Arrizabalo montoro, Xabier (Ed.) (1997)






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Una certera síntesis de los resultados de las políticas de ajuste la ofrece Valenzuela (1991: 153  154):
(...) visto desde el ángulo de la asignación de los recursos, le otorga primacía al principio de la regulación oligopólica. Como al mismo tiempo predica un aperturismo económico indiscriminado, tenemos que de hecho privilegia la regulación monopólica transnacional.

En cuanto a su contenido más preciso, en primer lugar se podría caracterizar como una modalidad específica e históricamente determinada, de reconstitución de la tasa de ganancia. Para ello, se apoya fundamentalmente en la elevación de la tasa de plusvalía. Para lograrlo, se busca congelar o controlar la expansión de los salarios reales y, para tales efectos, los mecanismos que se privilegian son la dilatación del ejército de reserva industrial y la coacción directa o extraeconómica.

En cuanto a los agentes o grupos sociales impulsores, el modelo se asienta en el capital transnacional y una delgada capa de capitalistas nacionales. Éstos funcionan como una oligarquía financiera en cuyo seno se privilegian los espacios circulatorios. En cuanto a las ramas o sectores de desarrollo preferente, amén de los financieros e improductivos, deben recalcarse los sectores de exportación, primarios y semimanufactureros.

El esquema no se limita a una drástica elevación de la tasa de plusvalía. Al mismo tiempo provoca una modificación sustancial en las modalidades de reparto de la plusvalía social. Apuntando a lo básico, tendríamos: i) retracción del beneficio empresarial y mayor peso de la plusvalía que se traduce en intereses; ii) especialmente por la vía de los intereses, crecimiento de la masa de plusvalía, absoluta y relativa, que fluye al exterior. Como consecuencia de lo anotado, desestímulo a la acumulación productiva en general y, en particular, a la más pesada y de más largo período de maduración.

La alta tasa y masa de plusvalía combinada con los bajos niveles de la acumulación productiva dan lugar a la emergencia de agudos y recurrentes problemas de realización. Por las características del modelo, ni el gasto (o déficit) estatal ni un eventual superávit externo, pueden jugar como palancas resolutivas. De hecho, son la expansión del consumo suntuario y otros gastos improductivos, los mecanismos que se privilegian para suavizar los problemas de realización del excedente. De aquí, el parasitismo esencial del modelo.

La configuración económica estructural que precipita el ideario neoliberal, da lugar a consecuencias de largo plazo o tendenciales: i) menores ritmos de crecimiento; ii) mayor inestabilidad en el curso de la reproducción.
En definitiva, la universalización de las políticas fondomonetaristas implica la destrucción productiva y un profundo retroceso social en todo el mundo. Ya sea con el incremento del analfabetismo en EE UU, con la reducción de la esperanza de vida en Rusia o con el ahogo de todo el África subsahariana bajo el peso de la economía de armamento y las guerras, así como de la deuda externa, ¿adónde conduce todo esto?, ¿es acaso sostenible? A abordar estas cuestiones se dedica el siguiente apartado.
3.5. Significado del ajuste: ¿salida de la crisis o profundización de las contradicciones?
A lo largo del período 1945 1970, la política keynesiana de elevada intervención estatal en la economía a través de su endeudamiento creciente, potenciaba cierta acumulación, pero también restringía los espacios de ganancia. Como explica Gill (1996: 684 685):
La reducción de la deuda pública es por consiguiente una necesidad para el capital. Uno de los medios para lograrla es el alza permanente de los precios que tiene por efecto disminuir año a año el valor real de la deuda a reembolsar. El componente inflacionista de la política keynesiana, al mismo tiempo que favorece la tasa de ganancia disminuyendo los salarios reales, contribuye a reducir el peso de los gastos públicos en la acumulación privada.
El fracaso de este mecanismo se plasma en el estallido de la crisis en los primeros años setenta. En las políticas de ajuste adoptadas como respuesta se materializa el nuevo mecanismo para facilitar la acumulación. Se trata de la política monetarista cuya concreción es la que sigue (ib., 685):
los mismos objetivos de rentabilización en adelante han sido perseguidos en el cuadro de una política que designa la lucha contra la inflación como una prioridad. En situación de inflación reducida, la compresión de los salarios reales exige de ahora en adelante un ataque directo contra los salarios, el cual pasa necesariamente por una ataque contra las condiciones de empleo y de trabajo en general (salario mínimo, salud y seguridad, fondos de pensión, antigüedad, acceso a la sindicalización, etc.), ataque que se apoya en una desreglamentación a todos los niveles, mientras que la reducción de la deuda pasa por la compresión directa de los gastos públicos y el desmantelamiento o la rentabilización de los servicios del Estado, medios draconianos de atajar su fuente de progresión.
Pero el significado de este nuevo mecanismo va más allá (ib., 685):
en estas medidas hay más que un simple reajuste de orientación. La aminoración, perceptible a medias, de los salarios reales y de la deuda pública por la inflación, se sustituye entonces por una ofensiva abierta, cuyo doble objetivo es la supresión de toda traba a la explotación del trabajo y la liquidación del sector público, es decir, la recuperación por el sector privado de lo que ha sido de alguna forma "expropiado" con el paso de los años por el lugar creciente tomado por el Estado; se trata de "recapitalizar" una economía de la que una parte cada vez más grande llega a funcionar escapando de las reglas del cap¡~ tal; se trata de devolver un carácter capitalista a todo un conjunto de actividades cuyo mantenimiento y existencia deberán depender de su rentabilidad y cuyo funcionamiento será parte integrante de la acumulación del capital.
Ante todo esto, la pregunta que surge de manera inmediata es la siguiente. Si este cambio de política económica persigue la salida de la crisis, estabilizar la reproducción económica a partir del restablecimiento de la valorización del capital, ¿lo logra? Gill (ib., 685) afirma:
si el recurso a la intervención económica del Estado no ha permitido resolver los problemas de fondo de la acumulación en el seno de esta economía llegada a la madurez" como la designaba Keynes, sería ilusorio creer que la vuelta al "laissezfaire", es decir a las condiciones mismas que habían hecho necesario el apoyo estatal a la actividad privada, sea la garantía de una reanudación armoniosa de la actividad económica. Por tanto hay que esperar que conduzca a conflictos sociales más agudos.
Efectivamente, esta política tiene efectos muy graves sobre las condiciones de vida y trabajo de la inmensa mayoría de la población mundial (ib., 685 686):
Desreglamentación, privatización, retroceso del Estado y reducción de los programas sociales son las consignas en el nombre de las cuales el capital compromete su lucha para acabar con las conquistas históricas del trabajo, contra las conquistas sociales y democráticas de las organizaciones sindicales y populares (derechos democráticos a la salud, a la seguridad social, a la educación, etc.) de las cuales se beneficia el conjunto de la población trabajadora, es decir la abrumadora mayoría de la población. Por esenciales que sean estas conquistas puesto que responden a necesidades sociales profundas, ellas son un obstáculo para el capital, para la producción de ganancia, para la acumulación privada. Pleno de pánico en el momento en que se intensifica la crisis crónica mundial de la economía, el capital se empeña en una ofensiva en toda regla para liquidarlas.
Y, sin embargo, a pesar de todo, tal y como se ha visto en los anteriores apartados, la persistencia de la crisis es un hecho. Puesto que, como concluye Torres (1995: 132),
estas políticas no sólo han traído consigo más malestar social, menos tolerancia política y social y menos libertad. Es que han provocado también más desequilibrios y nuevos ramalazos de recesión y crisis económica en los años noventa.
Para explicar esto, es necesario retomar la discusión acerca del carácter del capitalismo actual. En relación a ello, se constata la apropiación creciente de ganancia en el terreno financieroespeculativo, sin prácticamente ninguna vinculación con la economía real. Gluckstein (1994: 30) estima en un 98% de todas las transacciones mundiales las vinculadas a la especulación, lo que, concretamente, en 1994, significa:
los 1,3 billones de dólares que transitan diariamente por los mercados de cambios representan, al año, más de 15 veces el PIB conjunto de los países miembros de la OCDE.
Esto provoca simultáneamente dos efectos. De una parte, la búsqueda constante de mayores plusvalías en el ámbito productivo (de las que se apropian tanto los capitales invertidos en él como, indirectamente, los especulativos); de otra, la destrucción de fuerzas productivas por el desvío masivo de capitales hacia la especulación y por el debilitamiento de la demanda derivada de lo anterior. Es decir, la especulación y la destrucción de fuerzas productivas son dos caras de la misma moneda, cuya expresión es un profundo deterioro social.

Como explicaba Le Monde diplómatique en 1987 (Cize y otros, 1990: 171),
Por impresionante que sea su amplitud [la de la especulación financiera], tales transacciones no añaden nada a la riqueza nacional. En absoluto llevan a verdaderas inversiones creadoras de nuevas capacidades de producción. Bien al contrario, conducen a menudo a cierres de fábricas y a supresiones de empleos.
Con todos estos elementos, la discusión acerca del carácter del capitalismo actual cobra renovada importancia. Sin embargo, a pesar de ello, de la persistencia de la situación crónica y estructural de crisis, esta discusión se sustituye por fórmulas cómodas y demagógicas como la del "fin de la historia' de Fukuyama, o la utilización sistemática del término genérico "globalización" o "mundialización" para designar todos los distintos tipos de procesos que caracterizan la situación actual (15).

La idea de globalización suele utilizarse a modo de "cajón de sastre", incluyendo fenómenos diversos: entre otros, de relaciones internacionales, tecnológicos, políticos y económicos. Más allá de la imprecisión con que suele formularse, se basa en dos hipótesis: una expansión de las relaciones de producción capitalistas a escala mundial y una mayor interdependencia de los mercados internacionales (16)

¿Se expande el capitalismo? Una visión superficial podría hacer parecer que sí. Sin embargo, un estudio más detallado pone de relieve que lo que ocurre en la actualidad es una "política de tierra quemada" como profundización de las tendencias existentes a lo largo de todo el siglo XX.

En efecto, en la etapa actual de la economía mundial no se produce una extensión del capitalismo. Lo que tiene lugar en cambio es la profundización de su carácter imperialista en el que se refuerza el predominio del capital financiero que, buscando sus fuentes de apropiación de ganancia en el plano especulativo, reduce drásticamente los recursos destinados a usos productivos, destruyendo masivamente fuerzas productivas (particularmente a través del abaratamiento del costo del trabajo y la reducción de gastos sociales); de ahí el carácter parasitario y marcadamente regresivo del capitalismo actual que invalida esa acepción de la globalización.

Los tres ámbitos que plantean Glyn y Sutcliffe (op. cit., nota 14, 49 50) como ejemplo de la "extensión"  trabajo femenino, "desnacionalizaciones", restauración capitalista en los países del antiguo CAME  son en realidad ejemplos de la profundización en el carácter "regresivo" del capitalismo mostrada en su tendencia a la destrucción de fuerzas productivas; en el primer caso, por los fenómenos de desempleo y precarización que lo contextualizan (como con la deslocalización); en el segundo, por la reducción de los recursos destinados a sanidad, educación o pensiones (es decir, abaratamiento del costo del trabajo) y la liquidación de los segmentos no rentables de los transportes, las telecomunicaciones u otros (que permiten destinar recursos crecientes a la especulación). Y en el tercero, porque las privatizaciones en estas economías suponen, en algunas actividades, la gestión directa por el capital transnacional de lo que antes ya iba paulatinamente controlando de forma indirecta (a través de mecanismos comerciales o financieros) y, en el resto, de forma predominante, la destrucción directa de fuerzas productivas. Esto, en definitiva, responde al mismo razonamiento planteado por estos autores al referirse al ámbito en que sí reconocen que no se produce esa propagación o extensión: el "sector informal".

De igual manera ocurre con la acepción que la identifica con el aumento de la interdependencia económica internacional. Es indudable que actualmente existe una elevada interdependencia, pero, incluso si se considera de mayor grado que en ningún otro período histórico, ¿acaso es el rasgo central de la etapa actual del capitalismo?

Aun reconociendo la importancia crucial de este proceso. lo fundamental es su condición de

fruto de la lógica capitalista  que persiguiendo la mayor apropiación de ganancia hace prevalecer

los ámbitos financiero especulativos, para lo que se impulsa la desreglamentación a escala

mundial  y que no es novedoso ni peculiar del período actual, sino que viene de lejos. Dicho de

otro modo, la elevada interdependencia no es el rasgo clave de la etapa actual, ni original de ella, sino consecuencia histórica del carácter de dicha etapa.

De hecho, ya en 1916, Lenin (1974: 437 y 498) escribía "hace ya mucho que el capitalismo ha creado un mercado mundial". Y, significativamente, ya entonces los "economistas burgueses" hablaban de "globalización", aunque la denominaban `entrelazamiento', 'ausencia de aislamiento', etcétera", a lo que él respondía con una frase perfectamente aplicable a la actualidad:
¿Qué significa, pues, la palabra "entrelazamiento"? Expresa únicamente el rasgo más acusado del proceso que se está produciendo ante nosotros; muestra que el observador cuenta los árboles y no ve el bosque, que copia servilmente lo exterior, lo accidental, lo caótico; indica que el observador es un hombre abrumado por los datos en bruto y que no comprende nada de su sentido y de su significación.
Sustítuyase el término "entrelazamiento" por "globalización" y se tendrá un excelente aporte a la discusión actual. Resulta significativo cómo en todos los períodos históricos se promueve la irrupción de términos que se proponen como "novedosos conceptos" y que rápidamente tienen una acogida masiva en numerosos medios, permitiendo eludir otros debates.

El punto de partida debe ser la consideración de la economía mundial como tal. Esto no es en absoluto original de los últimos años, dado que por lo menos todo el siglo XX se ha caracterizado precisamente por esto: por la existencia de una sola economía mundial, de carácter capitalista, con independencia de que en una parte del siglo existieran economías nacionales no capitalistas, las cuales  especialmente la antigua Unión Soviética , sin embargo, partiendo de una forzada autarquía, tuvieron una integración creciente en la economía capitalista mundial, lo que se expresa, por ejemplo, en sus niveles de endeudamiento con la banca privada transnacional ya en la década de los setenta).

Esta discusión nos lleva a la siguiente pregunta: la economía mundial en los últimos 25 años, ¿se encuentra ante una crisis capitalista más o ante la crisis del capitalismo?

El alcance de la crisis es muy profundo porque la crisis –la quiebra del crecimiento de posguerra  es la quiebra del intento de revertir la situación de crisis crónica subyacente a lo largo de todo el siglo XX. Esta crisis sólo pudo ser aparcada temporalmente a partir de las condiciones excepcionales de posguerra y la utilización de medios artificiales en el marco de los acuerdos de posguerra que, tal y como se ha explicado en el Capítulo 1, permitieron la estabilidad política  numerosos partidos comunistas llegaron a entrar en los Gobiernos de reconstrucción capitalista en Europa occidental  pero al precio, para la burguesía, de aceptar importantes conquistas que arranca la clase trabajadora, como sistemas públicos de Seguridad Social, nacionalizaciones, etc.).

Por eso, la persistencia de la crisis muestra la imposibilidad por parte del capital de dotarse de espacios productivos en los que generar un crecimiento sostenido y con carácter generalizado. Dicha persistencia pone de manifiesto la gran inestabilidad de las bases sobre las que se asentaba el crecimiento posbélico, enlazando la crisis actual con la del período de entreguerras.

Por eso, el elemento central de la situación actual no es la extensión de las relaciones de producción capitalistas en el sen tido de crecimiento o expansión, sino la intensificación de las relaciones de explotación a escala mundial  abaratamiento del costo de trabajo con destrucción de fuerzas productivas  como respuesta a la masiva apropiación de plusvalía por el capital especulativo, es decir, como respuesta al parasitismo característico de la etapa actual. En concreto, la explosión del paro en el mundo muestraque los enormes beneficios generados por la especulación se obtienen al precio de una desindustrialización generalizada. O, dicho de otro modo, que los fenómenos como la desindustrialización o el desempleo no son sino la otra cara de la especulación. La crisis es la crisis del imperialismo. Tal y como lo define Gluckstein (1994: 12), el capitalismo se encuentra así en la «fase senil" del imperialismo:
Fase que se expresa en la inversión de las señales de valores: la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas que caracterizaba de manera dominante al capitalismo ascendente ha dejado sitio a la tendencia dominante a la destrucción de fuerzas productivas; la tendencia a la industrialización ha cedido el sitio a una tendencia a la desindustrialización; la tendencia a la expansión de los mercados ha cedido el lugar a la tendencia a la contracción de los mercados; el proceso de constitución del mercado mundial ha cedido el lugar a un proceso de dislocación del mercado mundial.
Es en este contexto en el que se puede comprender cabalmente el porqué de las políticas de ajuste: para hacer viable ese abaratamiento del costo de trabajo que pueda seguir nutriendo la apropiación de ganancia por parte de los capitales especulativos. Por lo tanto, sí hay un sentido en el que hablar de globalización de forma inequívoca: se trata de la globalización a escala mundial de la aplicación de políticas de ajuste.

Esta universalización de las políticas de ajuste se constituye en la línea de fractura sobre la que se articula la discusión teórica y el conflicto político. Ante ella, el enfoque keynesiano o neokeynesiano", ¿es una alternativa?

Ciertamente, si consideramos a algunos de los más renombrados representantes de la "nueva macroeconomía keynesiana", como Sachs, Summers o Skidelsky, la respuesta negativa es inmediata (Gill, 1996: 727).

Sachs es conocido por su responsabilidad en la aplicación de las políticas de ajuste en países como Bolivia, Polonia, la antigua Yugoslavia y, más recientemente, Rusia. Él es partidario de la 11 terapia de choque" a cualquier precio, bien conocido por las poblaciones de estos países.

Summers también deja clara su posición en la recomendación realizada en 1992 en calidad de economista en jefe del Banco Mundial. Como recoge Gill (ib., 727),
la medida de los costes de la contaminación nociva, sostiene él, depende de los ingresos perdidos a consecuencia de una gran mortalidad una cierta cantidad de contaminación nociva debería tener lugar en los países donde el costo es menor, es decir, en aquéllos donde los salarios son más bajos ( ... ) Creo que la lógica económica que incita a verter un cargamento de desechos tóxicos en los países donde los salarios son más bajos es impecable; deberíamos admitirlo.
En cuanto a Skidelsky, presentado como el "mayor conocedor mundial de la vida y obra de Keynes", sitúa los ejes de la política económica necesaria en la desregulación del mercado de trabajo, en la reducción de la intervención del Estado en la economía  como requisito previo para poder aplicar posteriormente el mecanismo keynesiano de impulso público a la demanda , en la promoción de los fondos privados de pensiones y en el alargamiento de la edad de jubilación Incluso llega a afirmar literalmente (El País, 6 de mayo de 1996):
los sindicatos son más poderosos en el sector público, que tiende a subir los salarios y ésta es otra razón por la que hay que reducir el sector público.
Siempre se puede argumentar que estos autores no son "auténticos" keynesianos. Pero en todo caso, lo que no puede obviarse es que tanto la propuesta keynesiana como la monetarista, cada una con su instrumento, tienen un objetivo común que es el de asegurar las condiciones de valorización del capital. Y, por tanto, ambas acaban chocando de frente contra las dificultades de valorización producto de la propia lógica capitalista en su funcionamiento histórico.

Efectivamente, en la actualidad, la línea de fractura no se sitúa en el debate entre keynesianos y monetaristas (y otros, híbridos en algunos casos, como el autoproclamado "neoestructuralista" o el "neo ricardiano", etc.). Se encuentra en la posición que se adopta ante las políticas de ajuste que sintetizan la esencia de los conflictos sociales.

Aunque la plasmación del ajuste es específica en cada caso, su sentido, inequívoco, siempre es el mismo. La dureza del ajuste es inevitable desde la lógica de la valorización del capital, para cuyo sostenimiento se requiere el aumento de la explotación, el desempleo y subempleo, el pillaje en los países subdesarrollados (vía pago de deuda).

Además hace que la línea de fractura sea absolutamente tajante. De un lado quedan quienes los aplican, apoyan, avalan o justifican, directa o indirectamente, como en el caso de quienes los avalan con propuestas desmovilizadoras como las de "reparto de empleo", de "cooperación al desarrollo", de "reforma de las instituciones de Bretton Woods", etc.). (17)

Del otro lado, están todos aquellos que combaten estos planes y la miseria, destrucción y hambre a la que llevan a la mayoría de la población mundial; también directa o indirectamente, como los que, incluso puntual o sectorialmente, defienden su puesto de trabajo en condiciones dignas, el mantenimiento de las conquistas históricas de la clase trabajadora, o se sitúan en una posición contraria a las privatizaciones.

Con estos planes ocurre lo mismo que con los despidos ("reestructuraciones" de plantillas) de los que, mediante la utilización de fórmulas como "jubilaciones anticipadas", "despidos incentivados" u otras, se pretende esconder su significado. No existen ajustes fondo monetaristas positivos para los trabajadores, para la mayoría de la población. En cualquier modalidad, pactado o impuesto, gradual o "de choque", el ajuste supone, en sí mismo, una agresión para la clase trabajadora.

Precisamente por esto, su aplicación requiere constantes falsificaciones de la realidad, pretendidamente científicas. Y, sobre todo, asociar esta política a las organizaciones de trabajadores (lo que en definitiva les conduciría a su propia liquidación como tales), ya que si no, estas políticas no pueden aplicarse.

¿Existe alternativa? Thatcher acuñó la expresión '71NA" (There is no alternative, no hay alternativa). Feito (VV AA; 1994: 46) la retorna al afirmar: "una situación de partida como la descrita no deja alternativas a la política económica'. Constantemente se dice que "hay que enmarcar la discusión dentro de los límites de lo posible". Pero ¿qué entra dentro de esos límites? ¿Por qué nunca entran aumentos salariales, pero sí transferencias masivas de recursos a la especulación? ¿Por qué nunca entran políticas reales de promoción industrial y de empleo sino, camufladas de tales, mayores desgravaciones a las empresas?

Como siempre, la clave radica en quién es el que decide qué entra dentro de lo posible. Al fin y al cabo, si los pueblos, si los trabajadores aceptaran esos artificios propagandísticos, ningún derecho democrático ni ninguna conquista  obrera existirían. ¿0 acaso entró  alguna vez dentro de lo posible que la mujer votara, que se conformaran sistemas públicos de Seguridad Social o que se fuera reduciendo la jornada de trabajo?

Una de las experiencias más recientes así lo atestigua. Se trata de la huelga indefinida de los trabajadores del transporte por carretera en Francia que paralizó "media Europa" en noviembre de 1996. Apoyándose en el movimiento, de forma democrática, esta huelga planteó una nueva situación, permitiendo a los camioneros recuperar algunos derechos perdidos. Este proceso ha sido denominado la "re reglamentación".
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