Resumen del libro I de






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RESUMEN DEL LIBRO I DE EL CAPITAL DE MARX
Diego Guerrero

http://pc1406.cps.ucm.es

Lo que hoy en día se conoce como El capital se compone de un total de 17 secciones que se distribuyen así entre los tres libros (el primero publicado por Marx, en 1867; el II y el III, editados por Engels, tras la muerte de Marx, en 1885 y 1894 respectivamente):
Libro I

Sección Primera: Mercancía y dinero

Sección Segunda: La transformación del dinero en capital

Sección Tercera: La producción del plusvalor absoluto


Sección Cuarta: La producción del plusvalor relativo

Sección Quinta: La producción del plusvalor absoluto y del relativo

Sección Sexta: El salario

Sección Séptima: El proceso de acumulación del capital
Libro II

Sección Primera: Las metamorfosis del capital y el ciclo de las mismas

Sección Segunda: La rotación del capital.

Sección Tercera: La reproducción y circulación del capital social global



Libro III

Sección Primera: La transformación del plusvalor en ganancia y de la tasa de plusvalor en tasa de ganancia

Sección Segunda: La transformación de la ganancia en ganancia media

Sección Tercera: Ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia


Sección Cuarta: Transformación de capital mercantil y de capital dinerario en capital dedicado al tráfico de mercancías y al tráfico de dinero (capital comercial).

Sección Quinta: Escisión de la ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés.

Sección Sexta: Transformación de la plusganancia en renta de la tierra.

Sección Séptima: Los réditos y sus fuentes.


En este resumen tomaremos las 17 secciones como la unidad más adecuada al tamaño del mismo, y encabezaremos los distintos epígrafes que componen las secciones con unas pocas palabras en negrilla que incluyen el número y el título de los capítulos originales.
Digamos, por último, antes de empezar con la lectura propiamente dicha, que imitaremos la propuesta que hace Enrique Dussel en su comentario a los Grundrisse, el manuscrito de Marx que sirvió de preparación para El capital:
“Unas aclaraciones externas con respecto al texto que sigue. Recomendamos al lector seguir el adecuado orden en la lectura. En primer lugar, leer un parágrafo de esta obra (por ejemplo, el 1.1). De inmediato, y en segundo lugar, leer en los Grundrisse [aquí debemos sustituir ese título por El capital] las páginas correspondientes escritas por Marx mismo. En tercer lugar, volver nuevamente a nuestro parágrafo para retener el asunto.” (Dussel, 1985, p. 26).


Sección Primera: Mercancía y dinero



El libro I de El capital se compone de siete secciones, que tratan, respectivamente, de la mercancía y el dinero, la transformación del dinero en capital, el plusvalor absoluto, el relativo, la relación entre ambos, el salario y la acumulación de capital. La primera sección se compone, a su vez, de tres capítulos, el primero de los cuales –titulado “La mercancía”– fue señalado muchas veces por Marx como el más importante y difícil de toda la obra. Ésta es la razón de que, por nuestra parte también, hayamos hecho del resumen de este capítulo el más largo de todo el libro. Los otros dos tratan sobre el proceso del intercambio y sobre el dinero.
I. La mercancía. En este primer capítulo, el punto de partida es el siguiente: puesto que la sociedad moderna, actual, capitalista, toda la riqueza aparece en forma de un montón o cúmulo de mercancías, el análisis debe empezar también con la mercancía. Lo más importante de la mercancía es su carácter dual o doble, su naturaleza bifacética, que llega a desarrollar una antítesis interna que más tarde se expresará, en la circulación mercantil, como una antítesis externa. La mercancía es, por una parte, una simple cosa, y por otra parte una cosa que tiene precio. Ser cosa –o bien, u objeto exterior– es lo mismo que tener “valor de uso”, es decir, consiste en su cualidad o conjunto de propiedades naturales que se manifiestan en su utilidad, aunque dichas propiedades “naturales” no dejen de estar determinadas históricamente. Por otra parte, su precio no es sino una forma de tener “valor de cambio”, algo que presenta una dimensión cuantitativa inmediata, que se puede y debe medir (aunque esas medidas se desarrollen también de forma históricamente cambiante).
Por tanto, el valor de uso de la mercancía es la “corteza natural” de la mercancía, su “cuerpo”; debería ser el objeto de una disciplina especial, la merceología, y constituye la riqueza material o el “contenido material de la riqueza”. Por su parte, el valor de cambio de la mercancía parece una contradicción (contradictio in adiecto, dice Marx) porque en realidad lo que se ve es que la mercancía no tiene uno sino múltiples valores de cambio. En efecto, cuando se dice que una unidad de la mercancía X equivale a una cantidad a de la mercancía Y, o a una cantidad b de la mercancía Z, etc., salta a la vista que todos estos valores de cambio no son sino “formas” de un contenido diferenciable, expresiones de un algo que es común, que es igual, algo de la misma magnitud presente a la vez en las dos cosas que se comparan en cada caso. Pero ese algo no puede ser una propiedad corpórea o sensible de la mercancía en cuanto cosa, porque todas las propiedades de este tipo que caracterizan a los distintos bienes sólo sirven para distinguirlos entre sí, no para igualarlos. Por consiguiente, si abstraemos de los diferentes valores de uso todas esas propiedades, y no dejamos ni un ápice o átomo del valor de uso, a las mercancías sólo les puede quedar una cosa en común: la propiedad de ser todas ellas producto del trabajo.
Ahora bien, el trabajo que es común a todas las mercancías es el trabajo humano indiferenciado, el trabajo abstractamente humano. Por tanto, la sustancia que se manifiesta en los valores de cambio es algo distinto del valor de cambio: es el valor de la mercancía. Y el valor de cada mercancía, este valor mercantil que subyace a los valores de cambio, es una sustancia social, la cristalización de esa sustancia social común. No es por tanto una sustancia natural sino supranatural, abstracta o suprasensible, y hace de cada mercancía no la mera cosa que es sino también una gelatina homogénea de trabajo, una crisálida social general con una objetividad espectral.
Pero en esta sustancia generadora de valor lo esencial es lo cuantitativo: la magnitud de su valor. Y esta magnitud viene determinada por la cantidad de trabajo, que a su vez se mide por la duración o tiempo de trabajo, en las unidades habituales de tiempo (día, hora, año, etc.). Sin embargo, no es cualquier trabajo lo que se mide, sino el trabajo “de la misma fuerza humana de trabajo”, el trabajo requerido por cada mercancía como parte del “conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad”, de forma que cada fuerza de trabajo individual se toma sólo con el carácter de una “fuerza de trabajo social media”, que opera exclusivamente con “el tiempo de trabajo socialmente necesario” en cada caso. Por consiguiente, la creciente fuerza productiva de cada trabajo concreto tendrá como consecuencia que la magnitud de valor de la mercancía resultante sea decreciente.
Es muy importante entender que todo lo anterior significa que, absolutamente siempre, cada mercancía se toma como simple “ejemplar medio de su clase”, así como el trabajo que se gasta en ella, de forma que si un tejedor manual de telas continuara trabajando manualmente mientras que el resto de los productores de tela lo hicieran mecánicamente, por medio de una máquina que modifica el proceso social de producción, o modo de producción de la mercancía, ocurriría lo siguiente: este productor continuaría necesitando x horas por unidad de tela, pero la sociedad, que ahora usa telares de vapor, sólo requeriría x/2 horas, de forma que también la mercancía de este productor individual pasará a contener sólo el trabajo gastado en x/2 horas.
Si bien la dualidad de la mercancía es muy importante, Marx señala que era esencialmente conocida por los economistas que le precedieron (aunque debe tenerse en cuenta que, desde Aristóteles a Adam Smith y Ricardo, todos ellos distinguieron entre valor de uso y valor de cambio, pero ninguno, como él, entre valor de uso y valor). Sin embargo, enérgicamente reivindica Marx haber sido el primero, en la historia de la economía política, en aclarar además la dualidad contenida en el trabajo representado en la mercancía, aspecto tan importante que para él constituye el eje sobre el que gira toda la economía.
El trabajo que crea la mercancía es ante todo trabajo útil, una actividad productiva específica condicionada por la división social del trabajo tal como ha sido desarrollada históricamente. Esta actividad específica nos muestra el cómo y el qué del trabajo, es lo que los ingleses llaman work, y es lo que, junto a la tierra (es decir, la naturaleza), crea la riqueza que contiene todo lo producido. Marx se remite aquí a William Petty para reivindicar su famoso dicho de que la riqueza tiene un padre y una madre: la hand del trabajador (el trabajo) y la land (tierra o naturaleza que se trabaja). Pero el trabajo es a la vez labour, es decir trabajo humano del que nos interesa saber sobre todo su cantidad, el cuánto. En este segundo sentido, el trabajo es tan sólo gasto de fuerza de trabajo humana, gasto productivo de cerebro, músculo, mano, órganos sensibles... humanos. No es trabajo específico de sastre o de tejedor, sino trabajo humano puro y simple.
Marx insiste en este trabajo a partir de la siguiente analogía fundamental. De igual forma que un mismo hombre puede trabajar al mismo tiempo como sastre y como tejedor, repartiendo su tiempo de trabajo entre los dos tipos de tareas, otro tanto ocurre con el hombre social cuando la sociedad desarrolla las condiciones para esta transformación. En la sociedad moderna, capitalista, cuando la evolución de la demanda exige que el organismo social en su conjunto transfiera trabajo humano desde la labor de tejer a la de sastrería, o a la inversa, ocurre como en el caso del individuo anteriormente señalado. Por consiguiente, el trabajo resultante es también trabajo humano en general, o indiferenciado, cierta cantidad del trabajo medio simple que puede realizar cualquier hombre común y corriente en cuanto actividad normal de la vida. Y es precisamente este trabajo simple el único cuya cantidad le va a interesar en todo El capital, como él mismo se encarga de advertir aquí expresamente.
Por supuesto, no todos los trabajos son simples, también hay trabajo calificado o complejo, pero éste queda reducido a trabajo simple cuando lo que importa es medir la cantidad de trabajo. En esos términos, el trabajo complejo sólo es trabajo simple “potenciado, o mejor multiplicado”, y la reducción se produce constantemente por medio de un proceso social que, no por quedar a las espaldas de los productores, deja de ser menos real. Por consiguiente, Marx es muy claro aquí porque quiere evitar cualquier posible confusión: el trabajo del sastre o el trabajo del tejedor sólo son sustancia del valor chaqueta o del valor lienzo en tanto que ambos poseen la misma cualidad: la de ser simple trabajo humano, y consistir en puro gasto fisiológico del organismo de los hombres sociales.
Este carácter bifacético del trabajo es de fundamental importancia para entender, además, lo siguiente: es bien posible, por no decir necesario, que aumente la riqueza material que se crea con el trabajo y que al mismo tiempo disminuya la magnitud de valor creado por él. Esto es así porque dada cierta cantidad, x, de trabajo, ésta siempre será responsable, como hemos dicho, de la creación de la misma cantidad de valor. Sin embargo, la mayor o menor productividad del trabajo útil y concreto en el que se manifiesta el trabajo humano puede hacer aumentar o disminuir el volumen de valores de uso por unidad de tiempo que resultan del proceso de la producción.
Tras el carácter doble de la mercancía y del trabajo mismo, Marx pasa a una tercera cuestión central de este capítulo I: la forma de valor, o el valor de cambio, a la que dedica la parte más extensa de su exposición (de hecho, en la edición de siglo XXI se incluye como apéndice al libro I la primera versión, no publicada en su momento, redactada por Marx sobre la “forma de valor”). Aquí también se muestra el autor orgulloso de su propia aportación, e indica haber sido él el descubridor de la génesis de la forma dinero a partir del análisis de la forma de valor. Este análisis consiste precisamente en su desarrollo, que, como dirá más tarde, coincide precisamente con el propio “desarrollo de la forma mercancía”. En el desarrollo de la forma de valor, Marx escoge cuatro fases, y por esa razón divide en cuatro apartados el largo epígrafe que dedica a la misma, a saber: las formas simple, total, general y de dinero.
A. La forma simple o singular de valor contiene, en realidad, todo el secreto. Esta forma es simplemente:

x A = y B (1)
Las dos mercancías que se igualan así no desempeñan el mismo papel, sino que A tiene un papel activo, mientras que B interpreta un papel pasivo. Más en particular, la forma de valor tiene dos ingredientes: la forma relativa (A) y la forma de equivalente (B). Pero estos ingredientes son en realidad extremos excluyentes y contrapuestos, son dos “polos” de la misma expresión de valor. Por eso, se analizan sucesivamente, por separado, antes de volverlos a reunir en un análisis conjunto.
En la forma relativa de valor, hay que distinguir su “contenido” de su “carácter cuantitativo” determinado, y Marx señala que hay que proceder empezando por el primero, y no, como sucede habitualmente, a la inversa. El contenido de esta forma de valor es sencillamente A = B, que es el “fundamento” de la ecuación (1), o ecuación de valor. Esto quiere decir que la dualidad intrínseca, entre el valor de uso y el valor, se manifiesta ahora como una antítesis externa: la figura del valor de uso A manifiesta su valor por medio de otra mercancía, la B, que figura aquí sólo como valor, o “espejo de valor”, de A. Esto tiene la mayor importancia para Marx. Ya que no se trata sólo de la creación de valor por medio del trabajo. Es verdad que el trabajo humano crea valor, pero no es valor, dice Marx. Para expresar el valor como gelatina de trabajo humano, hay que expresarlo en cuanto objetividad, es decir, en una cosa distinta. Por tanto, B es, en la relación de valor que representa A = B, un valor, mientras que fuera de dicha relación, cuando se considera a B por sí misma, esa cosa es simplemente, como en todas las mercancía, “portadora de valor”.
Por eso es tan importante esto: en la relación de valor, en la “equiparación” de A con B, en su relación de intercambio, se va más allá de la pura abstracción de valor. Como hemos dicho, B es valor, y en cuanto valor A es igual a B, tiene su mismo aspecto, por lo que adopta de esta forma una forma distinta de su forma natural: su forma de valor. Esta forma relativa o relacional quiere decir que el cuerpo de B hace de espejo de valor de A, de la misma forma que Pablo puede ser para Pedro tan sólo la “forma en que se manifiesta el genus hombre” para él.
Pero, además del contenido, está el “carácter determinado cuantitativo” de la ecuación de valor, pues la forma de valor no sólo expresa “valor en general” sino una determinada magnitud o cuantía del mismo. Esto quiere decir que el valor relativo puede variar aunque su valor (su contenido en trabajo humano) siga siendo el mismo; o bien lo contrario: que el valor relativo puede mantenerse igual a pesar de haberse modificado el valor que subyace al valor relativo.
En cuanto a la forma de equivalente, sucede lo contrario: no contiene ninguna determinación cuantitativa del valor. Para Marx, su función es triple:
1) El valor de uso se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el valor. Para entenderlo mejor, recurre a una nueva analogía: el trozo de hierro que se utiliza como pesa en la “relación ponderal” (de peso). Aunque su cuerpo férreo tiene, por sí mismo, peso, y además un cierto peso, en cuanto polo de la relación ponderal esta pesa de hierro sólo es “figura de la pesantez”, y en toda la relación viene ya presupuesto que las dos cosas que se comparan tienen peso.
2) El trabajo concreto se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el trabajo abstractamente humano.
3) El trabajo privado se convierte en la forma de manifestación de su contrario: trabajo bajo forma directamente social.
Y una vez considerados los dos polos de la forma simple o singular de valor (se entenderá luego mejor por qué liga Marx el adjetivo “simple” a la forma relativa, mientras que “singular” se vincula a la forma de equivalente), pasa a considerar la forma en su conjunto. Primero, para rendir homenaje al genio de Aristóteles, que supo ver que en esta forma se contiene la igualdad de las cosas que se comparan, aunque señalando al mismo tiempo la raíz de la limitación del análisis del griego en este punto. Aristóteles no pudo llegar a descubrir el contenido del valor a partir de su análisis de la forma de valor porque su contexto social se lo impedía. Para que este descubrimiento hubiera sido posible, habría hecho falta que la Grecia clásica conociera algo que sólo se ha conocido en la sociedad capitalista moderna: la conversión de todos los hombres en “poseedores de mercancía” y su igualación por medio de las leyes de la mercancía. Hubiera hecho falta, no la desigualdad humana y de las fuerzas de trabajo que existía en la sociedad esclavista de su época, sino la igualdad humana actual que genera el capitalismo, hasta hacer de ella una verdad con el carácter de un auténtico “prejuicio popular”.
B. La forma total o desplegada de valor se expresa en una fórmula mercantil modificada:

z A = u B = v C = w D = x E = etc. (2)
Marx llama ahora a la forma relativa (z A) “forma relativa desplegada”, y considera que la forma de equivalente (el resto de la fórmula) se descompone en tantas “formas particulares de equivalente” como miembros aparecen en la ecuación, razón por la cual considera que esta forma total es siempre incompleta y deficiente, y necesita su “inversión” en la forma C que estudiaremos a continuación. Una particularidad de esta forma B es que, según Marx, hace obvio que es la magnitud de valor la que regula las relaciones de intercambio, y no al revés, puesto que ahora la pluralidad de valores de cambio de A aparecen todos directamente en esta fórmula. Por consiguiente, si invertimos la B obtendremos la C.
C
. La forma general de valor es general sencillamente porque es simple y común (unitaria):

Cada uno de los miembros de la izquierda son ahora una “forma relativa social general (o unitaria)”, y todos se expresan en lo que es el “equivalente general” (la mercancía A, cuya forma relativa propia, en caso de que necesitáramos expresarla, sería la forma B, a diferencia de lo que ocurre con las demás mercancías). Marx aprovecha aquí para recordar que el desarrollo histórico de la forma de equivalente es un resultado del desarrollo histórico de la forma relativa de valor, y que en la medida en que ambas se desarrollan se desarrolla asimismo la antítesis que expresan. Por consiguiente, es posible ahora conectar cada una de esas formas con su momento histórico correspondiente: la forma A se corresponde con el momento en que los intercambios son fortuitos, ocasionales, excepcionales; la forma B sucede cuando se ha vuelto habitual el intercambio de algún tipo particular de mercancía, por ejemplo, las reses; mientras que cuando domina la forma C podríamos decir que “la tarea de darse una forma de valor” se convierte en una obra común, y no en un asunto privado, del mundo de las mercancías.
La forma C requiere, por tanto, que la relación social se haga omnilateral, o multilateral, que se convierta en una “forma socialmente vigente”. Por tanto, sólo cuando la forma equivalente se circunscribe a una clase específica de mercancía, adquiere esta forma su consistencia objetiva”, su “vigencia social general”, y se ponen las condiciones para que esta forma se desarrolle, a su vez, en dirección a la siguiente (la D), y para que la mercancía que hace de equivalente general “devenga mercancía dinero”, es decir, funcione realmente como dinero.
D
. La forma de dinero, cuyo germen existe ya realmente en la forma A, no es sino una modificación de la anterior:
Por esta razón, estamos ahora ante una variación que, a diferencia de las dos anteriores, no es esencial, sino de grado, motivada por la práctica social y consuetudinaria que hace que una mercancía específica –por ejemplo, el oro– que antes fue, como todas, sólo un equivalente singular y particular, haya pasado a convertirse en un equivalente realmente general.
En la fórmula anterior, se pueden sustituir las dos onzas de oro por cualquiera de sus denominaciones monetarias nacionales, por ejemplo, la libra esterlina, de forma que ya no resulta misterio alguno la comprensión de la forma de precio. La forma de precio adoptada por el valor de una mercancía (por ejemplo, v C = 2 £) será, pues, la forma relativa simple de esa mercancía (expresada) en la mercancía dineraria.
Una vez acabado el repaso a las diferentes formas de valor, y antes de pasar a los otros dos capítulos que componen esta primera sección de El capital –y que en realidad pueden entenderse como una explicación más detallada de esta “forma de dinero” que nos acaba de aparecer–, Marx hace una interesante digresión por uno de sus temas favoritos, al que volverá más tarde una y otra vez: “el carácter fetichista de la mercancía, y su secreto”.
Este carácter fetiche de la mercancía –fetichista, fantasmal, enigmático, fantasmagórico, misterioso, mágico, místico, fantástico, ilusorio, neblinoso..., son algunos de los adjetivos que le aplica– se reduce esencialmente a algo que no es difícil entender: basándose en la apariencia, los mercaderes, hombres prácticos, y los economistas, sus teóricos o sicofantes, conceden un carácter social a lo que sólo es lo natural de la mercancía (por ejemplo, llaman capital a lo que sólo es un medio de producción); y, a la inversa, toman por natural lo que no es sino su lado social y nada natural (por ejemplo, el hecho de que la mercancía tenga precio lo toman como una propiedad natural más de la cosa mercancía). El famoso fetichismo se reduce por tanto a este doble quid pro quo, que surge, no del cuerpo de la mercancía, que es fácil de comprender, sino de su forma, su propia forma mercantil, debido a la “peculiar índole social del trabajo que las produce”, es decir, debido a que los trabajos privados e independientes que las producen sólo se vuelven sociales, parte del todo a que realmente pertenecen, por medio del intercambio y el mercado.
La escisión de la mercancía en cosa y valor sólo se produce auténticamente cuando, ya en su producción, el producto del trabajo se convierte en mercancía, y el trabajo privado en doblemente social: ha de cumplir su parte en la división social del trabajo como algo natural, y ha de materializarse en una mercancía que pueda realizar su valor. Los productores no saben lo segundo; o más precisamente, no saben que al equiparar en el mercado sus productos heterogéneos están reduciendo a trabajo humano homogéneo sus trabajos específicos, pero lo hacen, y este carácter particular de ser valor lo conciben como algo universal. Sin embargo, un repaso de las distintas formas posibles de sociedad nos convencerá de lo específico de la forma mercantil.
En una sociedad donde la sociedad se reduce a un solo individuo –la economía de Robinsón Crusoe– también existe la necesidad de distribuir el trabajo social entre las distintas necesidades que debe cubrir esta sociedad, pero aquí las relaciones entre Robinsón y las cosas son “sencillas y transparentes”, por lo que el trabajo total se distribuirá directamente como algo social. Igualmente, en la sociedad medieval europea, también la particularidad de los diferentes trabajos naturales individuales es compatible con su distribución social directa, de forma que las relaciones de las personas como productores se identifican con las relaciones sociales de tipo personal en que consiste el feudalismo. Otro tanto sucede con el trabajo colectivo de la familia en la forma productiva basada en la producción familiar: el gasto de cada trabajo individual está determinado socialmente de forma directa como parte del conjunto natural del trabajo social de la unidad familiar. Y lo mismo sucederá, en cuarto lugar, con el cuarto caso alternativo analizado: en la sociedad colectiva global o asociación de hombres libres, la distribución planificada del trabajo social será al mismo tiempo la distribución de los trabajos cualitativamente determinados de cada uno.
Por el contrario, en la producción mercantil de tipo capitalista –pues Marx considera que las formas de producción mercantil anteriores al capitalismo sólo desempeñaron un papel subordinado en el contexto de su correspondiente modo de producción dominante (antiguo, asiático, etc.)–, aparece en la conciencia burguesa el precio de las mercancías como una necesidad natural porque “la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo” se les presenta sólo como la apariencia de una realidad pero sin la comprensión de esa realidad misma –y por cierto, su actitud respecto a las formas sociales anteriores es la misma que la de las religiones respecto a las demás religiones: la propia es verdadera porque es natural, las otras son falsas porque son artificiales–, por lo que es imposible que se planteen correctamente la pregunta crucial: ¿por qué? Más en concreto: ¿por qué en el capitalismo adopta la producción la forma mercantil o de valor?

 

Al no entender eso, los economistas piensan que el valor es un atributo de las cosas, mientras que el valor de uso les parece un atributo del hombre (la utilidad les parece algo que implica al individuo que consume) que no depende tanto de sus propiedades como cosas; es decir: todo justo al revés.

 
II. El proceso del intercambio. Cada vez que Marx habla de personas o de individuos en el plano teórico, se trata siempre de personificaciones de las relaciones económicas reales, o máscaras (figuras) de las categorías económicas propiamente dichas. Así ocurrirá en sucesivas secciones de El capital con el capitalista y el asalariado, y asimismo sucede con las primeras personas que nos aparecen en el relato: los poseedores de mercancías. Éstos se definen como personas que han de reconocerse entre sí como propietarios privados que voluntariamente establecen entre ellos una relación jurídica voluntaria. Pero esta relación presupone una relación económica según la cual las mercancías que intercambian son para ellos no-valores-de-uso, mientras que son valores de uso para los no-poseedores (por eso quieren ambas partes cambiarlas de lugar). Por tanto, las mercancías deben realizarse como valores antes de que puedan realizarse como valores de uso.

 

Esto es así porque, históricamente, en la misma medida en que los productos se convierten en mercancías, se está produciendo la escisión completa, se está completando el desdoblamiento de la mercancía en mercancía, por una parte, y dinero por otra. Marx señala que existió primero un intercambio directo de productos, que, más que por la relación M-M, debería representarse como P-P. En ésta, la fórmula no es todavía x A = y B, sino tan sólo x valor de uso A = y valor de uso B, y la proporción cuantitativa en que se cambian es fortuita. Sólo cuando la repetición lo convierte en un proceso social regular, esta proporción pasa a depender de su producción, convirtiéndose así en valor. Pero el otro paso, el paso de la fórmula M-M a la forma más actual de M-D-M se hace con la intermediación de M-M-M, en la cual el papel central lo ocupa la mercancía que ya está convirtiéndose en dinero pero aún no es dinero propiamente dicho, ya sean los artículos de cambio más importantes provenientes del exterior, ya sean los principales objetos que constituyen la propiedad local enajenable (nunca la tierra). Poco a poco, ciertas propiedades naturales de algunas mercancías –como la calidad uniforme y la divisibilidad de los metales preciosos– hacen que el oro se convierta por doquier en esa mercancía general.

 

El equivalente general tiene tan poca determinación cuantitativa como cualquier otro equivalente. Como el valor no lo confiere el intercambio sino la producción, el valor del oro se determina exactamente igual que en el resto de las mercancías, y sólo puede expresar su magnitud de valor por medio de otras mercancías diferentes, como ocurre siempre. Por tanto, el enigma que encierra el “fetiche del dinero” no es más que el enigma que ya encerraba el “fetiche de la mercancía”.
 

III. El dinero, o la circulación de mercancías. En este capítulo, Marx desarrolla el análisis del dinero a través del repaso de las distintas funciones que desempeña en la economía mercantil y del carácter o aspecto específico con que interviene el dinero al llevar a cabo cada una de esas funciones. El primer epígrafe se dedica a la función fundamental de medida de los valores, y ya desde entonces queda establecido el supuesto general de que a partir de ahora la mercancía dineraria es el oro, y que por tanto la forma de valor será siempre este dinero áureo, salvo que expresamente se diga lo contrario. Una vez asentado dicho supuesto, y como ya vimos, el oro se convierte en la forma de manifestación necesaria de la medida del valor que es inmanente a las mercancías: el tiempo de trabajo. Pero como toda forma de valor, la forma oro también es una forma “ideal o figurada”, de forma que los valores se transforman en cantidades de “oro figurado”, magnitudes de la misma “denominación”; así que el cuerpo material del oro no se requiere realmente para desempeñar esta primera función del dinero.

 

Ahora bien, la función de patrón de los precios es algo muy diferente: si la función de medida del valor la desempeñaba el oro como “encarnación social del trabajo humano”, y por tanto como algo que puede tener un valor variable, el patrón de los precios lo ejerce como “peso metálico fijo”, como medida exacta de esa cantidad particular de oro. Esto exige fijar un determinado peso en oro como la unidad de medida de ese patrón, y esta segunda función no se ve afectada por el cambio en el valor del oro. La confusión entre ambas funciones es mayor aun en inglés ya que, como señala Marx, a la primera función se le llama en esta lengua measure of value, y a la segunda standard of value.

 

En el análisis de la forma de precio hay que tener en cuenta seguidamente la circunstancia histórica de que las denominaciones de las monedas pasan de ser inicialmente denominaciones directamente “ponderales” (o sea, obtenidas a partir de la propiedad “peso” del oro) para pasar luego, por diversas razones históricas, a divorciarse crecientemente de esa práctica inicial, y convertirse en simples denominaciones “dinerarias” o “de cuenta”, en cuyo nombre ya no queda apenas rastro de la propia relación de valor. El precio es actualmente sólo esta denominación dineraria del trabajo objetivado en la mercancía.

 

Hay que tener en cuenta, entonces, que la forma de precio no sólo admite una “incongruencia cuantitativa”, o divergencia, con la magnitud del propio valor, sino que permite también una “contradicción cualitativa”. Esto último significa que algunas cosas que no tienen valor, como la tierra virgen y demás bienes naturales, es decir, los bienes puestos directamente por la naturaleza sin intervención humana, pueden “tener formalmente precio sin tener valor”, con lo que la forma de precio es aquí puramente “imaginaria”.
La tercera función del dinero tiene que ver con la metamorfosis de las mercancías y es su función como medio de circulación. Se trata de que en el proceso M-D-M se asiste a “dos metamorfosis contrapuestas”: primero se vende una mercancía por dinero, y después se usa dinero para una nueva compra, con lo que el lema adecuado para la operación conjunta podría ser “vender para comprar”. El primer paso, la venta, exige que el estómago del mercado sea capaz de absorber la cantidad total que los vendedores pretenden convertir en dinero –que de hecho cuenta como un “artículo único” del que las piezas individuales son sólo “partes alícuotas”–; pero si no es así sucede lo mismo que en el caso de que los productores individuales gastan más tiempo de trabajo del socialmente necesario: ha habido un exceso de producción. Por consiguiente, la necesaria transformación del producto del trabajo en dinero hace conscientes a los productores de mercancía de que su comportamiento privado como productores independientes no elimina su dependencia respecto de un sistema global de producción que funciona con independencia de sus voluntades individuales.
Pero si se analiza M-D-M se observa que la primera metamorfosis (M-D), por ejemplo lienzo que se cambia por dinero, es a su vez la segunda metamorfosis, contrapuesta, de otra mercancía (salvo que el propietario de dinero lo haya obtenido directamente de la producción de oro): por ejemplo, de la venta de trigo. Asimismo, la metamorfosis final (D-M, por ejemplo, el vendedor de lienzo usa el dinero para comprar una biblia) es una suma de primeras metamorfosis de otras mercancías. Esto significa que las dos metamorfosis del “ciclo de una mercancía” (en nuestro caso, el lienzo) constituyen a la vez metamorfosis parciales de otras dos mercancías (el trigo y la biblia), es decir, que el ciclo de cada mercancía “se enreda” necesariamente con los ciclos de otras mercancías en el seno del proceso conjunto de la circulación mercantil. Así que es verdad que nadie puede vender sin que otro compre, pero “nadie necesita comprar inmediatamente por el solo hecho de haber vendido”: precisamente por esto la circulación de mercancías supera las barreras y límites que se oponían a la mera circulación de productos, pero al mismo tiempo, al escindir la venta y la compra, acarrea la “posibilidad de una crisis”.
Por el contrario, no existe el “ciclo del dinero”, sino su curso, su constante alejamiento respecto a su punto de partida, aunque permanentemente instalado en la esfera de la circulación. Pero aunque el movimiento del dinero sólo expresa la circulación de mercancías, ésta se presenta invertida, “como mero resultado del movimiento dinerario”. Para poner en claro esta inversión hay que desvelar cuánto dinero exige la esfera de la circulación. Aquí Marx recurre, sin escribirla, a la ecuación del dinero: P · Q = M · V. Los precios (P) no subieron en Europa tras la explotación de los nuevos yacimientos americanos (siglos XVI-XVIII) debido a que aumentara la cantidad de oro (M), sino que en primer lugar los precios subieron porque bajó el valor del oro (como consecuencia del aumento de productividad) y, después, la masa de medios de circulación aumentó “en proporción directa al precio de las mercancías”. Por tanto, la auténtica relación de estas dos variables con las otras dos (Q, cantidad física del producto social, y V, la velocidad media de circulación del dinero) se expresa en la dependencia de M respecto de (P·Q)/V; de forma que, si se supone dada V, cualquier masa de mercancías (Q) exige tanto más dinero (D) cuanto mayor sea su precio (P). Esta “ley” se puede expresar también diciendo que la inversa –es decir, la idea de que los precios de las mercancías están determinados por la masa de los medios de circulación– es una “ilusión”, una ilusión basada en la doble confusión de que en el proceso de circulación entran las mercancías sin precio y el dinero sin valor.
De esta tercera función del dinero surge su figura monetaria: su apariencia como “moneda”, es decir, como pieza áurea acuñada por el Estado nacional, su uniforme nacional que la distingue en la esfera de la circulación interna, frente a su figura de oro en lingotes característica del dinero que circula en el “mercado mundial”. Como las monedas se gastan, siempre está latente la posibilidad de sustituir el dinero metálico por “signos” o “símbolos” de dinero (de valor, es decir del oro al que representan), ya se trate de la propia moneda fraccionaria en otros metales menos nobles (plata, cobre), ya de “papel moneda estatal de curso forzoso”. Éste último no se debe confundir con los billetes de banco, ni con el dinero crediticio en general, que exige ya unas condiciones capitalistas más desarrolladas que la simple circulación mercantil que se considera en este capítulo III: si éste surge de la función del dinero como medio de pago, aún no estudiada, el papel moneda del Estado surge de su función como medio de circulación, y sólo requiere su “vigencia socialmente objetiva”, otorgada por el “curso forzoso estatal”, aunque sólo en la esfera de la circulación interna.
Pero cuando la circulación de mercancías se interrumpe, se inmoviliza asimismo el curso del dinero, que deja de ser moneda para convertirse en dinero. El dinero como fin en sí mismo constituye el tesoro; y su busca por el atesorador, el “atesoramiento”. Esta búsqueda tiene sentido porque, si la mercancía tiene valor de uso y es el elemento base de la riqueza material, el dinero es valor y por tanto el medio de la “riqueza social” de su poseedor, ya que con él puede acceder a todos los elementos de la primera. Aunque el dinero está siempre limitado en cantidad, cualitativamente es ilimitado, y es esta carencia de límites lo que hace que el atesorador “sacrifique al fetiche del oro sus apetitos carnales”. Esta cuarta función del dinero como tesoro también hace posible que la circulación cuente con un colchón de seguridad que permite que la masa de dinero necesaria para la circulación refluya y afluya constantemente de, y a, la misma en caso de necesidad.
La quinta función del dinero –y la segunda del dinero como dinero, ya que las tres primeras son más bien funciones del dinero como mercancía específica– es la de servir de medio de pago. Al separarse cronológicamente la venta de la mercancía de su realización en el precio (mediante el sistema de compra a plazos), el vendedor se convierte en acreedor del comprador (su deudor). El comprador se convierte en deudor porque realiza la segunda metamorfosis de la mercancía antes que la primera, es decir, “antes de haber transformado la mercancía en dinero, vuelve a convertir el dinero en mercancía”. Y aunque la autonomización de esta función permite la cancelación y compensación de numerosos pagos (en cuyo caso el dinero sólo funciona idealmente), los pagos efectivamente realizados sí que suponen trabajo social materializado. La contradicción que estalla en la fase de “crisis dineraria” de las crisis de producción y comerciales provoca una hambruna o hambre de dinero efectivo. Asimismo, el dinero crediticio surge de esta función, pues los propios certificados de deuda circulan como medio de transferir los propios créditos. Por último, con el desarrollo de la sociedad burguesa, tiende a desaparecer el atesoramiento como forma autónoma, y a la vez se desarrolla el atesoramiento en la forma de “fondo de reserva constituido por medios de pago”.
Finalmente, sólo en el mercado mundial el dinero funciona como dinero mundial, es decir, en forma de lingote, como la mercancía oro que realmente es.


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