Capítulo 1




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Pamela Clare



serie Team 01

AL LÍMITE

Este libro está dedicado a los más de 1.400 periodistas americanos que han fallecido, sobre todo asesinados, por intentar destapar la verdad. Sus nombres aparecen escritos en el Freedom Forum Journalists Memorial de Arlington, Virginia, EE UU, un monumento dedicado a estos héroes de la democracia tan olvidados.

Agradecimientos
Deseo expresar mi agradecimiento y mi amor hacia R y K.

Gracias sobre todo a Mark Kertz, sumiller y director general del Laudisio Ristorante Italiano, por sus expertos consejos sobre vinos y alimentos sensuales; y a Scott Weiser por compartir sus conocimientos sobre la ciencia forense y las armas.

Mis más sinceros agradecimientos a Cindy Hwang, mi editora, y a Natasha Kern, mi agente y amiga, por abrir esta puerta.

Gracias en especial a Michelle White, Timalyn O'Neill, Norah Wilson, Kally Jo Surbeck, Vickie McCloud, Sara Megibow, Joyce Farell, Kelly LaMar y AmyVander salí. Vuestro apoyo y ánimos me mantienen cuerda.

Gracias también a Joel Werner, Vince Darcangelo, Stewart Sallo y al Boulder Weekly. No podría perseguir mis sueños sin todos vosotros.

Y, como siempre, quiero dar las gracias a mi familia y a mis hijos, Alee y Benjamín, y manifestar mi amor por ellos. Sois todo para mí.

ÍNDICE


Capítulo 1 5

Capítulo 2 13

Capítulo 3 20

Capítulo 4 28

Capítulo 5 35

Capítulo 6 44

Capítulo 7 50

Capítulo 8 56

Capítulo 9 62

Capítulo 10 68

Capítulo 11 75

Capítulo 12 82

Capítulo 13 89

Capítulo 14 96

Capítulo 15 104

Capítulo 16 110

Capítulo 17 116

Capítulo 18 123

Capítulo 19 129

Capítulo 20 137

Capítulo 21 144

Capítulo 22 151

Capítulo 23 158

Capítulo 24 164

Capítulo 25 170

Capítulo 26 176

Capítulo 27 182

Capítulo 28 188

Capítulo 29 195

Capítulo 30 204

Epílogo 208

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 212




Capítulo 1


Kara McMillan iba a matar a su mejor amiga. De ella era la culpa de que estuviera allí sola, margarita en mano, en el tugurio de ligoteo más cutre de todo Denver deseando ser invisible. Holly la había llevado allí y luego la había dejado tirada.

Esta vez, Holly se había pasado.

«Acércate a un tío que te ponga y habla con él», le había dicho Holly antes de desaparecer entre el gentío. «Déjale claro que quieres echar un polvo y, en un abrir y cerrar de ojos, estarás gozando en la cama».

Gozar en la cama.

Hacía cinco largos años que Kara no gozaba en la cama, desde que se enteró de que estaba embarazada de Connor, así que la idea de acabar la velada rodeando con las piernas el cuerpo de un hombre fuerte y sensual mientras él la poseía, con fuerza y pasión, casi le hacía gemir de placer.

De todas formas, era realista. Nunca había ligado con un hombre en un bar antes, y estaba segura de que no conocería a nadie que valiera la pena esa noche, sin importar lo que dijera Holly. ¿Cómo se había dejado convencer por Holly de esa manera? ¿De verdad estaba tan desesperada?

Kara se apoyó contra la pared y tomó un sorbo del cóctel por hacer algo. Se encontraba de pie junto a una maceta con un enorme helecho no lejos de la entrada. Las delicadas hojas del helecho la hacían sentirse protegida, pero, a la vez, le permitían ver la barra a la derecha y el restaurante a la izquierda.

El Río del Sol, o el Río como lo llamaban los lugareños, era terreno fértil. En el ambiente flotaban multitud de feromonas, y el bar estaba tan lleno que era imposible moverse sin rozarse contar alguien. La música salía de unos altavoces situados en lo alto, pero quedaba ahogada por las conversaciones, excepto los tonos bajos que palpitaban bajo sus pies como el latido del corazón o el movimiento rítmico del sexo.

Casi todo el mundo iba de negro: cuero negro, Levi's negros, camisetas negras y diminutos vestidos negros que mostraban las tiras de sujetadores negros. Habría parecido un funeral si no fuera porque todo el mundo sonreía, flirteaba y se tocaba. Kara se acordó de los urogallos y sus bailes que había visto en un refugio cercano: miradas lascivas, prominentes bíceps y canalillos expuestos como el plumaje de apareamiento.

En una esquina, una pareja había empezado. Estaban de pie pegados a la pared, con las manos, cuerpos y lenguas entrelazados. La mujer había levantado una pierna y rodeaba con ella la cintura del hombre, mientras él la atraía con fuerza hacia él.

Durante un rato, Kara no pudo dejar de mirarlos y se imaginó en el lugar de aquella mujer, en lo que sentiría si un hombre la abrazara con esa intensidad. Cuando el hombre tomó el pecho de la mujer, a Kara se le paró la respiración.

Desvió la mirada, tomó otro sorbo de la copa y saboreó el gusto salado. Al menos las margaritas eran buenas. Había unos carteles donde ponía que no servían más de tres copas por persona, así que eran fuertes. Tomó otro trago largo. Si tenía que estar ahí, al menos que fuera contentilla. Al día siguiente era sábado. Holly conducía, y Connor dormía en casa de la abuela. Por una vez, podía permitirse el lujo de un poco de diversión, si es que beber margaritas con un helecho gigante como compañía podía llamarse diversión.

«Acércate a un tío que te ponga y habla con él».

Tenía que ser fácil. Kara siempre hablaba con gente. Durante los diez años que llevaba siendo periodista, había hablado con miles de personas: directores corporativos, miembros del gobierno, camellos convictos, supervivientes de guerras, estrellas del rock, incluso con un asesino a sueldo jubilado. Había recibido desagradables llamadas telefónicas, correos electrónicos llenos de odio, incluso amenazas de muerte. Pero nada de eso la había amedrentado. Entonces, ¿por qué la idea de acercarse a un hombre atractivo en un bar le parecía tan aterradora?

«Acércate a un tío que te ponga y habla con él».

Sin duda, era fácil para Holly, que era más joven, rubia platino y tenía un cuerpo que hacía perder el oremus a los hombres: pechos grandes, cintura de avispa y culito respingón. Kara tenía estrías del embarazo en la tripa y solo había superado una copa B de sujetador cuando le daba el pecho a Connor. Su principal activo era su cabello, que atraía la atención porque lo llevaba largo, y quizá los ojos.

Pero, aunque hubiera sido una súper modelo, el sexo casual no era el estilo de Kara, lo que no significaba que ella quisiera que fuera así. Daría lo que fuera por tener la seguridad y actitud abierta de Holly hacia los hombres y el sexo. Al fin y al cabo, Kara tenía treinta y dos años, y se encontraba en el punto sexual más álgido. Hacía tanto tiempo que no estaba con un hombre que creía que su frustración sexual podía generar suficiente electricidad para iluminar todo el metro de Denver.

—Eres patética, McMillan —se dijo a sí misma—. Pa-té-ti-ca.

¿Qué hacía ahí? Debería estar en casa con su hijo, leyéndole Fox in Sox por milésima vez y no en el Río bebiendo sola mientras Holly rondaba en busca de esperma.

Le llegó una brisa fresca cuando se abrió la puerta de entrada para que pudieran entrar unos cuantos más. Mientras se dirigían hacia la barra, se fijó en una cara.

Era el senador Reece Sheridan.

Aunque no lo conocía en persona, lo reconoció por sus muchas fotos publicadas en la portada del periódico desde que había sido elegido hacía dos años. Lo había entrevistado por teléfono alguna vez para su columna o para algún artículo de investigación. Lo consideraba inteligente para ser político y buen comunicador, algo que en Colorado lo diferenciaba del resto.

Tomó otro sorbo y lo observó a medida que él se acercaba.

Pensó que era más guapo en persona. Era alto, sin duda medía más de metro ochenta. Llevaba el cabello rubio oscuro con un corte clásico, corto por detrás y los lados y un poco más largo en la parte superior. Sus ojos eran grandes y las pestañas más largas de lo normal. Sus labios eran gruesos y firmes. En su angulosa mandíbula asomaba una barba incipiente. Llevaba un abrigo de lana gris sobre una camisa blanca y pantalón gris. Llevaba la corbata de seda también gris un tanto suelta.

Le recordó a un modelo de GQ, guapo, bien vestido, elegante. Pensó que, seguramente, en el colegio, habría sido un chico popular. Es probable que hubiera sido presidente de su hermandad en la universidad y, sin duda, había salido con animadoras y chicas de las asociaciones femeninas, que suspiraban por él y por el deportivo que, sin duda, conducía.

Kara casi podía oír los molestos saludos de las chicas: «¡Hoooola, Reeeece!».

Un universitario ganador, de ninguna manera el tipo de Kara.

Kara tomó otro sorbo de la margarita, y se sorprendió al ver que solo le quedaba hielo. Por eso se sentía un tanto mareada. Alzó la mirada de nuevo hacia el senador y recordó lo que le había dicho la última vez que hablaron por teléfono.

«Tienes una voz preciosa. Es muy femenina».

Había considerado el halago como un intento del político de hacerle la pelota. Pero no lo había olvidado.

El senador recorrió con la vista el bar como si buscara a alguien, se quitó el pesado abrigo de los anchos hombros y siguió caminando. Seguro que buscaba a una mujer, pensó Kara. Un hombre como él no pasa mucho tiempo solo.

No vio a Kara y estaba a punto de pasar por delante de ella cuando Kara se oyó a sí misma decir:

—¿Senador Sheridan? —Kara deseó haberse mordido la lengua. ¿Por qué había abierto la boca? ¡No quería hablar con él!

Pensó en salir corriendo, pero era demasiado tarde.

Él la miró y ella supo que estaba intentando averiguar de qué la conocía.

Entonces, él sonrió y se acercó a ella con la mano extendida.

—¿Kara McMillan?

Kara alargó la mano, estrechó la de él y se ocultó tras la máscara de su personaje periodístico.

—Felicidades por haber conseguido la aprobación de su propuesta de ley sobre energías alternativas.

—Gracias. —Su mano era grande y cálida, y sostuvo la de ella un poco más de lo necesario—. Su cobertura fue una de las cosas que me ayudó a conseguirlo.

Kara se sintió molesta por la forma en que el cumplido la había afectado. Se suponía que no debía importarle lo que él pensara.

—Creí que debía escribir sobre el tema. Se trata de una cuestión importante para nuestros lectores.

—Me alegro de conocerla en persona. Tenía ganas de decirle cuánto disfruté con la entrevista. De todos los periodistas que me preguntaron sobre la propuesta, usted me planteó las mejores preguntas.

Kara sintió calores en el rostro, y le horrorizó darse cuenta de que estaba sonriendo.

—Bueno, ése es mi trabajo.

«¡Menuda tontería! Por supuesto que es tu trabajo, McMillan».

—Me habían advertido sobre usted. —Sonrió. Era la típica sonrisa que derretía a las mujeres. Sin embargo, Kara no iba a permitir que ese guaperas la conquistara.

—¿Advertido?

—Me han contado que desayuna legisladores.

La afirmación fue tan atrevida que la hizo reír.

—Solo cuando no consigo asesinos, capos de la droga o violadores.

La sonrisa del senador se iluminó y se rió.

—Vaya, creo que me acaban de insultar. Necesito beber algo para recuperar el orgullo perdido. ¿Quiere tomar algo?

Los buenos periodistas nunca permiten que los políticos les inviten a copas.

—No, no creo que...

—¿Otra margarita?

Azules. Sus ojos eran azules.

—Con hielo y sal.

Él sonrió, tomó su copa vacía y se dirigió hacia la barra. Daba la impresión de que la gente le cedía el paso y, en un momento, estaba de vuelta con dos bebidas en la mano. Le ofreció una y tomó un trago de la otra, un líquido ámbar en un vaso pequeño.

—No sé las margaritas, pero tienen la mejor selección de whiskys de malta de la ciudad. Salud.

—Salud. —Kara bebió e intentó recuperar la sensación de distancia. No tenía por qué intimar con un senador, y menos con uno tan guapo que desprendía encanto a diestro y siniestro.

—¿Está aquí de incógnito o algo así? —le dijo el senador señalando el helecho y sonriendo.

Kara vio cómo su indiferencia desaparecía en la nada. Se alejó de la planta.

—Estoy esperando a alguien.

—¿A su novio?

—No, no, a una amiga del trabajo. Está por ahí. —Kara señaló la multitud—. Estamos esperando mesa y...

—¡Reece! Por fin te encuentro. —Una joven que le recordaba a la Barbie Malibú emergió de la multitud y se acercó al senador.

Kara vio cómo el senador Sheridan tomaba la mano de la Barbie y se inclinaba para besarle la mejilla. Parecía contento de verla. Rubia, con curvas, tostada por el sol... era justo el tipo de mujer que Kara imaginaba que le gustaba al senador. Por alguna razón, le decepcionó haber acertado.

El senador rodeó con el brazo los hombros de la Barbie y la acercó más.

—Melanie, quiero que conozcas a Kara McMillan, del Denver Independent.

Melanie —Kara pensó que Barbie le pegaba más—extendió una mano delicada con una perfecta manicura.

—He oído hablar de usted. Usted fue la periodista que hizo que despidieran a ese funcionario del ayuntamiento, ¿verdad?

—Verdad. —Kara le dio la mano y se esforzó por sonreír.

Melanie se giró hacia el senador.

—He reservado para nosotros una mesita en el fondo de la sala. Puedes hablar un poco más si quieres. Te espero allí para que nadie nos la robe.

Con la melena al viento, Melanie Malibú desapareció entre el gentío.

El senador Sheridan volvió a mirar a Kara con cara de decepción.

—No me apetece acabar esta conversación pero tengo que irme. ¿Va a quedarse aquí un rato más?

Kara deseaba decirle que se fuera a la porra, pero él no había hecho nada malo.

—Habíamos pensado cenar aquí.

—Entonces, la buscaré en el restaurante. —Le ofreció otra de sus sonrisas y desapareció entre la multitud.

Hacía dos segundos que se había ido cuando apareció Holly con los ojos abiertos como platos y una sonrisa en la cara.

—¿Quién era?

—Nadie. —Kara tomó otro sorbo de la margarita.

Holly entornó sus grandes ojos.

—No te lo crees ni tú. Estabas hablando con el tío más guapo de todo el bar. Vi cómo te invitaba a una copa.

—¿Estabas espiando? —Por alguna razón, no le sorprendía lo más mínimo.

—¿Quién era? ¿O es que no te molestaste en preguntarle su nombre? —dijo Holly con los brazos cruzados.

Kara se rindió.

—Era el senador Reece Sheridan.

—¡Un senador! Caramba —dijo Holly con los ojos abiertos como platos.
—Eres demasiado quisquillosa, ése es tu problema. —Holly mojó una tortilla de maíz en la salsa, se la metió en la boca y la masticó—. No sabes nada de ese senador y ya lo has descartado.

Habían conseguido una mesa, habían pedido y Holly todavía no había dejado de insistir en el tema.

—Está aquí con una mujer. —Kara se acabó su segunda margarita—. Además, no es mi tipo.

—¿Alto, sexy y masculino a más no poder y dices que no es tu tipo? Madre de Dios, Kara, ¿cómo tiene que ser, entonces?

—Quiero a alguien de carne y hueso.

Holly la observó durante un segundo y tomó un sorbo de su Coca-Cola Light.

—Todo esto es culpa suya.

—No empieces.

—Si hubiera sido un hombre y no una rata asquerosa, quizá tendrías vida amorosa.

—No puedes culparlo de mis decisiones.

—Habría que capar a ese gilipollas.

Kara abrió la boca para contestar, pero luego la cerró. Había estado enamorada de Galen Prentice y pensaba que él también la amaba, pero la había traicionado y la había dejado cuando más lo necesitaba. Le había pasado lo mismo que a su madre: tener que criar a un hijo sola.

—¿Sabes qué pienso? —Holly tomó otro sorbo de su Coca-Cola Light.

—Creo que vas a decírmelo.

—Pues que ese hijo de su madre te ha hecho tanto daño que tienes miedo de estar con otro hombre que te atraiga. Por eso hace cinco años que no sales con nadie. Te escudas en la maternidad y el trabajo, y usas tus responsabilidades como excusa para no vivir. —Holly movió su rubia cabellera asintiendo y, tras parecer que había acabado su discurso, mordió otra tortilla.

Kara sintió que se le humedecían los ojos, e intentó controlarse.

—Sí que he salido. Salí con Todd Myers, ¿Recuerdas?

Holly fulminó a Kara con la mirada.

—Todd Myers es tan gay como una margarita, y lo sabes. Esto demuestra lo que digo.

El camarero llegó a la mesa con dos platos, una fuente ardiendo y todo lo necesario para las fajitas.

—¿Desean algo más las señoras? ¿Algo de beber?

Kara iba a decir que no, pero Holly se apresuró a responder por las dos.

—Otra Coca-Cola Light para mí y otra margarita para ella.

En cuanto acabaron las fajitas, la conversación había pasado de los hombres al sexo, y Kara hacía siglos que no se sentía tan bien. Se sentía flotar, y todo le parecía agradable, cálido y perfecto.

Observó la copa vacía y se preguntó qué ponían exactamente en las margaritas. Fuera lo que fuera, era muy, muy fuerte.

—Lo que más echo de menos son los besos. —Cerró los ojos un momento e intentó recordar la sensación—. Me encanta cuando notas ese primer contacto de sus labios en los tuyos. Y cuando su lengua se desliza hacia el interior de tu boca. Es tan agradable.

Holly le sonrió y jugó con el hielo del vaso con la pajita.

—¿Sabes qué más me gusta?

—¿Una polla dura?

Por supuesto, Kara oyó a Holly pero no iba a dejar que interrumpiera sus pensamientos. Era tan típico de Holly ir directa a la bragueta.

—Me encanta cuando un hombre me lame los pezones. Me vuelve loca. Ni siquiera puedo pensarlo sin ponerme caliente.

Holly se encogió de hombros sonriendo.

—Eso está bien, pero yo prefiero que tenga la boca un poco más abajo.

—Galen se negó a hacérmelo, pero conocí a un tipo en la universidad que decía que le encantaba.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Era bueno?

Kara asintió y sintió que le ardían las mejillas al recordarlo. Se inclinó hacia delante y miró fijamente a Holly a los ojos.

—Creo que es tan erótico cuando luego le besas y notas tu sabor en su boca...

Una voz de hombre interrumpió la conversación.

—¿De qué están hablando las damas?

El senador Sheridan. Estaba de pie junto a la mesa con el abrigo en el brazo.

Kara alzó la mirada, sintió el calor de la sonrisa del senador y respondió sin pensar.

—Estaba diciendo que es muy erótico cuando besas a un hombre y notas tu sabor en su boca.

Una parte de ella pensó si había dicho algo que no debía. Pero, antes de tener tiempo de pensarlo mejor, el senador tomó una silla y se sentó.

—Estoy de acuerdo —dijo con una picara sonrisa—. Es muy erótico.

A Kara le llegaba el olor de la loción para después del afeitado, un olor cálido y muy masculino. Se había quitado la corbata y desabrochado el botón superior de la camisa, con lo que dejaba a la vista el principio del pecho. También se había desabrochado la camisa y se había arremangado las mangas, de forma que sus musculosos antebrazos quedaban al descubierto.

Kara no se acordó de si alguna vez se había fijado en los antebrazos de un hombre.

Holly tenía razón.

El senador Sheridan estaba como un tren.

Reece tenía que irse. Tenía que acabar de corregir la última de sus cinco propuestas de ley para la sesión, ya que iban a leerse ante el comité la semana próxima. También tenía que leer las propuestas de ley que tenía que votar la semana siguiente. Y siempre estaban las llamadas y los correos electrónicos que tenía que devolver. Pero se dio cuenta de que no podía irse.

Kara McMillan no era para nada como la había imaginado. La fotografía en blanco y negro que aparecía cada semana en su columna de opinión mostraba a una mujer más bien severa, con el cabello hacia atrás y mirando con seriedad a la cámara. Pero la Kara McMillan de carne y hueso era mucho más dulce, con más color y mucho más femenina que en la foto.

Sabía que iba un poco alegre por el color de sus mejillas, un brillo rosáceo en un rostro claro. Sus rasgos eran delicados, casi mágicos. Sus ojos eran de un extraño color verde, oscuros con reflejos dorados. Su cabello era casi negro y le llegaba, fuerte y brillante, hasta la cintura. Era casi treinta centímetros más baja que él y bien proporcionada, con delicadas curvas en los sitios adecuados. Parecía más una bailarina de ballet que una periodista inflexible.

Kara tenía reputación de ser despiadada. Cuando llamaba, la gente temblaba. El último año había conseguido que un jefe de departamento perdiera su trabajo tras descubrir que había entregado miles de dólares en cheques a una empresa inexistente que resultó ser su amante. A Reece le había impresionado.

Entonces, lo llamó a él.

Le había desconcertado su voz, sensual y suave. Había respondido a sus preguntas, sorprendentemente perspicaces, y acabó pensando si su reputación no era más el resultado de su determinación y éxito. Como bien sabía, nada molestaba más a la gente que el éxito, y la negativa a romper las reglas.

Kara se giró hacia su amiga.

—Holly, te presento al senador Reece Sheridan.

—Llámame Reece, por favor. —Alargó la mano hacia la preciosa rubia sentada en frente de Kara.

Ella se la estrechó.

—Holly Bradshaw.

—No pretendía interrumpir vuestra conversación. Estabais hablando de...

—Sexo oral —respondió Kara, en apariencia sin vergüenza alguna—. Dime, senador, ¿qué opinan los hombres sobre hacerles el sexo oral a las mujeres?

—Se ha tomado tres —dijo Holly mientras señalaba a Kara y mostraba tres dedos de la mano.

Pero Reece ya lo sabía.

—No puedo hablar por todos los hombres, pero a mí...

Kara sacudió la cabeza.

—Qué respuesta tan típica de un político.

Reece intentó no reír.

—Si me dejaras acabar mi respuesta...

—Deja que hable —Holly miró a Kara con severidad.

Las mejillas de Kara se volvieron todavía más rosadas.

—Lo siento.

—No puedo hablar por todos los hombres, pero a mí me gusta si la mujer lo pasa bien. No todas las mujeres se sienten contentas con su cuerpo y lo disfrutan, ¿sabéis?

Kara quedó desconcertada con la respuesta y se quedó mirándole la boca.

—¿Te gusta besar a las mujeres?

—Sí, pero no tanto como hacerles el sexo oral.

Los ojos de Kara se encontraron con los de él. Él vio que las pupilas de ella se dilataban y oyó su respiración. La reacción de Kara, indiscreta y sensual, le intrigó, y se preguntó si era tan fiera en la cama como con la pluma.

Una voz interior le recordó que estaba entrando en terreno peligroso. Kara McMillan era periodista. No había nada que le impidiera publicar cualquier palabra que él dijera, nada que la detuviera para hacerle pasar vergüenza una vez que se le hubiera pasado la resaca. Tenía la sensación de que ella no solía beber y que, aunque le gustara preguntar con dureza, sus entrevistas no incluían los puntos de vista de nadie sobre el sexo oral.

Pero, en un segundo, empezó a bombardearlo con preguntas sobre el tema.

—¿Es verdad que las mujeres saben a atún?

—No, para nada.

—¿Es justo que algunos hombres esperen que las mujeres les hagan una felación pero luego se nieguen a devolver el favor?

—De ninguna manera.

—¿Qué gusta más a los hombres, el sexo normal o las felaciones?

—Depende del momento y de la mujer.

Si su intención era ponerle cachondo, lo estaba consiguiendo. Tomó un trago de whisky y casi se atragantó al oír la siguiente pregunta.

—¿Qué se siente al estar dentro de una mujer? —Kara se inclinó hacia él, con los ojos fijos en los suyos y con la barbilla apoyada en la mano.

—Bueno...

—Dios mío, Kara, ¿le estás entrevistando? —Holly rió y se puso en pie—. Si me perdonáis un momento tengo que ir al servicio.

Kara rió, luego se puso seria y habló con una seriedad increíble, como si citara el titular de un periódico.

—El senador Sheridan afirma que no a todas las mujeres les gusta el sexo oral.

Reece rió.

—Llámame Reece, y por favor dime que no es el titular de mañana.

—Me temo que sí, senador —le miró con seriedad—. Es el escándalo senatorial.

Un segundo después, el senador atisbó a Holly despidiéndose de él con la mano mientras se dirigía hacia la salida. En su cabeza, oyó cómo se cerraban las puertas de la trampa con un chasquido.


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