El debate sobre la sustentabilidad: Un concepto sencillo que lleva a estrategias contradictorias






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RECUADRO 2.3:
¿Sustentabilidad fuerte o débil?7

Muchos economistas piensan que la «sustentabilidad débil» es suficiente. Según esta perspectiva, la sociedad es sustentable si las existencias agregadas de los bienes naturales y manufacturados no están disminuyendo. En otras palabras, la sustentabilidad débil permite la sustitución del capital natural agotado por su equi­valente de capital artificial. Desde esta perspectiva, la pérdida del potencial de ganancias de un bosque que dejó de existir no es un problema si parte de las ganan­cias de la liquidación ha sido invertida en fábricas con un potencia] dc ganancias equivalente. Al contrario, la «sustentabilidad fuerte» reconoce las funciones de so­porte vital y los servicios ecológicos no contabilizados, que proveen muchas formas de capital natural, así como el riesgo significativo asociado a una pérdida irreversi­ble de éstas. (Además de fibras, los bosques proporcionan servicios tales como el control de la erosión y de las inundaciones, la distribución del calor, la regulación climática, así como una variedad de otras funciones y valores no reconocidos por el mercado). La sustentabilidad fuerte, por lo tanto, requiere que las existencias de capital natural se mantengan constantes, independientemente del capital artificial. Algunos autores sugieren que también se deben mantener las existencias de capital manufacturado en la sustentabilidad fuerte para que no haya ningún tipo de depre­ciación de capital. Estamos de acuerdo que esto es preferible, pero queremos enfatizar la importancia de mantener el capital natural adecuado para las funciones de sopor­te vital. Recuerden también que si la población y las expectativas materiales están creciendo, las existencias de capital en realidad deberían estar aumentando -en otras palabras, deben incrementarse las reservas per cápita.

Se observa mejor la debilidad del concepto de «sustentabilidad dé­bil» en un estudio realizado por David Pearce y Giles Atkinson. Partiendo del supuesto de la sustentabilidad débil de que el capital natural y el artifi­cial son sustituibles, estos autores listaron por orden de importancia la sustentabilidad de 18 países representativos. Propusieron que «...una eco­nomía es sustentable si ahorra más (en términos monetarios) que la depreciación de su capital natural y artificial...» Como resultado, Japón, los Países Bajos y Costa Rica encabezan la lista de los países sustentables, mien­tras que las naciones más pobres de Africa se identifican como las menos sustentables. Esta comparación muestra la inaplicabilidad ecológica de la sustentabilidad débil. No reconoce que gran parte del ahorro monetario de los así llamados países ricos proviene del agotamiento del capital natural de otros países y la explotación de los bienes comunes globales. Por ejemplo, la sustentabilidad económica aparente de Japón y de los Países Bajos de­pende de sus importaciones a gran escala (véase el recuadro 3.5). En efecto, es el déficit ecológico masivo el que permite que se mantengan estos altos estándares materiales, sin embargo este déficit con el resto del mundo (in­cluyendo algunos de los países tachados de «no sustentables» ) no se contabiliza.

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(continúa en pág. siguiente)

Aunque la «sustentabilidad fuerte» puede parecer radical como medida de conservación, el concepto es todavía altamente antropocéntrico (centrado en lo humano) y estrechamente funcional. El énfasis está en las demandas biofísicas mínimas para la supervivencia humana sin pensar en las otras espe­cies. Ciertamente también (como a nuestros estudiantes más sensibles les gusta recordarnos), no experimentamos el sabor, el sentido ni el olor de la alta exu­berancia sensual de la naturaleza como «capital natural». Sin embargo, la preservación de los bienes biofísicos esenciales para la humanidad implica la protección directa de ecosistemas enteros y de miles de especies claves, benefi­ciándose así indirectamente muchos otros organismos. En síntesis, la esperanza más alentadora para mantener tanto una significativa biodiversidad como la experiencia de la naturaleza bajo nuestro actual sistema de valores, puede ser el propio interés de los seres humanos, enriquecido con esta visión profunda­mente ecológica. Por supuesto, si la humanidad fuera a trasladarse hacia valores más ecocéntricos, aseguraría su propia supervivencia en forma más efectiva. El respeto para, y la preservación de, otras especies y ecosistemas, por sus valores

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espirituales e intrínsecos, aseguraría en forma automática la seguridad ecoló­gica de los seres humanos.

También, tenemos que reconocer que el mantenimiento del mínimo ecológico aceptable no es en sí mismo una condición suficiente para la sustentabilidad. Es necesario cumplir con algunas condiciones socioeconómicas mínimas para asegurar el consenso necesario para la acción a corto plazo y para la estabilidad geopolítica a largo plazo. Al final del análisis, la sustentabilidad significa asegurar una calidad de vida satisfactoria para todos. Lo más importante es, por lo tanto, trabajar para lograr estándares básicos de equidad material y justicia social dentro de y entre los países (un objetivo que parece estar en retroceso hoy). También necesitamos compartir un compromiso común, enfocado hacia nuestro interés colectivo, de mantenimiento de los bienes comunes globales, una idea que aún está luchando para ser tomada en cuenta dentro de la retórica estéril de la globalización económica competitiva. Si no satisfacemos estas condiciones, simplemente no vamos a poder desarrollar las capa­cidades necesarias para enfrentar, en forma humana y solidaria, los cambios globales y los conflictos inevitables que éstos van a generar.

Ya que hemos descrito el mínimo aceptable para la sustentabilidad, necesi­tamos concentrarnos en cómo llevar a la práctica estas condiciones. Pero tenemos que andar precavidos en el camino que lleva a encontrar soluciones a este proble­ma. Después de todo, las causas de muchas de nuestras dificultades actuales son el resultado de las soluciones «a la rápida» de ayer. Significativamente, en este senti­do, las sugerencias de la Comisión Brundtland están a favor de soluciones tecnológicas al problema de la sustentabilidad.
La propuesta de la Comisión Brundtland

Muchos analistas han argumentado que las «soluciones» propuestas por la CMMAD no son consistentes con sus propias definiciones de sustentabilidad. De hecho, la Comisión fue curiosamente ambigua en su definición 8. Nuestro Futuro Común define «necesidades» como «...las necesidades esenciales de los pobres del mundo, a las que debe darse una prioridad predominante...». También reconoce las «...limitaciones impuestas por el estado de la tecnología y la organización social sobre la capacidad del medio ambiente de satisfacer [estas necesidades]...». A las personas preocupadas por la integridad ecológica y la equidad social, este énfasis

8 Las siguientes citas son de Our Common Future, pages 43, 9, 89, 213 y 65.

en «las necesidades esenciales de los pobres» y en las «limitaciones» pareció ser más bien una súplica para el reconocimiento político de las injusticias económicas globales y los límites al crecimiento material. Esto a su vez garantizó la aprobación de Nuestro Futuro Común por parte de los principales grupos ambientales.

Pero hay otro lado de Nuestro Futuro Común que garantizó que este mensa­je fuera recibido con el mismo entusiasmo en las oficinas corporativas en todas partes. El informe afirma reconfortantemente que «...el desarrollo sustentable no es un estado fijo armonioso sino un proceso de cambio dentro del cual la explota­ción de recursos, la orientación del desarrollo tecnológico y los cambios institucionales se hacen consistentes con las necesidades futuras además de las del presente...». Así, una lectura cuidadosa revela que las únicas «limitaciones» reco­nocidas por la Comisión son sociales y tecnológicas. Afirman, por lo tanto, que el logro del desarrollo sustentable depende de la participación más amplia en la toma de decisiones; de nuevas formas de cooperación multilateral; de la expansión y traspaso de nuevas tecnologías; de un aumento en las inversiones internacionales; de un papel más amplio para las corporaciones transnacionales; de la eliminación de las barreras «artificiales» al comercio; y de un comercio global ampliado.

En efecto, la Comisión Brundtland iguala el desarrollo sustentable a«...un crecimiento económico más rápido en los países industriales y en desarrollo...», bajo el pretexto de que «...la diversificación y el crecimiento económico... ayuda­rán a los países en vías de desarrollo a mitigar las presiones sobre el medio ambiente rural...». De forma consistente con esta interpretación, la Comisión observó que «...se puede anticipar un incremento de cinco a diez veces del producto industrial mundial al mismo tiempo que se estabilizará la población mundial en algún mo­mento durante el próximo siglo...». Mientras ello pueda parecer una tasa extraordinaria de expansión, implica una tasa de crecimiento anual promedio cer­cana a sólo un 3,5 a 4,5 por ciento durante los próximos 50 años. Un crecimiento dentro de este rango ya se ha producido con un incremento de cinco veces en el producto económico mundial desde la Segunda Guerra Mundial.

Reconociendo el estrés adicional que esta expansión implica para el medio ambiente, la Comisión presentó el desarrollo sustentable en términos de un uso más eficiente de los recursos materiales y energéticos, nuevas tecnologías ecológicamente benignas, y«...un sistema productivo que respeta la obligación de preservar la base ecológica para el desarrollo...». Notablemente ausente de Nuestro Futuro Común, sin embargo, está cualquier análisis de las causas de la pobreza y la




desigualdad, que la Comisión pretende abordar, o si el crecimiento requerido será biofísicamente sustentable bajo cualquier sistema productivo. La Comisión tam­poco enfrentó los argumentos según los cuales, en las condiciones actuales, la liberalización del comercio y los aumentos de productividad convencionales pue­den funcionar en contra de la sustentabilidad (véase el Capítulo 3).

Por ello, los críticos de la Comisión Brundtland califican su interpretación de un desarrollo sustentable dependiente del crecimiento económico, como una «...amenaza en cuanto ha sido cooptada (por la corriente principal)... para perpe­tuar muchos de los peores aspectos del modelo expansionista, pretendiendo ser algo novedoso...». Incluso los comentaristas populares condenan el uso del térmi­no «desarrollo sustentable» como «...palabras peligrosas que ahora están siendo usadas... para enmascarar el mismo viejo pensamiento económico que predica el consumo sin límites, en su cruzada para convertir más tierras en gloriosas canchas de golf, ghettos suburbanos altamente peligrosos o lagunas rebosantes de dese­

chos (los llamados vertederos) ...»9

No es sorprendente que haya tanta tensión entre numerosos intereses, en sus esfuerzos para definir la sustentabilidad, ni tanto desencanto público con el concepto. En nuestro mundo materialista que apunta hacia cada vez más creci­miento, lo políticamente aceptable es ecológicamente devastador, mientras que lo ecológicamente necesario es políticamente imposible. Por lo tanto, el desarrollar nuevas estrategias de sustentabilidad que sean consistentes con el mínimo ecológico aceptable, depende de la convergencia de las lógicas ecológica y política. Es aquí donde entra la Huella Ecológica: es una herramienta para la toma de conciencia que nos puede ayudar a desarrollar una comprensión común del problema y ex­plorar las implicancias de soluciones alternativas. Como tal, puede ayudar a traducir la sustentabilidad fuerte a la planificación de la acción.

La Huella Ecológica:

una herramienta para planear la sustentabilidad

Midiendo el progreso hacia la sustentabilidad:

lo que se puede y no se puede hacer

Lograr la aceptación para la sustentabilidad fuerte depende del hecho de que podamos encontrar una unidad significativa para medir las demandas de capital natural por parte de la economía. ¿Es la productividad de la naturaleza suficiente para satisfacer indefinidamente las demandas actuales y anticipadas por parte de la economía humana? Esta pregunta parece tan evidente y crucial para la sustentabili­

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Fig. 2.2: La economía de la Tierra plana frente ala economía de la Tierra redonda. La economía convencional es la economía de la «tierra plana». Implícitamente se asume que el mundo se extiende sin límite en todas las direcciones y no impone limitaciones importantes al crecimiento económico. En contraste, la economía ecológica reconoce al mundo como una esfera finita. Todos los recursos provienen de la Tierra y regresan a ella en forma degradada. La única «renta» proveniente de fuera de la tierra es la luz del sol, la cual alimenta los ciclos materiales y la red dc la vida. La actividad económica está, por lo tanto, limitada en última instancia por la capacidad regenerativa de la ecósfera.



9 Duncan M. Taylor, «Disagreeing on the Basics: Environmental Debates Reflect Competing Worldviews», in Alternatives Vol. 18, N° 3(1992): 26-33; y A. Nikiforuk, «Deconstructing Ecobabble: Notes on an Attempted Corporate Takeover» , This Magazine Vol. 24, N°3 (1990): 12-18.




dad que es difícil imaginar cómo los analistas políticos en el gobierno, el sector privado y las universidades pueden seguir ignorándola en forma sistemática.

Parte del problema reside en que los modelos económicos convencionales ven la economía humana como un sistema en el que los factores de producción (o sea, trabajo, capital, información) son casi sustitutos perfectos unos de los otros, y en el que el uso más intensivo de cuales quieras de dichos factores garantiza un aumento del producto. Cualquiera otra limitación a los recursos se alivia gracias al comercio. De hecho, esta visión asume un mundo con una capacidad de carga de expansión infinita.

Otra dificultad surge del hecho que el análisis convencional está basado en un flujo circular del valor de intercambio (flujos de dinero) entre los hogares y las empresas, y de vuelta, como lo ejemplifican bien las medidas estándar del PIB. Las medidas físicas del capital natural, el ingreso natural, y las consecuentes transforma­ciones de materia/energía simplemente no son parte del análisis (Figura 2.3). Así, los modelos convencionales de crecimiento y sustentabilidad carecen de cualquiera re­presentación de la «infraestructura» biofísica y de los procesos temporalmente

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Fig. 2.3: La perspectiva económica: flujos circulares. La economía convencional enfatiza la aparente autogeneración de flujos circulares de dinero entre las empresas y los consumidores en el mercado. Por eso no se alcanza a tomar en cuenta el trabajo informal o el valor de los servicios ecológicos, y es ciego al irreversible flujo unidireccional de materiales que sustenta la economía.

dependientes, de los que depende la economía y que son básicos para un enfoque ecológicamente informado (Figura 2.4). Más importante aún, no existen referencias a las interpretaciones modernas de la Segunda Ley de la Termodinámica, la cual considera la economía como una «estructura disolutiva» compleja arraigada en la ecósfera (véase el recuadro 2.4 para una explicación más detallada). Muchas de las preguntas críticas planteadas por las consideraciones ecológicas y termodinámicas se hacen por lo tanto invisibles para los enfoques convencionales. Parece que la indife­rencia actual al concepto de capacidad de carga derivan no de un conocimiento superior sino de una debilidad conceptual en los modelos analíticos convencionales.

Uno puede monitorear la disponibilidad de energía, materia y otras formas de ingreso natural, en términos ya sea de medidas físicas de los flujos y existencias de capital natural, ya sea de precios corrientes de los bienes y servicios que se transan en el mercado. Indudablemente, los precios son críticos para operar en el dominio público. El análisis financiero es esencial para desarrollar presupuestos, o cuando es necesario decidir entre la construcción de una escuela, un hospital o un teatro; las decisiones empresariales son impensables sin un análisis monetario sólido. Sin embargo, argu­mentamos que los análisis monetarios están fatalmente viciados en su evaluación de los temas de la sustentabilidad o de los factores limitantes del capital natural. Usar los precios para señalar la escasez de los recursos o el agotamiento del capital natural, puede ser engañoso, al menos por los motivos siguientes (Figura 2.5)10:
Uno: Las interpretaciones monetarias de las demandas constantes de capital natu­ral pueden enmascarar una disminución de las existencias físicas. Por ejemplo, algunos economistas sugieren que es posible satisfacer la condición de que las existencias de capital para la sustentabilidad sean constantes, si el valor mone­tario, o los ingresos del capital se mantienen más o menos constantes. Según la teoría neoclásica, el precio marginal de los bienes o«comodities», a medida que se vayan haciendo cada vez más escasos, debería incrementarse. Si esta

10 Referencias y lecturas complementarias incluyen: Herman E. Daly y Kenneth N. Townsend, eds.,

Valuing the Earth: Economics, Ecology, Ethics (Cambridge, MA: The MIT Press, 1993); Charles

A.S. Hall, ((Economic Development or Developing Economics: What Are Our Priorities», in Mohan

K. Wali, Ecosystem Rehabilitation, Volume l: Policy Issues (The Hague, the Netherlands: SPB A cademic Publishing, 1992); Colin Prince, Time Discounting and Value (Oxford: Blackwell Publisher, 1993); Andrew Stirling, «Environmental Valuation: How Much is the Emperor Wearing?», The Ecolo­gist Vol. 23, N° 3(1993): 97-103; and Arild Vain and Daniel W. Bromley, « Choices without Prices

without Apologies», Journal of 'Environmental Economics and Management 26 (1994): 129-148.



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