Resumen del libro I de






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Sección Segunda: La transformación del dinero en capital



IV. Transformación del dinero en capital. Esta sección se compone de un único capítulo, el cuarto. Marx arranca aquí de la afirmación de que la circulación de mercancías es el punto de partida del capital, pero por eso mismo el capital es algo más que la simple circulación de mercancías. Dicho de otra manera: el “dinero en cuanto dinero” y el “dinero en cuanto capital” se distinguen por su distinta forma de circulación. La forma que corresponde al capital es D-M-D, es decir, la inversa de la ya conocida y, por tanto, la que podría resumirse bajo el lema de “comprar para vender”. Ahora bien, este proceso sería “absurdo y fútil”, por ejemplo en comparación con el atesoramiento, si no se consiguiera una cantidad de dinero mayor al final que al principio. Por tanto, en realidad estamos ante el ciclo D-M-D’. Si en M-D-M el dinero corría y se alejaba de su punto inicial, en D-M-D’ sucede lo contrario: refluye siempre a su punto de partida, y en este ciclo el “motivo impulsor y su objetivo determinante es el valor de cambio mismo”. Esto significa que D’ = D + ΔD, y este incremento de dinero es el plusvalor. Asimismo, este nuevo movimiento es lo que transforma al dinero en capital.
Por consiguiente, el objetivo ya no es externo (como era el consumo en M-D-M), sino que ahora el proceso no tiene término: puede que 100 libras se conviertan en 110, pero 110 sigue siendo una cantidad limitada, y lo que distingue al capital del tesoro es que el primero siempre quiere “valorizar su valor” porque tiende a la riqueza absoluta por medio de su crecimiento cuantitativo siempre renovado. Como vehículo consciente de este movimiento, el poseedor de dinero se convierte en “capitalista”, que identifica así su fin subjetivo con el contenido objetivo de la circulación de capital, y vuelve así en “racional” la irracionalidad del atesorador. Pero el auténtico sujeto es el valor, que no hace sino pasar alternativamente por las formas de dinero y mercancía. De esta forma el valor se vuelve valor en proceso, o dinero en proceso, es decir, se convierte en capital, y ello sucede en todas las clases de capital que encierra su fórmula general, D-M-D’: industrial, comercial y “capital que rinde interés”.
Pero lo que caracteriza a la circulación de capital no es la inversión que se produce respecto a M-D-M, sino el plusvalor que se obtiene. Éste no tiene su origen en la circulación, ya que ésta, mediante las metamorfosis del intercambio, sólo produce un cambio formal de la mercancía, pero no en su magnitud de valor. Es verdad que el comprador gana utilidad al cambiar su dinero por la mercancía, pero el vendedor no la vendería si el dinero no fuera para él de mayor utilidad. El intercambio de equivalentes es lo que supondremos siempre en la circulación, y no un aumento del valor, que no se produce por mucho que aumente la utilidad de las dos partes que participan en el intercambio. Por consiguiente, tanto el capital comercial como el que rinde interés son formas “derivadas” y al mismo tiempo “anteriores” a la forma básica del capital, que es el capital productivo. En efecto, el plusvalor nace de la producción, ya que el poseedor de mercancías puede “crear valores por medio de su trabajo, pero no valores que se autovaloricen”. El secreto está en la compra y la venta de fuerza de trabajo, que a la vez que un intercambio mercantil encierra otro tipo de intercambio. Pero veámoslo en detalle.
El cambio en la magnitud de valor no puede operarse en el dinero mismo. Tampoco en el segundo acto de circulación. Tiene que operarse por tanto en la mercancía que se compra, pero no en su valor sino en su valor de uso, es decir, en su consumo. Tiene que tratarse de una mercancía que posea el especial valor de uso de ser fuente de valor, y esa mercancía específica es la (capacidad o) fuerza de trabajo, es decir, el conjunto de facultades físicas y mentales que existen en la personalidad de un ser humano. Pero se deben dar ciertas condiciones, históricas y no naturales, para que esta fuerza de trabajo se haya convertido en una mercancía y el propietario del dinero pueda encontrar en el mercado al “obrero o trabajador libre”. Este obrero debe ser libre o estar liberado en un doble sentido: debe disponer de su fuerza de trabajo como mercancía propia, y al mismo tiempo debe carecer de otras mercancías que él mismo pudiera vender para ganarse la vida o para gastar en ellas su fuerza de trabajo.
Pero esta mercancía tiene un valor, como las demás, y se determina por las mismas leyes, es decir, por el tiempo de trabajo necesario para su reproducción. Pero como la fuerza de trabajo sólo existe en el “individuo vivo”, y sólo pervive en el tiempo si éste puede asegurar la “procreación” de su descendencia, la reproducción de la fuerza de trabajo consiste en la reproducción del trabajador y su descendencia. Su valor es, por consiguiente, el valor de los medios necesarios para la familia, es decir, de los medios de consumo con que satisface ésta sus necesidades naturales (en el sentido histórico, es decir, de forma cambiante en el tiempo, pero en cuantía dada para cada sociedad y momento determinados), incluyendo las normas de salud y de formación o educación q
ue se requieran en cada caso. Se trata de una media diaria, que puede calcularse mediante la fórmula:
Esta fuerza de trabajo puede reproducirse transitoriamente con una cantidad inferior de bienes de consumo, pero sólo se reproducirá entonces de forma “atrofiada” –y en los ejemplos históricos de la sección III, Marx dedicará muchas páginas a ilustrar la experiencia histórica inglesa de esta reproducción atrofiada real de la fuerza de trabajo, que sin embargo no puede sostenerse a largo plazo–.
Como en todas las demás mercancías, su valor se determina, pues, antes de entrar en la circulación –aunque sea el obrero el que “adelanta” en este caso, o abre crédito al capitalista, ya que éste sólo le paga el salario al terminar el periodo contratado–, pero su valor de uso sólo reside en la exteriorización posterior de esa fuerza. Una vez comprada, la mercancía pertenece, como todas y por completo, al capitalista, y éste la consume. Pero el proceso de su consumo es al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor, que se lleva a cabo fuera de la esfera de la circulación y el mercado. Tenemos por tanto delante no a simples poseedores de mercancías, sino a dos nuevos actores de nuestro drama: el capitalista y su obrero, protagonistas de la circulación de capital. Estamos ya en condiciones de abordar la sección tercera.


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