Resumen del libro I de






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Sección Quinta: La producción del plusvalor absoluto y del relativo
XIV. Plusvalor absoluto y relativo. Son tres los capítulos que componen esta sección. En el capítulo XIV, se procede a un repaso por las formas específicas de obtención del plusvalor relativo. Así como la mano y el cerebro forman un conjunto “natural”, el proceso laboral también los unifica hasta que finalmente uno y otro se separan en una “antítesis radical”. No obstante, el producto es ahora plenamente “social”, no individual, y ello obliga a modificar la concepción del “trabajo productivo”, la actividad que opera con los medios y el objeto de trabajo: para trabajar productivamente, “ya no es necesario hacerlo directa y personalmente; basta con ser órgano del obrero global, con ejecutar cualquiera de sus funciones particulares”; por tanto, la definición sigue siendo válida, “pero ya no es aplicable a cada uno de sus miembros, tomado singularmente”. Pero al mismo tiempo que esto amplía la esfera del trabajo productivo, por otra parte la restringe porque ya no basta con producir cosas, sino que hay que producir “plusvalor para el capitalista”, hay que producir “directamente capital” o “servir a la autovalorización del capital”.
En las secciones anteriores, se presentaron ambas formas de plusvalor como correspondientes a épocas distintas y sucesivas. Esto es correcto porque la producción de plusvalor absoluto sólo presupone la “subsunción formal” del trabajo en el capital –es decir, la conversión del obrero en asalariado–, ya que los procesos reales que le sirven de soporte son comunes a cualquier forma de explotación del trabajo “sin intervención del capital”. Por el contrario, la producción de plusvalor relativo presupone “un modo de producción específicamente capitalista” surgido sobre el fundamento de la subsunción formal, pero evolucionado hasta convertirse en subsunción real. Pero, por otra parte, no debe olvidarse que el plusvalor relativo es absoluto, y el absoluto es relativo.
A la pregunta de si existe una “base natural del plusvalor”, hay que responder que la “benignidad” de las condiciones naturales del hombre se limita a brindar “la posibilidad”, pero nunca la “realidad”, del plustrabajo (lo que concede es, en realidad, “tiempo libre”). No es el clima tropical la patria del capital, sino la zona templada porque no es la “fertilidad absoluta” del suelo, sino su “diferenciación, la diversidad de sus productos naturales”, lo que constituye el fundamento natural de la división social del trabajo. Es esa diversidad lo que surte el efecto de que en países diferentes “la misma masa de trabajo satisfaga diferentes masas de necesidades” y, por tanto, que el tiempo de trabajo necesario sea diferente.

XV. Cambio de magnitudes en el precio de la fuerza de trabajo y en el plusvalor. Este capítulo se desarrolla a partir del doble supuesto siguiente: 1) las mercancías se venden a su valor; 2) el precio de la fuerza de trabajo puede subir, pero no bajar, por debajo del valor de la fuerza de trabajo. A partir de ahí, se analizan las magnitudes relativas del plusvalor y del precio de la fuerza de trabajo a partir de las distintas posibilidades de cambio de sus tres factores condicionantes: la duración, la intensidad y la productividad de la jornada laboral. Marx analiza primero el caso de los dos primeros factores fijos y el tercero variable; y después los tres casos en que: el segundo es variable; en que el primero es el variable; y el caso de variaciones simultáneas en los tres factores. Se detiene sobre todo en el primer caso, para el que Ricardo ya descubrió las tres leyes siguientes: 1ª: “Una jornada dada siempre se representa en el mismo producto de valor”; 2ª: el valor de la fuerza y del plusvalor “varían siempre en sentido opuesto”; 3ª: la variación del plusvalor es siempre consecuencia, nunca causa, de un cambio en el valor de la fuerza de trabajo. Sin embargo, el análisis de Ricardo, según Marx, presenta dos defectos: presenta las condiciones capitalistas como si fueran universales, y no analiza por separado y de forma pura el plusvalor, por lo que confunde las leyes de éste con las de la ganancia.
Tras reconocer el papel de Ricardo, Marx reclama su propia aportación: el salario real puede aumentar al mismo tiempo que la tasa de plusvalor, ya que ello sólo exige que el precio de la fuerza de trabajo disminuya como proporción del producto de valor. Pero si al mismo tiempo baja el valor de las mercancías de consumo obrero, puede aumentar la masa de éstas que puede comprar una cantidad disminuida del precio de la fuerza de trabajo. Teniendo en cuenta el segundo supuesto del que arranca este capítulo, en ese caso estaríamos, pues, ante un valor de la fuerza de trabajo constante en términos absolutos pero descendente en cuanto proporción, una tasa creciente de plusvalor, y un aumento del salario real.
[**La forma de expresar esto es muy mejorable si quita el supuesto de una vfw constante en tt. absolutos]
Por último, en las “variaciones simultáneas” de los tres factores, elige dos casos de especial “importancia”: a) “fuerza productiva decreciente del trabajo y prolongación simultánea de la jornada laboral” (ejemplificado en el caso del encarecimiento de los productos agrarios por “esterilidad creciente del suelo”); y b) la “intensidad y fuerza productiva del trabajo crecientes y reducción simultánea de la jornada laboral”. Una vez analizado eso, nos recuerda cómo también en la sociedad postcapitalista habrá plustrabajo: “Una vez dadas la intensidad y la fuerza productiva del trabajo, la parte necesaria de la jornada social de trabajo para la producción material será tanto más corta, y tanta más larga la parte de tiempo conquistada para la libre actividad intelectual y social de los individuos, cuanto más uniformemente se distribuya el trabajo entre todos los miembros aptos de la sociedad”.
XVI. Diversas fórmulas para la tasa de plusvalor. Este breve capítulo parece destinado sólo a recordar que la forma correcta de dicha tasa es p/v o t’/t (con el mismo significado de los símbolos que los aplicados en el capítulo IX), y que es incorrecto suponer que p/(v+p) o t’/(t+t’) pueden dar un resultado equivalente, aunque sí sea cierto que dichas fórmulas “pueden siempre reconvertirse” en las correctas.

Sección Sexta: El salario
XVII. Transformación del valor (o, en su caso, del precio) de la fuerza de trabajo en salario. En este capítulo, Marx trata de deshacer dos equívocos. El primero, aclarando desde el principio que no se trata nunca del “valor del trabajo” (expresión absurda porque el trabajo “es la sustancia y la medida inmanente de los valores, pero él mismo no tiene valor ninguno”) cuando se habla del “valor de la fuerza de trabajo”. Y el segundo, que puede pasar desapercibido si se piensa que el salario es sólo el precio de la fuerza de trabajo, lo trata así.
Comienza recordando que el valor de una mercancía es la “forma objetiva del trabajo social gastado en la producción de la misma”, para enseguida aclarar que no se trata de la cantidad de trabajo “efectivamente objetivado” en ella, sino la “cantidad de trabajo vivo necesario para su producción”. Así, si gracias a diversas invenciones una mercancía se puede producir en la mitad de tiempo que antes (digamos, en seis horas en lugar de en tres), “también el valor de la mercancía ya producida se reduce a la mitad”. A continuación, se hace una reflexión sobre los precios (valores expresados en dinero), recordando que ya para los clásicos estaba claro que una cosa es el “precio natural” (o precio “necesario” en los fisiócratas), y otra los precios “accidentales”, que son las “oscilaciones de los precios del mercado” por encima o por debajo de los primeros, y que, en su magnitud “media, promedial”, coinciden con los primeros. Pero, en tercer lugar, tenemos aquí el salario, que no es sino la “forma transmutada” del valor y el precio de la fuerza de trabajo, una forma “irracional” que “borra toda huella de división” de la jornada laboral entre trabajo pago e impago, y en la que todo aparece como trabajo pago. Así, por ejemplo, si el trabajo necesario es la mitad de la jornada (6 de 12 horas), el “valor del trabajo” (o su precio, el salario) aparecería como el doble del valor de la fuerza de trabajo (o su precio). Sobre esta forma de manifestación “se fundan” las nociones “jurídicas” (o mistificadas, ilusorias, apologéticas) del obrero y del capitalista.

XVIII (El salario por tiempo) y XIX (El pago a destajo). Ambos capítulos analizan sucesivamente las dos formas básicas del salario. La distinción entre el valor de la fuerza de trabajo y la masa de los medios de subsistencia aparece pues, una vez trasmutada, como una nueva pareja: el salario “nominal” y el salario “real”. El primero es la expresión monetaria del precio del trabajo, que se obtiene dividiendo el valor diario de la fuerza de trabajo por el número de horas que componen la jornada laboral: el “precio de la hora” se convierte, así, en la unidad de medida del salario por tiempo. Este precio podría caer, por tanto, por debajo de su nivel normal si se prolongara la jornada más allá de su magnitud habitual. En segundo lugar, el salario o pago a destajo no es sino una forma trasmutada del salario por tiempo. Es tan irracional como ésta, pero ya no expresa ninguna relación de valor. Sin embargo, le brinda al capitalista una medida rigurosa y precisa de la intensidad del trabajo –además de contribuir a aumentar la intensidad misma y la duración de la jornada, ya que esto va en interés inmediato del propio obrero–, y de hacer posibles nuevas funciones del destajo: volver superflua en la práctica gran parte de la vigilancia del trabajo, como ocurre en la industria domiciliaria moderna; poder usar auxiliares del obrero, dando paso así a la explotación de otros obreros por el obrero. De todo ello se desprende que esta forma es “la más adecuada al modo de producción capitalista”, por ser una palanca para alargar la jornada e, indirectamente, rebajar el salario.

XX. Diversidad nacional de los salarios. Por último, este capítulo afirma que dicha diversidad vendrá determinada, en primer lugar, por la diversidad de los valores nacionales de la fuerza de trabajo (a su vez, basados en diferencias en el volumen de las necesidades vitales y de su precio, costos de la educación, etc.); por la longitud relativa de las diversas jornadas nacionales; por los diferentes niveles nacionales de intensidad media –que no coinciden, y deben por tanto convertirse en jornadas de intensidad “media del trabajo universal”–; por los diferentes niveles nacionales de productividad del trabajo, que se computan como más intensos cuando son mayores; y, por último, por los diferentes niveles nacionales de precios (y de salarios nominales, pero inversamente las tasas de plusvalor), tanto mayores cuanto más desarrollado sea un país. Por tanto, allí donde los salarios monetarios son más elevados, por ejemplo en Inglaterra, suelen ser más bajos los salarios “en proporción al producto”. Pero eso no quiere decir que los salarios sean estrictamente proporcionales a la productividad, como pretende Carey, ya que hay que tener en cuenta todos los factores señalados, y no uno solo.

Sección Séptima: El proceso de acumulación del capital
Antes de comenzar esta sección, que es la última del libro I de El capital, hay ya una remisión a los siguientes libros que componen la obra. Por una parte, el proceso de acumulación de capital “supone su proceso de circulación”, y esto sólo se estudia en el libro II. Por otra parte, el plusvalor “se escinde” en varias partes (ganancia, interés, margen comercial, renta de la tierra, etc.) y estas “formas trasmutadas” del mismo se estudian en el libro III. Pero Marx dice que, antes de cambiar de libro, hay que estudiar la acumulación “en términos abstractos”, es decir, como mera fase del proceso inmediato de la producción. Esta sección consta de cinco capítulos. En el XXI se estudia la “reproducción simple”, en el XXII la “transformación del plusvalor en capital”, en el XXIII la “ley general de la acumulación capitalista”, en el XXIV la “llamada acumulación originaria”, y en el XXV “la teoría moderna de la colonización”.

XXI. Reproducción simple. Todo proceso social de producción es al mismo tiempo un proceso “continuo”, es decir, un proceso de “reproducción”: esa continuidad es la esencia de la reproducción. Y la forma capitalista del proceso de reproducción hace que la reproducción se convierta en simple medio de “reproducir como capital el valor adelantado”. La mera continuidad –o “reiteración” o “repetición”– del proceso le imprime características nuevas, y en cuanto incremento “periódico”, el plusvalor asume la forma de “rédito” del capital. Asimismo, el capital variable aparece ahora como la forma histórica particular del “fondo de medios de subsistencia” (medios de consumo), o “fondo de trabajo”, que el trabajador requiere (universalmente) para su reproducción, y que ahora –cuando se considera el proceso capitalista de producción “en la fluencia constante de su renovación”, en su “fluencia interconexa” o “interdependencia”– el trabajador “adelanta” al capitalista, pues lo produce antes de ser pagado con su equivalente. Otras característica importante es que el valor del capital adelantado “desaparece” por completo, una vez dividido por el número de años en que se consume por el capitalista –es decir, por el número de “periodos de reproducción” de ese capital–, por más que éste lo interprete al revés y piense que conserva su capital y consume plusvalor.
Por tanto, la continuidad del proceso –la reproducción “simple”– permite ver la importante realidad de que todo capital no es sino “plusvalor capitalizado” (o “capital acumulado”), es decir, todo capital se convierte, tarde o temprano, en “valor apropiado sin equivalente” y concreción material de trabajo impago. Los medios de producción son ahora “medios de valorización”; el obrero sale de la producción tal como entra: como fuente personal de la riqueza, como productor de la “riqueza objetiva como capital”, pero empobrecido y reproducido –en definitiva, “perpetuado”– como asalariado; y su producto no sólo se transforma en mercancía sino en capital. La reproducción hace que la diferencia entre el consumo individual y el consumo productivo desaparezca hasta cierto punto, en la medida en que los medios de consumo del obrero se convierten ahora en “meros medios de consumo de un medio de producción”, y el propio obrero se convierte en el “medio de producción más indispensable” para el capitalista. Asimismo, al comprar fuerza de trabajo el capitalista “mata dos pájaros de un tiro”: valoriza su capital al convertir una parte en capital variable, y al mismo tiempo reconvierte los medios de subsistencia en “nuevos obreros”, de forma que “la clase obrera, también cuando está fuera del proceso laboral directo, es un accesorio del capital”, un “accesorio móvil de la fábrica”, un “esclavo” sujeto a su propietario por “hilos invisibles”, en vez de por cadenas. El proceso capitalista reproduce así, constantemente la “escisión entre fuerza de trabajo y condiciones de trabajo”, es decir, las “condiciones de explotación” del obrero, que es continuamente arrojado al mercado como “vendedor de su fuerza de trabajo” y como alguien que “en realidad pertenece al capitalista aun antes” de venderse a él. Reproduce la relación capitalista misma: “por un lado el capitalista, por la otra el asalariado”.

XXII. La transformación de plusvalor en capital. Esta transformación, su empleo o reconversión en capital, es la “acumulación” de capital. Este proceso se da en una escala “ampliada” (o “progresiva”) que, en primer lugar, convierte las leyes de la propiedad en leyes de la “apropiación capitalista”. Veamos. El plusvalor es transformable en capital sólo porque el plusproducto contiene ya los elementos materiales del nuevo capital. Pero “el pluscapital nº 1”, que es ya simple plusvalor capitalizado, “reitera” la compra de fuerza de trabajo con una parte de ese pluscapital, y lo mismo ocurre con el “pluscapital nº 2” generado por el nuevo ciclo; hasta que, finalmente, “todo el valor de capital adelantado se transforma en plusvalor capitalizado”. Por consiguiente, bajo la “apariencia” de una relación de intercambio entre capitalista y obrero se ve ahora su contenido: “el capitalista cambia sin cesar una parte del trabajo ajeno ya objetivado, del que se apropia constantemente sin equivalente, por una cantidad cada vez mayor de trabajo vivo ajeno”. Por tanto, la propiedad del capitalista aparece ahora como “el derecho a apropiarse de trabajo ajeno impago”, y se manifiesta para el obrero como “la imposibilidad de apropiarse de su propio producto”. Donde aparentemente había “identidad” entre propiedad y trabajo, lo que hay realmente es una “escisión”.

Los economistas clásicos, empezando por Smith y Ricardo, convierten “erróneamente” todo el plusvalor capitalizado en “mera conversión del mismo en fuerza de trabajo”, como si sólo existiera capital variable, cuando en realidad se distribuye entre éste y el nuevo capital constante. Pero peor es el dogma de la economía vulgar: la “teoría de la abstinencia” (Señor y otros). En realidad el plusvalor ni se consume íntegramente (como en el capítulo XXI) ni se acumula totalmente (como en este capítulo hasta aquí): una parte se consume como “rédito”, y la otra se acumula como capital. Como “capital personificado”, o “fanático de la valorización”, el capitalista constriñe a la humanidad a “producir por producir”, poniendo así las bases de una formación social “superior”. Además, la competencia, que se le impone como “ley coercitiva externa”, lo obliga a “expandir continuamente su capital para conservarlo”. Ambos impulsos le presentan su propio consumo como si fuera “un robo”, pero por otra parte se ve empujado al consumo y al disfrute de su riqueza: dos almas hay en su pecho, y una quiere divorciarse de la otra, se da en él un “conflicto fáustico entre el afán de acumular y el de disfrutar”. Se impone finalmente el primero, el imperativo de acumular; por eso, para los clásicos “el proletario sólo era una máquina destinada a producir plusvalor”, pero asimismo el capitalista no es sino otra “máquina dedicada a la transformación de ese plusvalor en pluscapital”. Sin embargo, los economistas burgueses quieren sacar provecho de esta “abstinencia” del disfrute sin caer en la cuenta de que “todo acto humano” puede concebirse como “abstinencia del acto contrario” (posteriormente, cita Marx a MacCulloch, que “patentó su ‘salario del trabajo pretérito’ mucho antes que Señor obtuviera la patente correspondiente al ‘salario de la abstinencia’”).
A continuación se examinan las “circunstancias que, independientemente de la división proporcional del plusvalor en capital y rédito, determinan el volumen de la acumulación”. La primera de ellas es el grado de explotación de la fuerza de trabajo. Marx arranca de lo siguiente: aunque en la teoría se supone que el precio de la fuerza de trabajo coincide con su valor, en la práctica hay una tendencia a hacerlo caer por debajo de éste, ya que, si los capitalistas critican su propio consumo, no pueden menos que considerar “superfluidades” muchos de los elementos que integran el consumo obrero, por lo que su objetivo y “misión histórica” es, por ejemplo en Inglaterra, “rebajar el salario inglés al nivel del francés” –de hecho, citando al Times, puntualiza: “No los salarios continentales, oh no, sino los salarios chinos: he ahí el objetivo que actualmente se ha fijado el capital”–. La segunda es la creciente productividad del trabajo, que permite aumentar la masa de bienes que entran en la parte consumida del plusvalor aunque no se modifique la tasa de plusvalor (y aunque aumente también el salario real). La tercera es el incremento de la “magnitud del capital adelantado” –y, aunque la magnitud esté dada, la fuerza de trabajo, la ciencia y la “tierra” (es decir, todos los bienes “naturales”) son “potencias elásticas del capital” que dan a éste un margen de actividad independiente de su magnitud. Y, por último, la “diferencia creciente entre el capital empleado y el consumido”.
Finalmente, se analiza en este capítulo el “llamado fondo de trabajo”. Marx atribuye la supuesta “fijeza” de este fondo a Jeremy Bentham, Malthus y otros autores que lo usaron con finalidades “apologéticas”. De esa manera, lo convertían en una parte especial de la riqueza social. Pero Marx arguye que lo que es constante, en el sentido de técnicamente dada en cada momento, es la “masa de trabajo vivo” que ha de poner en movimiento los elementos del capital constante, pero “no el número de obreros que se requiere para poner en acción” esa masa de trabajo, ni tampoco el precio de su fuerza de trabajo. El objetivo de esta falsa teoría era argumentar que los obreros debían quedar al margen de la distribución de la producción social, salvo en situaciones excepcionalmente favorables.
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