La producción de inseguridad en la sociedad global




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El fenómeno social de la inseguridad ciudadana

Y es, en el tercer nivel -es decir en el plano personal y subjetivo, donde la doble acometida del ‘casino global’ y del ’santuario local’, da lugar a un ‘individualismo de la desesperación’- en el que se producen los procesos económicos y políticos generadores de la inseguridad ciudadana.

Crece, ciertamente, el número absoluto de actos delictivos, pero no todos por igual, ni constantemente, ni en todas partes; ni siquiera está claro que la delincuencia aumente por encima del crecimiento económico y de población o de la movilidad local y transnacional. De lo que no cabe duda, sin embargo, es de la creciente inseguridad que se genera a propósito del proclamado aumento alarmante de la delincuencia.

En el núcleo de este fenómeno colectivo de inseguridad se halla el poderoso proceso psicológico del miedo. Y en el núcleo del miedo tememos, sobre todo, morir y, en particular, morir asesinado. No tenemos porque avergonzarnos del miedo. Se trata de un recurso instintivo que nos avisa de los peligros y amenazas y nos permite, asimismo, eludirlos. Pero tampoco debemos olvidar que se trata de un mecanismo innato que no requiere ser potenciado; a menos que se quiera transformar el miedo natural en inseguridad neurótica.

Así es en el caso de la inseguridad ciudadana. Perdida la carta de navegación que nos procuraba el miedo natural, entramos de lleno en una paradoja inquietante: importa más sentirnos seguros que estar realmente seguros. Por ello, una buena parte de la población de las sociedades occidentales teme ser víctima de aquellas agresiones a las que resulta menos vulnerable y, complementariamente, busca a los posibles agresores en la dirección equivocada. Este peligroso desenfoque explica algunos despropósitos trágicos; como, por ejemplo, que la mayor parte de los asesinatos son cometidos por personas que mantenían vínculos familiares o bien de proximidad con la víctima.

En otras palabras: la inseguridad ciudadana, lejos de aumentar las propiedades auto protectoras del miedo, nos hace más vulnerables. La pregunta es, por tanto, ineludible: ¿a quién beneficia la conversión del miedo al delito en la pandemia de la inseguridad ciudadana? Hay una respuesta fácil: la industria y el comercio de la seguridad. La expansión de este nuevo sector económico presenta, en las dos últimas décadas, unas magnitudes tan elevadas que no sería posible sustraerlo a la condición de principal sospechoso.

Así lo anticipó, visionariamente, Charles Chaplin en una de sus películas; en la que un Charlot hambriento se las ingenia con un chico de la calle -con no menos hambre que él mismo- y ambos inauguran lo que sería, a finales del siglo XX, uno de los negocios más prósperos: el chico se dedica a romper cristales a pedradas y, a continuación, aparece un Charlot, proverbialmente convertido en cristalero ambulante, ofreciendo sus servicios de reparación.

Ahora bien, siguiendo con la técnica de buscar el criminal identificando los beneficiarios del crimen, también deberemos añadir, a la lista de sospechosos de promover la expansión de la inseguridad ciudadana, a los acaparadores de poder político.

En el ejercicio del poder, resulta difícil prescindir de la manipulación del miedo. Es demasiado tentador. Por miedo, los súbditos o los electores nos vendemos fácilmente la responsabilidad propia por una promesa de seguridad. En un clima social de inseguridad ciudadana resulta complicado cuestionar el orden establecido, dudar de las medidas coercitivas, apuntar a las causas de la delincuencia, denunciar la corrupción política; pero, también, perseguir eficazmente la criminalidad de los poderosos, promover la solidaridad con los inmigrantes o bien articular alternativas a la globalización económica.

El rendimiento económico y político, que procura la inseguridad ciudadana, se corresponde -con una cierta simetría- con la incapacidad manifiesta de las políticas públicas de seguridad. Centradas como están -estas estrategias esencialmente reactivas- más en el mantenimiento del orden que en la reducción de la inseguridad, se ven fatalmente precipitadas hacia el castigo y la venganza en detrimento de la prevención, la mediación y la reparación de la solidaridad quebrada.

Así, las políticas que se dicen de seguridad, lo apuestan casi todo a la capacidad represiva de las leyes penales, de los organismos policiales, de los órganos de la justicia y de las instituciones penitenciarias; en la confianza de que, este vasto dispositivo de coerción, mantendrá la inseguridad ciudadana dentro de unos márgenes que no comprometan la estabilidad del poder.

La eficacia de este engaño colosal -que consiste en vender orden enmascarado de seguridad a unos ciudadanos cada vez más atemorizados- se ve cuestionado por la saturación del sistema público de seguridad: las leyes envejecen antes de ser aplicadas, la policía ni puede ni sabe atender las crecientes demandas ciudadanas, los tribunales se ven desbordados, las cárceles rebufan.

Y aquí salta la sorpresa: el tabú del monopolio estatal de la violencia ha resultado ser una fanfarronada; por lo menos cuando se trata de proteger efectivamente la vida, los derechos y las libertades de los ciudadanos. Si el Estado no puede, porque tiene otras cosas que hacer, pues que lo hagan los propios ciudadanos; quienes se lo puedan pagar, por supuesto. Así, este ámbito, abandonado por la precipitada retirada estatal, ha sido colonizado, sin mayores dificultades, por la extraordinaria expansión de la industria y el comercio de la seguridad.

En este nuevo escenario social, crecientemente desamparado de la protección pública, desprovisto de mecanismos adecuados de mediación y solidaridad, la expresión de los conflictos interpersonales y de grupo se generaliza -en las calles de las ciudades, tanto como en el seno de las familias- mediante las más diversas modalidades de violencia.

Por una gobernanza de los riesgos y los conflictos

Decía, al principio, que las estrategias tradicionales de seguridad, surgidas de la incomprensión de los riesgos y los conflictos que las motivan, terminan por formar parte del problema en lugar de la solución. Ahora -después de haber examinado la producción de inseguridad en la sociedad global- querría añadir tres breves reflexiones finales.

Primera

No parece que ni los riesgos ni los conflictos puedan seguir siendo considerados como “efectos colaterales o secundarios” del proceso de modernización de la sociedad industrial, sino que, bien al contrario, constituyen un componente esencial de este proceso.

El capitalismo, como nos recuerda Giddens, no sería nada sin el riesgo. A dos niveles complementarios. El primero, resulta manifiesto: sin poder redistribuir los riesgos y los conflictos inherentes al proceso de acumulación de la riqueza en unas pocas manos, no resultaría concebible el actual sistema económico y político. El segundo, quizás sea más sutil: el capitalismo postindustrial no sólo crece gracias a su poder de generar irresponsablemente riesgo, sino que también lo hace debido a su capacidad para explotar los “beneficios del problema”: es decir, la industria y el comercio de la seguridad; y, complementariamente, la política del miedo.

Éste es, a mi entender, un hecho crucial que debe afrontarse. Porque no nos hallamos ante un proceso inevitable que tendría algunos efectos perniciosos que deberían corregirse. Lo que hay que cuestionar es la dirección misma de los procesos de globalización y de transformación económica que producen -a la vez que se explotan- una acumulación de riesgo y conflicto desconocida en toda la historia de la humanidad.

Ya no se trata sólo de una constelación de riesgos y conflictos (potenciales) sino de desastres y violencias (plenamente efectivos en sus consecuencias catastróficas) que amenazan la continuidad misma de la vida humana en la Tierra. La magnitud colosal de la catástrofe humana, en términos de sufrimiento global, no admite un tratamiento a base de aspirinas y tiritas: pide a gritos una toma de posición radical, que vaya a la raíz del riesgo y el conflicto, en lugar de encantarse en los efectos espectaculares del desastre y la violencia.

Parece claro que una comprensión apropiada de este hecho crítico tiene que derivar, necesariamente, en un cambio sustancial de la actitud ante el crecimiento económico, lo cual reportará una nueva manera de pensar los procesos sociales. Y, así, también una nueva forma de actuar en la sociedad.

Segunda

Cambiar nuestra forma de pensar resulta, pues, esencial. Me pregunto si dan más de sí las categorías propias del siglo XIX con las que, en gran medida, seguimos pensando los nuevos problemas humanos.

Se ha roto el pacto social que posibilitaba al Estado el papel regulador y, sobre todo, compensador de los desequilibrios provocados por el crecimiento económico. Ahora, la economía especulativa se ha podido librar del Estado y su capacidad destructiva en términos humanos y ecológicos no parece tener fin. Los nuevos riesgos y conflictos desbordan la reducida capacidad estatal, hasta tal punto que los percibimos como si tuvieran vida propia y una trayectoria fatalmente trazada a priori por algún poder inaccesible.
No parece razonable, pues, seguir apostando la salvación del desastre a una voluntarista recuperación del Estado sin haber entendido el fenómeno, de larga trayectoria y vasta profundidad, que explica el hecho que no tan sólo el Estado sino la propia política se hayan visto reducidos a simples comparsas en el concierto de la economía financiera globalizada. De manera que la función tradicional del Estado, ofrecer seguridad, en el nuevo escenario de la producción impune de riesgos y conflictos gigantescos, ya no puede obtener la imprescindible credibilidad.

Tercera

También tendremos que superar el falso debate entre prevención y respuesta. Por supuesto que debemos estar, razonablemente, en condiciones de responder a fin de minimizar los daños producidos por un desastre. Y que resulta sensato anticiparnos preventivamente, tanto como sea posible, al desencadenamiento de los sucesos catastróficos con la finalidad de, por lo menos, reducirlos. Está claro, sin embargo, que debería resultar mucho más productiva todavía una aplicación sistémica del principio de precaución. La cuestión, como siempre, es el cómo. En ningún caso, sin una visión realmente integral: que contemple las necesidades de las generaciones futuras, de la Humanidad entera, de la totalidad de los seres vivos.

Aunque lentamente, la desesperada situación del planeta está despertando a sus habitantes a la necesidad de una transformación a escala mundial. Debe confiarse en que una nueva forma de acción política pueda surgir de esta visión más amplia y profunda de la realidad (humana, ecológica, cosmológica); que responda a las necesidades del individuo tanto como a las de la colectividad; que permita restablecer la interconexión armoniosa del hombre con el resto de la naturaleza y con el Todo, es decir que atienda las necesidades materiales y deje espacio para las espirituales; que, en definitiva, permita evitar la producción imprudente de aquellos riesgos y conflictos que se ven precipitados a materializarse, con una siniestra regularidad, en desastres y violencias crecientemente espantosas.

Está claro que ello requiere, como condición previa y necesaria, un valeroso gesto de humildad: por una parte, el reconocimiento honesto -por parte de expertos y de políticos- de que no conocemos la solución a estos colosales problemas de inseguridad; y, por el otro, consiguientemente, una promoción decidida e inteligente, a escala global tanto como local, de redes de interacción e interdependencia que nos faciliten el aprendizaje común de modalidades sostenibles de gobernanza de los riesgos y los conflictos.

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