Resumen del libro I de






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Sección Tercera: Producción del plusvalor absoluto



En esta sección, compuesta por cinco capítulos, se comienza por la distinción clave entre “Proceso de trabajo y proceso de valorización” (cap. 5), y su consecuencia, la distinción entre “Capital constante y capital variable” (cap. 6); y se termina con la cuestión de la medida de la plusvalía (cap. 7: “La tasa de plusvalor”, cap. 9: “Tasa y masa de plusvalor”), que no puede pensarse sin relacionarla con la cuestión de “La Jornada laboral” (el largo capítulo 8, compuesto por casi cien páginas de ilustraciones reales que sirven de apoyo a la exposición de esta cuestión).


V. Proceso de trabajo y proceso de valorización. El vendedor de la fuerza de trabajo es también quien trabaja, pero no debe confundirse la capacidad de trabajar con el trabajo mismo (como tampoco se confunden la capacidad de digerir con la digestión misma): la primera sólo existe en potencia (potentia), pero la segunda existe de forma efectiva (actu), ya que consiste en la “fuerza de trabajo que se pone en movimiento a sí misma, obrero”. Por tanto, el proceso de consumo de la fuerza de trabajo en la producción es dos cosas a la vez, igual que la mercancía y el trabajo mismo, como vimos en el capítulo I, tienen una naturaleza también dual.



Por una parte, es un proceso “natural” entre el hombre y la naturaleza –un metabolismo o transformación en que la que el primero transforma a la segunda y, al mismo tiempo, se transforma a sí mismo– que, si se reserva el trabajo para la especie animal humana, podemos llamar “proceso de trabajo”. Los elementos simples (o “abstractos”) de este proceso laboral, analizado “cualitativamente”, son la actividad orientada a un fin –que es el trabajo mismo–, junto al “objeto de trabajo” (los bienes naturales vírgenes, que una vez trabajados se convierten en “materias primas” de los procesos de producción) y los “medios de trabajo”, que sirven de vehículo y ayuda a la acción del trabajo sobre el objeto del mismo (fundamentalmente, los instrumentos de trabajo). Franklin da tanta importancia a éstos últimos que define al hombre como toolmaking animal (animal que fabrica instrumentos), y Marx se muestra de acuerdo ya que, en efecto, lo que diferencia una época de las demás no es lo que se hace sino cómo se hace. Tanto el objeto como los medios son las condiciones o factores objetivos (o materiales) de la producción –y en esa medida ambos constituyen los “medios de producción”–, mientras que la fuerza de trabajo es su factor subjetivo (o personal). Y el resultado conjunto de esta actividad –que por eso mismo llamaremos “trabajo productivo”– es el producto o valor de uso de la mercancía.
A su vez, estos productos pueden reingresar (como condiciones de existencia) en un nuevo proceso de producción en forma de materias primas o auxiliares, o de productos semielaborados o intermedios, o de nuevos instrumentos de trabajo. Pero en todos estos casos, la única manera de conservar y realizar su valor de uso es arrojarlos a la producción “en contacto con el trabajo vivo”. O sea, consumirlos productivamente mediante el trabajo. Hay que tener en cuenta, además, que este proceso de trabajo natural se lleva a cabo, en el capitalismo, bajo el control del capitalista, y en un contexto en que todo le pertenece a éste, Sin embargo, en cuanto tal proceso natural, tanto antes como después de que el capitalista pudiera transformar el modo mismo de producción, lo único que ocurre es que el capitalista “ha incorporado la actividad laboral misma, como fermento vivo, a los elementos muertos que componen el producto”.
Pero, en segundo lugar, el proceso es al mismo tiempo un “proceso de valorización”, y como tal debe analizarse desde el punto de vista “cuantitativo”. En primer lugar porque ahora sólo se producen valores de uso porque éstos son los “sustratos materiales” o “portadores materiales” del valor. Es decir, lo que quiere el capitalista es producir una mercancía y que, además, su valor sea superior al de las mercancías que usa en su producción. Es decir, quiere el plusvalor. Si hablamos de mercancías, su proceso de producción es a la vez proceso laboral y proceso de “formación de valor”; si hablamos de mercancías capitalistas, es a la vez proceso laboral y proceso de “valorización”.
Tenemos ya los dos componentes del proceso de producción global capitalista. Pero si, desde el punto de vista del valor de uso, se pueden considerar los diversos procesos particulares de trabajo como “fases sucesivas del mismo proceso laboral”, en el que unos trabajos son más pretéritos que otros, desde el punto de vista del valor, todos esos trabajos son “idénticos” porque constituyen “partes del mismo valor global”. Así, en el proceso de producción de hilado, por ejemplo, tanto cultivar el algodón, como hacer husos, como asimismo hilar, sólo difieren entre sí “en lo cuantitativo”, y lo que interesa es contar y sumar el total como simple trabajo social medio, ya que sólo cuenta como formador de valor el trabajo socialmente necesario. Esto es extremadamente importante, ya que cualquier medio de producción –por ejemplo, la materia prima– sólo cuenta, en el proceso de valorización, como materia que “absorbe determinada cantidad de trabajo” vivo, sin que tenga importancia alguna si esa materia es mayor o menor, pues sólo se tiene en cuenta cuánta materialización o concreción de trabajo social estamos hablando en cada caso (es decir, como cuánto trabajo cuenta cada medio de producción). Es decir, las mercancías que ingresan al proceso de trabajo no cuentan como “factores materiales”, sino como “cantidades determinadas de trabajo objetivado”.
Para que se entiendan bien todas estas determinaciones, Marx analiza a continuación el proceso de formación de valor a través de dos supuestos sucesivos: primero, suponiendo que no se genera plusvalor; después, suponiendo que sí. Si el valor del producto fuera sólo igual al del capital adelantado –el dinero con que paga los medios de producción (instrumentos y objeto de trabajo) y la suma que paga los salarios que sirven a los obreros para comprar sus bienes de consumo–, no habría nada parecido al plusvalor, por mucho que el capitalista, o los profesores de economía política que aquél paga para ello, traten de convencernos de que hay que remunerar su sedicente “servicio”, ya sea en forma de “abstinencia”, “renuncia”, o “trabajo propio” –no el de su “overlooker [capataz] y su manager [gerente]”, que son los que en realidad trabajan–.
Pero para entender de dónde nace el plusvalor hay que partir de la diferencia entre el trabajo pretérito “encerrado en la fuerza de trabajo” y el “trabajo vivo que ésta puede ejecutar”, o sea entre su “costo de mantenimiento” y su propio “rendimiento”. Esta diferencia es tenida muy en cuenta por el capitalista cuando adquiere fuerza de trabajo, por mucho que el vendedor de la misma no capte completamente que “realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso”. Si el mantenimiento de la mercancía sólo cuesta media jornada de trabajo, pero el rendimiento es la jornada completa, eso no es “en absoluto una injusticia” contra el vendedor, dice Marx, sino una “suerte extraordinaria” para el comprador (el capitalista), que se aprovecha de que el proceso laboral se prolongue más allá del coste de reproducción de la fuerza de trabajo. El dinero se ha transformado en capital sin que se haya infringido ninguna de las leyes del intercambio de las mercancías.
Tenemos como resultado neto de nuestro análisis que todo esto ocurre a la vez dentro y fuera de la esfera de la circulación. La transformación del dinero en capital significa, por tanto, que la formación de valor se ha “prolongado” más allá del punto clave y su proceso simple se ha convertido en proceso de valorización. Para finalizar el capítulo, Marx recuerda que, así como en la unidad de proceso de trabajo y de formación de valor teníamos la producción mercantil, como unidad de trabajo y valorización tenemos la “forma capitalista” de la producción de mercancías.

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