Resumen del libro I de






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Sección Cuarta: La producción del plusvalor relativo
Las secciones cuarta y quinta del libro I tienen que ver con el plusvalor relativo, pero mientras la IV presenta este plusvalor por oposición al plusvalor absoluto, la V presenta a ambos conjuntamente. La sección contiene cuatro capítulos, el primero dedicado al “Concepto del plusvalor relativo” (cap. X), y los tres siguientes a los distintos “procedimientos particulares” para su obtención: “Cooperación” (cap. XI), “División del trabajo y manufactura” (Cap. XII), y “Maquinaria y gran industria” (el larguísimo capítulo XIII).
E
l plusvalor relativo tiene que ver con el hecho de que la fracción no pagada del trabajo puede aumentar incluso si la jornada laboral se mantiene constante. Así, podemos representar esquemáticamente esta posibilidad advirtiendo de que, con ac constante, el plusvalor aumentaría disminuyendo el valor de la fuerza de trabajo (el trabajo necesario), es decir, desplazando el segmento ab hacia la izquierda (hasta ab’):

Esto no se consigue normalmente reduciendo el salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo –aunque también esto puede darse en la práctica–, sino por medio de un aumento de la “fuerza productiva”, o productividad, del trabajo; que a su vez se consigue revolucionando el modo de producción en cuanto tal (es decir, desde el punto de visa técnico, en cuanto proceso laboral). El aumento de la productividad necesario para ello ha de darse en los sectores que producen los elementos del capital variable (abaratamiento directo del consumo obrero) o del constante (en la proporción en que el abaratamiento de éste repercute a su vez en medios de consumo más baratos), ya que si se tratara de los bienes que entran sólo en el consumo de los capitalistas no tendría ningún efecto de este tipo. Cuando una mejora productiva así abarata un elemento del capital, su valor “individual” –y este término es sólo una forma de hablar, ya que en puridad el valor “real” de la mercancía siempre es su valor “social”– baja en relación con su valor social; y esta diferencia constituye para él un “plusvalor extra”, que existirá incluso si suponemos que el precio de venta individual se eleva por encima de ese valor individual (pero por debajo del valor y el precio social). Esto significa al mismo tiempo que este trabajo cuya fuerza productiva es excepcional opera como “trabajo potenciado”, es decir, genera más valor por unidad de tiempo que el trabajo social medio. Esto hace que, en un primer momento, el capitalista que usa el nuevo modo o método de producción, reciba una fracción mayor de la jornada del obrero como plusvalor. Pero al generalizarse el nuevo método –la competencia se impone a todos los productores del sector como la necesidad de hacer eso, como “ley coactiva”–, el plusvalor extra desaparece.
El valor de las mercancías, y por tanto también el de la fuerza de trabajo, evolucionará en razón inversa al aumento de la productividad, mientras que el plusvalor relativo lo hará, por tanto, en razón directa. Esto significa que la tendencia intrínseca del capital es al abaratamiento de la mercancía y, por su medio, al abaratamiento del obrero. Por consiguiente, no debe interpretarse la “economización de trabajo” que implica la creciente productividad como si tuviera por objeto la reducción de la jornada laboral: en el capitalismo, el único objeto es la disminución del tiempo necesario del obrero mismo; por eso, a veces se alcanza este resultado sin la mediación del abaratamiento de la mercancía.

XI. Cooperación. Para entender mejor la industria capitalista moderna –que Marx llama “gran industria” y define como “industria mecanizada” o “maquinizada”– hay que distinguirla adecuadamente de sus dos precedente inmediatos: la industria “gremial” (el “taller del maestro artesano”) y la industria “manufacturera”. Entre estas dos últimas no sólo hay un cambio cuantitativo –que lo hay, ya que la manufactura amplía el volumen y la escala de la producción, y pone así la base para la producción capitalista que, desde el principio exige un número grande de obreros–, sino cualitativo. Y ello por dos razones. Esto se debe, en primer lugar, a que, al aumentar el número de trabajadores, se facilita que la “magnitud media” que es el trabajo social se obtenga como “promedio de muchas y diversas magnitudes individuales”, de forma que ahora la “jornada laboral conjunta” dividida por el número de obreros es “en sí y para sí una jornada de trabajo social medio”, y las divergencias individuales quedan ahora reducidas a simples “errores” estadísticos. La jornada individual es ahora realmente una parte alícuota (por ejemplo, un doceavo) de la jornada conjunta. Y para el productor individual la “ley de la valorización” sólo existe realmente cuando pone en movimiento desde el principio este trabajo social medio. En segundo lugar, los medios de producción se consumen ahora colectivamente –es decir, se convierten en condiciones de trabajo “social”, o condiciones “sociales” de trabajo–, de forma que estas economías de escala permiten rebajar el consumo de capital constante por unidad de producto y, por tanto, el valor unitario de las mercancías.
Marx da aquí una definición: “la forma del trabajo de muchos que, en el mismo lugar y en equipo, trabajan planificadamente en el mismo proceso de producción o en procesos de producción conexos, se denomina cooperación”. Este conjunto, que coopera simultáneamente en una “operación indivisa”, en realidad “crea” una nueva fuerza productiva, que es la “fuerza de masas”, que surge de la “fusión” de fuerzas y la emulación características del hombre como animal “social” –por otra parte, el capital paga las fuerzas de trabajo individuales que componen el “obrero social”, pero no esta fuerza “social” del “organismo laborante” combinado, de la que se apropia gratuitamente–. Este “obrero colectivo”, o “combinado”, o “cooperativo”, logra acelerar las fases por las que pasa el proceso de producción –ya sea eliminando interrupciones, ya simultaneando varias de ellas en el tiempo– y, con ello, permite que cada obrero se despoje de sus “trabas individuales” y desarrolle su capacidad laboral “en cuanto parte de un género”. Por supuesto, ello exige que la magnitud del capital que contrata a esos obreros aumente, de forma que la “concentración de masas mayores de medios de producción en manos de los capitalistas individuales” se convierte en condición “material” (y no sólo “formal”) para la cooperación de los asalariados.
La cooperación de muchos exige ahora una “dirección”, un “mando” –como en el caso de una orquesta–, y su sometimiento a la valorización capitalista genera una “resistencia” mayor por parte de esta masa de trabajadores, que debe ahora “controlarse” y “doblegarse” por el capital. Su dirección es por tanto “dual”: no sólo “planifica” la actividad, sino que la somete a su “autoridad despótica”, y para esto se vale de un “ejército” de oficiales (managers) y suboficiales (capataces) que contribuye a asegurar el “mando supremo” del capital. Pero esta fuerza “social” aparece como fuerza productiva del capital, como forma “específica” del proceso “capitalista” de producción, que permite dar, frente a los “trabajadores independientes” y los “pequeños patrones”, un primer paso hacia la subsunción “real” del trabajo bajo el capital.
Si bien esto es así, debe tenerse en cuenta que, “en su figura simple” –es decir, en cuanto a su contenido de “producción en gran escala”–, esta cooperación “simple” existe en todas las formas sociales precapitalistas (pueblos cazadores, Egipto clásico, etc.), así como, dentro del capitalismo, en los “comienzos aún artesanales de la manufactura” y en la “agricultura en gran escala” del periodo manufacturero.

XII. División del trabajo y manufactura. Más allá de la cooperación simple tenemos la “cooperación fundada en la división del trabajo”, típica de la manufactura, o “periodo manufacturero” del capitalismo (desde mediados del siglo XVI al último tercio del XVIII). La manufactura surge de dos maneras. La primera, reuniendo en un taller, bajo el mando de un capitalista, a trabajadores pertenecientes a “oficios artesanales diversos e independientes”, como, por ejemplo, en la manufactura de coches y carrozas. Un cambio esencial es el proceso de “unilateralización” del trabajo, por el que los antiguos artesanos pierden poco a poco su capacidad de realizar su antiguo trabajo en toda su amplitud, y se convierten en simples “obreros parciales” que forman parte de la nueva asociación. Se trata, por tanto, de la “combinación de oficios artesanales autónomos que pierden su autonomía”. La segunda forma sigue el camino inverso (por ejemplo, en la producción de agujas): muchos artesanos que producen lo mismo o algo similar son utilizados simultáneamente por un mismo capital en un mismo taller, aunque sigan trabajando en principio a la manera artesanal (haciendo la mercancía íntegra), hasta que poco a poco se origina su “disgregación” o división sistemática del trabajo dentro de esa cooperación. En ambos casos, se trata de un “mecanismo de producción cuyos órganos son hombres” (no medios objetivos), y en ambos la base técnica sigue siendo artesanal, una base “estrecha” que depende de la “destreza” o “virtuosismo” individuales (la “índole semiartística de su labor”).
Este mecanismo vivo de la manufactura –el obrero colectivo– aumenta la productividad respecto a la artesanía independiente: se cierran los “poros” de la jornada laboral individual que necesitaba interrumpirse al pasar de una actividad a la siguiente; se incrementa la intensidad del trabajo; y se consigue aumentar, gracias a la creciente “perfección de las herramientas” de trabajo (por su mayor “diferenciación” y “especialización”, que las simplifica, mejora y multiplica, y pone así la base material de las futuras máquinas), la productividad laboral.
La manufactura puede organizarse de dos formas fundamentales: como manufactura “heterogénea”, basada en el “ensamblamiento” (por ejemplo, en el caso de la industria relojera), y como manufactura “orgánica”, o secuencial (secuencia de procesos consecutivos, como en la fabricación de agujas de coser). En ambos casos, sigue siendo necesario transportar continuamente el artículo de unas manos a otras y de un proceso a otro –y esto sólo se superará con la gran industria–, pero ahora la “interconexión” o “interdependencia directa” de la producción hace que cada obrero “ocupe directamente” al siguiente, por lo que el mecanismo de la manufactura “obliga a cada individuo a no emplear para su función más que el tiempo necesario”, que es la base “técnica” del incremento de la intensidad de trabajo. Esto es nuevamente un cambio “cualitativo” (la subdivisión creciente de las tareas) y a la vez “cuantitativo” (las proporciones exactas adecuadas para formar grupos de trabajo, tanto “individuales”, como grupos de “talleres” en una misma manufactura, y grupos o “combinaciones” de diversas manufacturas). De aquí surge el periodo manufacturero, ya basado en el “principio consciente” de la “reducción del tiempo de trabajo”.
Si el periodo artesanal nos legó cuatro grandes inventos –brújula, pólvora, imprenta y reloj automático; todos ellos sucesores del molino hidráulico que nos dejó el Imperio Romano–, la herencia del periodo manufacturero es su “maquinaria específica”: el obrero colectivo mismo, obligado ya, por la interconexión del mecanismo total, a “funcionar con la regularidad inherente a la pieza de una máquina”. A diferencia del periodo de la industria artesanal gremial, el grado de adiestramiento necesario baja en muchos casos –los obreros “calificados” no requieren tanto tiempo de formación como los artesanos– o incluso desaparece –caso de los “obreros no calificados”–, y surge la “jerarquía” o “separación” entre ambos tipos de fuerzas de trabajo, con la consiguiente “escala de salarios” diferentes. En todos los casos, esta “desvalorización” de la fuerza de trabajo es un medio para la mayor valorización del capital.
No se debe confundir la división “manufacturera” del trabajo (en el taller) con su división “social” (la que existe fuera del taller, ya sea en sectores, ramas o esferas de actividad, divisiones por razones fisiológicas, debidas a la separación entre la ciudad y el campo, etc.). La diferencia no es sólo de grado sino esencial: mientras que la primera hace, por ejemplo, que el ganadero, el curtidor o el zapatero se relacionen como productores de “mercancías” distintas (piel, cuero curtido, zapato), los obreros parciales de la manufactura no producen mercancía alguna, y sólo su producto colectivo se transforma en mercancía. Si en la primera dominan la anarquía de la producción y la competencia, en la segunda rige el plan y la autoridad. Pero se trata de diferencias (Marx desarrolla varias de ellas adicionales) que sólo son así en el capitalismo, ya que en otras formas sociales anteriores o posteriores puede ser al revés, y estar la división social planificada, mientras la manufacturera puede estar muy limitada (gremios) o podría no existir. La división manufacturera es, pues, una creación típicamente capitalista.
El carácter capitalista de la manufacturera se expresa también en el aumento del “mínimo” de capital necesario para operar como capitalista individual, como consecuencia de exigir la división manufacturera, técnicamente, un número creciente de obreros y, por consiguiente, un volumen creciente de capital variable y constante para emplearlos. Además, la unilateralidad del trabajo parcial del obrero ya no le permite vender su fuerza de trabajo fuera de la “concatenación” que existe en el taller del capitalista, del cual se ha convertido en mero “accesorio”. Esto transforma la cooperación basada en la división manufacturera del trabajo, de algo espontáneo y natural, en forma “consciente, planificada y sistemática” del modo capitalista de producción, que busca la “mutilación” del obrero individual y, por esa vía, logra el “medio para una explotación civilizada y refinada” del trabajo. Como el mecanismo colectivo es subjetivo, y no posee aún el “esqueleto objetivo” que caracterizará después a la gran industria, el capital debe luchar contra la insubordinación e indisciplina de los obreros. Pero uno de sus resultados más importantes fue el “taller para la producción de los propios instrumentos de trabajo..., aparatos mecánicos y máquinas”. De esta forma, al desarrollarse, su propia base técnica artesanal “entró en contradicción con las necesidades de producción generadas por ella misma”. Caen las barreras que existían para el desarrollo de la industria mecanizada.

XIII. Maquinaria y gran industria. (Los diez epígrafes en que se divide este capítulo serán señalados con simples números arábigos, sin título aparte).
1. Si en la manufactura la revolución del modo de producción se basaba en la fuerza de trabajo, en la gran industria se basará en el medio de trabajo, que se transforma ahora de “herramienta” en “máquina”. Entre ambas hay una diferencia esencial, por lo que no es correcto verlas simplemente, a la herramienta como una “máquina simple”, o a la máquina como “una herramienta compleja”. También es incorrecto poner el énfasis en el primero de lo elementos que componen la “maquinaria desarrollada”, a saber: el “mecanismo motor”, el de “transmisión” y la “máquina-herramienta” (o máquina de trabajo). El importante es el tercero de ellos, pues se trata de un mecanismo que, una vez que se lo pone en marcha, “ejecuta con sus herramientas las mismas operaciones que antes efectuaba el obrero con herramientas análogas”. Como el número de herramientas de la máquina ha superado la “barrera orgánica” que limitaba la simple herramienta del obrero, es ahora cuando se hace realmente necesaria la “revolución industrial”. No es, por tanto, la máquina de vapor (inventada a finales del siglo XVII) la responsable de ésta, sino que “fue, a la inversa, la creación de las máquinas-herramientas lo que hizo necesaria la máquina de vapor revolucionada”.
Ahora bien, la máquina –y la fábrica no es sino el “taller fundado en el empleo de la máquina”– se puede presentar de diversas formas. En primer lugar, está la máquina como “elemento simple” de la producción mecanizada. En segundo lugar, la máquina que ya requiere un mecanismo motor más voluminoso y una fuerza motriz más poderosa que la humana. El propio inventor de la máquina de vapor de efecto doble, James Watt, al presentarla como “agente general de la gran industria”, y no como un invento para fines especiales, nos da la clave de este paso: “ahora una máquina motriz podía accionar muchas máquinas de trabajo”. Por tanto, en tercer lugar, se hace necesario distinguir dos cosas diferentes: la simple “cooperación de muchas máquinas similares” y el “sistema de máquinas”. En el primer caso, simplemente reaparece la cooperación simple pero ahora “como conglomeración espacial de máquinas-herramientas” homogéneas, como órganos homogéneos de un mismo mecanismo motor (por ejemplo, la tejeduría). Por contra, el sistema de máquinas hace que el objeto de trabajo recorra “una serie conexa de procesos graduales y diversos, ejecutados por una cadena de máquinas heterogéneas pero complementarias entre sí”, es decir, máquinas “específicas” constituidas ahora en “órganos particulares” del sistema (por ejemplo, la hilandería).
El sistema de máquinas es ahora un “autómata”, tanto más perfecto cuanto más “continuo” sea su proceso total. Y en cuanto puede ejecutar “sin el concurso humano” –o requiriendo sólo la “asistencia ulterior” de éste– todos los movimientos necesarios para elaborar la materia prima, tenemos ya el “sistema automático de máquinas”, como en la “moderna fábrica de papel”.
Ya hemos dicho que mientras la propia producción de máquinas fue simplemente manufacturera, el desarrollo de la gran industria estuvo entorpecido por esto; posteriormente la producción mecanizada entró en conflicto con esta base artesanal, y sólo mediante la “producción de máquinas (máquinas-herramientas y motores) por medio de máquinas” –es decir, mediante la creación de su base técnica adecuada– fue posible obtener los productos más acabados de la gran industria (la “moderna prensa de imprimir”, por ejemplo). Esta última revolución en el modo de producción tenía que trastocar la producción en todas las esferas particulares, así como en las “condiciones generales”, de la producción: los “medios de comunicación y de transporte” (ferrocarril, vapores fluviales y transoceánicos, telégrafo) adaptados a la gran industrial y su mercado: el mercado mundial.
Sólo en cuanto maquinaria, el medio de trabajo remplaza la fuerza humana por las fuerzas naturales, la rutina por las ciencias naturales, y la organización puramente subjetiva del proceso social de trabajo por “un organismo de producción totalmente objetivo” que el obrero encuentra como condición “preexistente y acabada”. Sólo ahora el carácter cooperativo del proceso de trabajo es una necesidad técnica impuesta por el propio medio de trabajo.
2. Una vez analizado este “desarrollo de la maquinaria”, se trata de ver cómo transfiere su valor al producto. La máquina, como la herramienta, no crea ningún valor pero transfiere su valor a lo producido: como todo medio de trabajo, ingresa “íntegramente” en el proceso de trabajo (su uso), pero sólo parcial o “fraccionadamente” en el de valorización (su desgaste); pero la diferencia entre uso y desgaste se eleva ahora a un “máximo” debido a la mayor duración de la vida útil de la maquinaria. Por tanto, una vez contados sus “costos diarios medios”, que ahora son una cantidad “ínfima” o “mínima” de valor, la fuerza productiva de la máquina opera, como ocurría con las fuerzas naturales (tierra virgen, viento, etc.) de forma gratuita. Y una vez dada esta proporción diaria, la magnitud de valor transferida dependerá de la magnitud de valor de la propia máquina. El análisis empírico muestra que, cuando se producen máquinas por medio de máquinas, se reduce el valor de la mercancía en relación con otros modos de producción, y en particular “el componente de valor debido al medio de trabajo aumenta relativamente, pero en términos absolutos decrece”.
Como medio para el abaratamiento del producto, el “límite” para su uso lo fija que “cueste menos trabajo que el trabajo que desplaza su empleo”; pero como medio específicamente “capitalista”, el límite es inferior debido a que sólo una parte del trabajo requerido es trabajo pago. Esto explica por qué máquinas que se inventan en algunos países no se usan en ellos pero sí en otros donde los salarios son más elevados (por ejemplo, en Estados Unidos, respecto de Inglaterra, igual que los ingleses usaban en el siglo XVIII máquinas francesas, y los holandeses en el XVI y XVII máquinas alemanas). O por qué es en otros países distintos donde se manifiestan sus efectos, como la “superabundancia de trabajo”.
3. Esto da paso al análisis de los otros efectos de la industria mecanizada –y en particular, del “sistema de máquinas” de la “fábrica”– sobre el obrero. Al hacer prescindible la fuerza muscular subjetiva, la máquina permite usar la mano de obra “femenina e infantil” que no permitía la industria gremial, y, por tanto, al distribuir entre toda la familia el trabajo total, permite la “desvalorización” de la fuerza de trabajo –aunque, por otra parte, al sustituir por mercancías los trabajos que exigía el antiguo consumo familiar, aumenta los costes de reproducción de la familia–. Esto significa “ampliar el material humano de explotación” así como el grado de dicha explotación, además de otros efectos subordinados, como son: convertir al varón adulto, en muchos casos, en simple “tratante de esclavos” respecto del resto del trabajo familiar; aumentar la mortalidad infantil; degradar moral e intelectualmente a los nuevos tipos de trabajadores; o quebrar “la resistencia que en la manufactura ofrecía aún el obrero varón al despotismo del capital”.
Por otra parte, la máquina permite prolongar la jornada laboral. Ello es así porque su desgaste no depende sólo de su uso (o no uso, en ocasiones), sino que en condiciones capitalistas hay también un “desgaste moral” por el que la máquina pierde valor si algún competidor empieza a utilizar una “mejor”: esta amenaza de desvalorización impulsa a reproducir el valor de la máquina en el menor tiempo posible, “y cuanto más prolongada sea la jornada más breve será dicho periodo”. Al mismo tiempo, al hacer descender el valor individual por debajo del social, o convertir el trabajo en trabajo potenciado, esto proporciona plusvalor extra a quien produce con máquinas antes de su generalización. Si embargo, el resultado general de este impulso será la “contradicción inmanente” que significa que, de los dos factores que explican la magnitud de plusvalor generada por un capital dado, cada uno apunte en una dirección contraria (aumenta el grado de explotación, pero disminuye el número de obreros que puede contratar cada capital); y el impulso a superar esa contradicción mediante el aumento de la jornada laboral.
En tercer lugar, si la jornada legal fue una reacción contra el plusvalor absoluto por simple prolongación de la jornada, ahora la propia jornada legal limitada se convierte en un estímulo para la intensificación del trabajo como medio de superar y “resarcirse” de esa limitación. La intensidad acrecentada (por ejemplo, mediante el aumento de la velocidad de la máquina, o mediante la ampliación de la “escala de la maquinaria que debe vigilar el mismo obrero”) significa “mayor gasto de trabajo en el mismo tiempo” (mayor “condensación” o densidad del trabajo), de forma que diez horas de trabajo más intenso pueden contener ahora más trabajo y valor que 12 horas de trabajo normal. Por esa razón, es la propia intensificación del trabajo la fuerza que empuja con más poder a favor de una nueva reducción de la jornada laboral.
4. La fábrica –la fábrica automática– no es sólo su “cuerpo” sino que en su forma más desarrollada se presenta como “el conjunto de la fábrica” o “sistema fabril”. Se trata de un “autómata” que es a la vez un “autócrata”, donde el virtuosismo y la destreza en el trabajo se han transferido ya desde el obrero a la máquina y, de esta forma, se ha abolido la división manufacturera del trabajo, se ha remplazado la jerarquía de los obreros especializados por “la equiparación o nivelación de los trabajos”, pero donde la “división” reaparece ahora como “distribución de obreros entre las máquinas especializadas”. Esta distribución o asignación no es, sin embargo, “permanente” o consolidada en cuanto resultado de la propia máquina, pero se convierte, debido a su uso capitalista, en la “especialidad vitalicia de servir a una máquina parcial” que tiene cada obrero, que consuma de esta manera su desvalimiento y su “tortura” de Sísifo moderno, por la que la máquina no lo libera de trabajo sino tan sólo de “contenido a su trabajo”. No sólo son ahora las condiciones de trabajo las que emplean al obrero –y no al revés–, sino que la subordinación técnica de éste en la marcha de la máquina se redobla en su sometimiento a la “disciplina cuartelaria” (capataces, supervisores, obreros) impuesta por el “régimen fabril” y expresada en el “código fabril” de su “legislador privado”, el capitalista.
5. En este régimen es, pues, esencial la lucha entre el obrero y la máquina, que históricamente es tan antigua, sin embargo, como el propio capitalismo. Tras recordar varios precedentes anteriores al movimiento “ludista”, y éste mismo, aclara Marx que “se requirió tiempo y experiencia antes que el obrero distinguiera entre la maquinaria y su empleo capitalista”. La máquina capitalista “compite” con el obrero porque la autovalorización del capital por medio de ella es proporcional al número de obreros “cuyas condiciones de existencia aniquila” la máquina. De esta manera, el medio de trabajo “asesina” al trabajador, lo convierte en “superfluo”, y especialmente a los obreros expulsados de los modos de producción aún no mecanizados. Por último, el capital se acostumbra a usar la máquina como “potencia hostil al obrero”, como arma para “reprimir” revueltas y huelgas, etc.
6. La falsa “teoría de la compensación” de los economistas clásicos, según la cual toda maquinaria “libera” el capital adecuado para dar empleo a los mismos obreros desplazados por su uso, debe rechazarse porque, en vez de liberación, lo que hay es su contrario: “sujeción” de ese capital bajo una forma distinta, por lo que deja de ser variable y se convierte en constante. El capital que antes se pagaba como salario representa ahora, bajo la figura de la máquina, 1) el valor de los medios de producción de la máquina; 2) los salarios de esos obreros; 3) el plusvalor de su capitalista. Por tanto, tampoco se liberan los medios de subsistencia de aquellos trabajadores; simplemente se hace que la demanda dirigida a ese tipo de mercancías disminuya, y se desplace hacia otro tipo de demanda. Es cierto que aumentará la ocupación en los ramos que produzcan máquinas, pero no habrá compensación puesto que, si la producción mecanizada es más barata, ello exige que el tiempo total de trabajo empleado en la producción de máquinas sea inferior que el tiempo de trabajo que realizaban los obreros desplazados. La producción mecanizada aumenta la diversidad productiva, impulsa la división social del trabajo, abre nuevos campos de trabajo”, y eleva relativamente, no sólo la producción de medios de producción, sino también, al aumentar la parte no pagada del trabajo, la producción de bienes de lujo. Por último, el enorme incremento de la productividad permite elevar el empleo de los “trabajadores improductivos” y de las clases “domésticas”.
7. Repulsión y atracción de obreros al desarrollarse la industria maquinizada. El progreso del modo de producción basado en la máquina desplaza obreros en primer lugar “artesanos” y “manufactureros” (es decir, precapitalistas), por ser éstos menos productivos. En esta fase de transición hacia el capitalismo puro que es la Revolución Industrial –ese “periodo inicial fermental y de turbulencia” en que la maquinaria se introduce por vez primera–, la composición global del capital da un salto; pero es compatible, con ese aumento, un aumento absoluto de los obreros, en la medida en que se sustituyen esas formas pretéritas de trabajo. También es posible que tras la elevación de la composición sobrevengan “lapsos de reposo” o estancamiento en su evolución. Pero en su “madurez”, cuando la producción de máquinas mediante máquinas es la norma, la capacidad de expansión es una capacidad “súbita”, “a saltos”, que sólo se enfrenta a las barreras de la materia prima y del mercado, y hace aparecer una “nueva división internacional del trabajo” que divide al mundo en dos partes: el “campo de la producción agrícola” y el “campo de la producción industrial por excelencia”.
Esta capacidad de expansión y su dependencia del mercado mundial generan con toda claridad las cinco fases del ciclo industrial, cuyo “flujo y reflujo” consta de “animación mediana, prosperidad, sobreproducción, crisis y estancamiento”, haciendo así más “insegura e inestable” la situación vital del obrero. La lucha competitiva entre las diferentes naciones estimula la reducción del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo, y estas “vicisitudes” del obrero quedan bien reflejadas en el caso de la industria algodonera: tras analizar en detalle su evolución en un siglo, se puede concluir que, mientras en el periodo 1770-1815 sólo hay “cinco años de crisis y estancamiento”, pues Inglaterra ejercía entonces un “monopolio mundial”, el segundo periodo, de 48 años (1815-1863), en que compiten con la industria inglesa las de otros países europeos y también de América y Asia, encontramos “28 años de depresión y estancamiento”.
8. Revolución operada por la gran industria en la manufactura, la artesanía y la industria domiciliaria. Marx comienza recordando el famoso ejemplo por el que Adam Smith explicaba cómo se multiplicaba (hasta 48.000 agujas diarias con sólo diez hombres) la productividad del trabajo en la manufactura de “agujas de coser” que analiza en La riqueza de las naciones. Dice Marx que, 90 años después, “una mujer o una muchacha” vigila máquinas que pueden producir “600.000” de esas agujas. Esto le permite recordar que, salvo excepciones, las industrias han pasado por el régimen artesanal, primero, por el manufacturero, después, y han terminado, finalmente, como gran producción industrial Además, siempre que era posible, eso fue de la mano con la utilización del “trabajo barato” de niños y mujeres, lo cual se aplicó asimismo a la industria domiciliaria, ahora convertida “en el departamento exterior de la fábrica, de la manufactura o de la gran tienda”, que ha sufrido una explotación superior y “más desvergonzada” debido a la “disgregación” de estos obreros, “dispersos por las grandes ciudades y por la campaña”, lo que hace que disminuya su “capacidad de resistencia”.
Asimismo, mediante ejemplos reales, Marx trae a colación diversos casos de manufactura y de industria domiciliaria “modernas”, así como de “una abigarrada maraña de formas de transición” hacia la gran industria. Tanto en las primeras (imprentas, talleres de encuadernación, tejares, sastrerías), como en las segundas (clavos, confección de puntillas y paja trenzada, encaje de bolillos), como en las terceras (producción de indumentaria) se trata de ver cómo los capitalistas “economizan las condiciones de trabajo” de los obreros y desarrollan el “martirologio de los productores”: falta de aire, espacio, salud, educación..., y exceso de enfermedades, degradación y competencia..., sería un resumen suficiente de ese repaso. Al que habría que unir una característica específica: en ellas se combinan “todas las monstruosidades del sistema fabril pero no los aspectos positivos de su desarrollo”, todo ello acelerado y reforzado por la competencia social que supone el efecto de las leyes fabriles.
9. Legislación fabril. (Cláusulas sanitarias y educacionales.) Su generalización en Inglaterra. Marx se detiene aquí a observar la distancia existente entre la letra de las leyes fabriles, que proclaman “la enseñanza elemental, como condición obligatoria del trabajo”, y la realidad capitalista inglesa. Pero al mismo tiempo aprovecha para reivindicar el papel de Robert Owen, que supo ver que del sistema fabril “brota el germen de la educación del futuro, que combina para todos los niños, a partir de cierta edad, el trabajo productivo con la educación y la gimnasia”, y ello porque este sistema de mitad trabajo y mitad escuela “convierte a cada una de las dos ocupaciones en descanso y esparcimiento con respecto a la otra”. Por otra parte, el principio de la gran industria es lo que creó “la ciencia modernísima de la tecnología”, pero esto no sirve sino para recordar la “contradicción absoluta” entre su base técnica, continuamente revolucionaria, y su uso capitalista, que implica “el cambio de trabajo, la fluidez de la función, la movilidad omnifacética del obrero” convertidos en “hecatombe” de la clase obrera, “despilfarro” de fuerza de trabajo y “anarquía social”.
10. Gran industria y agricultura. En la agricultura, la máquina no produce los “perjuicios físicos” que sí provoca en el obrero fabril, pero también convierte a los obreros agrícolas en supernumerarios, sin resistencia (por su mayor dispersión). En esta esfera, la gran industria es más revolucionaria que en ninguna, pues transforma al campesino, el “baluarte de la vieja sociedad”, en asalariado. Por último, en ella no sólo “se esquilma” al obrero sino también el suelo, es decir, “los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”.
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