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Domingo 08 de julio de 2012 | Publicado en edición impresa

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El escenario

Un plan destituyente

Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

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Si todo fuera cierto, como parece, Cristina Kirchner se ha convertido en una cabal destituyente. Después de tantas acusaciones falsas del kirchnerismo sobre supuestos golpismos ajenos, ha sido la primera autoridad política de la Nación la que habría promovido la destitución del gobernador Daniel Scioli. El relato del intendente de Lanús, el kirchnerista Darío Díaz Pérez, sobre una conversación con la Presidenta, la muestra a ésta casi desesperada para que Scioli se vaya cuanto antes de la gobernación. Es improbable que Díaz Pérez, un político que siempre prefirió callarse, haya elegido por sí solo semejante historia para aprender a hablar. Más vale creer que el kirchnerismo fue notificado de manera oblicua, como suele hacerlo, sobre el destino de Scioli. Un destino sin destino.

Scioli podría reclamar el mismo trato que tuvo el ex presidente paraguayo Fernando Lugo, a quien al menos le montaron el teatro de un juicio político. Al gobernador, en cambio, lo juzgó y lo condenó la opinión y la voluntad de una sola persona: la Presidenta. El relato de Díaz Pérez es creíble, a pesar de los desmentidos, por uno de esos datos que parecen secundarios. El intendente contó que Cristina habría dicho que Scioli "pasa mucho tiempo con los Pimpinelas y poco tiempo trabajando".

Un kirchnerista que la conoce desde hace mucho tiempo concluyó así: Fue ella. Desde hace muchos años alude a la relación de Scioli con los Pimpinelas para subrayar su frivolidad .

Desde hace años también, Scioli se niega a creer que es un hereje para el kirchnerismo. ¿Lo cree realmente? ¿O usa ese argumento para seguir diferenciándose de los que mandan? En su conferencia de prensa de ayer se mostró más Scioli que nunca. Con el ropaje de un pacifista dispuesto a enfrentar desarmado las balas, señaló que sus únicos enemigos son los delincuentes y las drogas. Un político sin enemigos. ¿Hay algo más diferente del kirchnerismo?

El problema de Cristina con el gobernador es político, ideológico y personal. El conflicto político se reduce a una simple y general constatación: Scioli encarna ahora el relevo del kirchnerismo en el liderazgo del peronismo. Ese relevo no surge de un proyecto nuevo, porque nadie sabe cuál es el proyecto de Scioli. Tampoco se explica en un carisma especial, del que el gobernador carece. El único fenómeno que se advierte en Scioli, casi inexplicable, es su capacidad para atravesar las tempestades sin mojarse. No es un sabio administrador ni un deslumbrante orador. Su forma de ser, con todo, es poco habitual en el peronismo de estos días: sabe escuchar, trata de entender al otro y le gusta más la amistad que la enemistad. Suficiente. Ese único trazo lo define como un peligroso antikirchnerista.

Podrán decirse muchas cosas de las palabras desestabilizantes de la Presidenta, pero no podrá negársele que tiene razón cuando ve una contradicción ideológica entre ella y Scioli.

Scioli viene del mundo empresario y de frecuentar al famoseo local desde que era deportista. La Presidenta ha hecho de las ideas y de la política un drama perpetuo, una ópera continua, aunque también le gustan los famosos. Lo suyo no son los Pimpinela, sino Bono, Roger Waters o Sean Penn. Estos no son híbridos; tienen el glamour de la progresía que ella cultiva. La principal contradicción entre ellos consiste en que Cristina es una señora del Barrio Norte porteño con un discurso de imprecisas revoluciones, mientras Scioli es un hombre con fortuna personal que sólo aspira a ser previsible.

Nadie sabe si el rencor personal fue anterior a esas discordias políticas e ideológicas o si el rencor fue producto de ellas. Pero el rencor también existe. Scioli no es nadie para quien aspira a fundar una historia todos los días. Cristina está rodeada de personas que no son nadie, pero Scioli le deparó una sorpresa: ese nadie es más popular que ella, quiere ser presidente cuando ella ya no pueda serlo y el peronismo está siendo seducido por él. El kirchnerismo puede soportar cualquier idea menos la del fin del poder.

Al peronismo le importan pocas cosas, pero decisivas: las encuestas, la continuidad en el poder, el control de las organizaciones sectoriales y la capacidad para influir en un gobierno. Scioli le garantiza, por ahora, todo eso. Sucede lo mismo con Hugo Moyano. El kirchnerismo los está convirtiendo en mártires y corre el riesgo de transformarlos a Scioli y a Moyano en ídolos peronistas.

Hay quienes aseguran que la Presidenta tramó la destitución de Scioli antes de que Scioli fuera reelecto. ¿Qué sentido tuvo si no, ante las evidencias de ahora, la imposición de Gabriel Mariotto como vicegobernador? ¿Cómo se explica, si no, que Mariotto se haya dedicado desde el primer día a erosionar el equilibrio de su gobernador? El sesgo autorreferencial de la Presidenta es antológico. Un vicepresidente fue un traidor por haber votado una sola vez en contra del gobierno en el Senado, pero Mariotto no lo es cuando debilita a Scioli un día sí y otro también.

A pesar de todo, hay otra cuestión que se metió calamitosamente entre la Presidenta y Scioli: la economía. Cristina ha declarado una guerra donde existía una necesidad compartida. La situación económica de Scioli es desastrosa, pero la Presidenta no está mucho mejor. La única diferencia es que la Nación cuenta con el Banco Central y puede emitir. Los gobernadores tienen que mendigar , describió el economista Carlos Melconian. No es una diferencia menor, es cierto, aunque también la ventaja de Cristina tiene su desventaja: la alegre emisión de dinero espolea la inflación, que es el gran problema irresuelto de la Argentina.

Una novedad sorprendió en los últimos días: los economistas privados y el Indec comienzan a coincidir por primera vez en cinco años. Todos ellos dicen que la caída de la economía tiene una velocidad de vértigo. Economistas privados aseguran que la economía creció en el primer semestre del año entre el 0,5 y el 1 por ciento interanual. Nada. Es una recesión de hecho. El país ingresó al segundo semestre con su economía en recesión.

Los datos parciales del Indec acompañan esas estimaciones. Según las estadísticas oficiales, el PBI industrial cayó un 4 por ciento y un 5 por ciento la construcción. La venta de automóviles se derrumbó un 24 por ciento en abril, otro 24 por ciento en mayo y un 34 por ciento en junio. La producción de cemento registró un descenso importante en el primer semestre. La caída de la inversión fue altamente negativa en los primeros seis meses del año; algunos economistas privados señalan que podría estar en 16 puntos por debajo de cero.

Las restricciones para acceder al dólar, que se agravan con el paso de las semanas, y el freno absoluto y discrecional para las importaciones están convirtiendo a la economía en un páramo.

Decenas de obras privadas se frenaron en seco en los últimos días. Nadie está dispuesto a invertir en un país donde la propiedad del dinero ha dejado de ser propiedad privada. El Gobierno hasta hizo saber que obligará a los bancos a dar créditos a tasas del 14 por ciento anual, muy por debajo de la inflación. Así, condenará a los bancos a trabajar a pérdida o, en el peor de los casos, a la quiebra.

La única buena noticia de los últimos días fue un nuevo repunte del precio de la soja en el mercado de Chicago, que llegó a rozar los 600 dólares la tonelada. ¿Significa que el próximo año será mejor? No. Sólo habrá una mayor disponibilidad de dólares. La situación macroeconómica tiene otros condimentos letales y su modificación requeriría de un cambio sustancial de la política económica. Cristina Kirchner carece de ductilidad para decisiones de esa envergadura y no está dispuesta a reconocer que se equivocó. No lo ha hecho nunca.

La Presidenta podría haber acordado con Scioli en que los dos están mal. Hubiera sido una manera diferente de abordar la escasez real y mutua. Prefirió, al revés, confirmarse ella misma lo que ya sabía: que está ante un enemigo que la acecha para quitarle el poder. Eligió intentar una destitución antes de ser destituida.

Es la manera, conspirativa y enredada, de Cristina para resolver los problemas colectivos que están a la vista de todos. Es la mejor manera, también, de no resolverlos nunca..

Domingo 08 de julio de 2012 | Publicado en edición impresa

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El narcisismo presidencial y la economía cristinista

Por Fernando Laborda | LA NACION

Twitter: @flaborda | Ver perfil

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Los últimos discursos públicos de la Presidenta vienen provocando una llamativa controversia de la que no sólo participan analistas políticos, sino también especialistas en psicología y en semiología. ¿Padece Cristina Fernández de Kirchner severos desbordes emocionales o todo es parte de una gran simulación? ¿Sigue gravemente afectada por la muerte de su esposo o teatraliza un dolor de viuda que la ayudó a obtener pingües resultados electorales? ¿Sufre ataques paranoicos cuando denuncia intentos "destituyentes" por todos lados o bien forma parte todo eso de una estudiada sobreactuación con un fin político? Tales son algunos de los interrogantes que suscita entre esos profesionales la permanente autorreferencialidad que la primera mandataria pone de manifiesto una y otra vez en sus cuidadas apariciones a través de la cadena nacional de radio y televisión.

Desde el súbito fallecimiento de Néstor Kirchner, la Presidenta modificó su imagen, prolongó hasta hoy el color negro de su vestimenta y, probablemente asesorada por especialistas en marketing político, comenzó a mostrar más sus emociones. Así como nadie puede dudar del dolor que genera la muerte de un ser querido, también es cierto que un sentimiento genuino puede ser exagerado.

Una de las patologías más proclives a la teatralidad es la histeria, como señala el médico psicoanalista Jorge Kury, para quien en este cuadro puede observarse la tendencia a hacerse la víctima echándoles la culpa a los demás.

Claro que detrás de estos rasgos bastante evidentes, como la teatralidad y la histeria, pueden ocultarse trastornos narcisistas, cuyas características suelen ser una preocupación constante por definir la propia identidad y por el saldo que, en términos de identidad y estima de sí, pueda resultar de la interacción con los otros; un sentimiento desproporcionado de la propia importancia; la carencia de empatía; la soberbia; la envidia, y la creencia en que se sufre la envidia de los demás.

El narcisismo es un estado que a todos nos compete, dado que no se podría vivir sin el amor a uno mismo. Pero cuando el narcisismo supera ciertos niveles, difícilmente se pueda seguir hablando de amor y probablemente, como destaca Kury, podría diagnosticarse un cuadro más grave, como la bipolaridad. "Es fácil percibir el narcisismo en alguien que se atribuye grandezas inexistentes, pero también se lo encuentra en la depresión", subraya.

Los especialistas coinciden en que los pacientes afectados por el narcisismo, además de sus otros síntomas, presentan uno que los hace casi impermeables a la psicoterapia: la incapacidad de aceptar la opinión del médico, derivada de la convicción que les confiere su propia sensación de grandeza.

Volviendo a la Presidenta, podría conjeturarse que su tan escasa disposición al diálogo -con la oposición, con la prensa o incluso con sus propios ministros- derivaría de ese narcisismo y que éste también ha generado una suerte de autocensura en sus principales colaboradores a la hora de llevarle malas noticias. De ahí que la causa de todos los males del país esté en "el mundo que se nos cayó encima" y no en los propios desaguisados económicos de su gobierno.

La reelección conseguida el año pasado con el 54% de los votos, tras la derrota electoral de 2009, potenció la emergencia del cristinismo como fase superadora del kirchnerismo, y profundizó rasgos de éste como el verticalismo, el personalismo, el hiperpresidencialismo, la concentración de las decisiones en una mesa cada vez más chica y la inflexibilidad a la hora de negociar con sectores opositores. La sobreactuación a la hora de mostrar que se gobierna enfrentando a los "grupos concentrados" y a las "corporaciones" es otro rasgo que acentuó el cristinismo.

La voracidad presidencial por introducir en las listas legislativas a dirigentes de su confianza o de La Cámpora sin consultar a los gobernadores provinciales o a los caudillos locales; su nueva pasión por controlar con lupa las administraciones provinciales, como la bonaerense, de Daniel Scioli; por indicarles a los ciudadanos lo que deben hacer con sus ahorros o por inducir a las empresas privadas a tomar determinados caminos, aunque resulten contrarios a sus intereses, hablan de la tendencia cristinista a los abusos de poder.

Aparece en el estilo sin calma interior que caracteriza a discursos presidenciales en los cuales no faltan descalificaciones, humillaciones y otras formas de violencia verbal, abierta o elíptica.

Un estilo a veces propio hasta de quienes sólo hablan con el látigo en la mano, como cuando días atrás anunció que las entidades bancarias deberían prestar el 5 por ciento de sus depósitos al sector productivo a una tasa de interés fija no mayor al 15 por ciento, negativa en términos de inflación. "Van a tener la obligación de prestar para la producción de bienes y servicios. Y no me vengan con el cuento de que nadie les va a pedir", les transmitió la Presidenta a los banqueros.

La misma clase de hostigamiento se advierte en las críticas de la jefa del Estado a gobernadores a los que acusa de no gestionar tan bien como ella, olvidando que el gobierno nacional se apropia de fondos del Banco Central y de la Anses para cubrir su creciente déficit fiscal, con la consecuente merma de las reservas internacionales y la postergación del pago de la deuda con los jubilados.

La práctica de echarles siempre la culpa a los demás se combina con el falseamiento de las estadísticas oficiales y con el doble discurso. En materia económica, es cada vez más curioso que el Gobierno busque diferenciarse del "neoliberalismo de los años 90", al tiempo que favorece un atraso cambiario parecido al que imperó en esa época, que mezclado con la fuerte inflación está desatando un cóctel mortal para la competitividad argentina.

Con el blanqueo de la decisión oficial de prohibir la compra de dólares para atesoramiento, a través de una comunicación del Banco Central, podría decirse que el crischavismo ya es una realidad. Las semejanzas con la imposibilidad de adquirir moneda extranjera que rigen en la Venezuela de Hugo Chávez son más que notorias.

La justificación de las restricciones para operar en el llamado Mercado Unico y Libre de Cambios -que ya nada tiene de único ni mucho menos de libre- corrió por parte de la titular del BCRA, Mercedes Marcó del Pont. Dijo a Página 12 que las opciones eran "aceptar una variación brusca del tipo de cambio, financiar la fuga de capitales con endeudamiento externo o limitar transitoriamente el acceso a los dólares demandados para ahorro".

El Gobierno eligió la última y convalidó la idea de un rol cada vez más dirigista e intervencionista del Estado, al tiempo que tiende un extraño puente con las políticas de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, caracterizadas por el atraso cambiario que estalló con la crisis de diciembre de 2001.

Más que de un cerrojo cambiario debería hablarse de un cepo al ahorro, por cuanto la supuesta batalla cultural del cristinismo por la desdolarización está terminando de enterrar aquella vieja cultura de que el ahorro era la base de la fortuna. Hoy no hay alternativa de ahorro legal para quien sólo aspira a tener una vejez tranquila en un país con haberes jubilatorios miserables y donde el Gobierno desconoce los fallos de la propia Corte que imponen su actualización. Ni hay alternativa para quien sólo busca mantener su poder adquisitivo con una inflación del 25% anual.

Desde mañana, las miradas de los operadores económicos seguirán posadas en la brecha entre el dólar oficial y el blue, y el nivel de fuga de los depósitos bancarios, a la espera del próximo capítulo de la aventura intervencionista que ha emprendido el Gobierno.

Domingo 08 de julio de 2012 | Publicado en edición impresa

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