Catecismo de la iglesia católica año b comisión episcopal de enseñanza y catequesis subcomisión episcopal para la catequesis índice






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ESQUEMA GENERAL DEL AÑO B (inizio)



Tiempo litúrgico

Enfoque Objetivo
1. ADVIENTO

El cumplimiento de las promesas apoya nuestra esperanza

Convertirnos al Señor que viene a nosotros
2. NAVIDAD

La Palabra se ha hecho carne (Navidad); nos ha nacido de una Madre Virgen (Maternidad); hemos visto su estrella (Epifanía)

Escuchar y atender al Padre que nos ha hablado por el Hijo
3. CUARESMA

La Iglesia camina con Cristo hacia la Pascua

Renovar nuestros compromisos bautismales


4. SANTO TRIDUO PASCUAL

El Siervo se nos da en la Eucaristía y en la Cruz

Morir con Él para resucitar con Él


5. TIEMPO PASCUAL

El triunfo de Jesús es nuestra victoria

Renovar la Iglesia es proclamar la Resurrección
6. TIEMPO ORDINARIO

Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios

Seguir a Cristo por sus caminos

INTRODUCCIÓN AL ADVIENTO (inizio)



Nunca ha sido bueno que haya personas que dirijan su mirada en una sola dirección. Si miran sólo hacia el pasado, se quedan en la simple nostalgia; si lo hacen exclusivamente hacia el presente, olvidan sus raíces y se quedan sin fundamento. Si les preocupa sólo el futuro, difícilmente podrán esperar sin apoyos de ahora o de antes.

La grandeza del Adviento está en que hace mirar en las tres direcciones. La liturgia actualiza el pasado, ilumina desde él el presente e impulsa hacia un futuro que, por lo que aconteció y lo que acontece ahora, está sólidamente apoyado. Es otra manera de decir que celebramos las tres venidas del Señor: la histórica, la permanente presencia en la vida de la Iglesia y la Parusía como consumación de todo, meta de todas las promesas.

Los futuros de los que nos habla el Adviento no son homogéneos. Los hay de largo alcance y de llegada inmediata. Ni el propio Isaías sabía cuándo habrían de tener lugar sus anuncios. Muchos de ellos, y en plenitud, aún no se han alcanzado, aunque estemos ahora disfrutándolos en parte y es sin duda el tiempo verbal que más se usa en todo el año. Pero al notar que el profeta siempre apoya sus predicciones en la seguridad de las promesas divinas, se advierte la confianza en que se cumplirán. Son anuncios que rezuman seguridad. Son futuros que dependen de Dios y saldrán adelante.

Y al mirar esos apoyos, ¿quién puede dudar de nuestro presente? Sobre todo al saber que celebramos el cumplimiento de lo más importante: “He aquí que la Virgen concebirá un Hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios-con-nosotros”.

Por eso el creyente no puede ser persona de mirada en una sola dirección. El remoto pasado nos invita al cercano pasado y éste al presente de la permanencia del Dios “que ha visitado a su pueblo”.

¿Y en que otro apoyo podía fundamentar Jesús el anuncio de su venida al final de los tiempos? Si Él vendrá es porque ha venido y si está entre nosotros es porque vino. Es la justificación de este tiempo de esperanzas. Pero aún es mayor la actualidad cuando descubrimos que estamos llamados a realizar lo hecho y a volver a empezar lo acabado. ¿Preparó Juan los caminos del Señor? Claro que sí. Pero se nos invita a prepararlos aquí y ahora. ¿Se allanaron montes, se enderezaron caminos y se allanaron valles en su tiempo y por su palabra? Desde luego; y sin embargo se nos llama a continuar haciéndolo.

Si nos atenemos a la frase del Bautista: “En el desierto preparad el camino al Señor” nos sentiremos aparentemente no escuchados como Juan se sintió en su tiempo. Pero se formaron colas para recibir el bautismo de conversión. A pesar de tanto desierto. Hasta físico. Y al caer en la cuenta de que hoy como ayer hay muchos que preparan la venida, que viven la esperanza, que se alegran de la actualización sacramental que la Liturgia nos ofrece de la espera y de la venida, el desierto es menos y la alegría mayor porque, además de estar, se Le espera. Y casi sin querer nos hemos topado con la mirada al presente. Siempre que se aguarda algo en nombre de unas promesas fiel y puntualmente cumplidas, esa esperanza es fundada. Se parece mucho a la de los profetas.

El Adviento es un gran acto de fe en que lo que sirvió hace dos mil años sigue en vigor, tan actual como entonces. Es la afirmación de que todo aquello que se anunciaba como inminente: “Hacia Él caminarán las naciones, confluirán pueblos numerosos”; “nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”; “de las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas”; “sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos”; “defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre”; “aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara”... se ha cumplido, se está cumpliendo y que se cumplirá en plenitud al final de los tiempos.

Es el Adviento una solemne afirmación de la permanente actualidad de Dios en las limitaciones que el tiempo supone para el hombre. Porque hablar de Dios como “actual” es como poner límites a su eternidad; es limitarle a un tiempo que, por muy largo que sea, siempre será límite. Por eso es sólo una manera de hablar.

Esa actualidad, sin embargo, nos la presenta la Liturgia tal como es: ilimitada y eterna en sus dimensiones, pero cercana y limitada por las señales que nosotros podemos interpretar . Más todavía: las celebraciones del Adviento nos acercan tanto la expectación de muchos siglos que parece corta; nos muestran tan próxima la prolongadísima esperanza de un pueblo, que se nos antoja corta.

El Catecismo de la Iglesia Católica amplía también esta espera a los pueblos paganos, “aunque confusa”(522). Y otra vez tenemos que afirmar la vigencia de un adviento constante en quienes a tientas y a ciegas, pero con esfuerzo y resolución, buscan afanosamente a Dios entre los múltiples “semina Verbi” diseminadas en todo lugar y en muchas creencias.

Durante este tiempo, la Iglesia quiere y proclama la conversión como preparación para la venida de Cristo. Hay que destacar un aspecto de tal conversión, algo que la hace original y propia de este momento. Lo que Juan predicaba a orillas del Jordán era un bautismo de penitencia para quienes aguardaban desde la fe, para los que esperaban en las promesas. Ello hace suponer que, a pesar de su creencia, de su capacidad de espera, de su fidelidad a Yavé y a sus anuncios de salvación, algo había en la vida de aquéllos no inundado aún por la fe, no empapado por la salvación que Dios les había otorgado ya, aunque en nombre de Aquel cuyos caminos preparaban.

Desde la Liturgia, la Iglesia nos habla a quienes creemos, a quienes hemos puesto en Dios la esperanza. Y lo primero que necesitamos es introspección. Desde la luz que el Espíritu nos otorga, podemos ver los “espacios” que aún no están sintonizados con el Evangelio; las franjas de existencia a las que no ha llegado la conversión porque hemos puesto diques al torrente de salvación.

Los personajes que nos salen al encuentro estos días están a caballo entre los dos Testamentos. Acaso sea más exacto decir que son amigos de Dios por las dos Alianzas. Desde la primera esperan; y son inmediato preludio y “puente” de la segunda. Son testigos de algo que pocos entendieron entonces y que muchos siguen sin comprender ni aceptar: que Cristo es la Palabra definitiva; que no vendrán tras Él otros salvadores. Lo entiende el Bautista cuando quiere disminuir a costa del crecimiento de Cristo. Lo quiere el Profeta, para quien después, en el tiempo futuro que él entrevé, todo será mejor. Lo quiere la Virgen Santísima, no sólo al escuchar al ángel Gabriel, sino al cantar la gloria de quien viene a enriquecer a los pobres y a dejar a los poderosos con las manos vacías. Vive la Iglesia la gozosa novedad, única e irrepetible, de ver a su Excelsa Madre distinguida entre todos los mortales por su Concepción Inmaculada, obra que solamente desde Cristo era posible; como solamente la obra del Espíritu podía hacerla fecunda en su virginidad. Son demasiadas novedades como para pensar que todo iba a ser igual.

Es el Adviento un inmenso juicio de Dios sobre la historia. Revelado desde siglos al pueblo elegido mediante los Patriarcas y Profetas, y preparando una estirpe en la carne para el Hijo, ha ido declarando escasa la esperanza y, sobre todo, escasos los que se fiaban de las promesas. En el momento de la Encarnación, muy poquitos se enteraron y creyeron en los escandalosos signos que se les ofrecieron. Hoy, el Evangelio sigue entre nosotros denunciando la indiferencia de los más ante la presencia permanente de Cristo, o la hostilidad de quienes no quieren ver la indisoluble vinculación de Cristo con la Iglesia, de su Palabra con la de la Iglesia, de su salvación con la de la Iglesia.

La mirada del creyente hacia el pasado (promesas), hace que su fe tenga raíces tan profundamente clavadas en Dios que se siente constantemente invitado a iluminar desde el pasado el presente.

Cuando mira el ahora mismo, verá al mismo Cristo presente en la Iglesia, actualizando su salvación mediante los Sacramentos, haciéndola visible en los signos de la Liturgia, comprometiendo a los suyos en el anuncio de la Palabra y en la vida vivida según el Evangelio.

Cuando la vista se dirige al mañana, se está convencido de que el futuro sólo es de Dios, y que sólo desde Él puede mirarse. Más aún: que sólo quienes ven así el mañana lo podrán hacer distinto. Porque lo hará Él y no nosotros. Cuando los hombres han hecho la historia ellos solos, ya sabemos lo que les ha salido. Cuando la han hecho desde Dios (Isaías, Juan Bautista, María), ya sabemos lo que ha ocurrido. Porque también para ellos hubo un mañana, que leyeron desde Dios. Y lo grande es que en ese “mañana” estaba presente Jesucristo.

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