La economía en los primeros años de vida departamental una guerra para comenzar el siglo




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LA ECONOMÍA HUILENSE ENTRE LA TRADICIÓN Y LA MODERNIDAD

(1900 -1960)

Bernardo Tovar Zambrano

Profesor Departamento de Historia.

Universidad Nacional de Colombia

LA ECONOMÍA EN LOS PRIMEROS AÑOS DE VIDA DEPARTAMENTAL

Una guerra para comenzar el siglo


El Huila, como el resto del país, afrontaba una situación muy crítica en el último decenio del siglo XIX. El reducido número de empresas y en general de actividades productivas rentables, la languidez del movimiento comercial, el alto precio de las mercancías, los bajos ingresos y el menguado monto de los salarios eran, entre otros, algunos de los síntomas que expresaban el malestar de la economía regional al finalizar la centuria decimonónica. En 1890, el periódico El Tolima, haciendo eco de una noticia de El Aviso, se refería al estado de la provincia huilense en los siguientes términos:

LA SITUACIÓN: Poco mejora la que atravesamos. La escasez de empresas y el alto precio de los principales artículos de consumo, vienen llamando la atención de todos, en estas poblaciones. Las transacciones comerciales son cada día más limitadas, el salario del pobre muy reducido, y no alcanza a satisfacer sus necesidades; el hambre tiende funesto manto por todas partes'[...]. Qué camino nos salvará? Sin duda el de la agricultura y la ganadería, únicos que a la verdad auguran mejor porvenir. Aconsejamos a nuestros amigos del Sur, dediquen especial atención a estos dos negocios. El cacao, el café y el algodón ya sabemos el gran consumo que tienen y la importancia que tendrán en el futuro1.

Además del testimonio acerca de la situación que efectivamente habría de vivirse durante el último decenio del siglo XIX, el documento contiene una invocación que se repetirá durante toda la primera mitad del siglo XX: el llamado a la agricultura y la ganadería, precisamente, en ese mismo orden, incluso con el señalamiento de los mismos productos, como las actividades productivas que harían posible el desarrollo del Huila. De paso, este llamado contrastaba con las actividades extractivas y especulativas de las cuales el Huila había derivado algún beneficio: de la quina primero y, luego del caucho. Al finalizar el siglo XIX y durante los primeros lustros del XX, el Huila continuaría participando en la economía cauchera por la vía del tráfico comercial y, en otro sentido, por la vinculación de un número grande de huilenses a la extracción de caucho en la región amazónica2.

Durante el último decenio del siglo XIX se presentó un descenso pronunciado en los precios internacionales del café. Este fenómeno abocó al país a una profunda crisis económica y fiscal que tuvo su incidencia en la situación que precedió a la guerra de Los Mil Días. Al declive de las exportaciones (que colocaba en crisis al sector cafetero) siguió rápidamente el descenso de las importaciones (que lesionaba a los comerciantes importadores). La declinación de las importaciones se reflejaba en la renta de aduanas, con la consecuente merma en los ingresos del Estado, a lo cual se unía el déficit presupuestal que venía de los años anteriores. Hacia mediados de 1898, el Estado entraba en plena crisis fiscal: el tesoro se hallaba vacío, las obras públicas paralizadas, los ingresos no alcanzaban para cubrir los gastos de funcionamiento y se producía el atraso en el pago de los empleados públicos; al mismo tiempo, muchos negocios quebraban, se deprimía la producción agraria y crecía la desocupación en proporciones alarmantes. Frente a la crisis fiscal, el camino seguido por el Gobierno central fue el de realizar gigantescas emisiones de papel moneda, que ocasionaban una variación desordenada de la tasa de cambio y una vertiginosa depreciación de la moneda. A la sazón, se tomaba evidente la incapacidad del Estado para manejar las crisis económica y fiscal, que asumían en 1899 proporciones catastróficas. Mientras tanto crecían las críticas a las políticas fiscales y monetarias de la Regeneración y se agudizaban las pugnas partidistas. La guerra de Los Mil Días se produjo, entonces en un escenario caracterizado por la conjunción de tres crisis: la económica, la fiscal y la política3.

El Partido Liberal, excluido de toda participación en el Gobierno, se vio lanzado a una situación de discriminación y marginación que lo condujo finalmente a la guerra. Después de la breve y fracasada acción militar de 1895, y ante la imposibilidad de introducir reformas constitucionales, el Partido, en su ala belicista, emprendió la preparación de una nueva guerra. Esta empezó el 17 de agosto de 1899 y terminó, con la derrota del liberalismo, en noviembre de 1902, quedando, sin embargo, algunas guerrillas que combatieron hasta bien entrado el año de 1903.

Concluido el conflicto militar, la situación era desastrosa: la guerra le había significado al país la pérdida de por lo menos cien mil vidas, la desorganización del panorama laboral, la postración de la agricultura, el entorpecimiento de los transportes y de las comunicaciones, el desquiciamiento del sistema monetario y financiero, el drama de una gran miseria social, la carga de un enorme déficit fiscal y, por último, la pérdida de Panamá.

El Huila se vio involucrado en la guerra, aunque no llegó a constituirse en un escenario de primer orden de las acciones militares, como lo fueron, por ejemplo, Tolima, Cundinamarca y Santander. En el Huila operaron varios grupos guerrilleros liberales, entre los cuales estaban los siguientes: Guerrilla de Campoalegre, Guerrilla de Castel Aguayo, Guerrilla de Enrique Roa, Guerrilla de Guachicago (actuó en las cercanías de San Agustín), Guerrilla de Roque Vargas (operó cerca de Buenos Aires), Guerrilla de Serrano (cerca de Tesalia), Guerrilla del Coronel Urrego (en las cercanías de Campoalegre), Guerrilla del Hobo y Guerrilla del Pital4. Entre los principales combates librados en el territorio huilense se recuerdan los siguientes: el combate de Matamundo, que tuvo lugar el 15 de marzo de en el cual se enfrentaron las guerrillas liberales bajo el mando de Avelino Rosas y A. Ibañez y las fuerzas conservadoras comandadas por Nicolás Perdomo, quien salió vencedor5; el combate de Pitalito, sucedido el 19 de abril de 1900, en el cual resultó vencedor Sinforoso París, quien comandaba las fuerzas conservadoras, sobre R. A. López, quien dirigía las huestes liberales; el combate de Yaguará, librado el 3 de mayo del año citado, en el cual triunfaron los liberales; el combate de Campoalegre, ocurrido el 5 de septiembre del mismo año, con triunfo conservador. En el año de 1901 sucedieron, entre otros, el combate de Gigante, el 1 de abril, con triunfo del Comandante conservador Nicolás Perdomo, sobre el liberal José María Falla; y un nuevo combate en Yaguará, el 21 de mayo, con triunfo del Comandante liberal Nicolás Buendía sobre el conservador Heraclio Lastra. Finalmente, el 4 de agosto de 1902 se libró el combate de La Jagua, en el cual salieron vencedoras las filas conservadoras6.

Pese a que el Huila no fue un territorio central de la guerra, ésta le trajo importantes consecuencias. A raíz del conflicto, con su despliegue de muerte, terror y persecuciones, mucha gente debió abandonar sus fincas y propiedades y emigrar hacia otros lugares. Uno de los espacios hacia los cuales se orientó el flujo migratorio fue la región del Caquetá. Aquí, los desplazados de la guerra contribuyeron a dar inicio al poblamiento y colonización del piedemonte andino-amazónico, y muchos de ellos se vincularon, además, a la extracción de caucho7.

La economía de la comarca sufrió, en forma notable, los efectos del conflicto bélico. Las contribuciones a los fondos de guerra, los empréstitos forzosos, los impuestos de guerra, las cuotas de ganado para la “carnicería oficiar7 con destino a la manutención del Ejército, las requisitorias de bestias, las cuotas de mercancías, que recaían sobre cantidades no despreciables de telas, machetes y otros implementos, eran algunos de los procedimientos compulsivos que afectaban la economía de la región. Empero, parece que estos requerimientos del Gobierno y del Ejército oficial, tendían a gravar en mayor medida a los liberales más pudientes de la provincia. Tal fue el caso, a modo de ejemplo, de los Señores Sixto, Hermógenes y Liborio Durán, quienes eran liberales acomodados de Campoalegre, descendientes del General Liborio Durán, fallecido en 1882. Ya durante la guerra de 1895, los Señores Sixto y Hermógenes Durán habían sido gravados con un empréstito ordenado con base en el Decreto Núm. 588, del Gobernador del Departamento expedido en febrero de dicho año. Las peticiones de exención que dichas personas elevaron fueron denegadas8. A partir de 1899, año de iniciación de la guerra de Los Mil Días, los Señores Durán fueron requeridos en diversos aportes. El archivo de la familia Durán que reposa en la Academia Colombiana de Historia contiene algunos documentos al respecto. Así, por ejemplo, reposan recibos de la Alcaldía Civil y Militar de Campoalegre por valor de $1.719.72, correspondientes a mercancías (machetes, cubiertas de cuero y, sobre todo, telas para vestidos y uniformes del Ejército oficial) entregados por Sixto y Hermógenes Durán, entre 1899 y 1900; en los recibos se consigna que dichas mercancías fueron suministradas “voluntariamente y sin resistencia de ninguna clase”. Solamente en una factura se dejaba la constancia explícita de que su valor ($1.507.92) podía ser reclamado por Hermógenes Durán al Gobierno. Más dicientes son las cuotas, los empréstitos forzosos y los impuestos que debían pagar los Señores Durán: en mayo de 1900 la Prefectura civil y militar de Neiva manifestaba que para el sostenimiento de los presos políticos que se encontraban en la cárcel de dicha ciudad, se necesitaba “mensualmente una suma de consideración, la cual se ha repartido entre los liberales más pudientes de la provincia”, tocándole a Hermógenes Durán la cuota mensual de $25.009. En noviembre 22 de 1900, esta misma persona era requerida perentoriamente para pagar el empréstito-forzoso en la primera y segunda distribución que ascendía a $6.500 y por intereses e impuestos directos $70.80. En mayo 22 de 1901, se dejaba constancia de que los señores Durán habían pagado la suma de $550.oo correspondiente a las dos primeras mensualidades del 3er. empréstito. Se hacía constar, así mismo, que dichos señores estaban gravados con cuotas mensuales que ascendían a $220.oo. Igualmente expresivos son los aportes de ganado vacuno y caballar. En octubre 26 de 1899, la Alcaldía Civil y Militar de Campoalegre expresaba que la Prefectura pedía 20 bestias; una la debía dar Hermógenes Durán. La misma persona en junio de 1900 recibía una orden de la Alcaldía para la entrega de un macho negro a las fuerzas acantonadas en Campoalegre, bajo la amenaza de que “sino lo hiciere como se lo ordenó, tendrá la multa de $100.oo y además le mandaré una fuerza armada”. Firmaba la orden Melitón Muñoz. El siguiente documento dirigido a Hermógenes Durán el 5 julio de 1900, firmado también por Melitón Muñoz, resulta muy ilustrativo sobre la requisitoria de ganado en la región de Campoalegre: “Como la prefectura a [sic] resuelto mantener en este lugar carnicería oficial para sacar recursos para gastos de guerra, y habiéndose agotado los ganados de otros propietarios, esta oficina exige a Ud. se sirva suministrar veinte reses gordas que no bajen de ocho arrobas de carne cada una, las cuales entregará Ud. al jefe del Piquete que con tal objeto se comisionará [sic]”. En marzo de 1900 Hermógenes Durán volvía a ser requerido para la entrega de 40 reses, bajo recibo y avalúo, de las mejores que tuviera, con la advertencia de que si no lo hiciere “esta Alcaldía se verá en la penosa necesidad de prescindir de las reglas de atención y diferencia, y procederá a tomar todo el ganado que necesita, sin consideraciones de ninguna clase”10.

Los casos anteriores son apenas unos pocos ejemplos de lo que sucedía en el Huila, como en otras regiones del país, a raíz de la guerra de Los Mil días. En el orden de la economía regional, la producción más quebrantada por la pugna bélica tendía a ser la ganadería vacuna y caballar. Con relación al Tolima Grande, Gonzalo París Lozano expresa que “la guerra de 1899-1902 hizo un terrible estrago en las ganaderías del Tolima [que para la época incluye al Huila, B.T.], a tal punto que todavía dos años después de terminada aquella, en regiones donde antes las praderas aparecían densamente pobladas de vacunos, el viajero recorría leguas y leguas sin divisar, cerca ni lejos, una sola res”11.

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Además de los desplazamientos de población, de la pérdida de vidas humanas, de las destrucciones materiales y de los efectos nocivos sobre la economía, la guerra atizaba aún más los odios políticos, los dogmatismos y sectarismos partidistas, los resentimientos y la desestabilización jurídica e institucional. En mayo de 1907, Rafael Puyo, primer Gobernador del Huila, se refería a las consecuencias de la guerra en los siguientes términos:

La última guerra que todo los trastornó con perjuicio de la moralidad y de la riqueza pública, dejó a los pueblos en tal estado de postración y abatimiento, que parecía haber perdido toda esperanza de reacción, o a lo menos sería obra de largos años de paz y trabajo levantar sobre las ruinas de una devastación que alcanzó las proporciones más graves el bienestar perdido en el transcurso de tres años de sangrienta lucha12.

Pasada la guerra, al Gobierno regional (y por supuesto, al nacional) se le imponían como tareas urgentes la reconstrucción económica, la reorganización jurídica e institucional, la pacificación (pues aún quedaban algunas cuadrillas armadas) y la búsqueda de entendimiento entre los bandos en el plano político. Estas tareas coincidieron con otras derivadas de un hecho fundamental para la región: su constitución como departamento, en 1905. De este modo, al primer Gobernador se le planteaban, al lado de la reconstrucción económica y social y del apaciguamiento político, la creación de las condiciones institucionales, jurisdiccionales, administrativas y presupuéstales para el funcionamiento de la nueva entidad territorial del sur de Colombia.
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