.
En las horas de lucha
sé mi consuelo
y al dejar esta vida
llévame al cielo.
En cuerpo y alma
me ofrezco a Ti”.

Desde la hora sexta se extendieron las tinieblas sobre la tierra hasta la hora nona” (Mt. 27,45). Altos arbotantes intentan iluminar tu Agonía, Señor, mientras graciosos angelitos lloran en un mar de oro y rocalla.
¡Qué larga Agonía, Señor! Se nubla tu mirada, se entreabre tu boca para coger el último aliento, ya no hay luz en tu cara, ya no hay aire en tu pecho.
¡Qué larga Agonía, Señor! Se me desgarra el alma cuando te contemplo.
¡Oh, no!

“¡Oh no eres Tú mi cantar!

¡No puedo cantar ni quiero

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar”.
Perfección absoluta, distinción infinita, elegancia suprema es mi Virgen de las Penas, más bella que el mismo sol.
Eres compás de armonía,

eres aire y eres agua,

eres rosa de los vientos,

eres la luz de mi alma.

De la gracia, soberana,

de mi tiniebla, la aurora,

de la flor, la primavera,

de Pozos Dulces, Señora.
¡Contadlo a los cuatro vientos!, ¡que repiquen las campanas!, ¡que la Reina de las Penas ya tiene su propia casa!
Y cuando por primera vez cruce el umbral de su oratorio y se asome a la plaza de su nombre, miradla a la cara, y cuando se pasee por calle Nueva, miradla a la cara, y cuando entre en el Patio de los Naranjos, miradla a la cara, y cuando la encontréis frente a frente, en San Agustín, miradla a la cara, porque Ella y sólo Ella es flor de radiante hermosura, es flor de las flores.
Y yo, tu camarera, extasiada en tu presencia, quise ofrecerte

“un ramillete de rosas,

las más puras, las más frescas

y no encontrando ninguna

que a Ti misma mereciera,

busqué entonces los jazmines,

y las sublimes orquídeas,

y los dulces alhelíes,

y las preciadas gardenias,

y busqué las margaritas,

la blanquísima azucena

y el humilde llamanovios.

Y no pudiendo encontrar

ninguna que mereciera

a tus pies estar Señora,

yo sólo pongo a tus pies,

todo este amor que me ahoga”.

A la hora de nona gritó Jesús con voz potente: ¡Eloí, Eloí, lema sabachtani! Que quiere decir: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15,34).

Jesús dando una gran voz dijo: Padre en tus manos entrego mi espíritu; y diciendo esto, expiró” (Lc. 23,46).
En un mausoleo de caoba, bronce y plata de estilo plateresco, sembrado de moradas buganvillas, se alza la cruz sobre el mundo, el demonio y la carne. Dos hachones y un pelícano contemplan el drama sacro: Cristo expira, la última mirada buscando al Padre, el último suspiro.
Todo está estudiado en esta Cofradía, orgullo de la Semana Santa malagueña.
Lujo, seriedad, parsimonia y solemnidad para acompañar al Santísimo Cristo de la Expiración.
Las mejores galas, para escoltar al Cristo protector de la Guardia Civil, sufrida y silenciosa, que sabe lo que es entregar su vida como Él, con generosidad nunca suficientemente reconocida.
Y en su trono de plata, “summa artis” del universo cofrade, la Madre acompaña a su Hijo.
Doce apóstoles sostienen las columnas del palio de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia.
Manto negro y oro, palio oro y negro, negro de luto, oro de Reina.
Cuatro lágrimas recorren su cara, donde se percibe un leve rictus de dolor. Mesura y recogimiento en la más valiosa joya, la más hermosa alhaja, prenda y filigrana, María Santísima de los Dolores,
Con Ella se glorifica la noche,

con Ella se glorifica el aire,

con Ella se glorifica la emoción,

con Ella se glorifica el suspiro y el silencio,

Ella, de los Dolores, Reina,

Reina coronada del Miércoles Santo.

Llegando a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado y al instante salió sangre y agua” (Jn. 19,33-34).
Cinco siglos cumplidos en la Cofradía de la Sangre e ímpetu joven. Grandioso trono de atrevidas volutas encierra la escena, la Virgen, San Juan, la Magdalena, un judío y Longinos a caballo, el caballo de la Sangre.
Tú Señor, roto en la cruz, reclinas la cabeza.
“Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, purifícame.

Pasión de Cristo, confórtame …

Y no permitas que me aparte de Ti”.
Cerrad, Virgen de Consolación y Lágrimas, cerrad los ojos y no miréis aquella lanza.

Virgen niña y tierna, consuelo para el que en tu manto malva quiere acogerse.

Virgen niña y tierna, torre de fortaleza, puerta del cielo.

La cortina del Templo se rasgó de arriba abajo en dos partes, la tierra tembló y se hundieron las rocas”(Mt. 27,51).
Reclinada la cabeza, coronada de espina año tras año y ante el pasmo del cielo y la tierra, pende yerto de la Cruz, el Cristo de la Buena Muerte.
La Magdalena, sin miedo permanece arrodillada a tus pies, Señor. Enlutados nazarenos y valerosos caballeros legionarios entre banderas, guiones y estandartes te acompañan y al son de tambores y cornetas rezan y cantan, cantan y rezan. Oración que se repite en cada acuartelamiento como yo misma pude comprobar un sábado legionario de un caluroso Septiembre.
Muerte, “¿Donde está, muerte, tu victoria?” Ha sido vencida por Cristo.
Tú que hiciste de la muerte vida.
Enséñanos a saber vivir,
para saber morir como Tú.
Que vives y reinas
por los siglos de los siglos,
Cristo de la Buena Muerte.
Sobre olas de fe navegas, desplegadas las doradas velas de tu palio, mientras la brisa juguetona se entretiene con tu blanca toca.
Señora de la Soledad, eres timón, jarcias y aparejos de nuestras vidas.

Capitana de nuestras almas.

Faro y guía de nuestras inquietudes.

Puerto y refugio en nuestras adversidades.

“Salve, Señora de la Soledad,

iris de eterna ventura,

fénix de inigualable hermosura.

Madre del Divino Amor”.

Salve, Señora.

Instantes después de tu muerte, te encontramos Cristo de la Redención, sobre un monte de lirios morados. Austeros nazarenos de ruan y esparto con altos cirios te abren camino. Suaves notas de capilla musical nos avisan de tu llegada, engalanados acólitos y niños monaguillos despiden altas nubes de incienso, que se convierte en tu primer bálsamo. Silencio más silencio, solo roto por el ardor de la campana. Ya estás ante nosotros, sobrecogedor, impresionante, la dulzura de la muerte en tu rostro. Y casi no puedo soportarlo ¡Cómo me duele tu dolor!
Detrás hermanos, muchos de ellos descalzos, con la cruz sobre sus hombros, quieren cerrar tu paso.
“Cristo de la Redención, te adoramos y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén”.
¡Qué triste y afligida vas Madre Bendita tras la Cruz de tu Hijo! No pueden suavizar tu dolor, ni el plácido aroma del azahar del Patio de los Naranjos, ni la finura del encaje que enmarca tu rostro, ni la simetría perfecta de las flores, ni el brillar de la candelería, ni la mecida suave de tu palio.
Virgen de los Dolores, entre las tristezas, triste, suavidad infinita, inagotable delicia, dulzura inconmensurable de San Juan.

Al otro lado, en el corazón de la ciudad, una ermita hace burla al paso del tiempo para cobijar a la cofradía de Zamarrilla, historia de amor de un pueblo y de dos barrios Trinidad y Perchel, historia de tradición y devoción, de fe y leyenda.
Cada Jueves Santo, el Cristo de los Milagros nos proclama el más grande de los milagros, el milagro de la Salvación.
“Fue mi vivir para que tú no murieras,

mi padecer para que tú gozaras

y mi muerte para que tú vivieras”.
Sus hombres de trono, catedráticos del andar cofrade, quieren acallar hasta el viento, que nada distraiga, ni siquiera la campana, y a paso zamarrillero, suben calle Larios, ¡silencio!, que está predicando el Cristo de los Milagros con su ejemplo.
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