Arrizabalo montoro, Xabier (Ed.) (1997)






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ARRIZABALO MONTORO, Xabier (Ed.) (1997) Crisis y ajuste en la economía mundial. Implicaciones y significado de las políticas del FMI-BM. Ed. Síntesis, Madrid.
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LA ECONOMÍA MUNDIAL ACTUAL:

CRISIS Y AJUSTE
La secuencia que vincula la crisis y el ajuste "fondomonetarista"define la evolución de la economía mundial en épocas recientes. Este tercer capítulo se dedica a estudiar dicha secuencia. Para ello, tras mostrar la constatación empírica de la crisis y abordar su carácter, se analiza la aplicación de las políticas de ajuste, incluyendo una referencia al papel de la teoría en ellas. Se concluye con la evaluación de sus implicaciones, así como de su significado estructural.
3.1. El estallido de la crisis
En la segunda mitad de los años sesenta comienzan a aflorar algunos elementos indicativos de las dificultades que encuentra la economía capitalista para mantener el ritmo de crecimiento de los años anteriores. El agravamiento de esas dificultades deriva en los primeros años setenta en la explosión de una profunda crisis, manifestada en multitud de indicadores: estancamiento de la producción, la inversión y la productividad, inflación, desempleo, desequilibrios internacionales (comerciales, financieros y monetarios), etc.

Las expresiones más significativas de esta explosión fueron la declaración de quiebra definitiva del sistema monetario internacional de Bretton Woods en agosto de 1971 y el acelerado aumento de los precios del petróleo desde octubre de 1973. Muchas interpretaciones consideraron en su momento que uno u otro fenómeno constituían la crisis, cuando únicamente fueron parte de su expresión, además de, en cierta medida, detonantes de ella.
3. 1. 1. La evidencia de la crisis
Como se ha dicho, ya en los últimos sesenta comienzan a aparecer indicadores de las dificultades y contradicciones subyacentes al proceso de crecimiento que empiezan a cuestionarlo.

Según datos de la OCDE, entre 1968 y 1973 (año que suele tomarse como el de inicio de la crisis), el crecimiento de la producción en las economías desarrolladas se desacelera, alcanzando un porcentaje promedio anual del 4,7 frente al 5,1 del período 1960 1968 (Palazuelos y otros, 1988: 15). Incluso algunas economías llegan a presentar caídas absolutas de su producción en algún año, como la RFA en 1967 o EE UU en 1970 (Maddison, 1991: 151 152).

Su explicación inmediata se encuentra en la ralentización que experimenta la inversión como consecuencia del deterioro de la expectativa de ganancia, auténtico motor de la acumulación capitalista. A su vez, esta ralentización va a limitar el crecimiento de la productividad, que se sitúa en un promedio anual para los países de la OCDE del 3,4% frente al 4, 1% alcanzado entre 1960 y 1968. (Palazuelos y otros, 1988: 15).

Asimismo, en estos años también se deterioran los indicadores de desempleo e inflación. Para los mismos períodos, el primero aumenta del 3, 1 % de la población activa al 3,4% y el segundo, del 2,9% al 5,6%. Destacan, en cuanto al desempleo, los casos de EE UU (4,6%), Italia (5,7%) y Canadá (5,4%) y, en lo que se refiere al incremento del nivel de precios, los de Japón (7%) y Gran Bretaña (7,5%) (ib., 21 22).

Por otra parte, en el primer capítulo ya se ha descrito con detalle el convulso escenario que caracteriza las relaciones monetarias internacionales en este período.

En definitiva, con estos indicadores se pone de relieve que las contradicciones inherentes a la lógica capitalista, y particularmente a los fundamentos del crecimiento posbélico, ya habían comenzado a manifestarse; de manera que el estallido de la crisis en los primeros setenta no será sino la crónica de una crisis anunciada e inevitable. Interesa ahora constatar empíricamente cómo se materializa ese estallido.

Si en los últimos sesenta se produce una desaceleración del crecimiento, en los primeros setenta tendrá lugar un auténtico estancamiento. El incremento promedio anual de la producción en las economías de la OCDE se sitúa en el 2,6% entre los años 1973 y 1979 0., 15) con caídas absolutas del 1,6% en la RFA (1975), del 1,2% en Japón (1974) y del 0,7% y el 1% en EE UU, respectivamente en ambos años (Maddison, 1991: 151 152).

Esta desaceleración es más marcada en el sector industrial. El crecimiento promedio anual en este período en los países de la OCDE se reduce al 1,7% desde el 5,1% de 1968 1973.y el 5,5% de 1960 1968 (Palazuelos y otros, 1988: 18).

Como se ha dicho respecto al período 1968 1973, la explicación inmediata de este proceso se encuentra en la ralentización de la inversión y en su efecto sobre la productividad. De hecho, el incremento de la formación bruta de capital fijo (indicador de inversión) en las economías desarrolladas se sitúa en un modestísimo 1% de promedio anual entre 1973 y 1979 frente al dato del 5,9% entre 1968 y 1973 (ib., 78). Y en cuanto a la productividad, para el mismo área y los mismos períodos, su aumento alcanza un 1,5% frente al anterior 3,4% 0., 15).

Una consecuencia inmediata de esto es el incremento de la tasa de desempleo en estos países. En los años 1973 1979 el promedio será del 5,2% (6,7% en EE UU y 7,2% en Canadá) con tendencia creciente, especialmente en los países europeos (ib., 2 l). Según datos de la OCDE, sólo en el sector siderúrgico de 21 países se pasó de 1.950.000 empleos en 1974 a 1.625.000 en 1980 (Gill, 1983: 365).

Un elemento novedoso de este período es la coexistencia de estancamiento e inflación, lo que dará lugar a la expresión 11 estanflación". Efectivamente, de modo simultáneo a la desaceleración del crecimiento se observa una marcada tendencia a la elevación del nivel general de precios en las economías de la OCDE, que se sitúan en el 10% promedio entre 1973 y 1979 (ib., 22).

El aumento de la inflación surge como consecuencia de la durísima pugna que se establece entre los distintos sectores del capital por la generación de ganancia y, sobre todo, por su apropiación. En un contexto en el que el circuito parasitario D D' revalida su enorme auge ya explicado anteriormente.

En el desencadenamiento de la crisis, otro factor importante es la dislocación monetaria y financiera internacional; la cual, a su vez, y unida a los anteriores, va a influir de forma clara en la desaceleración del ritmo de crecimiento del comercio internacional que en la década de los setenta lo hará a un ritmo de promedio anual del 5% frente al 8,5% del decenio anterior (ib., 24).

Sin embargo, el factor determinante de la crisis radica en la caída de la rentabilidad del capital (o tasa de ganancia) en el terreno productivo. Según Gauthier (Torres, 1995: 5 l), en EE UU la tasa de ganancia disminuyó del 12,7% en 1966 al 3,5% en 1975, mientras en Francia, en promedios anuales, cayó en el período 1973 1980 un 1,6% frente a un crecimiento del 0,5% en 1964 1973.

En el marco de las relaciones de producción capitalistas, la rentabilidad de los distintos usos posibles del capital constituye el único criterio que se toma en consideración para decidir a cuál de ellos dirigir los capitales. La pérdida de ganancia de la inversión productiva intensificará la tendencia a destinar una parte considerable de ellos al ámbito financiero especulativo. En todo caso, a la cuestión relativa al papel del deterioro de la rentabilidad en la crisis, básica para comprender el funcionamiento del capitalismo actual, se volverá en el apartado siguiente.
3.1.2. El carácter de la crisis: más allá de la coyuntura y de los "ciclos"
Durante los primeros años posteriores al estallido de la crisis, las interpretaciones "oficiales" sostenían que ésta era de carácter coyuntural. Es decir, se trataría de un mero traspiés temporal atribuible a los problemas del sistema monetario internacional y/o a los choques petrolíferos. Sin embargo, las causas de la crisis hundían sus raíces en fenómenos mucho más profundos.

Como explican Cize y otros (1990: 15 1):
Las condiciones de valorización del capital, que habían comenzado a deteriorarse después de mediados de los años 60, continúan orientadas a la baja. En los Estados Unidos y en los principales países capitalistas, la parte de los beneficios en el valor añadido bruto y las tasas de rendimiento del capital fijo bruto descienden (...).

En este contexto de declinación de la rentabilidad del capital se agudiza la concurrencia entre los grupos capitalistas, y los trusts petrolíferos dejan subir los precios del petróleo en 1973. Hay que resituar el "choque" petrolífero en un contexto inflacionista mundial de lucha reforzada por la distribución y la redistribución de la plusvalía mundial. Los Estados Unidos estaban mucho menos afectados que los países europeos, Japón o los países pobres por el alza de los precios del petróleo, y por consiguiente ellos también han dado luz verde a los aumentos demandados por la OPEP.

Son estas tendencias a la crisis las que engendran la concurrencia y no a la inversa. La crisis no es ni el producto de las decisiones tomadas por Nixon, ni el producto del estallido del sistema monetario, ni el producto de los choques petrolíferos. Es la sobreproducción de capital bajo las formas dinero y mercancías la que conduce a estas manifestaciones anárquicas. Nuestros "indicadores" de parasitismo, es decir, las curvas de inflación mundial, del endeudamiento del Estado americano, de la liquidez internacional (euro dólares, después euro divisas), están siempre al alza. Son una representación de la contradicción del modo de producción entre su tendencia a desarrollar las fuerzas productivas y su tendencia a destruirlas. La inflación, las deudas, las masas de capitales flotantes, "miden" la sobreproducción de capitales (ficticios y otros) y de mercancías, de trabajo que podría, en un momento u otro, precipitar la economía capitalista en la espiral del hundimiento.
Esta argumentación, que plantea el carácter profundo de la crisis, será constatada empíricamente con la persistencia de la crisis. En efecto, desde entonces, la economía capitalista, a escala mundial, no ha conseguido reeditar una secuencia de crecimiento generalizado y sostenido en el tiempo. Por el contrario, la descripción más elemental de su evolución reciente pone de relieve, de manera incuestionable, la permanencia y profundización de la crisis.

Se puede constatar, por ejemplo, al considerar el segundo choque petrolífero en noviembre de 1979 o las constantes tensiones monetarias y financieras; o los nuevos episodios de caídas absolutas de la producción a principios de los ochenta: en EE UU del  0, 1% (19 8 0) y el  2,6% (19 8 2), o en la RFA del  0, 7% (19 8 2). Incluso en Japón, el crecimiento se estanca hasta el punto de situarse por debajo del 3% en 1982 (exactamente, 2,8%), es decir, excluyendo los desastrosos 1974 y 1975, el peor resultado desde 1945 (Maddison, 1991: 151 152). Además hay que considerar el incremento sostenido en los niveles de desempleo (que en muchas economías de la OCDE supera la barrera del 10% durante los años ochenta) y subempleo.

La persistencia de estos fenómenos a escala mundial rebate de forma concluyente el pretendido carácter coyuntural de la crisis, mostrando bien a las claras su dimensión estructural, tal y como lo explicaba Román en 1994 (Torres, 1995: 127): el "crac» bursátil de 1987, la acumulación de deudas insolventes, los crecientes déficits de la balanza comercial y, finalmente, la recesión de 1990 todavía no superada son episodios sintomáticos del estancamiento subyacente.

Sin embargo, más allá de esta constatación, para caracterizarla de forma precisa, es necesario efectuar un comentario de índole más teórica que permita abordar la cuestión de si se trata o no de una crisis "cíclica".

Las crisis en el capitalismo están directamente vinculadas a las contradicciones derivadas de la puesta en funcionamiento de la lógica de acumulación que articula este modo de producción.

Como señala Gill (1996: 784),
Las crisis no son accidentes en el camino atribuibles a causas exteriores, a "choques aleatorios» o a una mala gestión de la economía. Son momentos inevitables de la acumulación del capital, de la carrera contrarreloj entre la baja tendencial de la tasa de ganancia y el alza de la tasa de plusvalía y de la composición orgánica del capital.

En la producción capitalista, las crisis son no sólo posibles sino necesarias. Su necesidadsurge doblemente de su carácter inevitable e imprescindible. Son, en primer lugar, necesarias en el sentido de adónde el curso normal de la acumulación con~ duce necesariamente o de manera inevitable; resultado de la valorización insuficiente del capital y de la caída de la tasa de ganancia que arrastra el alza de la productividad, expresan así periódicamente un bloqueo inevitable de la acumulación. Son, en segundo lugar, necesarias en el sentido de la función iprescindible de saneamiento que cumplen por la destrucción de valores y la restauración de la rentabilidad que generan, haciendo posible la reanudación de la acumulación (1).
Además de pretender conceptuar la crisis como coyuntural, también se la ha definido como cíclica. La discusión sobre. los ciclos largos en la economía capitalista ha sido frecuente y polémica. Entre los autores que afirman la existencia de estos ciclos de en torno a 40 60 años  20 30 años en su fase ascendente y otros tantos en la descendente  se encuentran Kondratieff o Mandel  aunque éste denomina a cada fase "onda larga", dos ondas constituyen, de hecho, un ciclo-.

Aparte de las dificultades técnicas para corroborarlos empíricamente por la carencia de bases estadísticas de largo plazo fiables y detalladas, hay dos aspectos centrales para cuestionar estas teorías.

En primer lugar, por el hecho de que la presencia de períodos de auge y períodos de crisis no asegura que necesariamente tras una crisis venga un auge. Es decir, no asegura la reproducción perpetua del sistema que indica la utilización del concepto "cíclico". Esto es así debido a que la existencia de las crisis no responde a ningún esquema lineal de tipo cronológico, ni, por supuesto, a ningún mecanismo automático.

Y de cualquier manera, en segundo lugar, porque la forma que toman los períodos de crecimiento y recesión están directamente vinculados a la propia evolución histórica de la economía capitalista mundial. Por ello, incluso la existencia de elementos comunes en los distintos períodos de crisis (o de auge) no elude el carácter peculiar y único (en definitiva, histórico) de cada uno de ellos. En última instancia, una concepción cíclica de la economía (en el sentido expuesto) es ahistórica cuando el carácter histórico de los procesos sociales es una de sus notas características básicas, como se ha expuesto en la presentación.

En consecuencia, la crisis que se analiza no es un fenómeno explicable por el comportamiento cíclico de la economía capitalista... que no existe como tal en la realidad. Por eso, se conceptualiza la evolución histórica del capitalismo como irregular, y no como cíclica (2).

Es importante reseñar que la discusión acerca de los ciclos de largo plazo no es una cuestión baladí. Las interpretaciones que plantean su existencia sostienen implícitamente la viabilidad de una nueva fase de auge capitalista, es decir, de una reedición del carácter progresivo  en el sentido, fundamentalmente, del potencial desarrollo de las fuerzas productivas  del que en una época dispuso; tendencia contraria a los procesos de destrucción de ellas que se experimentan en la actualidad: desempleo, cierre de explotaciones industriales, ganaderas, agrícolas, pesqueras, etc. No debe olvidarse que, a su vez, esta posición tiene también las implicaciones políticas que se exponen en el primer capítulo.

En efecto, como se expondrá seguidamente, la propia crisis incorpora los elementos que llevan a su reproducción; especialmente, a través de la orientación masiva de capitales a los mercados financieros, lo que dispara la liquidez internacional detrayendo recursos de la economía real, de la que se nutre (en realidad, de la que parasita) la economía de la especulación. Precisamente, esta elevada liquidez  "oferta de créditos"  está en el origen de lo  que posteriormente conformará la crisis de la deuda externa de los países subdesarrollados. Y la política que se adopta frente a la crisis, el ajuste fondo monetarista, no sólo no va a resolverla sino que intensificará las contradicciones que la explican por la destrucción económica que provoca. Una materialización importante de esto es el resurgimiento de problemas recurrentes de realización (de demanda).

Todo ello deriva de la aplicación estricta de la lógica capitalista de búsqueda de la mayor ganancia, en un contexto en el que la rentabilidad de la inversión productiva sigue deteriorándose. Según Arrnstrong y otros (Torres, 1995: 73), el beneficio en los países de la OCDE presenta una tasa de crecimiento negativa, tanto en el período 1960 1973 ( 2,8% en promedio anual) como en el 1973 1989 ( 0,9%).

Por eso, la crisis supone la quiebra de la fase de crecimiento del período posbélico, que se ha calificado, no como "edad de oro" del capitalismo, sino como "huida hacia delante".
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