Informes portal mayores número 53






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Capítulo 6. La novedad de las cenizas. ¿Qué hacemos con ellas?

Los ritos que acompañan al duelo (funerales, etc.), tienen un claro valor antropológico. Ayudan al doliente a aceptar la realidad de la pérdida y a que los miembros de la comunidad puedan expresar tanto su sentir como su apoyo. Hoy cada vez es más habitual que no haya propiamente entierro, sino incineración y la posterior expansión de las cenizas en algún lugar. Todas las culturas suelen tener un tiempo y un lugar para los muertos. En la cultura occidental, de tradición judeocristiana, contamos con el Día de los Difuntos (2 de noviembre) y con la presencia de cementerios. Estas costumbres ayudan, por un lado, a restringir los ámbitos de expresión –personal y social- del dolor a medio plazo, reservando los otros tiempos y lugares para espacios de vida y no de muerte; por otro lado, permiten a las personas en duelo el saber que no hay olvido, convirtiéndose en facilitadores de recuerdo.
Parece prudente que se tenga en cuenta el deseo del doliente –en el caso de que haya incineración del fallecido- para decidir qué hacer con las cenizas, estando recomendado que no se mantengan en el domicilio del mismo. Los hogares han de tender a ser espacios de vida, que no de muerte. La conversión de los hogares en “casas santuario” puede dificultar el proceso de duelo. No obstante, como siempre, habrá que hacer una consideración individualizada de cada caso.

Capítulo 7: Otras claves para la vivencia y acompañamiento del duelo.
1º La persona que quiera acompañar estos procesos debería haberse preguntado a fondo por su propia muerte. Al menos, para no poner en los demás aquello que forma parte de nuestras angustias y nuestros propios duelos ante la experiencia personal de pérdidas.
2º La muerte del otro suele ser la expresión máxima de la experiencia de pérdidas por las que atraviesa todo ser humano. Puede ser útil repasar qué estrategias se han utilizado durante la historia biográfica de cada persona para superar las distintas pérdidas que nos presenta la vida. En esa misma línea, la reflexión puede estar guiada por la dimensión temporal. Hay pérdidas que tienen que ver con lo pasado (lo que tuve y dejo de tener), con el presente (lo que tengo y voy a perder) y con el futuro (lo que deseé tener y tengo que renunciar a conseguir).
3º El término “despedida”, despedirse de alguien fallecido, puede ser muy amenazante para la persona en duelo. No se trata realmente de “decir adiós” a una persona a la que se ha amado, sino de despedirse de un tipo de relación, de vínculo que ya no se puede sostener. Ya no puede haber relación centrada en los sentidos, ya no podemos –desafortunadamente- ni verlo, ni tocarlo, ni oírlo… Pero podemos restablecer un vínculo centrado en los afectos, en el recuerdo de lo mucho que nos transmitió y nos ha enseñado. Igual que la modalidad del vínculo era distinta cuando se era novio de ella, que cuando eran un matrimonio joven que cuando empezaron a nacer los nietos. Las relaciones cambian y uno internamente puede seguir sintiendo viva a la persona fallecida, pero con un vínculo sereno y distinto al que se tuvo. Lo que no significa, sin embargo, que ese proceso se vaya a atravesar sin dolor.
4º Necesidad de gestionar el dolor y de sostener en el dolor. El dolor va a ser inevitable en el proceso de duelo. De la misma manera que las personas hemos tenido que ir aprendiendo a gestionar el amor en nuestro entorno, ahora nos puede tocar gestionar el dolor. Esta expresión –gestionar el dolor- nos aporta vivencia de controlabilidad. El hecho de padecer un dolor tan intenso no significa que yo no pueda hacer otra cosa que padecerlo. Un afrontamiento activo de la experiencia de dolor nos puede llevar a humanizar o a deshumanizar la vida, nos puede conducir a destruir o a construir nuestro propio proyecto vital. El que acompaña ha de ser consciente de su papel de sostener en el dolor y esto es duro. Quien se siente acompañado en la angustia, quien vive que el otro no huye de su experiencia dolorosa, podrá gestionarlo mejor, sin duda alguna, al considerarlo como algo propio, natural por otra parte, que hay que vivir para poder, posteriormente, superarlo.
Memoria gozosa y memoria dolorosa. El objetivo del duelo no puede ni debe ser el olvido. Alguien dijo que “se necesita sólo un minuto para que te fijes en alguien, una hora para que te guste, un día para quererlo y toda una vida para que lo puedas olvidar”. El olvido no sólo no es deseable, sino que tampoco es posible. Lo que parece importante es que la memoria no se quede instalada únicamente en los aspectos dolorosos, precisamente para no traicionar una relación que ha sido significativa y que nos ha aportado tanto. Hay algunas personas en duelo que, de manera no consciente, por su temor al olvido y al vacío se instalan en el recuerdo doloroso. Como si el dolor intenso fuera más tolerable que la amenaza del olvido. Conviene estimular el recuerdo gozoso, la memoria de lo que significó vitalmente, de lo compartido y disfrutado, de las enseñanzas que nos hicieron crecer en la relación con esa persona. Todo ello es compatible con no huir del recuerdo doloroso, que habrá que sostener en su momento.
6º Diferenciar el mundo emocional y moral. Los sentimientos, lo hemos dicho ya, no son ni buenos ni malos. Sencillamente son. Ciertamente, pueden ser agradables o desagradables, pero no tienen categoría moral. La pregunta clave no es si –en el caso del duelo- estar triste es bueno o malo, sino si este sentimiento es adaptativo o no para el proceso de duelo.
De la culpa al deseo. En ocasiones la persona en duelo vive una intensa experiencia de culpa. “Debería haberle presionado a ir al médico cuando empezó con esa tos…; debería haberle cuidado mejor…”. Muchos “deberías” y muy poco productivos. Ninguna relación ha sido completada al cien por cien. Siempre quedan, de algún modo, asignaturas pendientes, lo cuál no describe que el proceso de relación con la persona fallecida no haya sido significativo. En ocasiones puede ser útil ayudar al doliente a reconvertir la culpa en deseo. De la culpa por no haber disfrutado suficientemente de espacios de ocio con la persona fallecida, por ejemplo, se puede pasar internamente a vivir –eso sí, tristemente-, la pena que acompaña el deseo de hacerlo. Dicho de otro modo, la culpa está anclada en el pasado y te vincula de forma negativa; el deseo te sitúa ante el futuro y te vincula de forma positiva, por algo válido que tu corazón quisiera realizar. Ciertamente, es un deseo teñido de frustración, pero te ayuda a vivir la relación como algo válido y significativo en clave positiva y de permanencia interna. Como de forma tan sugerente nos dice el poeta Ángel González en su poema “Muerte en el olvido”: “Yo sé que existo, porque tú me imaginas”.
8º Un ejercicio de creatividad. El hecho de que muchos rituales sociales que acompañan al duelo hayan perdido sus significados, no quiere decir que no podamos utilizar, sobre todo para aquellos que acompañan a personas desde espacios institucionales, estrategias creativas que faciliten los procesos. Hay algunas experiencias muy útiles en residencias de mayores, desde la dinámica grupal, que merece la pena explorar.
9º El peso de lo simbólico. La cuarta tarea que enuncia Worden nos invita a recolocar emocionalmente al fallecido para poder seguir amando. ¿Y cómo situamos al fallecido entonces, con qué contenidos, desde qué imágenes? Las personas en duelo vivencian internamente al fallecido, le sienten dentro, de un modo u otro. En el proceso de duelo, la vivencia puede ir variando, modulada por cómo se vaya gestionando el dolor y el amor de ese vínculo. Parece importante ir poniéndole nombre a lo que eso significa. En el trabajo clínico, hay personas que lo enuncian –pongamos algunos ejemplos reales- como “es la luz permanente que me guía, como la estrella de los Reyes Magos”, “mi consejero permanente”, “mi Ángel de la Guarda, del que me siento protegida”… El hecho de que la presencia del otro sea intangible –no mediada por los sentidos-, no significa que no sea vivida como real y, en esta línea, puede tener un efecto muy terapéutico.
10º Hacia la construcción de una nueva identidad. A la persona en duelo durante los primeros meses le cuesta hasta imaginar un mundo en el que el otro no esté. Lo viven como algo impensable. Durante el proceso, podemos ayudarles a proyectar esa imagen, a construirla sin culpa, a constatar que realmente hay un antes y un después y que no podemos ser los mismos ante una pérdida tan significativa. La identidad también se reconstruye desde los cambios en los vínculos y, lo que en principio es amenazante, se puede convertir en oportunidad.
11º Devolver la vida y la muerte a la comunidad. Desafortunadamente, los procesos de duelo se acaban restringiendo cada día más al espacio privado. Digo que desafortunadamente, porque si la vida se hace en comunidad, como animales sociales que somos, también la muerte se debería vivir dentro de la comunidad, lo cuál nos sitúa en un espacio de responsabilidad compartida.
12º La resolución del duelo. El duelo no es una enfermedad, luego no es algo que se vaya a “curar”. Los indicadores de una resolución adecuada del duelo no son la dimensión temporal (aunque se estima que el proceso suele durar entre 1 y 2 años), ni tampoco el que uno ya no se emocione cuando habla del fallecido, pues algunas personas tienen dificultad para determinadas expresiones emocionales. Un buen indicador podría ser que el recuerdo del fallecido siguiera dejando un poso de tristeza –inevitable, si el vínculo fue significativo-, pero ya no una experiencia de dolor; todo ello acompañado de una buena adaptación a la vida cotidiana de la persona.
13º Vivir es aprender a decir adiós. Soy consciente de lo dura que es esta expresión. Todos preferiríamos afirmar que vivir es aprender a decir “hola”… Hola a la vida, a las relaciones significativas, a la belleza, etc. Sin embargo, una atenta mirada nos puede ayudar a comprender estos procesos. Sólo puede decir “adiós” aquél que previamente ha dicho “hola”, es decir, quien tiene que vivir un duelo por la muerte de una persona es porque su relación con ella ha estado preñada de bienvenidas a lo que esa persona ha significado. Cuando ha habido mucho recibido, cuesta más decir adiós. Por otra parte, para seguir diciendo “hola” y no quedarse clavado en el dolor, uno tiene que decir “adiós”, tiene que despedirse de un tipo de relación, lo que le va a permitir seguir abierto a la vida, a nuevas relaciones, a nuevos vínculos, a nuevas formas de seguir viviendo con mayúsculas.
Como nos recordaba Georges Sand,
Que mi recuerdo no envenene

tus futuras alegrías,

pero no permitas que tus alegrías

destruyan mi recuerdo.

Conclusiones


  • El duelo es una respuesta emocional a la pérdida de un ser querido, que tiene una profunda significación en la experiencia vital de las personas, en general y, particularmente, en los mayores.

  • Existen estrategias para poder aliviar y acompañar esa experiencia de sufrimiento.

  • Las personas mayores suelen tener capacidad para sobrellevarlo pero en determinadas ocasiones, sobre todo cuando se complica, necesitarán ayuda profesionalizada.

  • Una adecuada resolución del proceso de duelo pasa por la aceptación emocional de la realidad de la pérdida, por la capacidad y posibilidad de expresar las emociones que acompañan, por la adaptación práctica y relacional a un mundo en el que el otro ya no está y –finalmente- por poder recolocar emocionalmente al fallecido para así poder seguir vinculándose significativamente.

  • Aunque muchos mayores en situación de duelo no son capaces de vislumbrar la adaptación en el futuro, la experiencia dice que la mayor parte de ellos pueden retomar un proyecto vital distinto, pero también significativo.



Lecturas recomendadas

García-García, J.A., Landa, V., Grandes, G., Mauriz, A. & Andollo, I. (2002). Adaptación al español del Cuestionario de Duelo Complicado (CRDC). Med. Pal. 9(2), 11.
Gingsburg, G.D. (1999). No estás sola cuando él se va. Consejos de viuda a viuda. Barcelona: Martínez Roca.
Neimeyer, R.A. (2002). Aprender de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Barcelona: Paidós.
Soler, C., Barreto MP. (2003) Intervención psicológica en el duelo. Revista de Psicología Universitas Tarraconenses, XXV (1-2), 218-233.
Worden, J.W. (1997).El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia. Barcelona: Paidós, 1997

Referencias bibliográficas

Arranz, P., Barbero, J.J., Barreto, P. & Bayés, R. (2003). Intervención emocional en cuidados paliativos. Modelo y protocolos. Barcelona: Ariel.
García-García, J.A., Landa, V., Grandes, G., Mauriz, A. & Andollo, I. (2002). Adaptación al español del Cuestionario de Duelo Complicado (CRDC). Med. Pal. 9(2), 11.
Hansson, R.O., Remondet, J.H., Galusha, M. (1993). Old age and widowhood: issues of personal control and independence. En: M.S. Stroebe, W. Stroebe & R.O. Hansson (Eds.), Handbook of bereavement: Theory, research, and intervention (pp. 240-254). Cambridge: Cambridge University Press.
Prigerson, H.G. & Jacobs, S.C. (2001). Traumatic grief as a distinct disorder: A rationale, consensus criteria, and a preliminary empirical test. En: M.S. Stroebe, R.O. Hansson, W. Stroebe & H. Schut (Eds.), Handbook of bereavement research: Consequences, coping, and care (pp. 613-645). Washington: American Psychological Association.
Sanders, C.M. (1999). Risk factors in bereavement outcome. En: M.S. Stroebe, W. Stroebe & R.O. Hansson (Eds.), Handbook of bereavement: Theory, research, and intervention (pp. 255-267). Cambridge: Cambridge University Press.
Soler, M.C. & Jordá, E. (1996). El duelo: manejo y prevención de complicaciones. Medicina Paliativa, 3/2, 66-75.
Worden, J.W. (1997).El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia. Barcelona: Paidós, 1997




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