Resumen del libro I de






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XXIII. La ley general de la acumulación capitalista. Este capítulo es de importancia decisiva. En él se investiga “la influencia del acrecentamiento del capital sobre la suerte de la clase obrera”, y se afirma que el factor más importante en esto es la “composición del capital” y sus cambios. Esta composición puede concebirse como una relación “técnica” –la composición técnica–, o como una relación de valor –composición en valor–, pero Marx utiliza un tercer concepto para referirse a la “correlación” que hay entre ambas, de forma que denomina a la segunda, “en tanto se determina” por la primera y refleja sus variaciones, “composición orgánica del capital”, que es de la que se tratará aquí salvo advertencia expresa.
Ya hemos visto que la acumulación de capital es crecimiento del capital en un polo, pero es “aumento del proletariado” en el otro polo. Los clásicos erraban al suponer que todo el nuevo capital era capital variable, pero tenían clara la importancia del trabajo para “la riqueza de las naciones”, así como la naturaleza “polar” de la relación capitalista; y discutían, a partir de ahí, cuál era su mejor situación, desde su punto de vista. Si Bellers decía que “el trabajo de los pobres es la mina de los ricos”; Mandeville escribió sobre la necesidad de un “salario moderado”, así como que “la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos (...) es necesario que la gran mayoría siga siendo tan ignorante como pobre”; Eden pensaba que “lo que conviene a los pobres no es una situación abyecta o servil, sino una relación de dependencia aliviada y liberal”; y todo ello sin que se le escapara a Linguet que “el espíritu de las leyes” de Montesquieu no es sino “la propiedad”.
Las condiciones más favorables de la acumulación suponen una composición orgánica inalterada, pues en ese caso cabe la posibilidad –y finalmente se da la necesidad– de que la “demanda de obreros supere su oferta” y de que los salarios aumenten. En ese caso, la “dependencia” de los obreros sólo aumenta “en extensión”, y su fondo de consumo aumenta, por lo que “sus cadenas de oro” pueden estar menos tirantes. Sin embargo, la reproducción seguirá teniendo a este polo como polo obrero, y enfrente al capital, con independencia de cuál sea el salario. A lo más que puede llegar el trabajo impago es a una “merma”, pero ésta no puede poner “en peligro seriamente” el carácter capitalista de la producción, porque, una de dos: o bien esto no impide que la acumulación siga creciendo, o bien el alza salarial “perjudica” esta expansión, y entonces la reacción –el freno mismo de la acumulación– hace que bajen los salarios y por tanto que desaparezcan las causas de ese freno. Son los movimientos de la acumulación los que se reflejan, pues, en la masa de fuerza de trabajo, y mientras que los primeros son la variable “independiente”, la magnitud del salario es la variable “dependiente, no a la inversa”.
Por tanto, la ley de la acumulación capitalista “excluye toda mengua en el grado de explotación” que pueda amenazar seriamente la relación capitalista, de forma que le ocurre al obrero lo que al hombre con su religión: si éste se deja dominar “por las obras de su propio cerebro”, el asalariado lo está “por las obras de su propia mano”.
Pero el proceso avanza más allá de la fase anterior, en la que suponía una composición técnica constante, y convierte a los incrementos de “productividad” en la palanca más poderosa de la acumulación. El grado creciente de esta productividad se expresa en la cantidad aumentada de “medios de producción” (maquinaria como “condición”, materias primas y auxiliares como “consecuencia”) que un obrero transforma en producto por unidad de tiempo, es decir, en la disminución del factor subjetivo del proceso laboral en relación con el objetivo. Y “de manera aproximada” y reducida, este aumento de la composición técnica hace subir también la composición en valor del capital (en menor proporción, puesto que bajará también el valor de los elementos individuales del capital constante, y se economizará su uso). Esto significa una acumulación “acelerada” del capital, que sirve para desarrollar a su vez el modo de producción específicamente capitalista.
Por una parte, cada capital individual crece, y esto significa la concentración del capital, pero está limitada por el crecimiento de la riqueza social y por el incremento simultáneo del número de los capitalistas, que se repelen entre sí. Pero contra este “fraccionamiento” opera una fuerza de “atracción” que es la centralización del capital –ya sea por “anexión” (hoy, absorción) o “fusión”–, es decir, la concentración de capitales “ya formados”, o redistribución del capital global a partir de la “expropiación del capitalista por el capitalista”, más específicamente del grande por el pequeño, o, con más exactitud, de los menos competitivos y productivos por los que lo son más. La “competencia” y “el crédito” se convierten en las dos palancas más poderosas de la centralización, la cual, junto al instrumento de las “sociedades por acciones”, que permite concentrar “medios dispersos por la superficie de la sociedad”, sirve para completar la obra de la acumulación y elevar aun más la escala de operación del capital. Pero, como consecuencia de la creciente composición del capital, todo este capital “suplementario” atrae cada vez a menos obreros, a la vez que el capital antiguo repele más y más obreros antes ocupados: esto es la “sobrepoblación relativa” típicamente capitalista.
Esta sobrepoblación, o “ejército industrial de reserva”, al igual que el modo de producción específicamente capitalista, crecen más deprisa que la propia acumulación de capital. Ahora los periodos, o “intervalos”, de estancamiento de la composición de capital “se acortan”, y la sobrepoblación relativa, que aumenta debido a esta “ley de la población peculiar” al modo capitalista de producción, se convierte en una nueva palanca de la acumulación. Y no sólo eso: se convierte en una “necesidad”, una “condición de existencia” del propio capitalismo, que, en su ciclo “decenal” –de “diez u once años”, dice en otra ocasión– de “animación media, producción a toda marcha, crisis y estancamiento”, es decir, ante la necesidad de hacer frente a expansiones y contracciones “súbitas”, debe superar las barreras naturales del simple crecimiento demográfico, pues éste es más limitado y más lento –se requieren “16 ó 18 años” para llevar al mercado a una nueva generación de trabajadores–, y ello exige el colchón de seguridad que para el capital supone este ejército de reserva. Esta “liberación de obreros” o sobrepoblación relativa es más rápida aun que el cambio técnico, ya que el capital no sólo pone la demanda de obreros sino que también consigue, mediante este ejército, incrementar su oferta; y, de esta manera, aumenta la competencia entre los trabajadores, que, a la vez aunque sucesivamente, sufren del “ocio forzoso” del desempleo y del “exceso de trabajo” cuando están ocupados.
Sin embargo, la proporción entre el ejército “activo” y “de reserva” de trabajadores es variable, y depende del ciclo económico, no de un simple ciclo demográfico presuntamente regulado (según Malthus y otros) por el nivel del salario, que es un “dogma”, que el uso “bélico” de la maquinaria por parte de los capitalistas se encarga de desmentir por sí mismo. Y esta “ficción” de la apologética económica es fruto de la confusión de la ley general con las oscilaciones “locales” –es decir, sectoriales– del mercado de trabajo, que obedecen a su vez a los movimientos redistributivos del capital de una a otra esfera. En cuanto al mercado global, pues, “los dados están trucados” porque el capital opera en “ambos lados” –oferta y demanda– a la vez, de forma que esta ley de la oferta y la demanda “completa” de esta manera el despotismo del capital. Y los economistas, o “sicofantes” del capitalista, se encargan de predicar que los sindicatos, que intentan paliar los efectos negativos de esa ley, van contra el libre juego de dicha ley.
La sobrepoblación relativa adopta tres formas de existencia principales: “fluctuante, latente y estancada”. La fluctuante es la típica de la industria y hace que aumente la ocupación femenina y que el obrero de edad mediana se convierta enseguida en “desgastado y caduco”, que deba ser remplazado por personal más joven. La latente es típica de la agricultura, y consiste en ese exceso de población rural “siempre a punto de convertirse” en proletariado urbano o manufacturero. La estancada la forma el empleo “irregular” de lo que hoy llamaríamos la economía “negra o sumergida”, y que entonces era sobre todo la “industria domiciliaria”: se caracteriza por unas condiciones de vida “por debajo del nivel medio normal”. Junto a estas tres capas –o por debajo– se encuentra el “sedimento” inferior que forman los “pobres”, o esfera del “pauperismo”, a su vez compuesto por tres categorías: los que pueden aún trabajar; los incapacitados para ello (viejos, mutilados, degradados, etc.); y los “huérfanos e hijos de indigentes”, todo ello aparte del lumpenproletariado propiamente dicho (vagabundos, delincuentes, prostitutas). Con el incremento de la riqueza capitalista, aumenta no sólo la proporción del proletariado que integra el ejército laboral de reserva y el pauperismo, sino la “miseria” y “precariedad” de estas capas: ésta es la “ley general, absoluta”, de la acumulación capitalista. Esta “acumulación de miseria” que acompaña, pues, a la de riqueza, en el otro polo, y es independiente de que el salario sea alto o bajo, muestra un carácter “antagónico”, ya mostrado por los mismos economistas (Ortes, Townsend, Storch, Sismondi, Destutt de Tracy).
A continuación, dedica Marx más de ochenta páginas a “ilustrar” esta última ley a partir de numerosos datos extraídos de la experiencia real de la Inglaterra e Irlanda de su época, sin olvidar que economistas y políticos, como el liberal Gladstone, no olvidan tratar de demostrar lo contrario –que “los pobres, en todo caso, se han vuelto menos pobres”–, y que “las estadísticas oficiales se convierten en un índice cada vez más engañoso” para este fin. A continuación, pasa revista detallada a las capas “mal remuneradas” de la industria (algodoneros, etc.), comparando las deficiencias de su dieta con el consumo “excesivo” y “dilapidador” de los ricos, sus condiciones de vivienda y alquiler, de acceso a la beneficencia; a la población “nómada” (drenaje, ferrocarril...); a la “aristocracia” obrera (siderúrgicos, astilleros...); al proletariado agrícola, que ha caído tan bajo desde la edad de oro del siglo XIV y “ha empeorado de manera extraordinaria” (aquí el detalle alcanza a una “docena de condados” por separado, y además se analiza exhaustivamente el sistema de “cuadrillas”, concebido para enriquecer a “los grandes arrendatarios”); ...y, por último, el caso irlandés, que, tras la hambruna de 1846, la emigración y la enorme caída demográfica –pero no de la riqueza ni la producción, y donde la sobrepoblación relativa “hoy es tan grande como antes de 1846”–, se ha convertido en simple “distrito agrícola de Inglaterra”.

XXIV. La llamada acumulación originaria. Este capítulo, penúltimo del libro I, se compone de siete epígrafes. En realidad –de acuerdo con la interpretación que hace de este punto el marxólogo francés Maximilien Rubel, y que explicaremos más tarde–, el séptimo epígrafe debería consistir en lo que aparece como capítulo XXV, dedicado a la “Teoría moderna de la colonización”, que es una continuación de lo que se explica en el epígrafe 6; de forma que el libro I debería terminar con la “Tendencia histórica de la acumulación capitalista”.
El capítulo comienza con “el secreto de la acumulación originaria” (o “primitiva” o “previa”, es decir: anterior a la acumulación capitalista propiamente dicha). El origen de la escisión o polarización que presupone la relación capitalista no es el que cuentan los “optimistas” economistas, que sólo ven el “idilio” del derecho y el trabajo, sino la “violencia” de la historia real: es decir, “la conquista, el sojuzgamiento y el homicidio motivado por el robo”, que sirven de base a la “escisión entre productor y medios de producción”. Aunque se trata con esto de la “prehistoria” del capital propiamente dicho, está claro que lo que se analiza aquí es “la era capitalista” en Europa occidental, que data del siglo XVI (y se dio “esporádicamente” en los siglos XIV y XV). Se trata de una serie de procesos históricos de naturaleza también “dual” que cubren “toda la historia del desarrollo de la moderna sociedad burguesa”, tal como surgió de la estructura de la sociedad feudal, e implican la liberación del trabajo respecto de la servidumbre feudal y de la coerción gremial, y su liberación también respecto a sus antiguos medios de producción.
El fundamento de todo el proceso es la “expropiación” del campesino o “productor rural” (en su triple forma de campesino independiente, asalariado y siervo de la gleba) al que se le “despoja” de la tierra, que se analiza en su forma clásica (en Inglaterra, aunque hay indicaciones menores sobre los casos francés, alemán o italiano). Su “preludio” fue la disolución de las mesnadas feudales, y su acto principal consistió en la “expulsión violenta” de los campesinos de la tierra. Varios factores influyeron aquí: 1) el florecimiento de la manufactura de lana flamenca empujó a la transformación de la tierra de labor en pastos, dando lugar a la situación descrita por Tomás Moro en su Utopía, en la que “las ovejas devoran a los hombres”; 2) la Reforma permitió la expoliación colosal de los bienes eclesiásticos, suprimió monasterios y arrojó a sus moradores al proletariado; 3) la restauración de los Estuardos permitió que los terratenientes abolieran el régimen feudal y reivindicaran la propiedad moderna, lo que se favoreció con el “robo de tierras fiscales” (bienes de la corona), de la que también se aprovecharon los capitalistas burgueses; 4) las propias leyes “para el cercamiento de la tierra comunal” permitieron que los campesinos independientes (yeomen) fueran expulsados y remplazados por pequeños arrendatarios; 5) por último, el “despejamiento de las fincas”, por el que simplemente se expulsaba y desarraigaba a los campesinos, se destruían e incendiaban sus aldeas –sólo la duquesa de Sutherland se apropió de esta manera de más de tres mil kilómetros cuadrados de tierra–, y se usaba la tierra primero para pastos y luego para cotos de caza; esto último lo describe Marx como “la transformación usurpatoria, practicada con el terrorismo más despiadado, de la propiedad feudal y clánica en propiedad privada moderna”, un cambio basado en un derecho tal que “con el mismo derecho” un rey de Inglaterra podría arrogarse el derecho de echar sus súbditos al mar.
Esto se consigue además con una “legislación sanguinaria” contra los expropiados, quienes, al no poder ser absorbidos rápidamente por la manufactura, no podían adaptarse rápidamente a su situación y tenían que convertirse en “mendigos, ladrones y vagabundos”. Pues bien, se dictaron leyes desde el siglo XVI contra la “vagancia”, en las que se encerraba, marcaba, convertía en esclavo y ejecutaba a estos “vagos”; de forma que, mediante una legislación “terrorista y grotesca”, y a fuerza de latigazos, hierros candentes y tormentos, esta población expropiada fue obligada a someterse a la “disciplina” que requería el sistema de trabajo asalariado.
Esto le merece una reflexión de largo alcance a Marx. Una vez que la clase trabajadora, “por educación, tradición y hábito, reconoce las exigencias del modo capitalista de producción como leyes naturales, evidentes por sí mismas”, ya no hace falta la coerción, porque las “leyes naturales de la producción”, es decir, la “dependencia del capital” y el hambre, se encargan de disciplinar al obrero por sí mismas, y la violencia directa sólo se usa “excepcionalmente”. Pero “durante la génesis histórica” de este modo de producción, la burguesía “necesita y usa el poder del estado” para “regular” el salario, “prolongar” la jornada laboral y mantener al trabajador en esa “dependencia”. Y esto no sólo ocurrió en el campo: también en las ciudades hubo que usar el estado para desafiar la organización gremial, prolongar la jornada, aumentar el número de trabajadores permitidos, impedir las coaliciones obreras, etc.
En cuanto a la génesis del “arrendatario capitalista”, el antiguo bailío se convierte primero en arrendatario libre a quien provee el propietario, luego en aparcero o medianero de éste, y finalmente en arrendatario propiamente dicho. Se va enriquecido, primero, por la inflación que siguió a la desvalorización del oro como consecuencia del descubrimiento y conquista de América, que le permitió ganar tanto frente a los trabajadores como frente a los propietarios (contratos de alquiler fijo por 99 años). Y, después, fue él quien se benefició de la “revolución agrícola” y de la creación del “mercado interno” para el capital industrial, de forma que el arrendatario puede vender ahora como mercancía lo que antes sólo se consumía como medios directos de subsistencia, lo cual se lleva a su apogeo con la gran industria mecanizada.
Por su parte, el capitalista industrial nace del “pequeño capitalista” –que a su vez procedía de los maestros y artesanos independientes de la industria gremial, e incluso de algunos asalariados– y del capital usurario y comercial que ya existía en el régimen feudal. Pero se desarrolla a partir del siglo XVII gracias al “sistema colonial”, “la deuda pública y el moderno sistema impositivo” y “el “sistema proteccionista”, que son todos métodos que “recurren al poder del estado, a la violencia organizada y concentrada de la sociedad, para fomentar como en un invernadero el proceso de transformación del modo de producción feudal en modo de producción capitalista”.
Tantos esfuerzos hicieron falta para “asistir al parto” de las leyes “eternas” capitalistas, ironiza Marx, para obtener ese producto “artificial” de la historia moderna que es la polaridad capital-asalariados: el capital viene al mundo “chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde la cabeza a los pies”.

XXV. La teoría moderna de la colonización. Saltamos el último epígrafe para insertar primero lo que aparece como capítulo XXV en el texto: la crítica de la teoría de la colonización, de Wakefield. La razón es que, como ha afirmado Rubel, parece que Marx invirtió conscientemente el orden natural de su discurso para salvar más fácilmente la mano de la censura, acostumbrado como estaba a estas prácticas desde su época de periodista. Consiguió así que los censores vieran que el libro terminaba como empezaba, con la misma dificultad de comprensión, y que, de esta forma, pasara más desapercibida la “tendencia histórica de la acumulación capitalista”, en la que se retomaban, e incluso se citaban expresamente, las expectativas revolucionarias del Manifiesto Comunista. La idea del capítulo sobre la colonización es que la experiencia de los Estados Unidos le puede servir a cualquiera, lo mismo que a Wakefield, para aprender que el capital es una “relación social”, y por ello las condiciones coloniales son en principio las opuestas a las de la expropiación que posibilita el desarrollo capitalista, ya que “la esencia de una colonia libre” es que en ella “la mayor parte del suelo es todavía propiedad del pueblo”. Como no se da la escisión, el obrero puede apropiarse de una parte importante del producto y convertirse fácilmente en capitalista. Y esta indisciplina es lo que molesta a Wakefield. Sencillamente: el modo de producción y acumulación, y la propiedad privada capitalista “presuponen el aniquilamiento de la propiedad privada que se funda en el trabajo propio”, o sea, la expropiación del trabajador.

Conclusión del libro I de El capital: la Tendencia histórica de la acumulación capitalista. Hemos visto que la acumulación originaria se resuelve precisamente en la “disolución de la propiedad privada fundada en el trabajo propio”. La “pequeña industria” del artesano y del campesino, al desarrollarse, genera los medios materiales “de su propia destrucción”, y su propiedad es desplazada por la propiedad capitalista.
Pero asimismo el capital, al “socializar” el trabajo y los medios de producción, al centralizarse él mismo, expropia permanentemente a muchos capitalistas por parte de unos pocos, y a la vez “disciplina, une y organiza” a la clase obrera, cuya rebeldía aumenta. La centralización de los medios de trabajo y la socialización del trabajo alcanzan también un punto en que se vuelven “incompatibles” con su corteza capitalista. Tenemos ahora la “negación de la negación”: no se restaura la propiedad privada, sino “la propiedad individual, pero sobre la base de la conquista alcanzada por la era capitalista: la cooperación y la propiedad común de la tierra y de los medios de producción producidos por el trabajo mismo”. Esta segunda transformación será más sencilla que la primera porque sólo se trata ahora de la “expropiación de unos pocos usurpadores por la masa del pueblo”.



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