Economías de enclave en la cuenca Amazónica y la región del Chaco: los ciclos del caucho y el tanino






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fecha de publicación02.11.2015
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Economías de enclave en la cuenca Amazónica y la región del Chaco: los ciclos del caucho y el tanino

Por Silvia Simois de Bayon
Entendemos por economías de enclave aquellas que se localizan en determinadas regiones, explotando intensamente un solo producto mientras dura la demanda del mercado, utilizando mano de obra explotada y barata. Al finalizar la demanda deja poco o nulo provecho para el país donde se desarrolla, pues no existe reinversión ni diversificación de la economía, ni genera un mercado regional de producción y consumo. Las ganancias contribuyen al crecimiento de las fortunas personales de los productores, mientras el Estado tiene escasa o ninguna intervención más allá de la captación de ingresos fiscales.

En ese sentido analizaremos la producción del caucho en la cuenca del Amazonas y del tanino en la región Chaqueña.

 Ciclo del caucho en la región Amazónica.
A fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX, la cuenca amazónica se incorporó al mercado mundial a través de la exportación de caucho. Las zonas de producción fueron:

 Los estados de Pará, Amazonas, Piauhy y Matto Grosso en Brasil.

 El departamento de Loreto en Perú

 La región oriental ecuatoriana.

 El territorio del Caquetá y el Putumayo en Colombia.

 El territorio Nacional de Colonias, el departamento del Beni y el territorio del Acre en Bolivia (éste último cedido al Brasil en virtud del convenio de 1902).

Antes del desarrollo del caucho sintético, el natural se obtenía de un árbol natural de los trópicos americanos (Méjico, América Central y cuenca del río Amazonas) cuyo nombre científico es Hevea brasiliensis, conocido también como siphonia elástica; los brasileños la denominaron "siringueira". Los árboles pueden alcanzar entre 30 y 40 metros de altura con un diámetro de hasta un metro y su savia es el látex que más tarde se convertirá en caucho por un proceso industrial.
El primer uso industrial del caucho se debe al químico inglés Priestley que en 1770 observó que servía para borrar trazos de lápiz. Ya en el Siglo XIX, Charles Mackintosch obtuvo la disolución de la goma en esencia de hulla, lo que hizo posible su utilización en vestimentas impermeables. Pero la demanda en gran escala sobrevino cuando Charles Goodyear inventó en 1839 el proceso de vulcanización.

Tanto en EE UU como en Europa se la utilizaba tanto en la industria textil (impermeables, cinturones) como en la de zapatos, instrumentos quirúrgicos y de laboratorio, y para revestir los aros de las ruedas de los vehículos desde 1850. Hacia 1890, la técnica de la vulcanización fue perfeccionada por Dunlop permitiendo la producción de neumáticos para la nueva industria automotriz. El desarrollo de la misma hizo crecer la demanda de goma elástica en grandes proporciones.
Apareció entonces una gran oportunidad para la cuenca amazónica que contaba con enorme cantidad de yacimientos naturales de Hevea, convirtiéndose rápidamente la región en el proveedor más importante del mercado mundial, situación que mantendría hasta que la producción inglesa de Asia logró superarla en cantidad de producción y bajos precios en la década del 30.
La explotación se efectuó en todos los países arriba mencionados, utilizando más o menos las mismas pautas: explotación intensiva de la materia prima orientada a la exportación, localizada en amplios territorios sin controles del Estado y prácticamente ningún beneficio para la economía nacional, explotación abusiva de la mano de obra mayoritariamente indígena, sometida por el sistema de enganche, y ganancias enormes para un grupo, los denominados "barones del caucho", quienes formaron sociedades constituidas en el extranjero, sobre todo en Gran Bretaña.
La importancia que esta producción adquirió en la primera década del Siglo XX puede visualizarse rápidamente si decimos que para 1910 constituía para Brasil el 40% del total de sus exportaciones, para el Perú el 30% y para Bolivia el 22%. Para Colombia y Ecuador no formaban una porción significativa de sus exportaciones.

Condiciones de producción.

En todos los casos re realizó con procedimientos rudimentarios. La extracción del látex era realizado por los llamados "siringueiros", quienes a punta de machete abrían senderos o estradas en la selva. Las áreas explotadas se encontraban en todos los casos cerca de los cursos de agua, para permitir la salida del producto navegando los diferentes ríos de la cuenca del Amazonas. Las estradas podían tener entre 4 y 6 kilómetros y en cada una se construían los "barracones", especie de unidades productivas donde vivían los trabajadores, muchas veces controlados por un capataz al mando de hombres armados, quienes eran los encargados de controlar el trabajo, pero sobre todo evitaban fugas e imponían castigos cuando no se cumplían las cuotas de corte asignadas. Podía darse también el caso de que el trabajador edificara su propia choza para vivir en la estrada, aunque tuviera que dirigirse a la barraca de la compañía para aprovisionarse, pero siempre dentro de la selva.

El látex se obtenía haciendo incisiones con el machete en los troncos de los árboles, y recogiéndolo en cubos que llevaban atado de la cintura. Ya en la barraca, el siringueiro preparaba las bolachas, bloques semi-cilíndricos que se almacenaban esperando que llegaran los lanchones para transportarlos con destino final el puerto de exportación, Manaos o Belén en Brasil.

La falta de mano de obra disponible en la región obligaba a buscarla fuera de ella. El método utilizado se conocía con el nombre de enganche. Los grandes propietarios de gomales contrataban enganchadores que recorrían las poblaciones ofreciendo sumas de dinero y mercancías (conocidos como habilitaciones) para captar peones y transportarlos hasta los lugares de trabajo. Una vez en la selva, el trabajador debía comprar todo lo que necesitaba (herramientas, comestibles y bebidas) en las tiendas que los habilitadores tenían en la zona de barracas, a precios exorbitantes que perpetuaban el endeudamiento. En principio, comenzaba debiendo el pasaje desde su lugar de origen y debía comprar las herramientas a crédito. Y si esto no bastaba, siempre quedaba el recurso del manejo de las cuentas por parte del patrón, aprovechando que eran analfabetos. Mientras tenían deudas, no podían dejar el trabajo y en general existía el compromiso entre los patrones de la zona para no dar trabajo a quienes no tuvieran saldadas sus cuentas con el patrón anterior.

El sistema era perverso no sólo porque convertía al siringueiro prácticamente en un esclavo sin libertad para vender su fuerza de trabajo, sino por que además se ejecutaba deliberadamente para evitar que acumulara reservas y se fuera. En una zona donde la mano de obra era escasa, el sistema del endeudamiento garantizaba la continuidad de la producción. Gamarra señala que la relación laboral así establecida era atípica y la denomina "peonaje por mercancía", ya que de ninguna manera podemos hablar de peones asalariados.

En el caso de Colombia, las torturas y el asesinato de indios era moneda corriente. La prensa de Iquitos denunció frecuentemente las duras condiciones de trabajo en el Putumayo, que fueron reproducidas por la prensa londinense. En 1909, se comisionó al cónsul inglés en Río de Janeiro para que visitara la región y realizara un informe al Parlamento. El mismo concluyó que en doce años se habían producido 4.000 toneladas de caucho por un valor de 1.500.000 libras esterlinas, pero cuyo costo había sido la vida de cerca de 30.000 indios. La publicación del informe produjo la caída de la producción en el Putumayo y de la . (fundada por el peruano Arana pero con mayoría de directores británicos) que controlaba 6.000 kilómetros cuadrados de territorio colombiano.

Las condiciones de trabajo en Bolivia y en Brasil parecen no haber sido mejores. Las denuncias sobre las atrocidades cometidas en el Putumayo, hizo que otras compañías caucheras registradas en Londres fueran investigadas. En el caso boliviano, la más importante era la Casa Suárez Hnos. J.Valerie Fifer cita un informe del Ministro de EEUU en Bolivia al Depto de Estado, en el que manifiesta: "Aparentemente existe más demanda de mano de obra esclavista en el Beni que en el Putumayo; y en la región del Beni hay un poco menos de ilegalidad. Se dice que los indios tienen un precio de mercado en el Beni (Suárez Hnos.) de $ 80 o 1.000 Bs. Este alto valor y la relativa escasez de mano de obra esclavista en Bolivia hace antieconómico a los grupos dominantes, el trato considerado a la vida humana". La cita es elocuente sobre el valor de la vida de los indios en el sistema productivo a que hacemos referencia.

Pese a las denuncias, y como era dable esperar, la explotación del caucho continuó en las mismas condiciones y, aún en aquellos países en que se intentó una tímida legislación protectora de los trabajadores, las leyes no se cumplieron. El poder y la influencia política de los "señores del caucho" les permitía comprar voluntades, incluso darle préstamos a los gobiernos y desconocer las leyes.

Lo cierto es que la debacle de la producción cauchera de la cuenca amazónica no se produjo por mejorar las condiciones de trabajo o los salarios de los siringueiros. A pesar de la prohibición de sacar semillas del país, en 1873 algunas fueron llevadas clandestinamente a Londres desde Brasil y sembradas en el Jardín Botánico de Kew. Más tarde, las plantas se transportaron a Singapur y Ceilán donde dieron origen a plantaciones explotadas racionalmente y con otros recursos técnicos y capitales de inversión, las cuales desbancarían en poco tiempo a la Amazonia del mercado. Ya para 1919 de una producción mundial de 423.000 toneladas, al Oriente le correspondieron 382.000 toneladas.

El colapso fue rápido por la caída internacional del precio de la goma. En pocos años, la producción cesó o dejó de ser cuantitativamente importante. Las ciudades que habían crecido al amparo de la riqueza fácil de los siringales se despoblaron, y los hombres quedaron librados a su suerte.
Como mudo testigo de su momento de esplendor queda el teatro Amazonas de Manaos (capital mundial del comercio del caucho) construido en el medio de la selva a precio descomunal y en cuya inauguración cantara el famoso tenor italiano Enrico Caruso.
Los Estados involucrados poco o nada obtuvieron, precisamente porque no participaron del verdadero negocio del caucho: la financiación, la comercialización y la industrialización, que quedaron en manos de compañías extranjeras. Los costos de la desmesura sin duda se pagaron en miles de vidas de indios "siringueiros" y la destrucción del equilibrio ecológico de la región.

Los "barones del caucho" por su parte, seguramente no esperaron que su gloria fuera tan efímera: sólo supieron ver la posibilidad de ganancia rápida por medio de un producto que parecía inagotable.





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