Objetos viajeros e imágenes espaciales: las relaciones de intercambio y la producción del espacio social en el Formativo temprano del no argentino




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títuloObjetos viajeros e imágenes espaciales: las relaciones de intercambio y la producción del espacio social en el Formativo temprano del no argentino
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La interacción social en el Noroeste Argentino durante el período Formativo.
La consideración de la geografía y la ecología ha sido siempre fundamental en los estudios arqueológicos y antropológicos andinos. Desde luego, esta región demanda una racionalidad económica particular (Golte 1980, Salomon 1985). Las comunidades andinas suelen usar diferentes ambientes ecológicos en distintas altitudes o pisos por medio de la residencia dispersa, lo cual implica la ventaja de poder complementar los ciclos productivos de diversos artículos básicos con un incremento de la productividad a largo plazo (Golte 1980) (por ejemplo, fig. 1). Se suele aceptar que estos esfuerzos están orientados a alcanzar la autosuficiencia comunal, el “ideal Andino” por excelencia, encarnado en este sistema vertical mediante el cual cada grupo étnico explota directamente un máximo de pisos ecológicos (Murra 1972). Dicho ideal es considerado el responsable de larga estabilidad observada en las estrategias económicas y sociales del área andina. A pesar de la consideración de los aspectos políticos, las sociedades andinas suelen ser vistas como totalidades cohesionadas y el uso de los pisos como adaptaciones en beneficio de toda la comunidad. Sin embargo, y como algunos críticos de este modelo señalan, el establecimiento de islas de explotación de recursos alejadas de los núcleos poblacionales principales obedeció muchas veces a intereses sectarios de la élite dominante (Van Buren 1996). Es más, en estos modelos el intercambio de bienes sólo se considera como tal cuando involucra a miembros de diferentes grupos étnicos y suele tener un lugar inexistente en los mismos (ver Murra 1972).
En la región surandina, esta autosuficiencia económica se cree que fue alcanzada por una combinación de ambas estrategias: el control directo de pisos ecológicos y los intercambios a cargo de caravanas. Las variaciones en el énfasis entre estas estrategias suelen ser adjudicadas al tiempo y los cambios en la organización social (ver Albeck 1994). En cuanto a las caravanas, se cree que las mismas eran formadas por sociedades de economía pastoril que circulaban a lo largo de vectores que comunicaban la Puna, los valles, la costa del Pacífico y la selva tropical (Dillehay y Núñez 1988:611). Esto es considerado el motor de la integración económica y la armonía política al movilizar los recursos productivos entre diferentes áreas (ibid: 604, 620). Estos autores entienden a la “armonía social” como ausencia de evidencia de conflictos violentos o guerra en el registro arqueológico. El conflicto social y las relaciones de poder en el sentido discutido en la sección anterior están claramente ausentes en esta explicación donde la norma de reciprocidad parece ser más que nunca una suerte de pegamento que provee de cohesión social.
El período Formativo en el Noroeste Argentino9 (600 aC-1000 AD) es generalmente caracterizado como aquel donde grupos igualitarios segmentarios vivían en pequeñas aldeas sedentarias agrícolas o ganaderas con bajos niveles de jerarquía y manteniendo una dinámica interacción social, siempre simétrica y orientada a la obtención de bienes exóticos y a complementar la subsistencia, la cual sin embargo es vista como básicamente autosuficiente (Berberián y Nielsen 1988, Núñez Regueiro 1974, Núñez Regueiro y Tartusi 1993, Olivera 1988, Raffino 1977, 1991, Scattolin 1990, Tarragó 1993; contra. Gero y Scattolin 1995). Aquí me referiré a las evidencias encontradas en lo que suele considerarse la primera parte de dicho período o el Formativo temprano (Núñez Regueiro 1974), con la idea de discutir el modelo asumido de Formativo y sugerir una manera alternativa de consideración de la interacción social y el intercambio de bienes en dicho período.
Hay evidencias claras de circulación de distintas clases de bienes entre las diversas áreas ecológicas del NOA10 desde momentos muy tempranos. Por ejemplo, productos específicos de la selva Argentina han sido encontrados desde momentos anteriores al Formativo en los valles semiáridos y en la Puna (Aschero 1979, Aschero y Yacobaccio 1994, Fernández Dístel 1974), así como también en Chile, particularmente en San Pedro y el valle del Loa (Berenguer y Dauelsberg 1993, Muñoz 1993). Asimismo, estilos cerámicos del NOA se han encontrado con amplias dispersiones, incluyendo también áreas de Chile. Esto concluyó en muchas ocasiones en la asociación de estilos cerámicos y tipos de patrón de asentamiento con áreas geográficas y ecológicas específicas. Las similitudes y los límites observados en estas distribuciones dieron lugar a la confección de esferas o áreas estilísticas-culturales (contra Pérez Gollán 1998?, Quiroga 1995, Ventura 1991). En este marco, el rol de los materiales líticos tales como la obsidiana en las estrategias de interacción social ha tenido un espacio reducido. La consideración de materiales distintos de la cerámica o los metales se ha limitado a algunos bienes orgánicos cuyo origen pudiese ser rastreado.
Aún cuando la mayor parte de los investigadores reconoce que la demanda de gran parte de estos recursos pudo haber provenido del ámbito simbólico/religioso, y que los factores sociales jugaron un papel central en la redefinición constante de las estrategias de reproducción (Pérez Gollán 1994:36, Tarragó 1994), es común asignar un papel de principio estructurante de las relaciones de intercambio a la complementariedad económica establecida a partir de la distribución diferencial de recursos, lo cual explica en última instancia a la demanda social. La complementaridad económica es vista como algo que alimenta a los “intercambios superestructurales”, los cuales se realizan sólo si la autosuficiencia económica está asegurada. Uno de los mayores problemas de esta perspectiva, es la idea de que lo económico puede ser separado de lo político o lo simbólico. Otro problema, es que el espacio parece ser tan sólo el escenario, así como el factor limitante, de la acción humana. El espacio es aquí una fuente de valor, pero sólo como una función de la distancia entendida como abismo que hay que superar cuando se buscan objetos de prestigio no disponibles localmente. Es más, el espacio aquí surge como un principio ordenador, dado que la diversidad ecológica impone la necesidad de complementariedad económica. Así, el intercambio es visto como un mecanismo regulador que equilibraba la subsistencia y alimentaba las actividades rituales.
En consecuencia, las diferencias observadas en la cultura material de las sociedades del Formativo son explicadas en términos de adaptaciones a los distintos ambientes y especialización, lo cual trajo autosuficiencia en la subsistencia. Por el contrario, las similitudes suelen ser interpretadas como la consecuencia de la búsqueda de bienes de prestigio y de subsistencia no disponibles localmente.
Ubicar a las sociedades en las intersecciones de las historias locales y las historias más amplias ha sido siempre una tarea difícil (Roseberry 1989). Es cierto que existe una disponibilidad diferencial de recursos que plantea la necesidad de mecanismos especiales para su obtención. Sin embargo, la consideración de las historias locales en el marco del área surandina se complica aún más si consideramos a la vida social como un mero reflejo del “orden” impuesto por la naturaleza. Superar esta visión implicaría la consideración más detallada de las relaciones de poder y la dominación11 como construidas y desafiadas activamente.
Incluir otros materiales podrían iluminar distintos aspectos de las relaciones de intercambio en el Formativo del NOA. Por ejemplo, las distribuciones de obsidiana posiblemente muestren la existencia de un Formativo distinto, uno que incluso podría ser distinto de aquel que ya conocemos a partir del estudio de estilos cerámicos, metales y patrones de asentamiento. Estos diversos “Formativos” pueden darnos todos juntos una imagen más compleja del período.
Las investigaciones más recientes muestran que el patrón de adquisición y circulación de obsidiana podría haber sido extremadamente complicado. Hasta el momento, distintas áreas del NOA estaban involucradas en el uso de por lo menos cuatro fuentes de aprovisionamiento diferentes, no siendo éstas en algunos casos las fuentes más cercanas a los sitios (Yacobaccio y Lazzari 1995).
Más aún, estudios recientes muestran que la distribución de estilos cerámicos pudo haber sido bastante más flexible y entremezclada que lo que se pensaba hasta el momento. En Yutopián (Valle del Cajón), por ejemplo, aparecen en los mismos contextos algunos estilos usualmente considerados como parte de áreas culturales distintas, junto con evidencias de trabajo de metales y obsidiana (no local) en unidades domésticas que aparecen separadas del resto (Gero y Scattolin 1994, 1995). Esto provee una imagen alternativa a la que surge desde el análisis de las evidencias de otras áreas, donde la obsidiana, las valvas marinas, los metales y los distintos estilos cerámicos tienen contextos de ocurrencia separados o incluso no se encuentran entre las evidencias recuperadas, por ejemplo en los casos de Loma Alta -Falda del Aconquija-, Alamito - Campo del Pucará -, valle de Hualfin, Laguna Blanca - Puna - (Lazzari 1997). En el caso particular de Loma Alta (fig. 2) mientras el patrón de asentamiento plantea similitudes con los valles húmedos orientales y la cerámica plantea en mayor medida similitudes con el valle de Hualfín al occidente (Scattolin 1990), las obsidianas y las cuentas de valvas marinas plantean claras relaciones de mayor escala espacial hacia el occidente, la Puna y el Pacífico (Lazzari 1998). En este caso, esta relación con la Puna no obedecería estrictamente a una necesidad subyacente de pastoreo de camélidos, ya que la sierra de Aconquija ofrece condiciones aceptables para dicha actividad en altitudes mayores a aquella donde se encuentran los sitios de residencia. Otro punto de interés es que, mientras en Yutopián estas distintas clases de evidencia aparecen en un mismo contexto - una unidad habitacional separada del resto del sitio - (Gero y Scattolin 1994, 1995), en Loma Alta aparecen en contextos distintos: la obsidiana aparece solo en las habitaciones, mientras que las cuentas de valvas marinas aparecen en algunas habitaciones y en tumbas. En otros casos, como sitios en los que se supone la existencia de arquitectura ceremonial como Alamito o Tafí, la presencia de objetos no locales, particularmente de la obsidiana, es prácticamente nula (Berberián y Nielsen 1988, Cremonte 1996, González y Núñez Regueiro 1960, Núñez Regueiro 1971, Núñez Regueiro y Tartusi 1993). Esto podría evidenciar una tendencia a privilegiar los contextos donde ocurre la acción pública sobre los objetos en sí mismos a la hora de ejercer el control social (Lazzari 1997). Si agregamos a esto los hallazgos de estilos cerámicos de alta calidad asociados al tráfico caravanero y el consumo de alucinógenos como la cerámica Vaquerías o el estilo Condorhuasi polícromo que aparentan tener contextos específicos y limitados de ocurrencia (Korstanje 1995, González y Baldini 1989, Núñez Regueiro y Tartusi 1993), el patrón se complejiza aún más. Estos casos pueden permitirnos pensar en redes de circulación de objetos mucho más flexibles y complicadas en el Formativo del NOA, sujetas a la constitución y reproducción de diferentes lazos. Cuando miramos las evidencias provenientes de este período, la sensación es que en cada sitio el tiempo-espacio debe haber sido extendido en cada dirección posible a través de la cultura material. Las imágenes espaciales que ésta dibujó, los senderos que marcó, parecen haber sido múltiples redes que se entrecruzaban y se superponían, algo más de acuerdo con la idea de interacción social y circulación de objetos expuesta anteriormente
El patrón de circulación de bienes observado es lo suficientemente complejo como para pensar en una gran variedad de relaciones de interacción y redes que coexistían y planteaban sus demandas sobre los procesos de trabajo locales. Es posible entonces pensar que estas demandas podrían haber estado ligadas a distintos lazos sociales y a distintas formas de autoridad, las cuales a través de sus demandas, podrían haber estado en conflicto.
La relaciones entre la circulación de bienes no locales y los procesos de trabajo deberían ser exploradas en cada caso, a fin de analizar si estos bienes fueron parte de la misma red de interacción o si estuvieron envueltos en redes distintas con demandas particulares que competían con aquellas demandas planteadas por las demás redes. Esto a su vez, podría llevarnos a la identificación de fuerzas contradictorias y tal vez, a la identificación de conflicto social (en cualquiera de sus versiones) y las posibilidades de resistencia, si es que las hubo. De este modo, se plantea un acercamiento de “abajo hacia arriba” (Saitta 1994, Thomas 1993), desde lo cotidiano, desde aquello que construye las redes de dominación - y las resistencias - a través de los hábitos y las tareas cotidianas. Así, podríamos obtener una mejor visión de las diferentes formas en que el poder se manifestó, y de esta manera, dar mejor cuenta de las prácticas sociales en el Formativo. Más aún, muchos de estos objetos parecen ser de uso cotidiano, es decir, no serían objetos de prestigio (por ejemplo la obsidiana, Lazzari 1998). Por el sólo hecho de estar involucrados en las actividades cotidianas, aún sin haber merecido un tratamiento especial en las tareas de todos los días o en su confección, estos objetos crearon un mapa de dimensiones espaciales más amplias a las experimentadas inmediatamente, el cual a su vez constituyó una experiencia vivida y aprendida de manera no discursiva, una suerte de ventana a un mundo al cual se pertenecía o del cual se estaba excluido según cómo se participase en las redes de interacción.
El intercambio de bienes y servicios no es un mecanismo de regulación homeostática (contra Halstead y O’Shea 1989), sino una práctica social que construye un paisaje particular, cuyo mapa y la respectiva posición en el mismo, es aprendido por los miembros de cada sociedad a través de su participación en estas redes de circulación de cultura material, por lo que son el producto a la vez que el medio para la acción social. Tal como el espacio arquitectónico puede constituirse en “libros para ser leídos con el cuerpo” (Bourdieu 1977: 90), el paisaje social construido por medio de los objetos que circulaban y las relaciones sociales que se establecían a través de ellos, era también un “libro” del cual se aprendían valores y roles por medio de la participación en dichas redes y de la inserción de los objetos en los paisajes locales generados por las tareas cotidianas. Así, la constitución de estas redes de circulación, las imágenes espaciales que conformaban, los cambios en las mismas y las demandas laborales que dichas redes planteaban, deberían ser estudiados como campos donde las contradicciones sociales se reflejan y se constituyen en diversas formas de conflicto social, ya sea éste manifiesto o latente. En vez del “Formativo” como parte del origen de “lo andino”, podremos encontrar varios Formativos, donde la cohesión y la armonía están lejos de ser la norma, lo que de esta manera permitiría comprender mejor el proceso posterior de complejidad y desigualdad social. Esto no contradice la idea de una racionalidad económica específica relacionada con la geografía y ecología andinas. Tomando esto, y yendo un poco más lejos, se trata de destacar que la historia es un proceso mucho más fragmentario, en el que la racionalidad económica y sus aplicaciones varían de acuerdo a las estrategias políticas y de identidad. Las sociedades no resuelven primero sus problemas económicos, alcanzan su nivel de autosuficiencia, y después, en el tiempo libre restante, se dedican a los rituales y la reproducción social. Más aún, como hemos visto anteriormente, el trueque o intercambio puramente económico puede alimentar otros intercambios, por ejemplo los ceremoniales, pero también tiene un significado social que le es propio, dado que la aparente igualdad de los socios no es más que aquella planteada por el común acuerdo a intercambiar y esto implica la presencia de una cadena de valores socialmente aceptados y una manera legítima de reproducirlos.
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