A fernando, mi marido, por su comprensión, ayuda y cariño






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Amargura, Amargura coronada, la Niña de rosa roja y puñal traspasado en el pecho, mira desconsolada al cielo.
Déjame, Madre, que te acompañe pues grande, más que el mar es tu quebranto, la Amargura de tu llanto.

Déjame refugiarme bajo tu rojo manto, ya que no puedo ser rosa roja para posarme en tu bendito pecho.

La música se ensancha con voces roncas que proclaman “La muerte no es el final. Tú eres Luz. Tú eres vida”.
Es la Claridad de Dios lo que se siente cuando pasas crucificado Cristo de Ánimas de Ciegos.
Señor, danos luz para seguir tus caminos, para iluminar las tinieblas de este mundo.
Y el árbol seco del patíbulo se convierte en árbol verde de vida. Negro y verde, verde y negro Cristo de la Vera Cruz, qué enorme sencillez para expresar tan soberbio mensaje.
Dolor, no, Mayor Dolor es el de la Madre sacudida por la visión insoportable del sufrimiento de su Hijo, flagelado primero, exaltado en la cruz y al final muerto. Señora del Mayor Dolor, Virgen experta en penas, sabia en dolores, maestra en el sufrir, conocedora de todas las espadas. ¿Quién pudiera a tus grandes ojos negros, dar consuelo?

“Cantemos al Amor de los Amores, cantemos al Señor”, que ya es Viernes Santo y la noche empieza a entrar en el Compás.
Cristo en la cruz, suprema lección de Amor. Amor de primavera florecida sobre un leño de Amor crucificado, donde la Madre sin flaquear sufre el más duro de los tormentos, al sentir caer las gotas de sangre del cuerpo roto de su Hijo.

Amor y Caridad.
Caridad, hermosa Virgen, que acoges bajo tu espléndido manto una cofradía “unida en el amor y firme en la fe”, una cofradía ejemplo de compromiso cristiano.

Caridad, hermosa Virgen, que desde tu palio proclamas que donde hay caridad y amor, allí está Dios.

Caridad, hermosa Virgen, Tú que eres Madre del Amor hermoso, ayúdanos a permanecer siempre en el Amor, en el Amor de Dios.

Ya se asoma Gibralfaro y la farola incrédula se pone de puntillas para poder contemplar el triste acontecimiento. Las banderas del Ayuntamiento están a media asta y las palmeras de la Aduana envidiosas se inclinan en señal de respeto.
Ha llegado el crepúsculo, José de Arimatea, hombre bueno y justo tiene ya el permiso de Pilato para bajar el cuerpo del Señor, le ayuda Nicodemo, noble fariseo. Dos escaleras han subido a la cruz, un sudario recoge el cuerpo desangrado y yerto, Cristo es descendido lentamente, poco a poco, con ternura infinita, con suave balanceo. Nuestra Señora del Santo Sudario acompañada por las Santas Mujeres y San Juan presencian la desgarradora escena mientras el parque enmudece y las alegres flores de primavera lloriquean.
Angustias, ¡Qué lágrimas fluyen de tu rostro, mientras ves a tu Hijo Dios, descendido sin culpa del madero!
Seriedad en tu palio de cajón que no quiere moverse para no molestar tu pena.
Angustias, Señora de la Malagueta. Belleza, inmensa belleza.


Una cruz, un sudario y una paloma.
Jesús es bajado de la Cruz y puesto en los brazos de su madre” .
Otra vez acunado en tu rodilla, pero esta vez desmadejado, inerte. Tu mano acaricia su mejilla y percibes la terrible frialdad de la muerte. Piedad, tus ojos ya secos no pueden llorar más, infinito desconsuelo al abrazar el cuerpo de tu Hijo muerto.
Y el Molinillo entero se lanza a la calle para acompañarte, para compartir contigo el sufrimiento.
Nuestra Señora de la Piedad, no te vayas más, que el Molinillo te echa de menos.

Ya llama el muñidor, ya la Santísima Cruz guía que porta el “Lignum Crucis”, preside la procesión, ya se encuentra el cortejo fúnebre en el arca dorada, retablo andante, ya José de Arimatea porta el permiso para enterrar a Jesús, Nicodemo ha recogido los clavos, María Salomé el sudario, María Magdalena la corona de espinas y María Cleofás lleva en un cáliz la mezcla de mirra y aloe. Ya ponen el cuerpo exánime del Señor de la Paz y la Unidad, en tu regazo mi Virgen de Fe y Consuelo, la más dulce de las princesas, prodigio de finura, galanía sin límite, tan delicada, tan tierna, que no quiero que te roce ni el viento. Virgen de Fe y Consuelo, qué suspiros los tuyos.
Nos os lo llevéis tan pronto, que es mi vida.

“Dejadme en este triste abrazo,

dejad que lo contemple dolorida,

dejadle un poco más en mi regazo”.
¿Cómo consolarte Madre mía? Tú que eres consuelo de mis quebrantos, consuelo de mis pesadumbres, consuelo de mis dudas y de mis desosiegos.
No hay para nuestra Madre consuelo ante su Hijo muerto, Señor de la Paz y Unidad, vida muerta, lumbre oscurecida, ¿Son estos, aquellos ojos que oscurecían el sol con su hermosura?, ¿Estas, las manos que resucitaban a los muertos?
Señor,“Haz de los cofrades un instrumento de tu paz:
donde haya odio, pongamos amor,
donde haya ofensa, perdón,
donde haya discordia, unión,
donde haya duda, fe”.
Señor de la Paz y la Unidad,
enséñanos a que no busquemos tanto
ser consolados, como consolar,
ser comprendidos, como comprender,
ser amados, como amar.
Y en el Calvario, Ella, mi Reina del Calvario, sorprendente don de Dios, belleza sin par, iris de paz, plácido aroma, cielo animado.
Cofrades, cuando estéis cansados, agobiados, subid al Calvario. Dejad la ciudad, subid al Calvario, porque el Calvario es la antesala del Cielo, es paz y unidad y allí está Ella, mi Reina del Calvario, firme protección, fortaleza inmutable, tesoro de delicias, paraíso seguro.
¡Qué te quiero, mi Virgen del Calvario!

Quisiera estar siempre cerca de Ti

“Y escalar por tu peana,

y esconderme en tu trono,

y cantarte sin palabras,

y mirarte estremecida,

y adivinar tu mirada,

y cubrirme con tu manto,

y acurrucarme en tus plantas”.

Quisiera estar siempre cerca de Ti, porque te quiero tanto ¡Mi Virgen del Calvario!

Desde la Trinidad parte el séquito. Cristo yace desplomado, inerte en un lienzo, aún mantiene abierto los ojos, mirada sin vida, mirada de muerte.
José de Arimatea, Nicodemo y Estéfano, el primero de los cofrades, sostienen la dulce carga con amoroso cuidado.
Desde la Trinidad llevan a Cristo en su Santo Traslado al Sepulcro. Cuatro ángeles en cada esquina, cuatro pebeteros arrojan incienso.

Dios está muerto. Un escuadrón de soldados romanos custodia el cadáver y una centuria de nazarenos con túnicas de terciopelo y humildes sandalias lo acompañan en tan triste momento.
El barrio sale a despedirlo y una saeta hace el silencio.
Ella, llevada en volandas, sobre un mar azul celeste de capirotes, permanece arrodillada al pie de la cruz vacía, sus ojos fijan la mirada en el cielo y sus brazos se abren buscando el abrazo y el cobijo de su barrio. Ella que siempre es cobijo, Ella que siempre es abrazo, como lo he podido comprobar cada vez que he visitado su capilla, en la mujer que reza, en el hombre que ruega, en la niña que le tira besos. No estás sola, Soledad, tus cofrades de San Pablo y tu barrio trinitario te quieren y están siempre contigo.

Había cerca…un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual nadie aún había sido depositado. Allí, a causa de la Parasceve de los judíos, por estar cerca el monumento, pusieron a Jesús” (Jn. 19,41 s.s.).
Málaga ha preparado un catafalco regio, relieves, esmaltes, ónice, plata, caoba y bronce para el Rey de Reyes. Catafalco sublime y majestuoso, impresionante obra artística y lección iconográfica.
No hay nada en el mundo comparable.
Sobre la fría losa, el cuerpo desnudo del Dios cadáver, cubierto por un sudario blanco. Cristo reposa muerto, descansa en paz.
Una autentica conmoción, que encoge el alma, se produce en el espectador, cuando la Hermandad Oficial de nuestra Ciudad inicia el recorrido. Solemne cortejo, marcha fúnebre de Chopin y el sonar de la campana, lo demás, silencio. Se mastica el silencio. No hay nada que hablar. El Señor ha muerto.
Marinos con las armas a la funerala escoltan a la Señora de la Soledad, sola en su espléndido trono de plata, ascua de luz y palio de malla marinera por donde quieren entrar la luna de Parasceve y todas las estrellas del firmamento para darle aliento.

Soledad, “Sin Hijo, porque está muerto;
Sin luz, porque llora el sol;
Sin voz, porque muere el Verbo;
Sin cuerpo, enterrado el cuerpo;
Es la mayor soledad
que en humanos pechos se vieron”.

Todo el dolor de tu dolor callado, lo llevas dolorosa en tu bello y triste semblante y sobre tu pecho traspasado, aprietas la corona de espinas, infame recuerdo.
Dolores en tu Amparo y Misericordia, ¿cómo secar esos ojos anegados de llanto? Ya no hay remedio posible para tanto dolor.
Austeridad y recogimiento en esta Cofradía para acompañar a la Señora, sola ante la Cruz.
Preocupación ininterrumpida por los necesitados de su feligresía durante todo el año.

Sueño, tal vez algún día realizable, de Sábado Santo.

Tres tambores destemplados inician la procesión. El tiempo retrocede en las calles malagueñas, las luces se apagan. Que nada distraiga la atención, que ya llegas desconsolada, Virgen de los Dolores, tristemente enlutada, negro y más negro, sin más resplandor que tu halo de plata, sin más joya que tus lágrimas, sin más música que el rezo continuado de tus siervos y atravesándote el alma las siete espadas de pena que en tu corazón se clavan.

Oscuridad y estremecimiento.



Un vacío infinito nos embarga el Sábado Santo a los cofrades. Buscamos por las calles con la esperanza de encontrarnos al Señor tras una esquina, pero no está. Aguzamos el oído queriendo escuchar el tambor, que nos anuncie su llegada, pero no suena. Nos refugiamos en la Casa Hermandad y nos consolamos guardando la flor que hizo de alfombra, la cera que alumbró su rostro.
Sábado Santo, vacío infinito.


RESURRECCIÓN.
El primer día de la semana, muy de mañana.
Entrando en el monumento, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con túnica blanca. Él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado” (Mc. 16,5 s.s.).
¡Aleluya! “Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”; “Porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida. Y en su resurrección, hemos resucitados todos”.
“Exulten los coros de los ángeles,

exulten las jerarquías del cielo,

que las trompetas anuncien la salvación,

que goce la tierra libre de tinieblas”.
Luminosa mañana del domingo de Resurrección, las campanas tocan a gloria con alegría desbordada, todas las cofradías a una se funden para celebrarlo en magna procesión, polifonía multicolor de túnicas nazarenas.
Rotas las cadenas, disipadas las sombras, Cristo asciende victorioso del sepulcro, portando la cruz dorada de la gloria, Cristo victorioso sobre la muerte, Cristo vivo que reina glorioso por los siglos de los siglos.
Y el sol más radiante que nunca atraviesa el palio azul celeste para acariciar con sus rayos a la Reina de los Cielos.
“Alégrate, aleluya,

porque el Señor

a quien llevaste en tu seno,

ha resucitado, según su palabra”.
Reina de los Cielos, Virgen de la más gozosa mañana, Madre de la sonrisa, Señora del regocijo, alégrate, ¡Aleluya! El Señor ha resucitado ¡Aleluya!

Por Cristo resucitado, con Él y en Él, los cofrades retomamos con ímpetu renovado el camino cotidiano de nuestro quehacer,

camino de fe,

camino de oración,

camino de caridad,

camino de formación y testimonio,

camino de evangelización.
“No tengáis miedo, cofrades, abrid de par en par las puertas a Cristo”.
No tengáis miedo, porque “Todo lo podemos en Aquel que nos conforta”.
He dicho.
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