Tres casos mágicos de locura cinematográfica |






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Tres casos mágicos de locura cinematográfica | Raquel Delgado

El propósito del cine es, en la mayoría de sus relatos, explorar vidas de hombres y mujeres alteradas por lo excepcional. Pero la locura, de entre la posible colección fílmica de desórdenes, conmueve más que cualquier otro porque es a la vez temible y hermosa y muy capaz de desenterrar miedos íntimos. La pantalla es perfecta para transportar al presente y a la realidad del espectador experiencias extremas y congelar a través de ellas trozos de corazón: ¿quién, después de ver una película protagonizada por locos, no ha recorrido una o más noches en su compañía?

Es lo que sucede con Take Shelter (Jeff Nichols, 2011), The Devil and Daniel Johnston (Jeff Feuerzeig, 2005) y Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014). En estos tres ejemplos, dos ficciones y un documental, la enfermedad mental es masculina, característica que añade, por su ventaja natural frente a la femenina para provocar daño físico a otros, fuerza y amenaza al retrato. La barrera que construyen el proyector o la televisión, la certeza de que no son más que imágenes, no eliminan la sensación de peligro que produce contemplar la violencia con la que Curtis, Daniel y Lou explotan cuando hay obstáculos que contradicen su obsesión.

Take Shelter: falsa locura

El actor Michael Shannon está especializado en esquizofrenia. En 2008 participó en la excelente Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008) como John Givings, el vecino trastornado del matrimonio Wheeler que evidencia la falta de coraje de la mayor parte de nosotros para renunciar a una existencia tranquila e insípida por la búsqueda de un sueño.

En Take Shelter, Shannon interpreta a Curtis, un obrero (esposo y padre) de Ohio aterrorizado por el presentimiento de que la Naturaleza destrozará, mediante una tormenta devastadora, la familia sólida y feliz que ha formado. Tanto durante el día como mientras duerme, las visiones y las pesadillas le sitúan en un precipicio: Curtis no está seguro de su lucidez, ya que estas fantasías concuerdan con los síntomas de la locura que padece su madre, pero no puede evitar invertir todos sus ahorros en la construcción de un refugio para huracanes inútil en opinión de su mujer y de sus amigos.

Lo mágico en Take Shelter es cómo Nichols nos obliga a cambiar nuestra opinión sobre el carácter de Curtis. Sabemos que ama a su esposa y a su hija pero, a medida que la situación se desquicia, nuestro único deseo es que, por seguridad, lo abandonen. Queremos creer que el peligro es verdadero, pero todas las señales son contrarias al instinto del protagonista. Empezamos compadeciéndole hasta que, después de presenciar un ataque de ira contra los que desconfían de su corazonada, trazamos una línea de separación entre él y nosotros. La locura de Curtis ya no nos entristece ahora que es el enemigo.

Este recorrido que realizamos desde la empatía al miedo cambia su dirección en el final del filme. Puesto que el temporal que estaba esperando ha aparecido y se ha marchado sin ninguna consecuencia, Curtis, derrotado por su psiquiatra y sin empleo, ha aceptado la enfermedad y vive en la playa alejado del búnker que le obsesiona, lo que supone también la pérdida de una parte esencial de su masculinidad dada su estructura tradicional de familia (ahora es incapaz de traer ningún recurso ni protección al hogar). En este momento de máxima debilidad, el Apocalipsis se hace real y la película termina con el protagonista, su esposa y su hija contemplando un tornado gigante que aproxima desde el mar. La sorpresa es desoladora: ¿por qué estábamos tan equivocados? ¿Cómo hemos podido traicionar a Curtis? Para Nichols somos tan culpables como los cuerdos que en la ficción desoyeron su llamada de socorro.

Muchos han visto en Take Shelter una metáfora de nuestra última crisis económica, aunque por encima de este u otro mensaje está el talento de Shannon y del director para transformar el sufrimiento y el pánico subjetivos de Curtis en angustia y terror objetivos para el espectador. Como ha confirmado con su siguiente obra, Mud (2012), Jeff Nichols es maravilloso retratando personajes a la vez ásperos e indefensos.

The Devil and Daniel Johnston: locura que crea

Aunque el Diablo se haya adueñado del título de su biografía, lo que en realidad ha poseído desde su niñez a Daniel Johnston es un ansia creativa arrolladora. Este documental es un retrato agridulce de un músico y dibujante extraño que merece ser tan temido como admirado.

Seguro que, para la mayoría de espectadores, Daniel Johnston era desconocido hasta el éxito de su película, por mucho que Feuerzeig lo presente como un héroe underground publicitado incluso por Kurt Cobain. Hemos llegado a The Devil and Daniel Johnston porque alguien nos lo ha recomendado, pero sin la esperanza de encontrar el biopic característico de una estrella. Y tras este acercamiento a Daniel, lo menos importante es si ha alcanzado la fama o no, sino la impresión que tenemos de haber destapado una tormenta.

The Devil and Daniel Johnston expone el talento del protagonista para componer canciones íntimas e intensas como True Love Will Find You in the End, pero también el sufrimiento constante de los padres que cuidan de él y de su carrera y soportan sus crisis de locura. Con sensibilidad, no lástima, Feuerzeig nos enseña el tránsito de Daniel de una infancia y juventud prometedora a una madurez claroscura en la que, pese al dinero que recibe por sus dibujos y actuaciones, es dependiente de la vigilancia de su familia y de la medicación.

Pocas veces hemos visto en una pantalla una aproximación tan sincera a lo que significa estar loco y continuar produciendo trabajos valiosos, al deterioro que la bipolaridad provoca en el comportamiento de quien la sobrelleva y que en el caso de Daniel es ya indisociable de sus obras y de toda su dimensión artística. ¿Sus ilustraciones aparentemente infantiles serían tan apreciadas si no estuvieran basadas en los demonios que solo él ve? ¿Qué queda de su inspiración si la desenredamos de sus miedos imaginarios? Nos arrastra la pureza de sus sentimientos, la delicadeza con la que escribe a la chica de la que está enamorado, pero en la práctica lo que tenemos ante nosotros es a un hombre envejecido y desaliñado, fumador compulsivo y, a veces, peligroso. Es inolvidable el momento en el que el padre de Daniel explica llorando como su hijo arrojó al vacío las llaves de la avioneta en la que volvían a casa después de una actuación porque creyó de repente que la pilotaba Satán. Ambos tienen la suerte de haber sobrevivido al accidente.

The Devil and Daniel Johnston atrapa porque demuestra que es posible existir aun con dos actitudes extremas habitándote. La enfermedad admite enlazar oscuridad y alegría: Feuerzeig nos despide de Daniel dejándole bailar en su sótano-museo ajeno a la cámara y a cualquier cosa que no sea él mismo. Los que le quieren y deben atenderle llevan peores cartas.

Nightcrawler: locura manipuladora

Como Michael Shannon en Take Shelter, Jake Gyllenhaal (y sus ojos que no parpadean) está perfecto interpretando a Lou Bloom, un videógrafo psicópata de Los Ángeles al servicio de un canal de televisión sensacionalista. Nightcrawler critica la relación exagerada entre sangre y audiencia, pero los escenarios que habita el personaje de Gyllenhaal y su look grasiento, por sí mismos, son suficientes para pensar en ella como una de las mejores películas de 2014.

A diferencia de Curtis y Daniel, Lou no nos permite experimentar tristeza por su locura. Desde el comienzo, el director pretende que tanto su aspecto como su carácter nos produzcan escalofríos. Su único tema de conversación es el ascenso profesional, del que cree saberlo todo a partir del lenguaje de autoayuda que ha memorizado y que vomita cada vez que habla (“Si quieres que te toque la lotería, primero tienes que conseguir el dinero para comprar el billete”). Está obsesionado con el éxito pero sobrevive robando cobre y pegando palizas a vigilantes de seguridad. No sabemos si le brilla el pelo por la suciedad o por la gomina. Nunca está acompañado y entendemos por qué. Entonces, ¿dónde está la seducción de Nightcrawler?

Por una parte, en la falta de escrúpulos de Bloom. Intuimos que siempre ha sido peligroso, que en la grabación de información pornográfica sobre víctimas blancas y ricas solo ha encontrado un terreno en el que sentirse cómodo y explotar su aislamiento emocional. Pero no hasta el punto de dejar morir a un compañero o de manipular la escena en la que ha ocurrido un asesinato por su propio beneficio, y le vemos saltando ambas barreras. La auténtica sorpresa no es su maldad, sino que sea precisamente la superación de todos los límites morales lo que le permita dejar de ser un excluido para transformarse en un héroe oscuro por fin con una empresa propia. En este proceso su masculinidad también se refuerza: la obtención de imágenes brutales equivale a sexo con la directora de la cadena para la que trabaja, a la que droga con las noticias que le proporciona cada noche. Lou, que parecía no tener la inteligencia suficiente para entender cómo funcionaba el mundo, ha resultado ser el más desenvuelto en un ambiente enfermo como este. El primer triunfo del director es habernos engañado para menospreciarlo en un inicio.

Por la otra parte está la atmósfera, la noche resplandeciente de Los Ángeles, en la que los escenarios de la violencia son tan envolventes que recuerdan a Drive de Nicolas Winding Refn. Iluminados por el neón y anestesiados por el vacío de la calle y el silencio, dejamos de ser conscientes de que lo que Gilroy nos muestra es terrible para disfrutar con morbo del descenso ético de Bloom tanto como los consumidores lo hacen de la telebasura violenta que el filme, creíamos, desprecia. Somos parte del share.

En los tres casos, la magia reside en los efectos impredecibles de la locura; en la transformación que implica en la historia de una persona su presencia y que nos exige esforzarnos, sin conseguirlo, por entender. En el miedo a perder el control. El misterio llama.

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