Ciudades rurales en la españa moderna




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CIUDADES RURALES EN LA ESPAÑA MODERNA

EL PROTAGONISMO DE LAS CONTINUIDADES


Maria José Vilalta

Universitat de Lleida
Versión preliminar
Copiosa y compleja se nos presenta la reflexión en torno al significado de lo urbano. Pudiera decirse que, en la actualidad, sigue siendo uno de los marcos teóricos que mejor nos permite contextualizar los factores del cambio social, en el pasado y en el presente. Desde perspectivas multidisciplinares y abarcando todos y cada uno de los diferentes niveles de la realidad social, el hecho de que algunos hombres y mujeres vivieran o decidieran vivir en ciudades sigue siendo un buen punto de referencia para situar la interpretación de rupturas y pervivencias, problema éste que, ya desde la baja edad media y hasta la más reciente actualidad, sigue ocupando un amplio territorio de reflexión, representación e interpretación.1

En la ya clásica tradición de historiografía medieval y moderna sobre el proceso de formación de las ciudades, se encuentra implícita una perspectiva que prioriza los procesos de cambio. El término más preciso que sustantitiviza este enfoque sería el de urbanización.2 Es decir, desde muy antiguo, la ciudad fue imponiéndose como centro nodal de la actividad económica, principalmente comercial y manufacturera; de la gestión política y religiosa de la ciudadanía y del despliegue de todo tipo de construcciones culturales y artísticas, quedando implícito en todo ello que tal avance se produjo desde un alejamiento de lo rural.3 Pero no fue tan sencillo. Las interdependencias de doble dirección se multiplicaron. P.M. Hohenberg y L.H. Lees apuntan, por ejemplo, cómo, en la Europa medieval, las zonas de más intensa urbanización se correspondieron, en general, con excelentes regiones agrícolas4 y, en los tiempos modernos, casi no se han conservado ejemplos de dibujos, grabados, planos o láminas de ciudades que no incluyan una detallada descripción gráfica de los campos circundantes. Ello se hace especialmente patente en los territorios peninsulares de la Monarquía hispánica, donde, a pesar de persistir densidades de poblamiento tradicionalmente muy bajas y, por ello, indicativas de graves carencias de fuerzas productivas, imprescindibles para el mantenimiento de un desarrollo sostenido;5 se observan, en todo tiempo y lugar, unos elevadísimos niveles de concentraciones que pueden plenamente definirse como urbanas6, cosa que sólo pudo sustentarse en el hecho de que muchas de estas aglomeraciones eran ciudades rurales, agrociudades o agrovillas o, de forma más genérica, ciudades intermedias.7 ¿Qué implica esta afirmación?

En una sociedad enmarcada en el largo proceso de transición del feudalismo al capitalismo, la tradicional dicotomía entre mundo urbano y mundo rural se diluye si se consideran escenarios intermedios donde se entrecruzan los fundamentos de ambas realidades socioeconómicas. Los territorios peninsulares de la Monarquía hispánica albergaron un denso y variado escenario de urbanización. Todos los historiadores que se han enfrentado a la cuestión enfatizan, cuando menos, tres aspectos fundamentales: la existencia de redes urbanas de muy diferente tipología, la imposibilidad de aferrarse a un criterio cuantitativo, es decir el número de moradores, para decidir qué fue y qué no fue una ciudad, y la mayor dependencia que la ciudad tenía respecto al mundo rural que éste de aquella.

Atendiendo al primero, queda claro que nada tuvo que ver la urbanización castellana con la desplegada en la cornisa cantábrica, basada en un tupido tejido de pequeños núcleos; que, en Castilla, cada una de las líneas de conquista y repoblación medievales, marcadas, de forma indicativa, por las líneas de los ríos Duero y Tajo, implicaron asentamientos y dinámicas de poblamiento muy diferentes; que, en la cuenca del Guadalquivir, floreció un auténtico hervidero de villas y ciudades; que la franja mediterránea tuvo una personalidad propia y diferenciada, que se expresó de forma peculiar en cada uno de los reinos de la antigua corona de Aragón, etc. Tal diversidad de redes implica, en segundo lugar, que no haya unidad al intentar definir qué magnitud concreta de vecinos les hizo pasar de aldeanos a ciudadanos, convirtiendo así la siempre citada propuesta clasificatoria de Jan de Vries en una referencia que sirve de marco de partida para procesos generales y que explica muy poco de las dinámicas sociales de cada territorio. Y, finalmente, se constata que esta densa trama de ciudades pudiera parecer contradictoria con una sociedad y una economía plenamente rurales, pero no lo fue.

Y esto sucedió así en dos sentidos principales. Por una parte, en lo económico, la ciudad siempre fue dependiente del trabajo de los campesinos y, sólo cuando se articularon fluidas posibilidades de transporte, pudo sostenerse con holgura. Por otra parte, en lo social, las urbes arraigaron en un mundo donde las clases privilegiadas persistieron en la preocupación por disponer de tierras y de las rentas que éstas les suministraban como fundamento de su riqueza y posición; donde los campesinos eran la abrumadora mayoría; donde un gran número de artesanos dependía de los payeses para elaborar y dar salida a su producción y, además, buscaron la manera de disponer de alguna pequeña parcela que complementara su subsistencia; donde los eclesiásticos fueron los primeros entre los rentistas y donde, en el complejo mundo que va desde los servicios hasta la mendicidad, todos dependían de las angosturas de una agricultura de rendimientos más bien mediocres.

En el trasfondo, podemos situar la reflexión sobre esta categoría denominada ciudades rurales, siempre latentes en toda la historiografía sobre la sociedad y la economía de la España moderna y, las más de las veces, ignoradas como una tipología intermedia que nos permita dar el salto desde lo urbano a lo rural, desde las grandes ciudades a los más pequeños pueblos.8 Se impone, pues, superar los constreñimientos implícitos en el término "urbanización" y adentrarse en los territorios de los "mundos urbanos". En este sentido, las consideraciones que siguen deben entenderse como una abierta y muy discutible propuesta de interpretación que precisará, en el futuro, de una más amplia ejemplificación, profundización y diversificación de los temas propuestos en esta primera aproximación.

En torno a la definición

Partimos de una consideración previa importante. Ciudades rurales no son ciudades ruralizadas o ciudades que han sufrido un proceso de retorno a lo rural, como única vía posible in extremis. En esto, el ejemplo castellano es extremadamente clarificador. D.S. Reher sintetiza, en muy breves palabras, las heterogéneas funciones desempeñadas por cada una de las más relevantes ciudades de la trama mesetaria:

"...Toledo era la capital religiosa y un importante centro de manufacturas de seda y armas; Valladolid era lugar de residencia de muchas familias nobiliarias y sede tradicional de buena parte del gobierno de Castilla; Burgos controlaba la mayoría del comercio hacia el norte y Toledo lo controlaba hacia el sur; Medina del Campo y Medina de Rioseco canalizaban el comercio de la lana y los intereses bancarios; Cuenca, Segovia y Zamora eran centros manufactureros textiles; Salamanca y Alcalá de Henares eran ciudades universitarias y Salamanca se especializaba en la industria del cuero. Era un sistema bien integrado en el que muchas de sus ciudades tenían vínculos con otros centros urbanos externos, tanto en la Península como en otros países de Europa."9

Hacia finales del siglo XVI y principios del XVII -no entraremos aquí en la polémica de la delimitación cronológica-, se inició un colapso, una recesión, un repliegue, es decir, una crisis de grandes dimensiones y de facetas muy variadas que rompió los equilibrios de esta red.10 La magnitud de este declive ha sido y sigue siendo uno de los puntales fundamentales en la interpretación de los acontecimientos del siglo XVII peninsular. Por lo que a las ciudades atañe, la evidencia indica la realidad de una caída demográfica generalizada, un fuerte retroceso en las actividades mercantiles y manufactureras y una progresiva ruralización. Es decir, se produjo un desmantelamiento de trabajos artesanos especializados y se buscó en la agricultura la única vía posible para salir de una miseria segura para la gran mayoría. Valladolid perdió tanta población que, hasta el siglo XIX, no vio rehabitado el conjunto del recinto rodeado de murallas; los centros manufactureros, especialmente de textiles, como Segovia y Cuenca, vivieron una dura contracción; los focos de comercio, Burgos entre ellos, se estancaron; las ciudades que se habían especializado en servicios universitarios o religiosos, como Salamanca, Alcalá de Henares o Toledo, reforzaron su dedicación casi exclusiva a ellos; Madrid creció de forma imparable, convirtiéndose en la más segura expectativa para salir de una pobreza ya casi inevitable...11 En semejante escenario, el retorno, palpable por doquier, a la primacía de lo rural no dejó de ser una vía forzada, una reconversión y, en este sentido, un fracaso.12 Los hombres y mujeres que vieron cómo familiares, amigos y vecinos morían o, en el mejor de los casos, emigraban; los que asistieron al cierre incesante de talleres; los que perdieron de vista el permanente trajín de productos y viajeros que había transitado por unas rutas donde ya casi no pasaban ni ovejas, debieron de sufrir, aunque todavía sepamos muy poco de ello, tanto o más que cualquier obrero contemporáneo sometido a cierres o reconversiones. La vuelta de algunas ciudades a la necesidad de retomar una cotidianeidad estrictamente campesina dificultó la recuperación posterior y marcó una pérdida de pulso y de actividad de muy larga duración. Estamos frente a un proceso de ruralización sinónimo, en este caso, de atonía y empobrecimiento pertinaz. No es éste el escenario a que nos queremos referir.

Por contra, un ejemplo perteneciente a otra red urbana nos sitúa en la plena definición de lo que pudiera tipificarse como una ciudad rural. En el Principado catalán, se puede considerar grosso modo que el territorio se articuló en tres grandes franjas, marcadamente especializadas en lo económico. La franja litoral se decantó progresivamente, desde los tiempos del esplendor en la conquista del Mediterráneo, hacia el control de las actividades mercantiles; a su alrededor, en una segunda área que se correspondería con los alrededores de Barcelona y la Catalunya central, se estableció el complejo mundo de las manufacturas, que huían del constreñimiento gremial de la capital, especializadas en textiles, pero abiertas a muchas otras actividades, algunas complementarias con este sector, otras no. Cerrando este núcleo, se abría un amplio cinturón rural que mantuvo una estrecha, pero fluctuante al ritmo de la coyuntura, vertebración económica y social con las zonas de especialización manufacturera y comercial. A lo largo del siglo XVIII, las interdependencias entre estas tres grandes áreas fundamentaron, como ya nos enseñó P. Vilar, las potencialidades del crecimiento y desarrollo de la Catalunya moderna.13 Si afinamos el enfoque y nos fijamos en el cinturón rural, observaremos la continuidad del poblamiento en el territorio, ligado a un tipo de residencia fundamentalmente urbana y a la persistencia de una agricultura tradicional, extensiva y cerealícola.14 Ahí es donde encontramos ejemplos absolutamente claros de ciudades rurales y Lleida, tercera ciudad del Principado, sería, en este sentido, un modelo paradigmático, ya que siempre fue y sigue siendo un centro agrario, perfectamente adaptado a su medio, que nunca participó activamente en los procesos de desarrollo industrial. Cabe decir, sin incurrir en exageraciones, que su organización social, su pujanza económica y su vida cultural estuvo perfilada, hasta las primeras décadas del siglo XX, por esta impronta.15

A partir de estas comparaciones, podemos permitirnos una inicial caracterización. La tarea se presenta suficientemente compleja como para que, en esta primera aproximación, nos atrevamos a deslindar sólo tres ámbitos principales de reflexión: primero, las magnitudes poblacionales que albergaban las agrociudades; segundo, las principales ocupaciones de sus moradores, y, tercero, sus comportamientos demográficos específicos. Singularizar estos terrenos y no otros, implica tan sólo una opción para empezar el trabajo desde las bases demográficas, económicas y sociales; prescindiendo de la vida política e institucional, de las relaciones sociales, de las formas culturales y, sobre todo, de un terreno que se intuye como un rasgo verdaderamente diferenciador: la vida cotidiana en una ciudad cuyos moradores mantuvieron los hábitos y pautas de la mentalidad campesina.16

Magnitudes

Las ciudades rurales podrían definirse como centros de carácter urbano donde persistió la primacía social, económica y cultural de las formas de vida campesinas. Definir tamaños de población que puedan ajustarse a este tipo de ciudades siempre puede resultar discutible, pero la primera precisión importante a destacar sería que, habitualmente, no eran grandes centros, y, la segunda, que, a lo largo de la época moderna, mantuvieron una cierta estabilidad en la tendencia de número de vecinos. Si el umbral de 10.000 habitantes de Jan de Vries resulta ser insuficiente para explicar el tejido de las ciudades peninsulares de la Monarquía hispánica17; otras estimaciones, más a la baja, nos sirven mejor para adentrarnos en este tipo de “urbanización campesina”, aunque tales términos parezcan contradecirse.18 Se podría, así, proponer que un buen marco de referencia encuadraría las agrociudades peninsulares en torno a unos 5.000 habitantes en el siglo XVI y alrededor de los 10.000 en el siglo XVIII. Podríamos estar refiriéndonos a núcleos (delimitando el terreno sólo a capitales de provincia actuales19) como Albacete, Cáceres, Ciudad Real, Huesca, Lleida, Logroño, Girona, Ourense, Palencia, Pontevedra, Soria, Vitoria o Zamora.20

Tales cifras resultan evidentemente aleatorias porque, en algunos casos, pueden fluctuar considerablemente en una amplia horquilla de magnitudes que mostrarían las diferentes trayectorias socioeconómicas de cada una de ellas. Así, algunas como Ciudad Real, Logroño o Palencia estuvieron más pobladas en el XVI que a finales del XVIII (quizás por la vecindad con la crisis castellana); otras como Albacete, Lleida, Vitoria o Zamora, siguieron la tendencia contraria y la mayoría permanecieron, aún con vaivenes, tranquilamente estancadas. Por contra, se dio también el caso que algunas de las que siempre han sido consideradas como ejemplos claros de ciudades rurales, como Murcia o Jerez de la Frontera, tuvieron dimensiones muy por encima de esta moderada estimación.21 Por eso, el número de habitantes sirve, aquí, exclusivamente, para indicarnos dos realidades habituales, aunque no universales: las dimensiones reducidas de la urbe y la estabilidad de su poblamiento. Y estas dos ideas, enlazan con una constatación de gran relevancia: la importancia del mantenimiento de equilibrios con la agricultura omnipresente que circundaba el casco urbano y que de forma tan explícita dibujaron los paisajistas, como Wyngaerde en el XVI, o narraron los viajeros, como Zamora en el XVIII. Por lo tanto, quedaba claro que ni se podía crecer más allá de las posibilidades razonables de desplazamiento diario a los campos por parte de sus habitantes, ni se debían destruir las mejores tierras de labranza circundantes,22 puesto que estaban no sólo vinculadas a la jurisdicción de la ciudad, sino que se compartían con otras muchas villas, pueblos y aldeas limítrofes de magnitudes decrecientes.23 Esta trama permitía un denso poblamiento del territorio y una permanente redistribución territorial de los campesinos24, agrupados en formas de organización que reproducían las formas urbanas (murallas, instituciones, jerarquización social, etc.) a escalas reducidas.25 Aquí era donde las ciudades rurales se convertían en ciudades intermedias, en un verdadero puente entre el mundo rural y el urbano y, para explicarlo mejor, será preciso analizar en qué se ocupaban sus vecinos.

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